<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661</id><updated>2011-07-08T04:11:26.878-07:00</updated><category term='Extractos de Vaquero'/><category term='Historias de la montaña Brokeback'/><category term='Reflexiones'/><title type='text'>Un vaquero soñador</title><subtitle type='html'>...rinde homenaje en palabras e imágenes a una historia de amor nacida entre bosques y montañas que dejó una marca a fuego en su camino...</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>64</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-3964509452338656563</id><published>2009-07-12T17:10:00.000-07:00</published><updated>2009-07-12T19:56:46.292-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Extractos de Vaquero'/><title type='text'>Regresar</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Siendo muy pequeño, cuando los vientos de grandeza no soplaban a mi favor y el mundo se presentaba amenazador para mis intenciones, dos cosas decidí para los días por venir. Sería quien estaba destinado a ser así mataran por ello y viajaría. Viajaría mucho. Lejos, cerca, allí a donde me llevaran mis deseos. No sabía cómo ni cuándo, sólo que lo haría. Aquella noche de febrero de más de tres años atrás, con el aroma de bosque y montaña que traía de mis vacaciones aun fresco, tampoco sabía qué clase de película me disponía a ver. Mucho, muchísimo menos, podía imaginar lo que vendría después. Presa del encantamiento y la conmoción supe lo que debía hacer sin demora. Debía indagar la razón del embrujo. Quizá también, con eso hasta llegara a encontrar otros posesos como yo. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Así comenzó esto, con una película con una historia a la que, sin querer, regreso una y otra vez. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;O tal vez sí quiera, y eso está bien. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Hoy, a días de regresar de un viaje soñado en secreto, regreso a este sitio tan mío que, casi sin darme cuenta, he tenido abandonado. Viaje tan intenso como inspirador, tan emotivo como esperado, tan vivo como inolvidable. Viaje que, en más de un sentido, fue un regreso. Después de veintitrés años, exactamente la mitad de mi edad actual, a España. Y de tres, a los vientos frescos y acogedores de la montaña cuyo nombre hace tropezar la lengua. Los disfraces por fin se hicieron piel, mirada, voz, gesto. Todo olió  a conocido, a añorado. No fue necesario demasiado. Ya nos habíamos dicho suficiente antes. Y si no lo habíamos hecho, lo mismo daba. Anfitriones increíbles, sentimientos francos, risas, sabores, sonidos, varias lágrimas, climas, sitios hechos de ciudad y campiña, sierra y mar, bosque y montaña, el material que construyó esta experiencia emocional. Las palabras no vienen a mí hoy, y las que lo hacen me suenan a poco. Por eso, hoy elijo imágenes y música. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;He aquí un extracto de mis veintiséis maravillosos días en Andalucía, Catalunya y Madrid.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;Maravillosos e inolvidables&lt;/em&gt;.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Luna MariCarmen, Estrella Marga, para ustedes con amor.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;                                                                                                         W!&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;object width="320" height="266" class="BLOG_video_class" id="BLOG_video-b55c1e764f3f8dc7" classid="clsid:D27CDB6E-AE6D-11cf-96B8-444553540000" codebase="http://download.macromedia.com/pub/shockwave/cabs/flash/swflash.cab#version=6,0,40,0"&gt;&lt;param name="movie" value="http://www.youtube.com/get_player"&gt;&lt;param name="bgcolor" value="#FFFFFF"&gt;&lt;param name="allowfullscreen" value="true"&gt;&lt;param name="flashvars" value="flvurl=http://v19.nonxt4.googlevideo.com/videoplayback?id%3Db55c1e764f3f8dc7%26itag%3D5%26app%3Dblogger%26ip%3D0.0.0.0%26ipbits%3D0%26expire%3D1331070588%26sparams%3Did,itag,ip,ipbits,expire%26signature%3D6184999173EA980A0E6C8C8D65319EC314EDE600.F1309519DDC3E23A3B220B94E4E6CF7FB69B998%26key%3Dck1&amp;amp;iurl=http://video.google.com/ThumbnailServer2?app%3Dblogger%26contentid%3Db55c1e764f3f8dc7%26offsetms%3D5000%26itag%3Dw160%26sigh%3DUAzQ8HqtI3B3AGB2yG-OcapX8-E&amp;amp;autoplay=0&amp;amp;ps=blogger"&gt;&lt;embed src="http://www.youtube.com/get_player" type="application/x-shockwave-flash"width="320" height="266" bgcolor="#FFFFFF"flashvars="flvurl=http://v19.nonxt4.googlevideo.com/videoplayback?id%3Db55c1e764f3f8dc7%26itag%3D5%26app%3Dblogger%26ip%3D0.0.0.0%26ipbits%3D0%26expire%3D1331070588%26sparams%3Did,itag,ip,ipbits,expire%26signature%3D6184999173EA980A0E6C8C8D65319EC314EDE600.F1309519DDC3E23A3B220B94E4E6CF7FB69B998%26key%3Dck1&amp;iurl=http://video.google.com/ThumbnailServer2?app%3Dblogger%26contentid%3Db55c1e764f3f8dc7%26offsetms%3D5000%26itag%3Dw160%26sigh%3DUAzQ8HqtI3B3AGB2yG-OcapX8-E&amp;autoplay=0&amp;ps=blogger"allowFullScreen="true" /&gt;&lt;/object&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-3964509452338656563?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='enclosure' type='video/mp4' href='http://www.blogger.com/video-play.mp4?contentId=b55c1e764f3f8dc7&amp;type=video%2Fmp4' length='0'/><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/3964509452338656563/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=3964509452338656563' title='18 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/3964509452338656563'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/3964509452338656563'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2009/07/regresar.html' title='Regresar'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>18</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-8017288564244254106</id><published>2008-12-29T10:29:00.000-08:00</published><updated>2008-12-29T11:05:09.571-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Historias de la montaña Brokeback'/><title type='text'>Nieve - Final</title><content type='html'>&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SVkXpTbT91I/AAAAAAAAAqY/A6JhUQDqfpA/s1600-h/994577_the_perfect_storm.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5285281636052891474" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 300px; CURSOR: hand; HEIGHT: 200px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SVkXpTbT91I/AAAAAAAAAqY/A6JhUQDqfpA/s400/994577_the_perfect_storm.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;El lunes trajo consigo una nube ventosa del tamaño del condado. Las puertas se estremecieron, las ventanas golpearon, los sombreros echaron a volar. La violencia de las ráfagas obligó a entrecerrar los ojos, a sujetar las faldas. El calor que todavía se resistía a abandonar la región arremolinó el aire con embudos que nacían de la nada. En Signal y poblaciones aledañas desperdicios de toda clase y matas secas rodaron por doquier. En los ranchos la hierba se meció, los tablones de graneros y cobertizos crujieron como truenos, las copas de los arboles sisearon incesantemente. Rafael Sheeler, Conroy y Harlow estuvieron en sus puestos desde mucho antes de que los rayos de sol atravesaran trabajosamente el manto de nubes. Rafael casi no había dormido pensando con qué cara entraría al comedor de los Flynn esa mañana. Decidió que lo saltearía no bien despertó, pero pronto se dio cuenta de que tenía un hambre feroz. A pesar de la excitación que lo dominaba, entró al rancho con paso firme, empujado por el viento. La puerta sonó como un cañonazo al cerrarse. Maldijo su torpeza. Saludó sin mirar a nadie. Salvo las niñas, ninguno lo correspondió. La mirada de los Flynn llegaba a doler en la nuca. El señor Flynn, escupiendo granos de maíz en todas direcciones, le dio el parte para las faenas de ese día. El cuenco para los cereales y su taza estaban en el lugar correspondiente, pero Joshua no dio señales de vida que quebraran la mudez del desayuno. Ni una palabra se dijo acerca de por qué no estaba allí. Rafael partió hacia campo abierto con la cabeza dándole vueltas. Conroy lo acompañó toda esa mañana y gran parte de la tarde también. El hombre se mostró afable y voluntarioso en extremo. Le explicó muchas cosas, hablándole sin el característico tono seco y cortante de los habitantes del estado. Por el contrario, sonreía sin ocultar la falta de su diente frontal cada vez que terminaba de explicar algo, como satisfecho. Rafael escuchó complacido. Le caía bien Conroy. Pero no se le escapaba que éste lo estudiaba cada vez que podía. En numerosas oportunidades durante ese día lo pescó espiándolo por el rabillo del ojo. Conroy no parecía incomodarse. Por el contrario, le guiñaba un ojo o levantaba su pulgar. Soy un simple empleado y él debe reportarse al viejo Flynn después de todo, se repitió para alejar los lúgubres pensamientos que lo asolaron constantemente. A media tarde compartieron un almuerzo frugal bajo la sombra de un bosquecillo de cipreses. Rafael comió descorazonado. Había tenido la ligera esperanza de que Joshua aparecería con su vianda.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5285281846190795314" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 300px; CURSOR: hand; HEIGHT: 200px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SVkX1iQF6jI/AAAAAAAAAqg/rP24JfL6e-A/s320/1117308_mountain_landscape_of__the_alps__1.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;En el rancho, Madge Flynn iba y venía afligida. No le gustaba nada lo que estaba pasando. Después de dejar a las niñas en la escuela visitó al doctor Mac Gowan. Joshua palideció cuando vio entrar a su madre escoltada por el médico en su habitación. El doctor Mac Gowan introdujo una generosa cucharada de jarabe dentro de su boca temblorosa luego de extraer el termómetro. Con sus ojos saltones atravesándolo detrás de unas gruesas gafas, le aconsejó que descansara un par de días y que se alimentara bien. A su madre la tranquilizó diciéndole que no era más que una flojera pasajera, típica de los jóvenes de la época, mientras descendían por las escaleras.&lt;br /&gt;El viento no dejó de soplar desde el sur. Llegaba a ahogar al respirar en esa dirección. Harlow, montado en su caballo manchado, dio la señal que Rafael ansiaba. Sus ademanes agitados les indicaron que era hora de regresar. Cabalgó junto a Conroy suavemente, cuidando del ganado desde la retaguardia cuando Harlow se les unió al frente del convoy. Éste no dejó de dirigirles miradas fugaces durante todo el camino. Los perros ayudaron desde todos los flancos ladrando sin cesar. Rafael se apuró a desmontar los caballos y llevar los perros al establo. Los alimentó como pudo mientras los dos hombres se ocupaban de volver el ganado a su corral. Se acicaló a toda velocidad mientras desde dos ventanas diferentes, las cortinas se descorrían sucesivamente. Ingresó a la casa cuando la señora Flynn salía de la cocina con una bandeja donde un plato humeaba en espirales. El retumbo de sus pasos subiendo la escalera le confirmó a dónde se dirigía.&lt;br /&gt;- ¿Joshua se encuentra bien?&lt;br /&gt;- Está enfermo. – pronunciaron cadenciosamente las niñas con ojos cómplices.&lt;br /&gt;- Tienen dos segundos y ni uno más para terminar todo lo que hay en su plato. – amenazó el señor Flynn. – Y en cuanto a ti, limítate a hacer bien tu trabajo. Eso es lo único que debe importarte, ¿está claro?&lt;br /&gt;Rafael inclinó lentamente la cabeza.&lt;br /&gt;- Maldito viento. Maldito calor. - gruñó Stanley Flynn. – Maldita vida. – musitó para sí mismo.&lt;br /&gt;El viento había amainado cuando Rafael se encaminó a su camastro en el granero. El aire se sentía fresco, las estrellas centelleaban muy por encima de su sombrero. Pero él estaba demasiado cansado como para darse cuenta. Se quitó la camisa, las botas y los pantalones y se desplomó sobre el catre. Era de madrugada cuando sus párpados se separaron. Tras un instante de desconcierto, pudo distinguir a Joshua acuclillado junto a una pila de fardos. Sus manos entrelazadas como un capullo, se mecía nerviosamente, murmurando algo como un rezo. Rafael se incorporó y caminó hacia él. El muchacho lloraba. Estaba descalzo, vestido con una camiseta y el pantalón de un pijama. No pareció alterarse por la cercanía de Rafael. Aunque dejó de mecerse continuó murmurando lastimosamente. Rafael no logró comprender lo que decía. Acarició su pelo desordenado, y cuando estuvo seguro de que Joshua no se resistiría esta vez, lo tomó de una mano y lo condujo lentamente hasta el camastro. Rafael se echó primero. Joshua se recostó encima suyo, dócilmente. Se miraron fijamente, sin decirse nada. Sus brazos rodearon el cuello de Rafael. Su boca se apoyó sobre su oído. Perdóname, perdóname por favor, repitió en susurros casi imperceptibles. Aferrados el uno al otro, así permanecieron hasta que Rafael adivinó que pronto comenzaría a clarear. Sólo en ese momento fue que sus labios se unieron. Luego Joshua desapareció tras el portón. La hierba se abrió a medida que sus pasos trazaron la diagonal que une el granero con el rancho. La escena se repitió durante tres noches consecutivas. Rafael no hizo otra cosa que vivir esos días esperando ese momento. Joshua, en la soledad de su cuarto, fingiendo la indisposición que había diagnosticado el doctor, hizo lo mismo. Cuando el reloj daba la una, se deslizaba hasta la ventana abierta de par en par, cuidando de no pisar ninguno de los tablones que suelen crujir bajo su peso. Sentado sobre el alero de pizarra gris, se arrastraba muy sigilosamente hasta dar con una de las columnas que sostienen la galería. Sólo una vez, la segunda de las noches, debió reprimir un grito cuando un clavo se enganchó en uno de los dedos de su pie. Aunque cojeó el corto trayecto que separa el rancho del granero, no reparó en la herida hasta que Rafael advirtió el profundo tajo del que manaba un reguero de sangre. Con un jirón de tela de una de sus dos únicas camisetas envolvió amorosamente el pie de Joshua y detuvo la hemorragia. Los dos consideraron sus encuentros un regalo, un milagro del que no se atrevieron a hablar, a hacer la menor mención. La intensidad en los gestos, la cercanía de las miradas al acariciarse tomaron el lugar de las palabras que jamás pronunciaron. El silencio del granero con su aroma a cuero, heno y bosta seca los acogió tanto como el cielo estrellado y la brisa serena afuera. Durante tres tibias noches.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5285282233241230770" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 300px; CURSOR: hand; HEIGHT: 199px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SVkYMEIG3bI/AAAAAAAAAqo/e39QDxSODWw/s320/1121528_winter.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;En Wyoming nadie confía demasiado en los reportes meteorológicos. El clima puede cambiar tan súbitamente que puede echar por tierra cualquier cálculo, mas aun en pleno otoño. Era la noche del día de Acción de Gracias cuando una enorme masa de aire polar avanzó desde el norte de Canadá como un cerco envolviendo el ganado insurrecto. La temperatura descendió abruptamente. Nubes gélidas acabaron con las ingenuas pretensiones tropicales de la región sin piedad alguna. Rafael y Joshua se prodigaban su amor por primera vez bajo una frazada gruesa y sucia. Lo hacían, con el mismo silencio cómplice que habían mantenido en cada uno de sus encuentros. Con el mismo silencio con que Rafael soportaba cada jornada de dura faena. El mismo de Joshua, en cada fuga del rancho, en cada regreso a hurtadillas antes del amanecer. Con ese mismo inquebrantable silencio que era un pacto jamás firmado, los copos de nieve comenzaron a caer, como una lluvia perlada que pronto cubrió todo de blanco. Indiferentes, sin poder detenerse, los muchachos continuaron amándose, ajenos a caprichos naturales, a veleidades humanas. Fue Rafael, nuevamente, quien, mirando por encima del hombro de Joshua, advirtió lo que sucedía. La nevada se detuvo poco antes de que terminara de vestirse con su camiseta y su pantalón pijama. Ambos temblaban de frío cuando se despidieron con un beso del que no querían separarse. Joshua anduvo el camino hasta el rancho con las botas de Rafael en sus pies. Ya vería cómo se las arreglaría para devolvérselas. Nada le importaba demasiado ahora que sabía lo que deseaba. Nada le importaría tampoco de ahora en adelante.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5285283885144226962" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 300px; CURSOR: hand; HEIGHT: 225px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SVkZsN8ePJI/AAAAAAAAAqw/KSmw4MMHdtI/s320/1118506_layby_77+copia.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;La señora Flynn despertó antes que de costumbre. La casa se sentía de hielo. Metió sus pies en sus pantuflas y manoteó el grueso batón que colgaba de un gancho detrás de la puerta de su alcoba. Abrió el armario de la habitación de los niños y extrajo dos gruesas mantas con las que cubrió a las niñas y al bebé. Bajó pesadamente las escaleras y corrió a encender los leños que mantenía siempre junto al hogar. El sol se las arregló para perforar los débiles resquicios que dejaban las nubes cuando puso agua a hervir. Fue cuando oteó a través de la cortina que las vio. Las huellas, pequeños hoyos salpicados sobre el manto de nieve, dibujaban una línea casi perfecta que unía el granero con la ventana de la habitación de su hijo. Harlow no le había mentido. Ni siquiera había exagerado, comentando como al pasar, “Joshua debe haber llegado justo a tiempo para el servicio el domingo”. “¿Qué diablos dices? Josh no asistió a la iglesia porque estaba enfermo”, le había espetado ella. “Pues entonces Conroy está más ciego de lo que yo creía”, había agregado él, sin más. Madge Flynn no había necesitado indagar. Su sexto sentido jamás le había fallado, y no lo había hecho tampoco en esta ocasión. Todos conocían su don. No por nada a ella acudían tantas mujeres desesperadas por algún consejo o una palabra que tranquilizara su angustia. Ella se las daba, gustosa. Era nada a cambio de toda la información que adoraba recibir. Y seguramente era como ella lo sentía, seguramente tenía la capacidad de ver más allá. Un poco más allá, y tan sólo algunas cosas. Conroy, un tipo no muy aficionado a la discreción, se había guardado sin embargo de mencionarle a Harlow que había visto al joven Sheeler en la orilla del arroyo sólo vestido con su sombrero negro. No sabía bien por qué lo había hecho. Le había parecido un dato jugoso, que daría tela para cortar por mucho tiempo. Además, distraería a las alimañas del pueblo. Pero le agradaba el muchacho, simplemente. Quizás demasiado, pero eso es algo de lo que no debe hablarse. Ni pensarse siquiera, ¿qué hubiese dicho Harl? La mujer no dudó. Tomó una de las carabinas que se agolpan contra la pared del recibidor. Descorrió el cerrojo, penetró en la intemperie. El frío la golpeó como un puño certero. La nieve se había vuelto una masa compacta y dura. Con andar decidido e intimidante enfiló hacia el granero cuyo rojo ajado parecía atraerla como la carne a un oso famélico. La escarcha crujió bajo sus pantuflas. No había completado ni la mitad del trecho cuando resbaló violentamente. En su pesada caída su dedo índice se trabó con el gatillo. El disparo, como un latigazo, pareció retumbar hasta el cordón de montañas gris violáceo. Rafael despertó aturdido y muerto de frío. Se incorporó de un salto y se abrigó con su chaqueta. El caño de la carabina asomaba por el recodo del granero cuando sus pies descalzos pisaron el hielo. Oyó el estampido pero no sintió la bala penetrar su piel, calar sus tejidos. Sus ojos sí leyeron los labios de la señora Flynn gritándole cerdo depravado, maldito demonio, antes de caer. Stanley Flynn y las pequeñas Megan y Sue Ann vieron todo a través de las ventanas de sus cuartos. Como una sombra, trastabillando repetidas veces, Josh avanzó desesperado a través de la nieve aplastando las marcas que había dejado apenas unas horas antes. El frío quemaba, pero él sólo era capaz de sentir con el corazón. Y el corazón no conoce de estaciones ni climas. Cuando dobló para alcanzar la entrada del granero, su madre se le apareció de espaldas, la carabina aun en sus manos. Inmóvil, Rafael yacía unos pasos más allá, sobre la nieve congelada, rodeado de un charco de sangre oscura. Los labios de la mujer temblaban de indignación en tanto su cabello se desprendía en mechones que agitaba un viento repentino. Josh no la miró siquiera. Se abalanzó sobre el muchacho para sostenerle la cabeza, y por primera vez dijo su nombre. Lo repitió hasta que lo aulló suplicándole que no se fuera. Sus lágrimas se mezclaron con el brillo acerado del sereno rostro de Rafael, y se quedaron allí, convertidas en pequeños cristales.&lt;br /&gt;Conroy se apeaba de la camioneta cuando creyó ver a Josh cargando un saco. El muchacho tambaleaba y lloraba, abriéndose paso en la nieve dura. Cuando se acercó lo suficiente descubrió que tenía la camiseta y el pantalón pijama empapado en sangre. Y que el saco era el muchacho Sheeler. Harlow los abordó cuando ya estaban en la cabina y Conroy giraba la llave del encendido. Ninguno de ellos reparó en su patrón, que caminaba lentamente, cuidando de no resbalar, en dirección a su mujer. Harlow iba a preguntarles a dónde creían que iban, pero no tuvo tiempo. Los neumáticos envueltos en cadenas crepitaron sobre la nieve, la camioneta corcoveó levemente y pronto se perdió en el sendero que conduce a la interestatal. El lloriqueo del bebé disuadió finalmente a Sue Ann. Megan permaneció con la nariz pegada al vidrio de la ventana doble un momento más. Sonrió cuando comenzó a nevar copiosamente. Tendrían, cuanto menos, una Navidad blanca.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Alrededor de cinco años más tarde, para la misma fecha, Conroy bebía una cerveza en el &lt;em&gt;Wandering Horse&lt;/em&gt;. Moe Stubbs, el cartero, le había alcanzado una tarjeta postal, la última entrega de su recorrida. Había mirado la caligrafía en el frente del sobre con extrañeza. Había sonreido luego, al leer el remitente. Rasgó el papel con prisa. Unas palmeras decoradas con luces festivas se recortaban contra el cielo dorado de California. Y atrás de la imagen, ahí estaban, las líneas con la noticia que, ahora caía en la cuenta, había esperado todo este tiempo. Él no lo había olvidado, como sí lo habían hecho finalmente los chismosos del pueblo. Sacó la postal del bolsillo de su camisa y le echó una mirada una vez más. Suspiró. Hay quienes, al final, llegan a cumplir sus sueños. Eso hay que celebrarlo, pensó. Siempre. Ordenó otra cerveza. Harl no tardaría en unírsele.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;FIN&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Imágenes: &lt;/span&gt;&lt;a href="http://www.sxc.hu/"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;www.sxc.hu&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-8017288564244254106?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/8017288564244254106/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=8017288564244254106' title='15 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/8017288564244254106'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/8017288564244254106'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2008/12/nieve-final.html' title='Nieve - Final'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SVkXpTbT91I/AAAAAAAAAqY/A6JhUQDqfpA/s72-c/994577_the_perfect_storm.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>15</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-2787847105913034088</id><published>2008-12-22T05:09:00.000-08:00</published><updated>2008-12-22T06:07:31.618-08:00</updated><title type='text'>Llega Navidad...</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SU-aSgprqRI/AAAAAAAAAqA/1pZIDZyCMIg/s1600-h/pnoel08.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5282610530721966354" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 258px; CURSOR: hand; HEIGHT: 320px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SU-aSgprqRI/AAAAAAAAAqA/1pZIDZyCMIg/s320/pnoel08.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt; ...una vez más. Y por esta parte del mundo no solemos ser originales en nuestros comentarios, referidos en su mayoría a la velocidad con la que se escurre el tiempo. A lo rápido que pasa todo. Cuando abrí la caja en la que guardo mi árbol de &lt;span style="color:#ff0000;"&gt;Navidad&lt;/span&gt; tuve la misma extraña sensación de cada año. Me pareció que no había transcurrido el tiempo que marca el calendario. Y sin embargo, miraba hacia atrás y sí había un camino recorrido durante doce intensos meses. Camino que fue bien diferente a los anteriores. Celebrado la mayoría de las veces, lamentado algunas otras. Pero bueno, así es la vida. &lt;div align="justify"&gt;Y llega &lt;span style="color:#ff0000;"&gt;Navidad&lt;/span&gt; y con ella a la mayoría se nos abre un cofre que guarda un sinfín de emociones encontradas. La tradición de alguna manera nos obliga a empaparnos de rojo, verde, dorado o plata, a decorar nuestras guaridas de manera festiva, instalando algún Papá Noel sonriente, un muñeco de nieve con nariz de zanahoria, un moño rojo, alguna campanita que tintinea alegremente al llevárnosla por delante. Excepcionalmente, algún pesebre que nos recuerda qué evocamos por estos días. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5282611398256748754" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 301px; CURSOR: hand; HEIGHT: 320px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SU-bFAeF6NI/AAAAAAAAAqI/IaN6bVYrq_o/s320/navidad08a.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;Personalmente, amo la celebración de la &lt;span style="color:#ff0000;"&gt;Navidad&lt;/span&gt;. Me encanta ver shoppings, vidrieras, calles, ventanas, balcones, ambientadas con guirnaldas, pinos y lucecitas de colores. Lo confieso, me encanta. Si fuese alcalde de mi ciudad, exigiría vestirse de rojo y blanco, o de duende, o de reno. Y si fuese Dios, crearía a Papá Noel y haría nevar durante la Nochebuena. En eso, el imperialismo sí pudo conmigo. Lo arrastro desde mi infancia. No hay año en que no caiga en las garras del consumo febril de este tiempo y regrese a casa con mi bolsa portando adornos nuevos. Contento como si el mundo fuese hermoso e idílico como las imagenes que abundan en esta época. Sé bien de la amenaza del Mal desde todos los flancos. Por eso me aferro a este aspecto que comparto poco o casi nada. Un refugio más. O, visto desde otro ángulo, quizá también, una alternativa. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Por todo esto, porque es &lt;span style="color:#ff0000;"&gt;Navidad&lt;/span&gt;, es que quiero hacerles llegar la alegría de estas fechas con mis bendiciones y mis mejores deseos. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Abramos el corazón a la bondad, al respeto, al cariño.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5282611748439797794" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 200px; CURSOR: hand; HEIGHT: 320px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SU-bZZAPMCI/AAAAAAAAAqQ/0MBlhzzTfzU/s320/navidad08b.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:180%;color:#ff0000;"&gt;FELIZ NAVIDAD, &lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:180%;color:#ff0000;"&gt;FELIZ 2009 PARA TODOS&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:180%;color:#ff0000;"&gt;&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;span style="color:#ff0000;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="color:#000000;"&gt;Imagenes&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#000000;"&gt;: archivo personal&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-2787847105913034088?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/2787847105913034088/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=2787847105913034088' title='10 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/2787847105913034088'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/2787847105913034088'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2008/12/llega-navidad.html' title='Llega Navidad...'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SU-aSgprqRI/AAAAAAAAAqA/1pZIDZyCMIg/s72-c/pnoel08.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>10</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-6786001071798985060</id><published>2008-11-24T07:24:00.000-08:00</published><updated>2008-11-24T07:57:27.605-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Historias de la montaña Brokeback'/><title type='text'>Nieve - V</title><content type='html'>&lt;div&gt;&lt;div&gt;&lt;div&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SSrHqpMR7RI/AAAAAAAAAnM/lCeYbhIMVG0/s1600-h/blognieve5c.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5272245849216380178" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 190px; CURSOR: hand; HEIGHT: 320px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SSrHqpMR7RI/AAAAAAAAAnM/lCeYbhIMVG0/s320/blognieve5c.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;El calor que brotaba a través de las rendijas se mezcló con el aire rancio del granero. Llegó hasta las fosas de Rafael Sheeler con una exhalación del viento que arremolinaba briznas de paja y tierra afuera. Se revolvió con pereza, estiró brazos y piernas con un largo quejido. Creyó escuchar los acordes desafinados de una armónica hasta que dejó de acomodarse y quedó boca abajo. El armazón del camastro no rechinó más, reinó el tórrido silencio nuevamente. La atmósfera viciada de la noche reciente emergió de entre los pliegues de la ropa que no se había sacado antes de desplomarse. Una fuerte presión a la altura de su entrepierna lo obligó a voltear una vez más. Tenía deseos de orinar pero la erección no se lo permitiría. A pesar del ensueño matinal, reparó en el tiempo que llevaba sin tener sexo. No era que hubiese tenido mucho en su vida, a decir verdad. Y cuando lo había conseguido, no había sido por voluntad propia. Ni con la clase de persona que soñaba. Eso ya casi ni lo deseaba. Había venido a parar al rincón menos caliente del planeta ahora. Al más hipócrita, también. Pero así funcionaban las cosas en todos los estados de la confederación. Salvo en uno, alguien le había dicho con un dejo de reprobación. O envidia, quizá. Juntaría dinero suficiente y allí se largaría alguna vez. A California, donde la gente es libre. Cuanto menos allí, si era así realmente, nadie lo miraría de mala gana. Allí no echaría de menos las miradas subrepticias que creía adivinar en muchos. Miradas que infinidad de veces lo habían metido en serios problemas. En California, si la paga al fin del otoño lo permitía, haría lo que le rondaba en la cabeza desde que tenía registro.&lt;br /&gt;Recordó que había llegado a oír el motor de una camioneta cuando el sol se alzaba sobre las vigas que atraviesan el portón, y que había maldecido. También que era domingo, y los domingos tenían mucho de sagrado en esa región del estado de Wyoming. Eso le habían advertido también, como cada vez que intentaba emprender algo. Déjate de estupideces y ponte a trabajar como cualquiera, le decían siempre. Los Flynn habrían acudido al servicio en la iglesia de Signal, amontonados sobre el asiento de la cabina. Los pequeños gritando, Joshua en la caja, resoplando, podía imaginarlo. No habían tenido la delicadeza de anticipárselo, lo suponía nada más. A su regreso la señora Flynn lo miraría con desprecio por dormir hasta cansarse y no cumplir con los mandatos de Dios y a él le daría por el culo. Dios jamás lo ayudaría, por mucho servicio al que asistiera. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Su camisa apestaba, a tabaco y a sudor. Lavaría su ropa, eso haría ese día. Debía hacerlo, además, o no tendría qué ponerse. La semana que comenzaba sería de trabajo muy duro. Eso sí bien se habían encargado de hacérselo saber. También debería procurarse algo de comer. Los domingos no estaban incluidos en el trato. Pero eso sería más tarde, su estómago no se había aliviado todavía. Se preguntó cuándo aflojaría el maldito calor. Le habían insistido hasta el hartazgo que trabajaría en uno de los estados más fríos del país. Aunque ahora que lo pensaba bien, en un aspecto no le habían mentido en absoluto. La erección no aflojaba y moría en deseos de orinar. Trató de pensar en algo desagradable y cayó en la cuenta de que no conseguía quitarse a Joshua Flynn de la cabeza. Aflojó los botones de la bragueta y manoseó su miembro. Aprovecharía la calurosa soledad, no estaría mal una acabada. Repentinamente cambió de idea, se incorporó y miró en derredor. Motas de polvo flotaron enloquecidas a través de los rayos de luz. Dio un rodeo breve por entre las filas de fardos y los muros de las viejas caballerizas. Registró el suelo en busca de pisadas. Las había de todos los tamaños. Marcas de herraduras mezcladas con bosta seca también.&lt;br /&gt;Afuera, junto al barril, lavó profusamente su cara, mojó su cabello. El viento sobre la piel humedecida lo reconfortó. Bien pudo ser el viento también lo que meció uno de los paños de la cortina de la cocina de los Flynn cuando dirigió la vista en esa dirección. Orinó de espaldas a la casa recién cuando se aseguró de que nada más se movía. No pudo ver que la cortina volvió a descorrerse con sigilo, había cerrado sus ojos profundamente aliviado. Mientras juntaba sus cosas, luego, dedujo que las corrientes de aire no suelen sacudir discriminadamente.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5272246024919153698" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 289px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SSrH03vFfCI/AAAAAAAAAnU/C1S4NM1rFX4/s320/blognieve5d.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Había visto un arroyo desde lejos, cuando vigilaba los movimientos de Conroy y Harlow durante las incursiones de la semana. Decidió que allí pasaría gran parte del día, sino todo. Echó un último vistazo al rancho antes de perderlo tras las estribaciones de las colinas al norte. Una sombra se movía vacilante pero su leve miopía le impidió distinguirla. Montó durante una media hora, hasta un recodo invitador. Algunos árboles registraban ocres prematuros. Otros habían matizado de rojo sólo las hojas ocultas del sol. El rumor del agua silenciaba cualquier otro sonido. Ató su caballo al tronco de un árbol añoso. Descargó el atado con la ropa de trabajo de su montura. No se quitó los calzoncillos, la camiseta ni el sombrero al llegar a la orilla barrosa. Introdujo sus piernas hasta la mitad de sus muslos reprimiendo un temblor. El agua debía tener la temperatura de la nieve de las montañas detrás suyo. Lavó concienzudamente cada una de sus prendas, frotándolas contra las piedras. Para cuando terminó, el arroyo, aún en su caudal incesante, se sentía tibio. Paseó la vista brevemente y se desnudó aprisa, para limpiar la ropa que llevaba encima. Sus genitales lucían encogidos bajo el agua. Debía verse gracioso con su piel lechosa y su miembro del tamaño de un pepinillo bajo el amparo del sombrero negro, pensó. Dispuso las prendas separadamente, sobre las rocas planas que absorbían el sol, sujetas con piedras en los extremos. Iba a tenderse a echar una siesta cuando un crujido de ramas paralizó su corazón. Lo primero a que atinó fue a cubrir sus intimidades con el sombrero. Alguien chilló desde detrás de unos arbustos espinosos, siguió un ruido seco. Sin importarle nada, corrió en la dirección del grito. Joshua, tumbado sobre unas ramas filosas, los pantalones a la altura de las rodillas, lo escudriñaba con los ojos cargados de espanto. Sus manos temblorosas no lograron cubrir la húmeda excitación de sus genitales. Rafael respondió a sus más crudos instintos lanzándosele encima. Cubrió la boca del muchacho con la suya, restregó su pene, que pronto se desentumeció contra el de Joshua. Éste intentó liberarse en vano, mordiéndole los labios, empujándolo con sus puños, tirando de su cabello. Rodaron por el suelo, más ramas se estremecieron, las espinas se clavaron en la espalda de Rafael. Aulló de dolor, giró sobre Joshua, abrió su camisa y hundió sus labios en su cuello. Éste pataleaba y jadeaba como un cordero a punto de ser carneado. Insultaba con palabras que Rafael jamás había escuchado. Sus uñas se hundieron en los costados de Rafael, rasgando la piel herida por las espinas. Los dedos de la mano de aquel se unieron con firmeza y fueron a dar contra la mejilla de Joshua con un estruendo. Los forcejeos del joven se aquietaron. El arroyo con su canto pareció acompañar el encuentro de sus miradas. La de uno, firme, anhelante. La del otro, a punto de romper en llanto que no era de tristeza ni dolor. El aire que a horcajadas emanaba de los pulmones de Joshua llegó a los labios de Rafael con una caricia suave. Dedos sudorosos se deslizaron hasta clavarse con fuerza en sus mejillas enrojecidas. El escupitajo dio justo en el entrecejo de Rafael. Se lo quitó y en lugar de arrojarlo lejos, lo sostuvo en la palma de su mano. Joshua sonrió con sorna, un hilo de sangre caía de sus encías. Rafael salivó con rudeza sobre sus dedos que fueron a dar entre las nalgas del muchacho. Éste gimió y se retorció como un venado en el último soplo de vida. Pataleó cada vez más fuerte, Rafael jamás imaginó que lo hacía para librarse del amarre de sus botas y pantalones. Lo consiguió a medias, no importaba ya. Rafael había logrado inmovilizarlo. Abrió sus piernas, las levantó, cerró sus ojos. Maldito marica, murmuró con resignación. Apretó sus dientes cuando el otro ya suspiraba con clamores que parecían agitar la hierba y todo el bosque. Una llamarada, así la sintió, fue la exacta mezcla de padecimiento y goce. No hubo que imaginar ni otear nada esta vez. Tampoco necesitó de sí mismo para descargarse. No se sintió un cochino ni un demonio, como su madre suele repetir haciendo referencia a las Sagradas Escrituras. Por el contrario, antes de que sus párpados cayeran creyó ver dibujada un ave con sus alas desplegadas en los contornos de una nube pasajera. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt; &lt;/div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5272246365174671586" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 200px; CURSOR: hand; HEIGHT: 165px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SSrIIrSUqOI/AAAAAAAAAnk/eHPMNHIetyA/s200/blognieve5.jpg" border="0" /&gt; &lt;div align="justify"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5272246231130269794" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 200px; CURSOR: hand; HEIGHT: 184px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SSrIA37paGI/AAAAAAAAAnc/zhQiwluFyyE/s200/blognieve5e.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Los rayos del sol caían inclinados y tibios cuando Rafael parpadeó y volvió a la vida. Conroy arreaba un par de vacas revoltosas cuando vio a Joshua montar su caballo como flecha a través de la pradera que surge del arroyo. Levantó su mano pero el joven jamás le correspondió. Decidió retrasar un momento el regreso a su puesto en el faldeo movido por su acostumbrada curiosidad. Lo intrigó la prisa que llevaba el hijo de su patrón. Donde fuera que había estado antes, ya era demasiado tarde para llegar al servicio en Signal. Su caballo trajinó hasta trepar un promontorio que forman las rocas apiladas en torno al arroyo. Inclinaba el ala de su sombrero para evitar el resplandor cuando divisó a Sheeler levantando ropa del suelo, vestido sólo con su viejo sombrero negro con una pluma de águila clavada en uno de sus costados. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;Continúa.&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Fotos: archivo personal&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-6786001071798985060?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/6786001071798985060/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=6786001071798985060' title='12 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/6786001071798985060'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/6786001071798985060'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2008/11/nieve-v.html' title='Nieve - V'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SSrHqpMR7RI/AAAAAAAAAnM/lCeYbhIMVG0/s72-c/blognieve5c.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>12</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-3054818687052900547</id><published>2008-10-20T11:38:00.000-07:00</published><updated>2008-10-20T11:56:22.515-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Historias de la montaña Brokeback'/><title type='text'>Nieve - IV</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SPzQ342OGLI/AAAAAAAAAfI/kkjqelUSHh0/s1600-h/142516_heaven_hell_neon.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5259308123433081010" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SPzQ342OGLI/AAAAAAAAAfI/kkjqelUSHh0/s320/142516_heaven_hell_neon.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;- ¡Carajo, eres tú!&lt;br /&gt;- ¿Quién creías? – murmuró Joshua Flynn, saltando fuera de la camioneta con desgano. - ¿Tienes un cigarro?&lt;br /&gt;Rafael le pasó uno que sacó del bolsillo de su camisa y lo encendió sin que se lo pidiera. Fumó hondamente y al cabo lanzó una gran bocanada de humo sobre su nariz. Dio media vuelta y caminó arrastrando la suela de sus botas café dejando una estela blanca tras de sí. Unas muchachas de pantaloncitos cortos y rasgados entraban al bar en el preciso instante en que Joshua se disponía a hacer lo mismo. Les sonrió casi triunfalmente y se les adelantó para abrir la puerta. Ellas sonrieron con mohines cómplices al hablarle. Dirigió una mirada de desdén a Rafael que observaba la escena parado junto a la camioneta y, sin más, cruzó la calle y se perdió dentro del local de la acera opuesta, el &lt;em&gt;Heaven and Hell&lt;/em&gt;. Rafael dudó un instante de desaliento. Pateó lejos una piedra y finalmente caminó resuelto. La atmósfera dentro del &lt;em&gt;Wandering Horse&lt;/em&gt; estaba densamente viciada. El calor del exterior era mucho más pesado allí dentro, una espesa humareda flotaba en el aire. Qué diablos, pensó. Dio vuelta rápidamente y atravesó la calle. Había una pequeña multitud a la puerta del &lt;em&gt;Heaven and Hell&lt;/em&gt;. Algo le hizo pensar que quizá el lugar había abierto hacía poco. El interior del bar corrigió sus sensaciones. Hacía tanto o más calor que en el Wandering Horse, pero al parecer, allí la gente no fumaba. O fumaba menos. Un ventilador de grandes aspas hacía su trabajo apenas removiendo el batido en el pelo de unas mujerotas que bebían con un grupo de vaqueros de barbas crecidas. El gentío fumaba, charloteaba y cuando reía lo hacía casi a los gritos. Una banda al fondo, sobre un escenario improvisado, desgranaba notas y acordes interpretando &lt;em&gt;Old Texas ranch&lt;/em&gt;. Algunas parejas bailaban ajenas al resto, hombres con el sombrero puesto se apretujaban junto a las mesas de billar bebiendo del pico de sus botellas. Las meseras iban y venían acarreando bandejas llenas, el disgusto o el hartazgo impresos en sus rostros. Casi todo el mundo era mucho mayor que él. El cuadro representaba lo que Rafael Sheeler detestaba, pero no había mucho para elegir. No en ese pueblo perdido de Wyoming que es Signal, al menos. Decidió que no bebería esa noche si quería conducir de regreso al rancho sin problemas con la policía. Olfatean el aire, y rastrean al forastero en menos de lo que canta un gallo, le habían advertido. Se acercó a la barra y ordenó un refresco y un emparedado a una mujer de aspecto hombruno. Haciendo equilibrio, pegado a su labio inferior, se veía el extremo de un cigarrillo aplastado. No le extrañó tanto ese detalle sino el tamaño de sus pechos bajo la blusa de ribetes arremolinados. El lugar, sin lujos ni pretensiones, mantenía el estilo del Wyoming rural. La cabeza disecada de un oso pardo lanzaba miradas intimidantes desde una viga que cruzaba el bar, junto a otra, algo apolillada, de un alce de grandes astas. De todas las paredes pendían herraduras y espuelas extrañamente relucientes, y antiguas fotos en blanco y negro bajo marcos de ribete dorado. Frente a él, hileras de botellas cruzadas por el nombre del bar en neón rojo, y por detrás, un espejo que parecía una pantalla donde se reflejaba el variopinto extracto local. Algo caliente tocó su brazo repentinamente. Inclinó la cabeza para descubrir una lengua de hamburguesa asomando desde su refugio bajo dos enormes rebanadas de pan cubiertas de semillas. Un ruido seco a continuación anunció la llegada del refresco que había ordenado, a manos de un hombre de hombros anchos y mirada antipática. Rafael buscó el retorcido billete de cinco dólares que tenía dentro del pantalón mientras las conversaciones alrededor suyo orbitaban en tandas inconexas. &lt;em&gt;Que este maldito calor no puede durar mucho más, que hay un foco de baja presión en el Pacífico, a eso se debe todo el desbarajuste, que no, que las hojas han retrasado su color otoñal, que no tendremos un día de Acción de Gracias como Dios manda este año por culpa del gobierno&lt;/em&gt;. Y alguien más allá arremetió con el alcalde y su probable postulación, justo ahora con todo el desastre de Nixon y su pandilla, y más acá otro se metía con el peinado y el atuendo poco acorde de la tal viuda de Monroe, y otro contaba que un alazán había escapado y su rastro se perdía justo al pie de las montañas. Rafael dejó de escuchar como si apagara un aparato de radio. Pagó y mordió un gran bocado de su hamburguesa. Sus ojos se nublaron en el espejo detrás de la colección de botellas. Por entre las cabezas que se movían en todas direcciones, tras la cortina de humo de los cigarrillos, Rafael divisó a Joshua riendo despreocupadamente junto a las chicas que habían entrado con él. Un par de jovencitas de trenzas se había agregado al alegre grupo. Desde donde él podía verlo sin que el muchacho lo advirtiera. Hablaba y gesticulaba abriendo grande su boca, hacía continuos ademanes, parecía disfrutar del momento. Y bebía pequeños sorbos del pico de su botella mecánicamente. Ciertamente no parecía el mismo del rancho. La gente se comporta con rareza, pensó Rafael, mientras su boca se llenaba de la dulzura gasificada de su bebida.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5259308336474039106" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SPzRESfJI0I/AAAAAAAAAfQ/jDgzy19uB9U/s320/7293_1hourservice.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;- ¿Sólo, vaquero? – Rafael desvió la mirada hacia la de una muchacha de pestañas como pararrayos y bucles cayéndole en cascada que le hablaba desde el borde de sus hombros.&lt;br /&gt;- No. – se apresuró a contestar. – Eh... pues, sí.&lt;br /&gt;- ¿Sí o no?&lt;br /&gt;Rafael se limitó a fruncir el entrecejo como toda respuesta y volvió a morder un bocado de su hamburguesa. La mujer no esperó, se encogió de hombros y se marchó. Rafael la siguió por el espejo. Pertenecía a la banda de Joshua parapetada al fondo del salón. La observó decir algo a las otras chicas, todas rieron y miraron en su dirección. En otros tiempos a Rafael eso hubiese bastado para apesadumbrarlo, pero ya no. Rafael Sheeler es de esas personas a quienes se los descubre después de una segunda mirada. No es un muchacho precisamente atractivo, pero hay algo en él que obliga a repasar su aspecto. De ojos pequeños que no dejan ver el azul profundo de sus pupilas, barbilla prominente y nariz redondeada, tiene una sonrisa de dientes cuadrados y separados que, lejos de ocultar, despliega cada vez que tiene la oportunidad. Esa es, tal vez, la clave de su simpatía, o al menos lo es en su hogar en Virginia, donde goza de la casi inmediata popularidad que suele obtener entre las muchachas. Él siempre había pensado en lo irónica que suele ser la vida la mayoría de las veces. Pero ya no lo hacía. Prefería trasuntar caminos y ver qué le traía el destino, sin esperar demasiado. Pidió un refresco más para mitigar el efecto de la sobrecarga de aderezos en su hamburguesa. Hubo un ruido de cristales rotos, un par de gritos histéricos y un estrépito de muebles chocándose. Joshua, rodeado por dos grandulones de espaldas anchas, había súbitamente perdido todo signo de alegría en su semblante. Las jóvenes que lo habían estado acompañando se apretujaron contra una columna cercana. Todas salvo una, contemplaban la escena ansiosas, entusiasmadas por el efecto de lo que parecía ser algún desenlace inesperado. Uno de los hombres asestó el primero de los puñetazos en el mentón de un aturdido Josh. Éste tambaleó y fue a chocar contra la pared, de la que derribó unos cuadros con fotografías y torció otros tantos. El segundo hombre lo tomó del cuello de la camisa y descargó un segundo puñetazo en su vientre. Para ese entonces, Rafael ya cruzaba el salón abriéndose paso entre la multitud que contemplaba impávida. No le costó demasiado disuadir a los dos individuos. Maña, nunca fuerza. Esa es la clave, le había dicho alguna vez aquel peón de temporada con el que se había enredado un verano, el que había trabajado por años en California, junto a inmigrantes ilegales chinos. Ellos le habían enseñado algunas cosas, y él se las había mostrado a Rafael. Lo había obligado a aprenderlas, en realidad. Seas lo que seas, nunca dejes de comportarte como un hombre, le había insistido siempre. Con un certero puntapié empujó al primero de los dos hombres debajo de una mesa cercana. Uno de sus codos se hundió inesperadamente en el cuello del otro, su pie en los genitales y, gritando de dolor, cayó derribado a los pies del coro de muchachas. La de bucles como sogas, la que se había acercado cuando Rafael comía en la barra, lo miró candorosamente. Joshua sangraba por la nariz. Rafael lo tomó de los hombros y lo obligó a que caminara con él hasta la salida. Se paró en seco y regresó para buscar su sombrero, que había rodado por el suelo. Los ojos de quienes despejaban su paso se clavaron en los suyos con menosprecio, pero a él no le importó. Una vez afuera, se alejó a paso rápido, lo suficiente como para desalentar cualquier intento de búsqueda. Joshua acompañó su andar con una rara docilidad. Cuando hubieron ganado refugio tras un gran camión en el aparcamiento a un costado del bar, se soltó de los brazos de Rafael con rudeza.&lt;br /&gt;- ¡No tenías por qué meterte, jodido peón! – bramó.&lt;br /&gt;- ¿Quieres otro cigarrillo? – ofreció Rafael, encendiendo uno.&lt;br /&gt;- ¡Métete tus jodidos cigarrillos en tu jodido culo!&lt;br /&gt;- De acuerdo. – sacó un pañuelo del bolsillo trasero del pantalón y se lo pasó por los bordes de su boca ensangrentada. Josh reculó con horror, como si lo hubieran pillado en el medio de alguna actividad oculta.&lt;br /&gt;- No quiero nada de ti. ¡No quiero que te me acerques, maldito peón de campo! – gritó, arrojando el pañuelo manchado al piso.&lt;br /&gt;- Como tú digas. – fue todo lo que dijo Rafael. A grandes zancadas hizo sonar el taco de sus botas sobre el pavimento, encendió el motor de su camioneta y salió de allí raudamente. Por el espejo retrovisor creyó ver la tambaleante silueta de Joshua apenas iluminada por la luz de un farol pero ni asomo tuvo de volver a él. Que se arregle, pensó, no me importa que sea el hijo de mis patrones. Faltarían todavía un par de millas para llegar al rancho Flynn cuando giró en U haciendo chirriar los neumáticos. Desanduvo el camino aún más velozmente. No cruzó a ningún vehículo, no vio nada que indicara presencia humana más que la granja abandonada al borde de la ruta, hasta que por el rabillo del ojo vio pasar un bulto un poco más allá del cartel que señala el inicio de los límites de la ciudad. Frenó clavando con fuerza su pie en el pedal. Dio vuelta e iluminó la calle con las luces altas. Joshua, acurrucado sobre sí mismo, yacía a un costado del polvoriento camino. Con desconfianza levantó el ala de su sombrero y lo miró de reojo cuando se acercó.&lt;br /&gt;- Levántate. Voy a llevarte al rancho. – ordenó Rafael.&lt;br /&gt;- Vete a la mierda.&lt;br /&gt;- ¡Dije que te levantes, maldita sea! – lo tomó de uno de los brazos y del frunce de la camisa, para incorporarlo con presteza. Las luces de la camioneta revelaron el miedo en el semblante del muchacho, los ojos gatunos, los labios levemente trémulos. Rafael habló a escasos centímetros de su boca. Pudo oler su aliento alcoholizado, sentir la pelvis del joven apoyada sobre la suya. – Y ahora te subes a la maldita camioneta sin chistar. – Joshua no dejaba de jadear, y a Rafael le pareció que el miedo en él había mutado a una emoción distinta, nueva, casi animal. Hubo una vacilación mutua, un movimiento que quiso ser, un acercamiento en falso. Un temblor, casi un cataclismo. Pronto todo se desvaneció en la pesadez del aire. Bufando, Joshua se liberó de las garras de Rafael con un gesto agresivo. Quitó una molestia ilusoria de sus labios, escupió y trepó a la camioneta cerrando la portezuela con un estruendo. Ninguno de los dos dijo nada durante el trecho hasta el rancho de los Flynn y sin embargo, los muchachos notaron que aquello que se había fundido con el aire poco antes había vuelto a colarse por las ventanillas de la camioneta y se había instalado allí como una presencia embarazosa. Uno de los dos lo entendía perfectamente, el otro no. Estremecido, pensó que no había nada que entender. Con todo, no pudo conciliar el sueño en toda la maldita noche. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Continúa.&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;em&gt;Fotos:&lt;/em&gt;&lt;/span&gt; &lt;a href="http://www.stockxchange.com/"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;www.stockxchange.com&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-3054818687052900547?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/3054818687052900547/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=3054818687052900547' title='13 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/3054818687052900547'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/3054818687052900547'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2008/10/nieve-iv.html' title='Nieve - IV'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SPzQ342OGLI/AAAAAAAAAfI/kkjqelUSHh0/s72-c/142516_heaven_hell_neon.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>13</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-2415305877320044595</id><published>2008-10-14T10:52:00.000-07:00</published><updated>2008-10-15T09:27:13.645-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Reflexiones'/><title type='text'>Seis cosas</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SPToppLZmAI/AAAAAAAAAfA/413h8Fnh4Kg/s1600-h/snoopy2.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5257082467174160386" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SPToppLZmAI/AAAAAAAAAfA/413h8Fnh4Kg/s320/snoopy2.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Desde Colombia he recibido una invitación. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Una grata invitación, de parte de El César del Cóctel de &lt;a href="http://cocteldecolombia.blogspot.com/"&gt;&lt;em&gt;http://cocteldecolombia.blogspot.com&lt;/em&gt;&lt;/a&gt;. Pero, voy a cumplir sólo con una parte de su simpático convite, tratando de enumerar seis cosas que me hacen bien, que me alegran el alma. No es rebeldía, aunque podría serlo, el que no obedezca a toda la propuesta. No señor. Es vagancia, nada más. Perdón, oh, César. &lt;em&gt;Confesori te salutant&lt;/em&gt;.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Acabo de hacer un vuelo rasante por casitas amigas, y he comprobado la inocencia y la delicadeza en la reseña que cada uno ha hecho. Debí, entonces, tachar tres de la lista de seis que ya había confeccionado... &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;En fin, aquí va la definitiva, estas son seis, apenas seis de todo un tendal de cosas que me hacen inmensamente feliz:&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#666666;"&gt;- El abrazo y el beso de mis sobrinos en la vereda de la escuela.&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#666666;"&gt;- El café con medialunas que comparto con mi má los jueves por la tarde.&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#666666;"&gt;- Las caricias de mi vaquero antes de dormir.&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#666666;"&gt;- Dibujar y escribir.&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#666666;"&gt;- Los atardeceres patagónicos.&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#666666;"&gt;- Los comentarios llenos de afecto en ésta, mi guarida.&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Y podría seguir, eh. Ya lo creo que podría, por renglones y renglones. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Pero seis es un buen número. El doble de tres, al que estoy tan ligado. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Aunque... siete no hubiese estado mal tampoco. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;O doce, o veintitres quizá... &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Así hubiese podido incluir comer helados, ver pelis de animación, leer, Disney, Tintín, Peanuts, las milanesas, tomar mate dulce, escuchar miles de canciones favoritas, los delfines, viajar, andar en bicicleta, las pastas, contemplar el mar, el cielo, los perros, los conejos, el recuerdo de mis abuelos, las montañas, las historias de montañas, el cine, los musicales, el esquí, los sandwichs de jamón crudo, nadar...&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Imagen: archivo personal.&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-2415305877320044595?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/2415305877320044595/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=2415305877320044595' title='6 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/2415305877320044595'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/2415305877320044595'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2008/10/seis-cosas.html' title='Seis cosas'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SPToppLZmAI/AAAAAAAAAfA/413h8Fnh4Kg/s72-c/snoopy2.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-2407880612040463763</id><published>2008-09-22T09:04:00.000-07:00</published><updated>2008-09-22T09:18:53.000-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Historias de la montaña Brokeback'/><title type='text'>Nieve - III</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SNfCsbr95HI/AAAAAAAAAeg/IBo7EgxaEKs/s1600-h/234054_brown_county_barn.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5248877959325803634" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SNfCsbr95HI/AAAAAAAAAeg/IBo7EgxaEKs/s400/234054_brown_county_barn.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Al canto de un gallo desde el corral vecino al granero siguió un largo mugido que cortó con la ensoñación de Rafael. El catre bajo sus espaldas crujió al rodar. Entreabrió un ojo. Aún era de noche, malditos animales. Golpes bruscos sobre el chapón del portón lo arrancaron de un mundo de impresiones descoloridas y palabras huecas.&lt;br /&gt;- ¡Eh, Sheeler! ¡Prepara los caballos, el desayuno estará listo para cuando termines! – aulló la señora Flynn. Creyó oírla mascullar “holgazanes” y “del sur” cuando sus pasos se arrastraron hacia el rancho, pero no estaba seguro.&lt;br /&gt;Se estiró todo lo que daba su cuerpo alargado, reprimiendo un alarido. El catre no estaba mal, pero era demasiado angosto para su contextura. Se vistió y lavó su cara restregándose bien los ojos. El aire afuera tenía resabios de la tibieza de la noche anterior. Escrutó los picos que descendían hacia el este. El horizonte parecía abrirse como fauces de una boca encendida de naranja rojizo. Caminó hacia la caballeriza con paso endeble. Se aseguró de ajustar bien cada montura, de enrollar debidamente cada lazo.Sólo las dos niñas respondieron a su saludo tímido. El señor Flynn gruñó algo por el costado de su boca mientras devoraba un plato que rebalsaba de huevos revueltos y papas. Joshua, los ojos entrecerrados, oscuras ojeras, giraba la cuchara dentro de un cuenco con leche y cereal. El pequeño dormía todavía. Un generoso tazón humeaba sobre la mesa que le correspondía a Rafael. Las niñas lo contemplaban cuando se sentó y metió una pieza de pan en su boca. Les sonrió con la dentadura llena de miga. Rieron con complicidad.&lt;br /&gt;- ¡Terminen su desayuno de una vez! – gritó Madge Flynn. – No quiero más demoras, no cada bendita mañana. ¡Josh, deja de jugar con tu cereal y métetelo en la boca! Stan, apura esos huevos, y alístate.&lt;br /&gt;Rafael sonrió para sí y tragó su café sin más. No serían más que unas pocas semanas allí. Conroy y Harlow llegaron en medio de una nube de polvo cuando con Joshua se encaminaban hacia la caballeriza. Su oxidada camioneta tiraba de un trailer con una decena de ovejas apretujadas. El que carecía de uno de sus dientes levantó la mano, el otro inclinó su sombrero al descender.&lt;br /&gt;- Debemos esperarlos. Ve a buscar a los perros. – ordenó Josh con desgano.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5248878091214201490" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SNfC0HAnIpI/AAAAAAAAAeo/v_RBEnbbjtU/s400/900857_ladscape.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El sol ya calentaba cuando los cuatro montaron sobre sus caballos. Escoltaron el rebaño hacia un prado que se extendía más al oeste del que habían estado el día anterior. La hierba de ese lado conservaba todavía la humedad de los vientos del Pacífico. Fue un día duro para Rafael Sheeler. Curó a numerosas crías, desparasitó el hocico y los genitales de otros tantos animales adultos, reparó una larga alambrada caída. Conroy y Harlow se ocuparon de las vacas, siempre a considerable distancia de los muchachos. Rafael los observaba cada vez que se juntaban a fumar y reír. Josh apenas si levantaba la mirada para otear el cielo de vez en cuando. Poco después de mediodía, cuando el sol fundía la piel, se largó sin decir nada. Regresó a media tarde con una vianda para Rafael.&lt;br /&gt;- Esto es para ti. Puedes tomarte unos minutos. – concedió en un murmullo, extendiendo un pequeño paquete envuelto en papel madera. – Pero no descuides el rebaño.&lt;br /&gt;“Así será, mi teniente”, pensó Rafael para sí. “Condenada familia de mandones, deberían estar todos en la maldita milicia.” Joshua debe haberlo adivinado en su expresión porque lo miró casi de soslayo, y esa fue la primera vez que tuvo la oportunidad de apreciar el manso rostro del joven. La mirada huidiza del mayor de los hijos de los Flynn tenía sin embargo, detrás de la docilidad impostada de su celeste acuoso, un dejo felino. La delicada nariz en punta coronaba los altos pómulos cubiertos de pecas, los labios rugosos y anchos. Un flequillo rubio ceniciento asomaba bajo el ala del sombrero. La nuez de Rafael se movió, nerviosa, por su cuello. Josh pareció alarmarse súbitamente por alguna razón que ninguno de los dos alcanzó a comprender. Se puso inmediatamente de pie y se perdió entre el rebaño. Rafael pudo ver que se había ruborizado furiosamente.&lt;br /&gt;Esa tarde, durante la cena en el rancho, tuvo lugar una fuerte discusión. Una de las niñas lloriqueaba cuando Rafael tomó asiento frente a un plato de humeantes verduras hervidas.&lt;br /&gt;- No van a decirme a mí lo que debo hacer con mis hijos. – resoplaba la señora Flynn. – Escúchame bien, Sue Ann, porque si no lo haces voy a lavar tus orejas con lejía, ¿me oyes? No quiero volver a ver salir de labios de tu padre una queja más de la maestra Stewart. Ni una sola más. ¡Megan no te rías o tendrás lo mismo!&lt;br /&gt;- Pero mam... – intentó decir la niña a la que llamaban Sue Ann.&lt;br /&gt;- ¡Mamá nada! No soy tu madre cuando me decepcionas de este modo. Y tu padre tampoco es papá esta noche. Y tu familia tampoco lo es. ¿Ves qué logras cuando te portas mal? ¿Lo ves? – Se interrumpió para voltear y dirigirse a Rafael que engullía un bocado. – Sheeler, en esta casa se ora a las siete en punto, ¿de acuerdo? Los Flynn somos gente de palabra y respeto, y pretendemos lo mismo. Espero no tener que repetirlo. – por detrás de los gruesos hombros de la mujer un asustado Josh lo miraba de reojo.&lt;br /&gt;- No tendrá que hacerlo, señora. – musitó el muchacho, sin dejar de masticar.&lt;br /&gt;Ella lo miró con ojos de “más te vale.” Al cabo añadió: - Mis hijos conocen la palabra del Señor. Y saben bien cómo espero que se comporten frente a los demás. ¿Joshua?&lt;br /&gt;- Sí, mamá, así será. – tartamudeó el joven.&lt;br /&gt;- ¿Stanley? – consultó la mujer.&lt;br /&gt;- Ya escucharon a su madre. Todos. Una falta más y ya saben lo que les espera. – recitó el señor Flynn con voz cansina.&lt;br /&gt;Rafael repitió el rito de la noche anterior. Fumó un par de cigarrillos sentado sobre un fardo frente al granero canturreando suavemente y luego se lavó con agua del barril que había estado al sol. Quitó la humedad en su piel con la toalla raída y luego se echó pesadamente sobre el catre. Estaba cansado pero le costaría dormir, el aire conservaba aún mucho del calor del día. Cerró los ojos. Se incorporó como si alguien le hubiera vaciado un cubo de agua helada, metió sus pies en las botas y casi corrió hacia el montículo de fardos de heno. La toalla se deslizó por sus piernas y cayó al suelo. Maldiciendo, volvió a cubrir su desnudez cuando oyó claramente el rumor de pasos acelerados. Una silueta se alejaba rauda cuando asomó a las puertas del granero y se perdía en las sombras del rancho. No pudo identificarla, pero no dudó de que se trataba de un hombre.&lt;br /&gt;Los días, después, se sucedieron sin variantes. El señor Flynn debió permanecer en reposo víctima de una artrosis crónica que solía dejarlo inmóvil de vez en cuando. Conroy y Harlow parecieron tomar su lugar, supervisando cada pisada que daba Rafael. Josh apenas si dijo más que un par de órdenes que le dio, y uno que otro gracias a desgano cuando lo invitaba con un cigarrillo. Era sábado por la tarde cuando Rafael quitaba las espinas de las patas de un cordero y Joshua desmontó con su comida.&lt;br /&gt;- ¿Qué se hace por aquí los sábados en la noche? – inquirió luego de agradecerle.&lt;br /&gt;Josh lo miró con gesto esquivo en tanto apoyaba la vianda sobre un tronco.&lt;br /&gt;- Pensaba tomar una cerveza, podemos ir juntos si tienes ganas. – invitó Rafael, sin sacar la vista del cordero que chillaba lastimosamente.&lt;br /&gt;- No tomo cerveza. – repuso Joshua secamente.&lt;br /&gt;- De acuerdo, puedes tomar un vaso de leche si quieres. Yo iré al pueblo de todos modos.&lt;br /&gt;La cortina se meció levemente cuando Rafael se acercó al rancho después de la faena. Anunció a la señora Flynn que no cenaría con ellos esa noche. Joshua pareció sobresaltarse mientras apilaba la vajilla sobre la mesa.&lt;br /&gt;- Haz el favor de avisar con más anticipación la próxima vez. Esto no es una fonda. – espetó la mujer.&lt;br /&gt;Se acicaló rápidamente sin desnudarse por completo esta vez. La brisa soplaba desde el sur, con calientes remolinos. El motor de su camioneta se encendió en el tercer intento, cuando hundió el pie en el acelerador y la carrocería se sacudió con un bramido. Aguardó unos instantes hasta que levantara un poco de temperatura, la mirada clavada en el espejo retrovisor que torció apuntando al rancho de los Flynn. La dueña de casa merodeaba por la cocina aún, el resplandor en las ventanas de un lado indicaba que el señor Flynn y sus hijos miraban la televisión. Rafael decidió esperar un poco más fumando un cigarrillo. Luego decidió que era estúpida su espera y arrancó lanzándose al camino que llevaba a la interestatal. No le costó nada ubicar el bar del que ya le habían hablado, el &lt;em&gt;Wandering Horse&lt;/em&gt;. Cerró la pesada puerta con un estrépito al apearse. Una figura de sombrero negro, acurrucada en las sombras de los bártulos de la caja de la camioneta, lo hizo maldecir de susto. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Continúa.&lt;/span&gt;&lt;/em&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Fotos: &lt;/span&gt;&lt;a href="http://www.stockxchange.com/"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;www.stockxchange.com&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-2407880612040463763?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/2407880612040463763/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=2407880612040463763' title='10 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/2407880612040463763'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/2407880612040463763'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2008/09/nieve-iii.html' title='Nieve - III'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SNfCsbr95HI/AAAAAAAAAeg/IBo7EgxaEKs/s72-c/234054_brown_county_barn.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>10</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-8156692327334951997</id><published>2008-09-11T08:51:00.000-07:00</published><updated>2008-09-11T09:08:19.984-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Historias de la montaña Brokeback'/><title type='text'>Nieve - II</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SMk-3M_o9WI/AAAAAAAAAeQ/UHHYDBZLyQs/s1600-h/272958_wheat_field2.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5244792359151531362" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SMk-3M_o9WI/AAAAAAAAAeQ/UHHYDBZLyQs/s400/272958_wheat_field2.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Los cascos se hundieron como hojas que calaban el terreno mullido. A ambos lados, algo más allá, moteadas de cipreses apiñados en bosquecillos, se extendían praderas de un verde destellante. El monte Whitmore, acordonado por picos que se prolongaban hacia el oeste, se alzaba desafiante en un azul añil. Estaban a finales de septiembre, y el calor apretaba aún. El alazán corcoveó cuando Rafael Sheeler lo azuzó con un tirón de las riendas. En un mar de ovejas mantenidas a raya por dos perros pastores, el señor Flynn impartía órdenes a dos hombres. Su hijo ya se encontraba cerca, la cabeza gacha. Preparaba un lazo sin decir nada. Rafael, devenido flamante extraño en el rancho, se acercó con gesto vacilante. No fue necesario que se presentara.&lt;br /&gt;- ¡Ea, Sheeler! – gritó el hombre por sobre el berreo de los animales. - ¿Eres tú, verdad? Los peones parecieron mirarlo con desconfianza. Inclinó su sombrero en un gesto que fue mezcla de afirmación y saludo. “Ya me habían advertido acerca de esta región”, pensó mientras lo hacía. Su padre solía decir: “&lt;em&gt;Wyoming&lt;/em&gt;. El estado de la arrogancia y la suficiencia inconmensurables. Ah sí, y hay bosques, lagos y montañas también.”&lt;br /&gt;- Harlow, Conroy. Ellos ayudan aquí. – anunció Flynn, señalándolos con brusquedad. Los hombres se miraron con un aire de sorna. A Sheeler se le antojaron cómplices de algo que no acabó por discernir. Tenían el acostumbrado aspecto rudo y viril de los pastores y vaqueros con los que había trabajado. Conroy era bajo, menudo y le faltaba uno de los dientes frontales. Le extrañó que no llevara sombrero sino una raída gorra de los Yankees. Harlow era flaco, algo desgarbado, con el mentón en punta hacia arriba. Se le ocurrió que era aficionado a fumar en pipa.&lt;br /&gt;– Ya conoces a Joshua. Él te dirá qué hacer. – prosiguió el Sr. Flynn. Encendió un cigarrillo, lo observó de soslayo. – ¿A qué esperas? Hay mucho que hacer aquí.&lt;br /&gt;Josh Flynn comenzaba a alejarse lentamente. Sheeler inclinó su cabeza en inútil señal de saludo y no tardó en seguirlo.&lt;br /&gt;- Y muchacho... – exclamó Flynn por entre una nube de humo. - ...a los de esta parte del país nos importa un soberano carajo lo que creen en el sur, ¿entendido?&lt;br /&gt;Sheeler lo contempló. Repasó el lema que su padre repetía. Se limitó a hacer un gesto de afirmación casi imperceptible.&lt;br /&gt;Las pasturas tiernas abundaban sobre el faldeo del monte Whitmore, en los límites del rancho. Condujeron el rebaño hasta el punto donde la pradera comienza a trepar. Harlow, algo más atrás que los dos jóvenes, guiaba una docena de vacas maldiciendo constantemente. Dóciles y a raya bajo la tutela de los perros, las ovejas pastaron mansamente. Josh Flynn pretendió de Rafael la imitación de todas sus acciones y movimientos, pues no soltó palabra durante esa tarde. Diestro en la faena, el joven oriundo de Virginia decidió imitar la presunta discreción oficial del estado. Después de todo, estaba allí por la paga, que no era tan mala.&lt;br /&gt;Soplaba una brisa ligeramente fresca, anticipo del ocaso, cuando su impuesto superior pareció tomar una pausa. Sentado sobre un leño entrecerró su mirada asustadiza. Harlow era una mancha borrosa forcejeando de un ternero indeciso. Sin quitar los ojos de ese panorama fundido en el verde ahora azulado del prado mucho más abajo encendió un cigarrillo.&lt;br /&gt;- ¿Fumas? – preguntó Joshua Flynn al cabo.&lt;br /&gt;Rafael examinaba las patas de un cordero algo cojo. La pregunta con lejanos tintes de invitación lo hizo titubear. – Seguro. – replicó. Echaba la primera pitada cuando la voz seca del muchacho lo disuadió del paso que planeó dar a continuación.&lt;br /&gt;- Será mejor que no pierdas de vista ese cordero. – murmuró Josh, ya recostado todo el largo del añoso tronco, el ala de su sombrero apoyada sobre su nariz.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5244792480740539378" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SMk--R8t-_I/AAAAAAAAAeY/oASBWecRT5Y/s320/granero2.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Jirones de nubes rosáceas coronaban el cordón montañoso cuando se ubicaron en sus sitios a cenar. Rafael dedujo que Conroy y Harlow no estarían allí porque faltaba una oxidada Ford F100 que había visto al llegar ese mediodía. Creyó escuchar que vivían en las afueras de Signal. La señora Flynn los acogió con uno de sus ya característicos gruñidos. Rafael ya había vislumbrado su nariz prominente entre los paños de la cortina de la cocina comedor cuando desmontaba su caballo. Sudaba y cada tanto se abanicaba furiosamente ahora. Mechones de su cabello blanco, liberados de un pulcro nudo atado con una cinta celeste a su espalda se mecían con cada arremetida y le daban una apariencia hostil. Sonrió para sí al asociarla con una bruja ilustrada en un cuento de su infancia. Stanley Flynn bostezaba apoltronado en su puesto a la cabecera de la mesa. Las niñas se miraban de reojo. Blandiendo una cuchara, el bebé lanzaba pequeños trozos de comida en todas direcciones con una mueca de disgusto. Migajas de carne y papa cayeron sobre la mejilla del ausente Joshua cuando su madre se acercaba tambaleante, portando una soberbia fuente que humeaba y despedía un delicado aroma a huevo y cebollas.&lt;br /&gt;- Has llegado al límite, pequeño Stan. – vociferó la mujer. Alzó la silla con el pequeño dentro y la trasladó al rincón más sombrío de la estancia. El niño ensayó un sollozo que pronto se perdió en el ríspido ambiente. – Stan, la oración por favor. – ordenó suavemente cuando tomó asiento, las mejillas hechas un manchón morado. Las niñas se consultaron furtivamente, Josh había clavado su mirada vacía en el vaso con agua que tenía frente suyo. Aunque no era su costumbre, Rafael oró también. Ya tenía en claro que no lo beneficiaría en nada desairar a esa gente. Por un largo momento, luego de la breve plegaria, el aire se inundó del rumor ininterrumpido de vajilla y cubiertos, chasquidos de mandíbula y dientes masticando.&lt;br /&gt;- Madge. – susurró Stanley Flynn, cortante.&lt;br /&gt;La señora Flynn no se excusó cuando, presurosa y todavía sudando, se acercó a Rafael con su plato. Lo apoyó descuidadamente sobre la pequeña mesa del costado donde él esperaba quedamente. Una parte del contenido se derramó sobre el mantel bordado.&lt;br /&gt;- La paga no incluye carne, el señor Flynn ya te lo habrá dicho. – espetó. Los ojos de Rafael ignoraron el menjunje en el plato que le correspondería a diario y, por un segundo, se posaron en el pálido perfil de Joshua, en la huesuda nuez que descendía y ascendía por su garganta.&lt;br /&gt;- ¡Muchacho! – Rafael no reparó en el grito del jefe de la familia. – ¡Sheeler! – cuando lo hizo, un bollo de pan atravesaba el aire hacia él. Lo atajó con un latigazo de sus brazos.&lt;br /&gt;- Niñas, un susurro más y... – amenazó la señora Flynn. – Coman ya. – dictaminó, y lo mismo hizo cuando añadió: – Hace demasiado calor para la época. No nevará hasta Navidad este año. – no había queja ni pesadumbre en su voz, sólo convicción.&lt;br /&gt;Stanley Flynn la escudriñó sonriente. – Si tú lo dices, Madge, así será. – sentenció.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quiso asegurarse de que los Flynn permanecerían dentro de la casa fumando sobre un costal a un lado de uno de los corrales. Desde allí podía adivinar los movimientos dentro del rancho, guiado por las luces y las sombras que se desplazaban a través de los ventanales. Cuando éstas se hubieron calmado lo suficiente, Rafael tomó una gran cubeta que llenó en un barril hasta el borde de agua, cerca de la bomba. Si no se refrescaba, el intenso calor no lo dejaría dormir esa noche. Junto al catre y a un pequeño armario con una puerta que no cerraba, rincón del granero destinado como vivienda para él, se desnudó despreocupadamente. Deslizó el pan de jabón blanco por su cabello y el cuerpo ya humedecidos con una esponja. La sensación, sumada a una corriente de aire tibio que se coló por el portón abierto, lo reconfortó. Otra más, distinta, repentina, lo hizo girar e intentar ver a sus espaldas cuando restregaba su pelo. Una columna de espuma que se deslizó dentro de sus ojos lo obligó a cerrarlos con fuerza. El jabón los irritó de todos modos. Como pudo, a tientas, buscó la cuba y sumergió la cabeza. Mientras los enjuagaba ayudado por sus dedos, pensó que podía jurar que alguien lo observaba desde la oscura clandestinidad de los fardos apilados por todo el granero. Terminó de asearse, se secó con su toalla deshilachada, se vistió con una de las tres únicas mudas de ropa interior limpia que tenía, y se calzó las gastadas botas de corte texano. De ninguna manera ensuciaría sus pies en el suelo polvoriento. Resuelto, caminó hasta el sitio desde donde sospechaba lo habían estado vigilando. Huellas de otros pies descalzos se dibujaban entre hebras de heno y piedrecillas y luego se perdían en la negrura de la noche en dirección a la casa ahora en penumbras.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Continúa.&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Fotos: &lt;a href="http://www.stockxpert.com/"&gt;www.stockxpert.com&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-8156692327334951997?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/8156692327334951997/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=8156692327334951997' title='7 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/8156692327334951997'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/8156692327334951997'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2008/09/nieve-ii.html' title='Nieve - II'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SMk-3M_o9WI/AAAAAAAAAeQ/UHHYDBZLyQs/s72-c/272958_wheat_field2.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>7</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-8927800641840612679</id><published>2008-08-27T14:48:00.000-07:00</published><updated>2008-08-27T16:34:52.243-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Historias de la montaña Brokeback'/><title type='text'>Nieve</title><content type='html'>&lt;div&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SLXitKHmHcI/AAAAAAAAAd4/xzLgpYpr0T0/s1600-h/693038_old_red_barn_3.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5239343006953643458" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SLXitKHmHcI/AAAAAAAAAd4/xzLgpYpr0T0/s400/693038_old_red_barn_3.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;La señora Flynn descorrió apenas la cortina. Su intuición tampoco falló esta vez, le diría a Stan esa tarde. Una columna de volutas de tierra se elevaba tras la colina que conducía al rancho. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Parece que lo olieran a uno. - murmuró con un gesto de desaprobación mientras llevaba la pesada olla al centro de la mesa. - No vayan a moverse. - agregó.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Sus manos se revolvían en el delantal a cuadros cuando la camioneta frenó junto al porche de la casa. Calculó que el muchacho que se apeó no tendría más de veintidos años.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Señora. - saludó, con una leve inclinación de su cabeza, quitándose un viejo sombrero negro con una pluma de águila.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Ella resopló y dijo: - Tú debes ser el joven Sheeler.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El asintió, turbado por la fiereza en los ojos de ella.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Sheeler, ¿qué? - inquirió.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;La duda en el gesto del muchacho sólo consiguió airarla.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Empezamos mal. Tu nombre, niño.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Oh, Rafael. Rafael Sheeler.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- ¿Rafael? ¿Qué clase de nombre es ese?&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Pertenece a un pintor, un pintor que le gustaba a mi madre, mucho.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Habiendo nombres de sobra en América, no veo el punto de complicarse con extravagancias de pintores y tonterías. - giró sobre sus talones y ordenó. - Entra, estábamos por almorzar.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El muchacho la siguió a través de una pequeña recepción en donde colgaban abrigos y sombreros. Un par de rifles se apoyaban contra la pared de listones de madera gris. La señora Flynn no se molestó en sostenerle la puerta de la estancia contigua. Dos niñas de trenzas y un pequeño sentados a la mesa rieron cuando la puerta lo chocó con fuerza. Los saludó sonriéndoles brevemente. Tomó asiento en una de las dos sillas disponibles cuando la señora Flynn exclamó:&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Allí no. Ese es el lugar de Josh, maldita sea. - Rafael saltó de su asiento y ocupó el de al lado. - Ese es el del señor Flynn. Tu lugar es aquel. - señaló una vetusta mesa junto a la pared. Los niños continuaban riendo. - Sue Ann y Megan Flynn, como no terminen esa sopa... - antes de que concluyera la frase las cucharas se hundieron dentro de los platos humeantes.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El joven recordó el emparedado de carne y el trozo de pastel de maíz que había devorado a un costado de la carretera cuando la primer cucharada de caldo atiborrado de frijoles se depositó en su estómago. No quería contradecir a la señora Flynn, no en su primer día al menos.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5239343569966703906" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SLXjN7gXpSI/AAAAAAAAAeA/dR6Af2TyccU/s320/550220_covered_s_ranch_2.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Un pesado silencio se apoderó de la cocina comedor, quebrado solamente por los sorbidos del pequeño sentado sobre una silla para bebés y el canto de algún pájaro lejano. En otra ocasión con seguridad hubiera contado alguna de sus historias. Pero la señora Flynn no parecía del tipo sociable exactamente. Con sus ojos rapaces no dejaba de escrutar el progreso en el almuerzo de sus niños.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- ¿Tienes veintidos años, ¿verdad? - disparó de pronto, sin girar la cabeza.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Así es, señora. - Rafael la vio sonreír ampliamente.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Un rumor de galope cobró súbita vida. Al cabo, la puerta de acceso se cerró con un estrépito. Los tablones del piso se estremecieron bajo los tacones que fueron ganando distancia.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- ¿Son éstas horas de llegar? - rugió la señora Flynn. Los niños se miraron con temor. Un jovencito que no llegaría a los veinte años asomó con gesto de duda.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Lo sé. Perdón, mamá, el...&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Cállate y siéntate. - Con violencia dejó caer una fuente cargada de papas y trozos de carne sobre la mesa. - Come a prisa. Llegó el señor Sheeler. Tu padre lo espera. - La señora Flynn no se molestó en presentarlos, pero Rafael dedujo que se trataba de Josh Flynn. El joven le dedicó una mirada fugaz y enseguida se zambulló en el plato de comida. No esperó a que terminara, se excusó y salió a fumar.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Unos pocos minutos habían pasado cuando un silbido agudo sonó al otro lado de la casa. Rafael atinó a levantar la mirada para ver al joven Flynn montado en su caballo y señalándole otro, al parecer ya listo para él. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Soy Rafael. - dijo al acercarse, sin tenderle la mano.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El muchacho no lo miró. Apenas dijo: - Para mí serás Sheeler. Sígueme.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Cuando juntó sus cosas y subió al caballo, Josh ya era un punto en las colinas que se perdían en el horizonte.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Continúa.&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Fotos:&lt;/span&gt; &lt;/em&gt;&lt;a href="http://www.stockxpert.com/"&gt;http://www.stockxpert.com/&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-8927800641840612679?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/8927800641840612679/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=8927800641840612679' title='7 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/8927800641840612679'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/8927800641840612679'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2008/08/nieve.html' title='Nieve'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SLXitKHmHcI/AAAAAAAAAd4/xzLgpYpr0T0/s72-c/693038_old_red_barn_3.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>7</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-1619438554443887684</id><published>2008-08-12T07:07:00.000-07:00</published><updated>2008-08-12T07:27:58.092-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Reflexiones'/><title type='text'>El Mundo es Maravilloso</title><content type='html'>&lt;div&gt;&lt;div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SKGZj1gVNbI/AAAAAAAAAc0/1XcUbOevfxo/s1600-h/michelangelo_david_detail.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5233633082918385074" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SKGZj1gVNbI/AAAAAAAAAc0/1XcUbOevfxo/s400/michelangelo_david_detail.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Las noticias desalientan. Asustan en muchos aspectos. Las calles en las grandes ciudades intimidan. Hay que estar alerta constantemente. Tener cuidado, evitar lugares oscuros. Billeteras, teléfonos celulares ocultos. Escatimar la información acerca de nuestras actividades y movimientos. El otro es un posible agresor, mejor desconfiar, siempre. Quien escribe estas líneas vive frente a una de las plazas más importantes de la ciudad. La escultura del pensador de Rodin, sigue ajena a los grafitis que intentan decorar su pedestal pero parece más sombría. Palomas de cuello pivotante deambulan por entre papeles, excrementos, envases y suciedad de larga data. El césped hace tiempo abandonó los retazos de tierra dura protegidos por una cerca poco útil. Es una muestra, no es todo. Pero aún así, un mundo indiferente y cruel parece reinar ante los ojos de un vaquero abrumado que no quiere rendirse a pensar que las cosas deban ser así. Para él el mundo puede ser maravilloso. Puede serlo.&lt;br /&gt;Dicen que la vida es lo que haces de ella, al fin y al cabo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5233634612839142962" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SKGa8453VjI/AAAAAAAAAdc/Hhv4vyFhpB8/s320/michelangelo.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5233633206377110850" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SKGZrBbL3UI/AAAAAAAAAc8/Oa2WEp6AqvU/s320/_41448832_michelangelo3_gallery.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Miguel Ángel Buonarrotti fue uno de los artistas más grandes del Renacimiento italiano. Es casi imposible encontrar las palabras adecuadas para describir su genialidad, su maestría en todo lo que hizo. Para este vaquero embelesado con su obra, &lt;em&gt;él fue la mano de Dios&lt;/em&gt;. ¿Cómo explicar, si no, la capilla Sistina, el David, la Piedad? Dedicado por entero al arte, trabajó con fruición incansable desde muy pequeño. Cada día de su vida. Lo consideraba su misión. Y se entregó a ella. En la madurez de su talento, apenas si dormía o se alimentaba. Sentía que perdía tiempo si lo hacía. Sus manos dibujaban, pintaban, esculpían &lt;em&gt;belleza&lt;/em&gt;. Sentía el mármol, lo conocía, detectaba las formas que la naturaleza ya había impreso en sus vetas. Fue odiado, castigado, injuriado, prohibido por ello. Objeto de pujas religiosas y políticas. Y amado también, incondicionalmente. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5233634937673043010" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SKGbPzATTEI/AAAAAAAAAdk/YNyktZsdWqE/s320/DelphicSibylByMichelangelo.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt; &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5233633520008812306" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SKGZ9Ryz1xI/AAAAAAAAAdM/D--iAgsrf2o/s320/sibylle.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Jamás llegó a ser rico. Poco lo doblegó realmente. Aún convertido en un manojo de piel y huesos, nunca sus manos dejaron de estrechar el pincel ni el cincel. Ni siquiera cuando caprichos papales y reales arreciaban, o cuando pestes y plagas azotaban Florencia y Roma y lo hacían interrumpir su obra. Ese espíritu indómito no lo abandonó sino hasta pasados los ochenta años de edad. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5233634179625587842" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SKGajrDtFII/AAAAAAAAAdU/TPaiRNpQhI0/s320/2588999665_a73be92f57.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5233635346239530658" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SKGbnlCJJqI/AAAAAAAAAds/GsxrWBWAPUU/s320/hb_24_197_2.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;El mundo era distinto en el siglo XVI. ¿Lo era realmente? La naturaleza humana no ha cambiado demasiado, a entender de este vaquero. Es en momentos como éste, cuando es para él sanador recordar que el mundo es maravilloso, aún a pesar de la raza humana. Que hay amor, bondad, belleza, abundancia. Que uno puede apropiárselas y actuar bajo su mando. Que hubo una vez alguien como Miguel Ángel, cuya obra incomparable, aún quinientos años más tarde, conmueve hasta las lágrimas. Prueba, para él, de que todos, cada uno a su manera, desde su humilde puesto en este mundo, podemos elevarnos, y construir y acercarnos un poco más, a Dios.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;Pero eso, sólo si queremos&lt;/em&gt;.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5233633377133806738" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SKGZ09iwRJI/AAAAAAAAAdE/bt9BbUsJxJo/s320/7_93_4_45.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt; &lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Fotos: www. google.com&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-1619438554443887684?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/1619438554443887684/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=1619438554443887684' title='7 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/1619438554443887684'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/1619438554443887684'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2008/08/el-mundo-es-maravilloso.html' title='El Mundo es Maravilloso'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_F0LQGV_UIT4/SKGZj1gVNbI/AAAAAAAAAc0/1XcUbOevfxo/s72-c/michelangelo_david_detail.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>7</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-8517762503197063983</id><published>2008-07-22T09:14:00.000-07:00</published><updated>2008-07-22T09:34:51.355-07:00</updated><title type='text'>Un Cumpleaños Especial</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;a href="http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SIYJBA8n_HI/AAAAAAAAAbw/T-vwgQpzNgo/s1600-h/blog1.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5225874330648837234" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SIYJBA8n_HI/AAAAAAAAAbw/T-vwgQpzNgo/s400/blog1.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;em&gt;Nieves algo tardías tapizan el sur cordillerano. &lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;em&gt;Aires tropicales se burlan de la estación en el norte y el centro. &lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;em&gt;Una puja de connacionales agita ánimos, desparramando vendavales de pasión económico-política. &lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;em&gt;Valles y riberas de árboles desnudos ya no rivalizan con la gris estepa en los helados meandros del vaquero hoy errante.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;em&gt;Mientras tanto, amigos de todas las regiones celebraron recientemente su día, homenajeando uno de los sentimientos más puros que pueden experimentar los seres humanos.&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;em&gt;El vaquero falto de tiempo suficiente quiere hoy hacer otro tanto con un Hada que se halla algo menos al Sur del Mundo que él. &lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Hada ésta de aleteo inquieto, de palabras siempre poéticas que conoció una luminosa tarde de agosto. Hada de sonrisa franca, de mirada dulce. &lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Hada que cumple años y que el vaquero soñador quiere felicitar de corazón. &lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Cómo quisiera también él regalarle sueños cumplidos, deseos llevados a cabo, paz garantizada, música celestial, la flor más bella.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5225874500156573314" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SIYJK4aaxoI/AAAAAAAAAb4/x5XU-_rAbek/s320/blog2.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;em&gt;El sol se despedía en silencio, frente a un recodo del río, cuando pensó en ella. &lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;em&gt;Capturó el momento y lo convirtió en su presente. &lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;em&gt;No contento con ello, borroneó unas nubes que enmarcaban el horizonte marino. &lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;em&gt;Pintó de naranja un retazo de cielo. &lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;em&gt;Arrojó unas piedras al cielo que cayeron sobre la arena en una forma caprichosa. &lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5225874658759078914" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SIYJUHQM9AI/AAAAAAAAAcA/hLLQ0V6xiT0/s320/blog3.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;¿Cuántas veces dijimos que Brokeback nos hizo bien?&lt;br /&gt;Y no ha dejado de hacerlo…&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;em&gt;&lt;br /&gt;Feliz Cumpleaños, Hada Vaquera, Ana querida, con todo mi cariño.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;JfT&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-8517762503197063983?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/8517762503197063983/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=8517762503197063983' title='7 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/8517762503197063983'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/8517762503197063983'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2008/07/un-cumpleaos-especial.html' title='Un Cumpleaños Especial'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SIYJBA8n_HI/AAAAAAAAAbw/T-vwgQpzNgo/s72-c/blog1.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>7</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-4910123400107667371</id><published>2008-07-02T11:12:00.000-07:00</published><updated>2008-07-02T12:22:31.347-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Historias de la montaña Brokeback'/><title type='text'>Nadie te Amará como Yo - Epílogo</title><content type='html'>&lt;div&gt;&lt;div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;Amigos, he aquí el final de esta historia que tanto se ha prolongado. Nunca pensé, desde que tipié las primeras palabras, que me estaba sumergiendo en una nueva travesía emocional, en un flashback incesante de hechos y deseos que sería plasmado en tantas páginas. Pero, llegué hasta aquí. Y eso ha sido posible solamente gracias al aliento y al afecto incondicional de todos quienes han gozado, o mejor dicho, padecido, con esta historia. Vaya entonces mi humilde agradecimiento a su lealtad de tantos meses,  a sus comentarios llenos de elogios y aprecio. Y mi más sincero perdón a la mayoría por no haber correspondido sus visitas todavía. Han conseguido mucho más que hacer de este vaquero soñador un pichón de narrador satisfecho con cada entrega, se los aseguro.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;Vaqueras, vaqueros, miembros de la hoguera, bloggers, los invito a compartir esta conclusión que les dedico con todo mi cariño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                                                             JfT, un vaquero soñador. &lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5218482930158185570" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SGvGk4aErGI/AAAAAAAAAbU/hlISXcywt5A/s400/TAPANTACYO.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Eran más de las nueve de la noche y los últimos rayos de un sol que rehusaba irse rasgaban el horizonte en lonjas naranja purpúreo. &lt;em&gt;Man on the moon&lt;/em&gt; sonaba por enésima vez, mientras me retorcía en mi asiento. Hacía ya rato que había dejado atrás Plottier, algo más allá de la ciudad de Neuquén. La temperatura había descendido notoriamente. Mi auto devoraba kilómetros en la misma proporción con que las dudas crecían dentro de mí. Tenía aún más de trescientos por recorrer, pero si no me detenía allí mismo, me orinaría en mis pantalones. Maldecía por no haber parado en alguna de las estaciones de servicio casi pegadas las unas a las otras que había cruzado. La iluminación de una beatífica YPF hizo su aparición tras un denso cordón de álamos, cuando creía ya no resistir más. Había logrado mantener mi mente en blanco por casi diez horas, pero mis obligaciones fisiológicas pedían ser atendidas ahora. Como mis necesidades afectivas, supongo. Mi pie izquierdo sacudiéndose sin parar, mis piernas se cerraron para sujetar mi vejiga. Frené con un estrépito violento. Un par de empleados y las pocas personas paradas junto a los surtidores me miraron con reprobación, mientras luchaba por liberarme de un leve atasco en el mecanismo del cinturón de seguridad. La fuga de algunas gotas mojó mi calzoncillo. Corrí al baño, sin escuchar las voces que intentaron advertirme. Forcejeé el picaporte sin éxito. Un cartel manuscrito pegado sobre la puerta indicaba que las llaves debían ser pedidas en el mostrador. Llave escrito con "b", fue en lo que reparé aliviado por el cauce de pis que ya bañaba mis piernas. Demasiado avergonzado por el enorme manchón en mi bragueta como para ordenar que completaran el tanque de mi auto, me zambullí dentro. El grupo que seguía reunido alrededor de los surtidores me escudriñó con extrañeza cuando aceleré bruscamente.&lt;br /&gt;Tenía hambre. Tenía sueño. La cara me ardía extrañamente. Recordaba los consejos que dan a los automovilistas que salen a la ruta cuando divisé una pequeña edificación pegada a un galpón, alumbrada por débiles faroles. Había dos vehículos vetustos estacionados, lo que demostraba presencia humana. La casita blanca debió expender combustible en tiempos remotos, ahora se la veía abandonada. El galpón de chapa acanalada era un comedero, o intentaba serlo, cuanto menos. Entré y una mujer de modales retraídos me anunció en un murmullo que habían cerrado. Un hombre de aspecto burdo que apareció a su lado la hizo callar, diciendo que harían una excepción conmigo. En la única mesa ocupada tres hombres y dos mujeres compartían una serena sobremesa. Me dirigieron una mirada furtiva, las mujeres rieron. Los hombres murmuraron algo por lo bajo. Estiré mi buzo para tapar la bragueta de mi pantalón manchado, alisé mi cabello por las dudas. El pollo que me trajeron sin que lo eligiera, aunque muy seco de tan cocinado, sabía rico. El puré estaba duro. Apuré el contenido de mi plato cuando el grupo a mi lado nos abandonó, me higienicé como pude en un baño minúsculo, sin espejos, y salí del lugar. Soplaba un viento frío que me hizo estremecer. A mis espaldas, las puertas se cerraron con doble llave. Pronto todo quedó a oscuras, salvo un farolito débil en lo alto de un poste y una luna difusa, agazapada tras las ramas de unos arbolitos. Hecho un ovillo en el asiento del auto, su resplandor de cuarto creciente se grabó en mi retina segundos antes de caer vencido por el sueño, intentando recordar cuántos años habían transcurrido hasta que los vaqueros de la montaña se encontraron por segunda vez.&lt;br /&gt;Desperté cuando el amanecer era aún una promesa inminente. Sacudí la rigidez de mi cuerpo y mi modorra, bebí un poco de agua. Salí del auto, afuera helaba. Derramé otro poco de agua sobre mis manos para refrescarme la cara, miré hacia todos lados antes de orinar sobre unos pastizales y partí veloz. La ruta, desierta a esas horas, lucía invitadora. Me sentí el único ser vivo en un universo de estepa. Encendí el estéreo y me dejé llevar por la música.&lt;br /&gt;En menos tiempo del que había calculado arribé a Junín de los Andes. En el bar de una estación de servicio bebí un café con leche y aproveché a cambiar mi ropa por una muda limpia, una chomba negra y un cargo que no había usado todavía. Entablé una feroz lucha con mis cabellos enmarañados que, después de numerosos intentos, creí empatar, puliéndolos con manotazos del acondicionador que siempre llevo conmigo. Me pregunté el por qué de mi frente, nariz y mejillas enrojecidas. La emoción, supuse. Ya en medio de los tumbos del camino que lleva al lago Curruhué recordé la intensa resolana durante mi chapuzón de la mañana anterior. Me faltaba el aire. El pecho parecía querer abrírseme en dos. No podía pensar en nada coherente y lógico, pero a la vez, todo lo pasado, presente y futuro acudía a mi mente en tropel. El bosque que se abría a ambos lados del estrecho sendero se me apareció más denso y tupido ahora. Flores silvestres blancas, amarillas y celestes adornaban las orillas. Los rayos del sol cayendo en picado contrastaban el abanico de verdes, volviéndolos mucho más verdes. La cabaña surgió repentinamente luego de un pronunciado recodo. Carraspeé un millón de veces antes de que el motor se apagara con un bramido. Mis manos temblaban cuando soltaron el volante y empujaron la puerta. La camioneta de doble tracción estaba estacionada a un costado, el rumor de música proveniente de una radio flotaba en el aire. Pasé mis dedos por mi cabello, sacudí el polvo en mi ropa antes de encaminarme hacia la caseta. Me encomendé a Dios, pero acto seguido reparé en que el Señor no aprobaba relaciones como la que yo pretendía. “Que el espíritu de la montaña me ampare, entonces“, rogué para mí. Un rumor de matorrales rozándose y de ramas quebrándose con violencia fue aumentando a mi izquierda. Me paré en seco, paralizado de miedo. Rodríguez surgió de entre la vegetación, ladrando, dirigido hacia mí como un cohete. Reprimiendo un vahído, mi cara transfigurada de alivio, me abordó con un empellón que por poco no me hizo caer de espaldas. Sin dejar de ladrar, apoyó sus gruesas patas sobre mi pecho y pasó su lengua pegajosa por toda mi cara. Sonreí y lo acaricié con alegría sincera.&lt;br /&gt;- Parece que te conoce. – exclamó alguien desde la galería.&lt;br /&gt;Tragué saliva y volví la vista hacia la voz. Su dueño ya se acercaba.&lt;br /&gt;- Buen día y bienvenido. – saludó con calidez. – Soy el oficial Morelli.&lt;br /&gt;“Morelli, ¿qué?”, pensé para mí. “no tenés por qué ser tan formal conmigo, nene, si yo sé todo.” Pero no dije una palabra, en su lugar lo estudié mientras el perro no dejaba de mordisquear mis dedos. No me había equivocado: un gendarme, tal como había pensado. Morelli, un hombre ciertamente atractivo, debía de tener treinta y pocos años, era casi tan alto como yo, delgado, pero con un vientre algo abultado para su contextura. Su piel cetrina, la nariz redonda y achatada, los ojos negros y rasgados daban cuenta de su raíz aborigen.&lt;br /&gt;- ¿Qué tal? Soy Rodrigo Leiva, un... – no pude concluir mi presentación.&lt;br /&gt;- ¡El famoso Rodrigo Leiva! Vos sabés que me imaginaba que serías vos... Davese no se cansa de hablar de lo que hacían juntos... Encantado, che. – exclamó con una ligera tonada, y estrechó mi mano con un apretón que me hizo doler. Me pregunté qué sabría de nosotros. Decidí no hablar para no arruinar nada. Como me limité a asentir mientras acariciaba al perro, siguió él. – Pero qué valiente lo tuyo, venirte hasta acá, al culo del mundo. – rió. – Sabés que justo el loco anda de ronda estos días, en el puesto norte... Muchos pescadores, es la temporada.&lt;br /&gt;Moví la cabeza sin saber qué significaba esa noticia.&lt;br /&gt;- Vos lo andás queriendo ver, venís de lejos, ¿no? – sus ojos oscuros parecían perforarme.&lt;br /&gt;- Sí, bastante. – respondí ruborizado, haciendo referencia a la segunda parte de su pregunta.&lt;br /&gt;- Hay un trechito hasta el puesto, medio largo, pero no te preocupés, que si viniste a ver al loquito de Davese, eso vas a hacer. – dijo, mostrando una hilera de dientes pequeños y muy parejos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5218484491507482818" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SGvH_w4wQMI/AAAAAAAAAbg/TivABV0lHG0/s320/blog15b.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Rodríguez avanzaba sin respiro, jadeando acompasadamente. Sendos hitos habían sido emplazados a cada kilómetro del sendero que, alternadamente, serpenteaba a través del bosque u orillaba el lago. Yo sudaba tratando de seguir su paso incansable. Más de una hora de marcha había transcurrido cuando debimos ascender un promontorio rocoso y empinado. Desde la cumbre se apreciaba el panorama de un enjambre de pescadores dentro de sus flotadores, caña en alto, en medio de la serenidad más absoluta. El sol arreciaba, el lago encandilaba en su verde aturquesado, las abejas revoloteaban sobre la profusión de flores. Ráfagas de viento erizaron mis pelos untados en acondicionador mientras me deleitaba con la escena. Fue en ese momento que sentí que la vida, aunque insistiera en ensañarse con mi cabello, volvía a esbozar una sonrisa para mí. El hocico frío de Rodríguez empujando mi mano me recordó que el camino continuaba. Del otro lado, el peñasco caía en un declive por el que hube de resbalar con lentitud, atrapando cada rama y cada saliente para no caer en picada. Rodríguez se había adelantado considerablemente cuando terminé mi descenso. Eché una carrerita y para cuando lo alcancé, se encontraba al otro lado de una pequeña ciénaga formada por las crecientes del lago. Ladrando ansiosamente, me estimulaba a seguirlo saltando sobre sus patas. Iba a buscar otra alternativa, cuando se perdió entre la maleza. Lo llamé a los gritos, él ladró a lo lejos. Resoplando, arremangué mis pantalones y tanteé el terreno próximo, pisando sobre las zonas que se me antojaban más firmes. Mis pies se hundieron sin remedio algo más allá de la mitad de mi tambaleante recorrido sobre el suelo pantanoso. Cuando quise dar otro paso el lodo succionó mi pie izquierdo casi hasta la rodilla. Intenté levantar la pierna, pero el esfuerzo, de tan exagerado, me hizo perder el equilibrio, me ladeé, mis brazos trazaron círculos en el aire. Con desesperación me así de las hojas de un juncal cercano. Sus espinillas se me clavaron en la piel, haciéndome aullar de dolor. Al soltarlas trastabillé y caí pesadamente sobre mis asentaderas. Mis manos, enterradas en el fango, fueron a quitar el agua sucia que había salpicado mi rostro y las cubrió con más barro aún. Reí cuando caí en la cuenta de mi estupidez. Pestañeé para quitar la suciedad en mis ojos y detecté un puente rudimentario, hecho de troncos y ramas secas unos metros más a mi derecha. Por ahí debió haber cruzado el perro, por eso sus patas no estaban embarradas. Reí más, con ganas, como hacía mucho tiempo no lo hacía. Mis carcajadas resonaron en la tranquilidad del bosque. El sonido de pasos apurados y ladridos quejumbrosos me hizo voltear la cabeza. A través de la humedad que inundaba mis ojos se dibujó una silueta que corría hacia donde me encontraba tirado.&lt;br /&gt;- Rodri...– exclamó Dardo, sin aliento, ataviado con su uniforme de guardaparque. - Rodri... decime que no sos vos...&lt;br /&gt;Rodríguez bufó a su lado.&lt;br /&gt;Me encogí de hombros. - No soy yo. – bromeé.&lt;br /&gt;- ¡Pero la reputa madre, carajo! – sacudió la cabeza, se apretó la frente lamentándose o maldiciendo por lo bajo. - ¿Me querés decir... – no encontraba las palabras para hablar. - ... me querés decir qué hacés acá? ¿Cómo se te ocurre aparecer así, por Dios?&lt;br /&gt;Estudié mi aspecto, divertido.&lt;br /&gt;- Ya me conocés, me gusta hacerlo a mi manera... – dije con voz aguda, reprimiendo la risa.&lt;br /&gt;Dardo mordió sus labios nerviosamente.&lt;br /&gt;- Veo, sí... No sé si es algo karmático lo tuyo, pero de lo que no hay duda es que ya tenés un estilo. – señaló en tono de reprimenda. Me puse de pie trabajosamente y avancé hacia él, chorreando ríos de agua fangosa, el corazón amenazando con salírseme del pecho. Dardo ni siquiera sonreía, su gesto serio me turbó pero no evité su mirada. Por ello mi pie tropezó con un tronco hundido y volví a resbalar. Zarandeándome de un lado a otro pude finalmente frenar mi derrumbe manoteando unas ramas. Dardo caminó hacia mí en sus botas impermeables de caña altísima, su brazo extendido. Sumido en mi espíritu festivo lo miré divertido mientras tiró de mí con fuerza, sin abandonar su expresión admonitoria.&lt;br /&gt;- Qué tipo... ¡Sos grande, carajo! – masculló. – Ahora, ¿me podés decir qué hacés acá?&lt;br /&gt;Negué con la cabeza.&lt;br /&gt;- Mejor decímelo vos, porque yo no lo sé. – susurré.&lt;br /&gt;Limpió sus manos frotándolas contra sus pantalones y se quitó las gafas negras que cubrían sus ojos, trabándolas sobre su frente. Su mirada ojerosa se posó sobre la mía con vacilación.&lt;br /&gt;Luego el iris verde ámbar de sus pupilas pareció centellear como supernova estelar. Pasé mis manos sucias por mis costados antes de rodearlo lentamente y acercarlo más hacia mí. La proximidad de su calor pronto agitó más mi respiración, mi pecho se hinchó con un espasmo. Mis dedos recorrieron su espalda, palpando en sus huesos salidos la delgadez que lo dominaba todavía. Extravió su vista en algún punto detrás de mí y me palmeó con energía. Una vez que el saludo de machos varones hubo concluido se hizo una pequeña distancia entre los dos. Mis labios se arrojaron sobre los suyos sin un atisbo de duda. Él, luego de aceptarme por un fugaz momento, se apartó de mí forcejeando suavemente. Quedó contemplándome con un gesto de reproche.&lt;br /&gt;- Rodrigo, yo trabajo acá, comportate por favor. – me retó.&lt;br /&gt;Insistí, inclinándome una vez más sobre sus labios moteados de barro. Me apartó de sí empujándome con una violencia inesperada, que me hizo trastabillar hacia atrás una vez más, pero antes de perder por completo el equilibrio alcancé a sujetarme de su brazo, arrastrándolo conmigo. A un gemido de alarma siguió un rumor de mojadura y ambos terminamos yaciendo sobre el suelo húmedo. Reí en silencio y busqué su mirada. Dardo apretaba sus dientes, chorreando agua turbia, las venas hinchadas bajo la piel. Se incorporó velozmente, maldiciendo en voz baja. Con un ademán automático se calzó los lentes oscuros, derramando más agua barrosa sobre su cara. Estallé en una carcajada que enseguida ahogó su entrecejo fruncido. Fastidiado, me ordenó: - Vení, seguime.&lt;br /&gt;Rodríguez correteó tras él, ladrando alegremente, pero Dardo lo espantó con un bramido áspero. Yo todavía reía a sus espaldas en el más absoluto silencio. El puesto de control no estaba mucho más allá de una pequeña elevación rocosa flanqueada por matorrales de flores amarillas. Demoró unos pocos minutos en asegurarse de que todo estuviese en orden, examinando el lago con sus prismáticos. Se calzó una gorra y me arrojó un sombrero de pescador gastado por el uso. Con un ladeo de su cabeza me indicó la canoa apoyada sobre la orilla. Rodríguez nos contempló cabizbajo mientras nos alejábamos de la costa. Sin decir palabra remamos hasta el lugar donde el lago abre una pequeña bahía en las paredes de la montaña. Desde allí, los pescadores se habían convertido en ínfimos puntitos que quebraban la superficie lisa del lago. El sol ardía y la piel me picaba. Mi mente bullía en deseos de contarle el millón de cosas que la rondaban, pero tan pronto como Dardo comenzó a hablar, el espíritu risueño me abandonó y me sentí insignificante, fuera de lugar, un perfecto estúpido.&lt;br /&gt;- ¿Puedo saber dónde están tus hijos en este momento? ¿Tu mujer? – preguntó secamente. - ¿No tenés un trabajo vos?&lt;br /&gt;- No te preocupes por eso, estoy de vacaciones. – lo tranquilicé, dando un salto sobre la playa pedregosa. Levantó la canoa y la arrastró lejos de la orilla, dejándola caer con furia.&lt;br /&gt;- Rodrigo, decime, ¿estás en pedo vos? No puedo creer que otra vez hayas dejado a tu familia por venir hasta acá, no me cabe en la cabeza tu manía de seguir haciendo boludeces, te aseguro que no me entra... Sos cabezón, carajo...– agitó su cabeza, el pelo enredado cayó sobre su rostro. – Con todo lo que te pasó... ¡Qué porfiado de mierda, la puta madre!&lt;br /&gt;Miró a su alrededor, mordió su labio inferior, pateó una piedra que fue a dar al agua. Ambos respirábamos aún con agitación. Se hizo un silencio que duró unos cuantos minutos. Cuando ya casi habíamos recuperado el aliento, dijo:&lt;br /&gt;- ¿No habíamos hablado, no había quedado todo aclarado ya? ¿A qué viniste ahora? – insistió, suspirando largamente.&lt;br /&gt;- ¿Es eso lo que te aleja de mí, no? Es eso, decime la verdad, Dardo.&lt;br /&gt;- Eso, ¿qué? ¿de qué hablás?&lt;br /&gt;- No es mi familia, ni mi trabajo. No es que esté mal lo nuestro. No es Claudio, creo, tampoco... - Sus párpados se abrieron alarmados. Desde mis entrañas ascendió un fulgor de angustia que hizo temblar levemente mi voz ya débil. - Vos tenés miedo de que te abandone, de que vaya a saber en qué momento, me canse, o me asuste, y te deje, es eso, ¿no? Porque si te rechacé una vez, si lo volví a hacer, si fui capaz de abandonar a mi mujer y mis hijos por venir hasta acá, no una, sino dos veces, a escondidas de todos, lo mismo puedo hacer con vos cuando se me antoje... Es eso lo que sentiste todo este tiempo... Decime que es eso, decímelo, Dardo, por favor.&lt;br /&gt;Dirigió la mirada hacia las olas con que el lago lamía un manto de piedras aceradas. Un pájaro aleteando desde lo alto se lanzó hacia algo que flotaba más allá. Dio unos pasos hasta quedar de espaldas a mí. Cuando al cabo de un rato que se me antojó eterno giró hacia mí sus ojos habían enrojecido. Los surcos que habían dejado algunas lágrimas se secaban sobre sus mejillas. No habló en seguida.&lt;br /&gt;- Bueno, y si fuese así, ¿qué? ¿No tengo derecho acaso? ¿O te pensás que fue fácil? – inquirió, sin mirarme.&lt;br /&gt;- Para ninguno de los dos ha sido fácil...&lt;br /&gt;- No, vos ya tenés una familia, Rodri. Una familia que está con vos, incondicionalmente, pase lo que pase.&lt;br /&gt;- Y vos tenés la libertad de hacer lo que se te cante, sin dar explicaciones a nadie.&lt;br /&gt;- ¿Por qué lo decís? Insinuás acaso que...&lt;br /&gt;- No seas forro, no insinúo nada. Es más, no comparemos, mejor. Cada uno está donde puede, supongo, y ese no es el tema.&lt;br /&gt;- No soy ningún forro, y no estoy comparando. – su voz se crispó. – Lo que pasa es que para vos parece muy simple todo. Venís, lo pasamos bien, cogemos como los dioses y después, como si nada, te volvés a tu vida normal, a tu vida de macho. Total, a mil y pico de kilómetros difícil que veas algo...&lt;br /&gt;Mi corazón golpeaba las paredes de mi pecho. Tuve ganas de zamarrearlo violentamente y gritarle: “Forro, dejate de pelotudeces, que estoy acá, al lado tuyo, y esta vez no pienso dejarte”, pero sólo dije: - Qué boludo que sos, sabés muy bien que no es así.&lt;br /&gt;- ¡No me insultes, Rodrigo, por favor! – rugió. – Yo sí sé, sé muy bien, pero vos ignorás todo, todo, ¿me oís bien? TODO.&lt;br /&gt;- ¡Bueno, entonces explicame todo eso que no sé. Para eso me hice todos estos putos kilómetros que nos separan... – aullé. - ...y que no me dejan vivir en paz!&lt;br /&gt;Dardo suspiró, sacudió su cabeza como vencido, pasó sus dedos por el pelo y volvió a atarlo con una gomita. Luego se tumbó sobre un montículo de hierba bajo un árbol de tronco enorme. Titubeé unos segundos, luego me agaché y me recosté a su lado. La hierba se sentía increíblemente fresca y mullida. Una nube esponjosa cubrió el sol. Separó sus labios pero no dijo nada hasta varios minutos después.&lt;br /&gt;- Rodri, es que...– tosió con fuerza para aclarar su voz cuando habló finalmente, al cabo de un rato interminable. – ¡Dios, Dios, por qué tanto quilombo, la reputa madre que me parió! Má sí, a la mierda con todo, de qué me sirve ahora... – se lamentó, lo escruté sin comprender. – ¿Sabés en qué pienso casi todo el tiempo? En que los seres humanos somos unos reverendos forros... Y yo soy el primero de la lista si no te digo de una vez todo lo que tengo adentro. – tragó sonoramente. - Rodri, vos no te das una puta idea de lo que fue mi vida después de...desde que te fuiste de mi lado, desde que aquellos días inolvidables que pasamos acá, en este mismo lugar, se terminaron. Acá todo es hermoso, florido, la paz del verde y el azul lo cubren todo, lo ves, no te lo tengo que decir. ¿Y querés saber que más hay detrás de esa paz serena y colorida? Algo que comprobé con tu partida. Mucho, muchísimo, demasiado tiempo para pensar, para sentir. Fijate qué imbécil que fui, que en algún momento de mi vida decidí venir acá para evitar sufrir. Justo acá, más ingenuo no pude haber sido. – intentó reír, pero su risa se transformó en un suspiro lánguido. - La vida te alcanza, Rodri. Donde sea. Te sigue, sin que vos te des cuenta, silenciosamente. Cuando reaccionás, ya te tiene acorralado. ¿Me creés si te digo que enfermé la misma tarde del día que partiste? Enfermé mal, feo, algo raro en mí... tuve vómitos, fiebre altísima, como nunca. – súbitamente, lo recordé retorciéndose en la galería la noche antes de mi partida. Y me vi a mí mismo espiándolo, parapetado tras la ventana, incapaz de hacer nada. – No me di cuenta, creo, no relacioné, no al principio al menos, mi padecimiento con el tremendo dolor que me embargaba... ¿Cuánto tiempo fue? Apenas un par de noches que ocupaste la cama a mi lado, y sin embargo, no podía tolerar tu ausencia, el estar sin tu calor después... Llegué a tener tantos cuestionamientos, tantos... Odié el principio de todo, la bendita reunión de ex alumnos, me pregunté para qué había ido, para qué, si mi vida estaba bien hasta entonces, y vos eras el recuerdo que más atesoraba, y yo con ese recuerdo estaba tranquilo... Cuando me cansé de hacerme la víctima, y puse mis estúpidos arrepentimientos de lado, recordé el motivo que me había arrastrado hasta el colegio esa noche. Había una herida que nos habíamos provocado de chicos, y que en mí, no había cicatrizado bien. Fue esa herida abierta lo que me llevó a verte. No dudaba de que el tiempo te habría hecho olvidarme y olvidarlo todo, estaba segurísimo de que no quedaría nada de todo aquello dentro tuyo. Pero cuando nos vimos sentí que el aire se electrificaba, y que sí había algo en vos, pero cargado de bronca y de rencor, y me asusté y discutimos, y regresé sintiéndome peor de lo que me había ido... y entonces viniste a mi encuentro. Esa misma noche, la del día que te fuiste, te soñé, nos soñé, seguía siendo todo tan lindo, tan real... La fiebre, supuse... Me revolví en la cama como un loco, perdido en mis alucinaciones, hasta que desperté sobresaltado, en plena madrugada, sintiéndome peor de lo que me había acostado. Palpé las cobijas a mi derecha, donde vos dormiste. La desazón me convenció de que debía hacer algo. Qué carajo, lo ignoraba. Sabrás de los caminos a los que te lleva la desesperanza... Bueno, por primera vez en mucho, pero mucho tiempo, te lo juro, decidí pedirle a Dios... No, no pedirle, lo que de verdad hice fue rogarle, clamarle de rodillas que hiciera algo que me permitiera verte de nuevo, aunque fuese sólo un momento, tan sólo un momento más, esa noche era todo lo que me importaba. Me arrastré de la cama, llevándome todo por delante salí a la galería, y, aunque deliraba, me lancé de bruces al suelo, clavé los ojos en el cielo estrellado, y le exigí que si era Dios Todopoderoso, y yo pocas veces le había pedido algo, me tenía que conceder el verte de nuevo, porque... ¡porque que ese era mi deseo, qué mierda!... A cambio, le prometí que me olvidaría de vos en serio, que te borraría de mi vida y te dejaría vivir la tuya. – tragó repetidamente antes de proseguir. - De casualidad, viene el relevo a la mañana temprano, y ahí me entero de tu accidente. Maltrecho como seguía, tragando a duras penas los mates que compartía con el otro guardaparque y un gendarme, éste va y me cuenta, como al pasar, que un Palio celeste había volcado cerca de la salida a la ruta. De entrada supe que eras vos, así que, sin confirmarlo, sin que me importara mi estado desastroso, me lancé a la ruta. Con cada kilómetro aumentaba el convencimiento de que era yo, y sólo yo, el culpable de lo que te había pasado, por egoísta, por quererte solo para mí... En el medio del camino volví a pedir a Dios... – la voz se le quebró pero continuó. - ...le imploré, llorando, que se olvidara de mi otro pedido, y, no te exagero, aunque vos habías renovado mis ganas de vivir, mi fe en el..., en la amistad, le juré que no me entrometería en tu vida, que respetaría la vida hermosa que habías construido junto a tu mujer y tus hijos y te olvidaría si te salvaba, si te ponías bien. El alma me volvió al cuerpo cuando los médicos me aseguraron que habías zafado, que estabas fuera de peligro... pero, ¿querés saber qué fue, en el fondo, lo que más me tranquilizó, lo que me alegró no te imaginás de qué forma? Que no te tuvieran que trasladar a Buenos Aires, que tuvieras que quedarte en el hospital de Neuquén, así seguía teniéndote cerca mío... – las palabras de Mari, la enfermera de la noche, vinieron a mi mente. Tragué saliva ruidosamente, mi vista seguía clavada en las copas de los árboles. – ¿Un hijo de puta, no? Sí, un egoísta hijo de mil putas que enseguida se olvidó de Dios y de vos... ¿Cómo podía sentir así, qué me pasaba? Me asusté de mí mismo, pero es que nada me importaba, nada que no fuese tenerte a mi lado, del modo que fuera. A la mierda pedidos y promesas elevadas que había hecho, te tenía conmigo, el resto me chupó un huevo. Pero apareció tu viejo, y con él la cordura y la sensatez que me eran esquivas. En sus ojos cargados de rechazo pude ver escrito el lugar que me correspondía, y el que yo había prometido ocupar. El lugar al que me debía si te quiero bien. Y Rodri, tuve que aprender a quererte bien, porque yo me moría por vos, de verdad... pero no podía ni debía demostrártelo, ni en ese momento ni nunca después. Y porque sentía lo que sentía fue que me obligué a usar toda, absolutamente toda la fuerza de la que soy capaz, te aseguro, para que no adivinases, para que no fantaseases siquiera con lo que me ocurría por dentro. Pura careteada, pura pose ridícula. Como la de la gran mayoría... – murmuró. - ...porque después, cuando ya no estabas de verdad, cuando ya no hubo reuniones de ex alumnos, ni escapadas fugaces, ni excusa posible que nos volviera a reunir, cuando tuve que asumir la realidad cruda, la que me marcaba que lo nuestro sería imposible, entonces ahí, toda la fortaleza de la que alardeaba, toda la firmeza de la que me creía capaz flaqueó primero y me abandonó después... y entonces sentí desaparecer, Rodri, de verdad creí sucumbir. Me había metido con Dios, y él me lo hacía saber... – bebió agua de una botellita plástica que luego me pasó. – Pero no sucumbí, ni morí. Agonicé, me extinguí un poco, nada más que eso. Supongo que a eso se le llama resignación. Lindísimo, no sabés... Repasar cada segundo, cada momento que pasamos juntos, cada cosa que nos dijimos, cada vez que toqué tu piel, cada vez que vos abrazaste la mía, acá, en este lugar, este puto lugar que tengo que ver a cada segundo de cada día que pasa... Mi vida se tiñó de vos desde el día en que te fuiste. – se irguió para posar sus iris ambarinos sobre los míos. – Rodri, volviste a convertirte en la razón de mi vida, como aquel verano cuando éramos pendejos. Exactamente igual a cuando éramos unos pendejos cagones llenos de ilusión... Lástima que del pendejo aquel sólo queda el corazón y algo del cagazo, el cuerpo ya pasó los treinta y siete... Habían sido tantos años de serenidad, tantos años... y de pronto apareciste y quebraste mi tranquilidad, la paz que había conseguido, y ocupaste mis pensamientos otra vez, desenterrando un sentimiento que, a pesar de los años se conservaba intacto, qué increíble... Y no es que te culpe, no... Pero, pensé, ¿cómo podía yo resistir no tenerte cerca? ¿Cómo mierda, acá en el medio de la nada? – casi gritó – ¿cómo carajo sacarme de la cabeza el placer de tu compañía, de nuestros cuerpos juntos, de nuestras bromas, de tu risa contagiosa? De la única manera que me quedaba, haciendo como que no existían para mí, limitándote al lugar que habías tenido siempre, el de ser el recuerdo más lindo de toda mi vida, y agradecer que había podido confirmarlo. Y quererte mejor, sólo por eso. – rió forzadamente. - Los días y las noches pasaron, y pronto creí convencerme, a fuerza de repetirme todo el tiempo que había venido a este paraíso a protegerme, a resguardarme del mundo en la soledad de las montañas que amo... Otra careteada... porque esa soledad que es mi compañía elegida, mi refugio del mundo frío y hostil, es la misma soledad que me traicionó señalándome, cada maldito segundo, que vos no estabas junto a mí sino lejos, lejísimos de mí en todos los sentidos posibles. Entonces, cuando ya no pude negar que tu recuerdo se había convertido en una tortura, en un castigo que no me dejaba vivir en paz, que no me dejaba ser yo, que no me dejaría jamás si no hacía algo, y que yo no tenía ni mierda de espíritu elevado ni bondad divina ni mucho menos, fue que el sentido real de mi promesa a Dios se hizo sentir y fue posible y así, en medio de este aislamiento que por primera vez detesté con toda mi alma, me juré olvidarte y hacer lo imposible por quitarte de mi corazón. Y aunque cada árbol, cada nube, cada estrella, cada montaña me llevaran a vos y me recordaran todo lo que significás para mí, me juré ser fuerte, por mí, por Dios porque le había prometido, pero por sobre todas las cosas, por vos y tu familia... A regañadientes, sí, y además, me obligué, ante los pocos con que trato acá, a fingir que todo estaba normal, que todo estaba como siempre. Para ellos, yo con Rodríguez, el lago y los bosques tengo suficiente. El loco de Davese no necesita más...– sonrió obligadamente, sus ojos cruzados por cientos de ramificaciones nerviosas, las lágrimas inundando sus párpados. - Pero sí que necesita, necesita mucho más de lo que ellos y cualquiera puede imaginar. Pese a que prometió, pese a que juró, Dardo Davese necesita de vos, mi buen Rodri, de vos que venís en su búsqueda, de vos remontando el pasado que de chicos los supo unir fraternal... – se interrumpió un breve instante. Meneó la cabeza. - ...y carnalmente. Rodrigo Leiva, viniste, y reviviste un pasado que yo creía muerto y bien sepultado. Viniste y volviste a arrancarme de mí de la misma manera que veinte años antes... Viniste, y sacaste a la luz lo que siempre había soñado, lo que venía anhelando secretamente cada día de mi vida.&lt;br /&gt;Con el borde de su camisa hizo sonar su nariz, enjugó sus ojos.&lt;br /&gt;- Y fue entonces que caí en la cuenta de que a nadie, a nadie nunca podría amar como te amo a vos, Rodri. A nadie. Qué puto patético, ¿no?&lt;br /&gt;Lloró con sollozos mudos. Lo rodeé con mi brazo torpemente. Quería decirle tanto, tanto, y no tenía una sola palabra que lo demostrara.&lt;br /&gt;- Tal vez no fuiste vos sólo... Tal vez los dos nos metimos con Dios, y él desde hace tiempo nos lo está haciendo saber... – sugerí con timidez.&lt;br /&gt;En un movimiento felino, giró, tomó mi cara con sus manos, me atravesó con su mirada de estilete y unió su boca a la mía con ansia, aferrando mi nuca, alborotando mi cabello, atenazando mi cintura. Me dejé caer encima suyo, nuestra respiración se entrecortó, las lenguas se enlazaron salvajemente. Tragué saliva, lágrimas, sudor, las manos se chocaron hurgando el contorno de nuestros cuerpos. Nuestra hambre por el otro, nuestra necesidad largamente contenida finalmente quedaba sellada con ese beso del que no me podía desprender, del que buscaba más. El ruido de ramas removiéndose nos separó con suavidad. Mientras jadeábamos quedamente un hilo de baba unía aún nuestros labios. Una liebre surgió de entre los arbustos. Nos escudriñó sin dejar de mover el hocico y desapareció.&lt;br /&gt;- Che, guardaparques, ¿ves lo que lográs? Espantás a la fauna local con tus arrebatos... – lo reté, y los dos estallamos en carcajadas.&lt;br /&gt;Sus manos me aferraron de las mejillas.&lt;br /&gt;- Rodri, ¿qué vamos a hacer ahora?&lt;br /&gt;Mi dedo índice se apoyó sobre sus labios. Sus ojos me enfocaron con ternura. Los míos lo correspondieron con picardía.&lt;br /&gt;- ¿No adivinás? – inquirí.&lt;br /&gt;La ropa sucia que nos cubría pronto quedó desparramada por el suelo. Me arrojé sobre Dardo y nos trabamos en una corta lucha en la que alcancé a tomarlo de las piernas y, mientras no dejaba de forcejear y gritar, lo subí a mis hombros. Aullando como un indio comanche corrí a la orilla y me zambullí en el agua profunda y deliciosamente tibia. Emergí lentamente, demorando la suave humedad, el torrente de burbujas que acariciaban mi desnudez. Sacudí el exceso de agua de mis ojos y recorrí las montañas alfombradas de bosques, los picos salpicados de nieve, el cielo azul intenso, para encontrarme con el verde esmeralda del lago reflejado en el iris de Dardo, que me contemplaba fascinado.&lt;br /&gt;- ¡Puto! – gritó, salpicándome un fuerte torrente de agua.&lt;br /&gt;- ¡Trolo! – espeté, haciendo lo mismo.&lt;br /&gt;- ¡Maricón!&lt;br /&gt;- ¡Tragasables!&lt;br /&gt;Y entablamos una rabiosa guerra de mojaduras hasta que se abalanzó sobre mí y los dos caímos sobre el lecho blando del lago. Sin dejar de reír nuestras bocas se encontraron repetidamente, nuestros dientes colisionaron.&lt;br /&gt;- No tengo escapatoria con vos... – susurré, arqueando las cejas. Mis labios raspaban los suyos al hablar. – Yo también llegué a mis propios confines, viejito... ¿Y sabés qué descubrí? – lo estrujé con mis brazos para que su piel se hundiera aún más en la mía. - Simple. Lo mismo que vos. Que haga lo que haga, vaya dónde vaya, me pese lo que me pese, aún con la vida que me construí, no puedo evitar quererte, por eso estoy acá otra vez. – susurré y tragué saliva. Su dedo índice recorrió mis labios. Estúpidamente, en ese instante en que el mundo se detuvo, estuve a punto de preguntarle por Claudio, pero, en su lugar, sin que pudiera frenarlas, las dos palabras que había evitado tan siquiera imaginar o pensar, brotaron tan natural como espontáneamente de mi boca: – &lt;em&gt;Te amo, Dardo&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;Y por primera vez en mi vida fui libre.&lt;br /&gt;Y el universo dejó de existir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5218488182120343826" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SGvLWlfbaRI/AAAAAAAAAbo/QJhtkNOhzpI/s320/blogepilogo.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Han pasado ya seis meses desde nuestro reencuentro. Miro para atrás y aún me cuesta creer todo lo que sucedió después. Resabios del miedo intenso que me dominó suelen invadirme de vez en cuando, pero ya nada es lo mismo. Y no dejo de agradecerlo.&lt;br /&gt;No le resultó difícil a Dardo encontrar alguien dispuesto a tomar su puesto, así que juntos pudimos pasar diez días totalmente perdidos entre lagos y montañas. El oficial Morelli nos observó con suspicacia cuando partimos, y yo lo correspondí con gesto divertido. La cordillera pareció celebrar nuestras andanzas, llenando de sol cada mañana y cada tarde. Anduvimos caminos remotos, marchamos por senderos inimaginados, acampamos, después de horas y horas de caminata, en bosques a orillas de espejos de agua soñados. Hicimos el amor con fragor en un paraíso que abundaba en lugares y en tiempos. Sobre la hierba fresca, junto a troncos ahuecados. Detrás de rocas apiladas, donde el sol conseguía entibiar el agua del lago. Tapizados con arenisca, en cada orilla, en cada playa. Al amparo del frío nocturno, dentro del calor de los sacos de dormir, en cada noche estrellada. Mis horas se llenaron de él, y las suyas, de mí. Y eso era todo para los dos, en ese mundo de libertad y placer que nos habíamos conseguido. Desnudos, o vestidos sólo con nuestras bermudas. Comimos, mateamos, conversamos durante horas, jugamos al truco. Nuestros alaridos y risas quebraron la quietud del bosque. Nos calzábamos sólo para escalar algún punto desde donde contemplábamos el atardecer, que siempre era distinto. Nuestros recelos parecieron irse con cada puesta de sol, al que despedíamos abrazados en silencio. Con el transcurrir de los días, curiosamente, jamás surgió esa maldita sensación de pérdida que antes partía mi alma. Ningún reloj cruel marcó las horas que nos restaban antes de separarnos. Cada día vivido, cada hora compartida fue construyendo el basamento de algo que ninguno de los dos se atrevía a aventurar todavía. Y yo sonreía. Dardo fotografiaba el poniente arremolinado de nubes escarlatas cuando se me ocurrió preguntarle la otra cosa que no dejaba de hacerme cosquillas:&lt;br /&gt;- No me quedó claro algo todavía... ¿por qué me mandaste las fotos, guachito?&lt;br /&gt;- Mmm... ¿Qué fotos?&lt;br /&gt;- Las que tomaste la primera vez que vine, ¿te acordás? ¡Hijo de puta, si me sacaste con el culo al aire!&lt;br /&gt;Volteó, la boca abierta con perplejidad. Su hilera de dientes blancos brilló en la luz del crepúsculo.&lt;br /&gt;- Mariana, esa fue la chorra de Mariana... Te las dio ella, ¿no? – exclamó. Yo asentí. – ¡Me las afanó, y yo pensaba que las había perdido! Había tenido que ir a Buenos Aires por unos trámites, dos o tres días, y no dio para ver a nadie, pero ella me localizó, la conocés, no pude negarme, así que nos encontramos antes de que tomara el micro de vuelta, en Retiro. Acababa de hacerlas revelar, se las mostré... los ojos le brillaban raro cuando terminó de verlas... Me imaginé que el sobre habría caído al piso y ninguno se dio cuenta...Ahora me acuerdo que le dejé mi bolso cuando fui al baño... ¡Qué guacha linda! – Y reímos y nos besamos, y los recuerdos de mi charla con ella en el bar de Palermo acudieron a mí y pensé que, quizá, la idea de una conspiración generalizada no había sido tan descabellada, después de todo. Volviendo de nuestra expedición amorosa, no bien recuperamos la señal en nuestros celulares, la llamamos. Hablamos gritando, los dos a la vez, nuestras voces inflamadas de alegría contagiosa. Pensamos que la comunicación se había cortado, hasta que oímos los tenues sollozos de Mariana. “¡Pelotudos, me arruinaron el maquillaje!”, nos gruñó, llorando.&lt;br /&gt;Cecilia me pidió el divorcio a poco de regresar. Vivimos, sin embargo, juntos, dos meses más, para preparar a Clara y a Francisco. Dos largos meses de tregua, en los que ninguno de los dos se atrevió a hacer nada que pudiera alterarla. Contarles a los chicos la noticia fue de lo más espantoso que me haya tocado enfrentar hasta el momento. No lloraron, sólo asintieron en silencio. Clarita pareció la más preocupada de los dos al preguntarme dónde iban a vivir, algo que su madre ya había resuelto muy eficazmente.&lt;br /&gt;Pía y Martín, hábiles en el arte de la discreción, llevaron su situación matrimonial a buen fin, sin escándalos ni nada parecido. Ella calla lo que pude adivinar en su expresión agria y sombría una tarde que la encontré casualmente, tan sólo porque su posición económica no se ha visto modificada. Conservó la casona del country y Martín compró otra, algo más chica, en un barrio cerrado de Tigre, con chimenea y un balcón que da a una laguna con patos y gansos que mis hijos señalan todo el tiempo. Ellos y Cecilia ya viven ahí. No me agrada, pero sé que es lo mejor. Ya me convencí de que no puedo tenerlo todo. Adoptaron un retriever llamado Pongo y un hámster gordo al que Fran bautizó Pikachu. Los tres hijos de Martín duermen allí dos veces durante la semana y un fin de semana por medio, y juntos, los cinco chicos son muy felices. El mismo régimen de visita me corresponde a mí, pero Cecilia no se ha comportado tan inflexiblemente como Pía, así que puedo manejarlo con bastante libertad. La ideal, considerando mi situación actual.&lt;br /&gt;El departamento que ocupábamos los cuatro se vendió en poco tiempo. Me vi obligado a mudarme con mamá hasta que conseguí el mejor que pude comprar, un tres ambientes pequeño pero lleno de luz en San Fernando, cerca del río, y sobre todo, de mis hijos. En apenas veinte minutos de auto puedo estar con ellos. Mi familia, como de costumbre, reaccionó con indiferencia cuando supo de la ruptura de mi matrimonio. Mamá atinó a preguntarme si había pensado en mis hijos al tomar la decisión. Cuando le contesté que era en lo único en lo que había pensado, sólo me dijo: “Buen hijo.” Una noche, mientras me duchaba en su casa, atendió un llamado de Dardo. “Ese chico siempre me gustó”, añadió, después de avisarme. “Qué bueno que vuelvan a estar juntos”, dijo sonriente, sin reparar en mi mirada incrédula.&lt;br /&gt;Dardo obtuvo su traslado frente al gesto atónito del resto de los guardaparques, un mes después de mi partida. Temporalmente está prestando servicios en El Palmar de Entre Ríos, hasta que se concrete su inminente nombramiento en alguna reserva o parque en la provincia de Buenos Aires. Entretanto, nuestra relación se maneja con sendos viajes los fines de semana en que Clara y Fran no están conmigo. Supongo que en poco tiempo, también eso cambiará. Durante las últimas vacaciones de invierno, viajé con ellos a El Palmar. Hicieron excelentes migas con “el amigo de papá que es explorador”, como llaman ellos a Dardo, y sobre todo con Rodríguez. Pasamos días increíbles los cinco juntos. Dardo es mucho más físico que yo en sus juegos con ellos, y el perro es puro afecto, dos cosas que mis hijos celebran con risas y chillidos constantes. Trepamos cada árbol, investigamos cada hormiguero, no dejamos hoyo en el suelo sin husmear. En algún momento durante esas jornadas, mientras los veía lanzarse por un tobogán, recuerdo haberme detenido a elevar mi vista a un cielo poblado de nubes esponjosas. Mi pecho se hinchó de agradecimiento dirigido hacia quien fuese que había hecho posible lo que estaba viviendo. Agradecí a todos y a todo, también.&lt;br /&gt;Hoy no estoy seguro de nada de lo que vendrá. Tal vez sea por eso que Dardo y yo no hicimos promesas grandilocuentes, ni juramentos solemnes. Tampoco trazamos más planes que el estar el uno con el otro, por el momento. Gracias a eso saboreo cada momento como nunca antes lo había hecho. El mundo se ve y se siente distinto ahora. Lo bueno, es infinitamente más bueno, y lo malo es totalmente ajeno a mí. La mirada desde el amor es el maravilloso velo que tiñe cada bendito segundo de mi existencia.&lt;br /&gt;Dardo sigue tan exultante como cuando nos despedimos frente a la mirada furtiva de Morelli. Como ese mismo día, en que un mundo promisorio se abría ante nosotros, continúa irradiando alegría y entusiasmo por todos los flancos. Ha ganado los kilos perdidos, su mirada centellea constantemente. Hablamos cada noche de cada día. Nuestro trato no ha cambiado sustancialmente, salvo por el hecho de que antes de cortar la comunicación, alguno de los dos dice “te quiero”, y el otro corresponde, “yo también te quiero.”&lt;br /&gt;Mi casa poco a poco se vuelve nuestra. Dardo, tímidamente, ha ido dejando su huella, la justa, la que quiero ver cada mañana al despertar. Su foto descansa sobre mi mesa de luz, su mate y bombilla reposan junto a la heladera. Un marco de madera oscura abraza nuestras sonrisas sobre la mesa de la sala. La cucha de Rodríguez, un manojo de frazadas viejas y mullidas, espera a su dueño en un rincón del balcón. Y en una percha clavada en la puerta de mi placard, cuelga el pedido que hice a Dardo el mismo día en que regresé a su lado. “No, no las laves”, le había dicho, y él me había escrutado con extrañeza. Ahora, su camisa de guardaparque manchada de lodo y agua terrosa cubre mi chomba negra, más sucia y embarrada que la suya. Se me antojó un buen símbolo de la probable conspiración en la que creí durante tanto tiempo. Y mi homenaje a los vaqueros de la montaña de nombre difícil.&lt;br /&gt;Mis dedos dejan de hundir las teclas y se detienen en seco. Echo una mirada furtiva hacia atrás y veo el camino serpenteante por el que he andado. Acabo de cumplir treinta y ocho años. Mi voz ya no titubea. El temor a perder un ápice de decencia, o de dignidad, o de masculinidad, ha desaparecido. Me pasa que amo a otro hombre. No es la verdad. Es mi verdad. Y ya no me avergüenza. Tampoco lo guardo para mí. Porque mi mirada brilla cada vez que veo a Dardo. Y mi corazón late un poco más fuerte cuando sencilla, naturalmente, le digo que lo quiero. Y se desboca cuando él me contesta que me ama como no amó a nadie nunca jamás. En esa base tan simple y tan enorme a la vez, está justificada la vida a la que no me animaba. Vida que, finalmente, ha hecho de mí un hombre luminoso, feliz. Inmensamente feliz.&lt;br /&gt;Y eso es más que suficiente para continuar un camino a su lado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;                                                                                &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;                                                                                 FIN&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;em&gt;Fotos: archivo personal&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-4910123400107667371?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/4910123400107667371/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=4910123400107667371' title='15 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/4910123400107667371'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/4910123400107667371'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2008/07/nadie-te-amar-como-yo-eplogo.html' title='Nadie te Amará como Yo - Epílogo'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://bp0.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SGvGk4aErGI/AAAAAAAAAbU/hlISXcywt5A/s72-c/TAPANTACYO.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>15</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-2007749406461368852</id><published>2008-06-13T09:19:00.000-07:00</published><updated>2008-06-13T11:45:48.485-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Historias de la montaña Brokeback'/><title type='text'>Nadie te Amará como Yo - 26a. parte</title><content type='html'>&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;a href="http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SFKfG6o8lKI/AAAAAAAAAao/LI1Oc3mEmmQ/s1600-h/953236_sheet_of_water.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5211402659990115490" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SFKfG6o8lKI/AAAAAAAAAao/LI1Oc3mEmmQ/s400/953236_sheet_of_water.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;El vacío, la nada. La más absoluta oscuridad, un entumecimiento tan doloroso como inmovilizante dominaron mi destino luego del funeral. La muerte era eso justamente y había extendido su siniestro manto de tinieblas sobre mí, llevándose a papá y aquello de lo que no supe ocuparme. Su guadaña filosa cortó de cuajo los aspectos de mi vida que yo no había tenido las agallas de conducir apropiadamente, poniendo sanguinario fin a los capítulos sueltos, a los vacíos de mi voluntad, a todo aquello que por mis constantes temores, por el miedo paralizante que me infundían, yo siempre había dejado de lado con distracciones, con pretextos, volviendo la cabeza hacia otro lado. Nada tuvo sentido a partir de entonces, o mejor dicho, casi nada. Me forcé a seguir, a no renunciar a lo poco que me quedaba sólo por Francisco y Clara. En cuestión de días mi vida había dado un giro que, una vez más, había socavado las endebles bases sobre las que me apoyaba, haciéndome tambalear. Y, una vez más también, tuve que obligarme, como lo había hecho durante toda mi vida. Obligarme a que la contrariedad no me hiciera sucumbir, a que la sinrazón no sojuzgara mi destino como lo venía insinuando. Pero el obligarme jamás había logrado acabar con lo que verdaderamente sentía, y supuse que tampoco lo haría en esta oportunidad. El duelo gobernó mis días. Los atravesé como un sonámbulo, como un robot, como si me guiara un motor interno que se limitaba a controlar mis funciones vitales y poco más. La imagen de la lápida sobre la tumba de papá, pulcra, sencilla, levantada sobre el césped impecable me perseguía sin descanso, casi recordándome de otras dos muertes anunciadas, otros dos sepelios pendientes de los que debería ocuparme. Pero papá había partido naturalmente, a su tiempo, después de agonizar durante días. Era ahora el turno de enterrar lo que yo había matado, lo que había mutilado casi sin darme cuenta, gracias a mi vacilación, a mis especulaciones constantes. Y debía hacerlo como un hombre, sin lágrimas, sin arrepentimientos.&lt;br /&gt;Dardo se despidió escueta, formalmente, luego del entierro, y supe por Juanjo que partió poco después. Lo podía imaginar a sus anchas ahora, retozando entre montañas y bosques cómplices, rodeado por los cálidos y seguros brazos de Claudio, riendo feliz, compartiendo con él su apacible vida. Por fin, después de tanta espera, había encontrado un hombre que le podía ofrecer su amor incondicional, lo que él necesitaba. Y si no llegaba a ser incondicional, cuanto menos era cercano, no como lo que yo podía darle, a gatas, en contadísimas ocasiones, dudando constantemente, el peso de una mujer y dos hijos marcando el límite, ensombreciéndolo todo. Dardo y Claudio tenían el enorme privilegio de celebrar la fuerza de su amor de hombres libremente, y la naturaleza, satisfecha, amparaba su valeroso amor sonriéndoles con días de sol, con lagos color esmeralda, con verdes cipreses amurallándolos de miradas y juicios suspicaces.&lt;br /&gt;Después del funeral, Cecilia pareció prepararse para mucho más que las inminentes vacaciones en la costa. Aunque había exagerado su aflicción, sé que sintió sinceramente la partida de papá. Cumplió el papel que me hubiese correspondido a mí, recordando eventos o circunstancias en las que mi viejo había sacado su escaso encanto a relucir. Siempre supe que papá adoraba a Cecilia, y hoy no dudo en que me casé con ella por eso, porque papá había aprobado mi elección, en primer lugar. Por eso, y porque con mi matrimonio se despejaban las dudas que él siempre había tenido acerca de mi sexualidad. En cuántas oportunidades se me ocurrió pensar, viéndolos juntos, cual compinches, riendo y conversando por horas en casa, que el viejo había llegado a amarla, como creo que yo jamás pude. Y cuando creí ver que la hostilidad y las dudas que siempre había sentido hacia mí se habrían acabado con Cecilia, con desazón descubrí que todo eso se había transformado en rencor teñido de profunda envidia, por tener yo a quien él jamás poseería. Cecilia disfrutó con creces la situación, perdida en sus mohines y su risita grave. Mamá y mis hermanas observaron la escena sin decir nada, como de costumbre. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Ese mismo grado de natural complicidad, sin los esfuerzos que yo siempre debí remontar, resurgía cada vez que ella y Martín estaban juntos, y recordaban su feliz infancia en Tandil. Todo había sido alegría, travesuras y fiesta durante aquellos años transcurridos en el pueblo o en la estancia de la familia, que evocaban con carcajada encubridora. Eran aquellos momentos que yo detestaba, en los que me obligaba a sonreír diplomáticamente. Me preguntaba ahora cuánto tiempo más tardaría Cecilia en patear certeramente el tablero donde se encontraban las frágiles fichas de nuestro matrimonio, asumiendo su clandestina y seguramente apasionada relación con él. ¿Pero, aunque la odiara por ello, podía juzgarla? ¿Podía culparla de algo? ¿Qué era lo que realmente me molestaba? Si yo había actuado de la misma manera, con el mismo egoísmo, sin apreciar que sobre ese tablero que también yo arrojé lejos, dos fichas llevaban el nombre de nuestros hijos. ¿Podía juzgarla cuando yo mismo lamentaba mi decisión de formar una familia, de estar prácticamente atado de pies y manos y no poder estar con Dardo o con el hombre que se me antojase? ¿Podía culparla de buscar en otro hombre lo que no conseguía de mí, &lt;em&gt;su marido&lt;/em&gt;? Si somos todos el resultado lógico de procesos tan azarosos como complejos, ¿a quién entonces, podemos echar culpas? Quizá a nadie, porque nadie es tan bueno ni tan malo al fin y al cabo.&lt;br /&gt;Una tregua tácita, que respetaba mi sagrado período de duelo, parecía haberse establecido entre Cecilia y yo. Ninguno tuvo intenciones de mencionar nada que pudiese quebrar la aparente paz y serenidad que reinan después de una pérdida irreparable. Ella, fiel a su inquebrantable corrección se mostró comprensiva y servicial frente a la mirada escrutadora de Fran y Clarita, y yo apenas si tenía fuerza para respirar adecuadamente, así que dócilmente, me limitaba a aceptar la puesta en escena. Con los días fue abandonando el peinado tirante, la cara sin maquillaje y los colores opacos y pronto se enfrascó en la actividad favorita de cada verano. Contagiando a los chicos de su imparable entusiasmo, tejiendo mil y un planes, aprovechó cada momento libre para planificar minuciosamente sus próximos días fuera de casa.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5211403131221318290" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SFKfiWHOGpI/AAAAAAAAAa4/zSPUk9_OIu0/s320/934778_florida_gulf_coast.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Así como para muchos la muerte significa el irremediable fin, la angustiosa nada, para otros puede ser el símbolo de que la vida continúa, renovada, renacida. La muerte no deja de ser, después de todo, un fin y a veces, un auspicioso comienzo. Invitada por mis hermanos, mamá prácticamente no dudó un segundo en partir de vacaciones al Uruguay, deseosa de playa, descanso y, en menor medida, nietos, como me contó cuando conversamos por teléfono. Sin que lo hubiera podido imaginar, la ausencia de mi padre nos apiadó a todos en más de un aspecto, porque nunca antes nos habíamos llamado con la frecuencia con que comenzamos a hacerlo después de su entierro. Me dije que tenía que comprobar que era mi madre quien me había hablado de esa entusiasta manera, con ese tono de voz tan irreconocible como cristalino y jubiloso. En un desacostumbrado gesto de mi parte, decidí entonces despedirla en el puerto. Retrasado por un embotellamiento en el centro, llegué sudando mares, minutos antes de que embarcara. Ya de lejos me asombró ver que mi recatada, tímida y correcta madre se destacaba claramente del gentío vestida con lo que a mi modo de ver era un disfraz de turista de folleto. Envuelta en un vaporoso vestido de orquídeas anaranjadas sobre un fondo lila furioso, su pelo ensortijado y recién teñido bajo el ala de una capelina blanca, los ojos enfundados en grandes anteojos oscuros, me saludó divertida agitando sus dedos huesudos. Exudando entusiasmo y alegría, en tanto mis hermanas y sus cónyuges lidiaban con hijos, papeleo y equipajes, nada en ella hacía pensar que se trataba de una flamante viuda que acababa de sepultar más de cuarenta años de sumiso y leal matrimonio. “Sé feliz, hijito. Disfrutá.”, me dijo, acariciando mi mejilla, antes de perderse tras las puertas de embarque, sonriéndome, tironeada salvajemente por mis sobrinos. “Sí, como si fuese tan fácil.”, pensé mientras agitaba mi mano con alegría forzada. Sin embargo, esas simples palabras de mi madre reverberaron hasta los rincones más oscuros de mi mente mientras manejaba de regreso a la oficina.&lt;br /&gt;Un providencial viaje a Córdoba me tuvo fuera de la ciudad por un par de días salvadores. El bendito proyecto de tantos meses, el desarrollo del complejo software de administración, lo único que funcionaba acertadamente en mi vida, estaba a punto de ser instalado en una empresa de envergadura que lo había adquirido, y allí fui yo, afanoso por borrar asuntos de mi vida que no se redujeran a bits o sistemas binarios. El programa corrió más que exitosamente, así que luego de unos pocos ajustes, calurosas felicitaciones y agradecimientos, no me quedó más que regresar a Buenos Aires en el vuelo que ya tenía reservado. Un habitual error en la planificación de la aerolínea me obligó a esperar el vuelo siguiente, pues el que debía tomar estaba completo. Estuve a punto de maldecir a la empleada que con desgana me dio la noticia, pero no lo hice. No quise arruinar la minúscula cuota de alegría que me habían dado gracias al buen desempeño del programa, y que sin dudas, repercutiría en un aumento en mis ingresos. Decidí, en su lugar, tomar un trago en el bar del aeropuerto. Finalmente, también desistí, y me incliné por un gran chopp de cerveza acompañado de un plato de maníes. Llegué a casa poco después de la medianoche, con la cabeza hecha un torbellino y la panza hinchada como un globo aerostático. Iluminada por la tenue luz del recibidor, Cecilia estaba sentada a la mesa del comedor diario, una copa de vino a medio llenar en frente suyo. Me sobresalté al verla perfilada por las sombras del departamento en silencio. La besé con suavidad, sin hablar.&lt;br /&gt;- ¿Cómo te fue? – preguntó en un susurro.&lt;br /&gt;- Genial, fue todo un éxito. – respondí con voz ausente. Se hizo un silencio incómodo que no me molesté en quebrar.&lt;br /&gt;- ¿Comiste? – preguntó al cabo Cecilia.&lt;br /&gt;- Sí, nos dieron cena en el avión. – Si se podía llamar cena al bocado que nos habían ofrecido, y que devoré con desesperación.&lt;br /&gt;- ¿Tomamos un café? – invitó. No tenía ganas de café ni de nada que no fuese irme a la cama, pero accedí.&lt;br /&gt;- Me voy con los chicos mañana. – anunció mientras ponía agua a calentar.&lt;br /&gt;Pestañeé nerviosamente. Un dejo de alarma agitó mi mirada cansina.&lt;br /&gt;- Ahá... – asentí débilmente. – Adelantaste la fecha.&lt;br /&gt;- No lo pensaba, surgió... Nos lleva tío Enrique, así que no vamos a necesitar el auto. – me dijo de espaldas. Tío Enrique, el papá de Martín, el hombre más egocéntrico y altanero que conozco, después de Martín, claro está. – Vos venís después, ¿no?&lt;br /&gt;No respondí de inmediato. Iba a preguntarle cómo se atrevía a decidir acerca de nuestros hijos sin mi consentimiento, pero eso hubiese significado violar el pacto silencioso que sin mencionar siquiera, habíamos convenido. Y además, en primer lugar, debía pensar en mis hijos, ellos disfrutaban de jugar con sus primos, los adoraban de verdad. Callé mi verdadera opinión y fingí que aceptaba de buena gana.&lt;br /&gt;- Seguro. – contesté sonriendo, mientras un sexto sentido interno esbozaba el panorama de un fortísimo temporal en ciernes.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5211402925388123426" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SFKfWXUwzSI/AAAAAAAAAaw/BwGu24MCDP4/s320/939159_ocean_view_1.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Despertar con jaqueca, ir a trabajar, desempeñar mi labor con fruición, como si nada pasara. Comer a desgano tratando de no pensar en Dardo, dormir pésimo porque los sueños me torturan con sus evocaciones, y el clima con su calor abrasador. Despertar nuevamente, la tristeza sumada a la persistente jaqueca. A ese diario tormento se redujo mi vida durante las dos semanas que siguieron a la alborotada partida de Cecilia y los chicos. Rehén de mis decisiones e indecisiones, víctima de mis malogradas elecciones, pasé los días como un ánima que vagaba por los caminos fallidos de su vida. En tanto, mi mente incansable en su castigo, no cesaba de mortificarme con pensamientos del mal hijo, del mal marido, del mal padre, del mal amigo en que me había convertido. A la manera de un muro contenedor, algo dentro de mí se encargaba de ponerle coto a mis emociones, impidiéndome llorar, desahogarme como lo deseaba. Por eso volví a beber. Por esa razón también, comencé a tomar tranquilizantes. Una de esas noches en que miraba la televisión sin verla, tirado en el sofá del living de casa con un vaso de whisky en la mano, sonó mi teléfono celular.&lt;br /&gt;- Ro, vida, ¿qué hacés, cómo estás? – me saludó una efusiva voz, aturdiéndome.&lt;br /&gt;- Marian, hola.&lt;br /&gt;- Uy, me parece a mí, ¿o llamo en mal momento?&lt;br /&gt;- No hay problema, ¿cómo te fue?&lt;br /&gt;- Maso, Brasil puede ser divino como una cagada... nos agarró la temporada de lluvias, así que imaginate, decí que el hotel era un sueño, que si no...&lt;br /&gt;- Mm, qué garrón. – comenté sin interés.&lt;br /&gt;- Sí, total... pero bueno, estábamos ahí, ¿no? Así que como playa no se podía, comimos como cerdos, viste lo que son los desayunos de allá, no sabía qué no comer... Resultado, cinco kilos de más. Estamos todos a dieta estricta ahora... – rió sin contagiarme. - Contame, ¿cómo lo estás llevando, corazón? – preguntó con dulzura.&lt;br /&gt;- Como puedo... o mejor dicho, como no puedo. – tragué forzadamente. – Mal.&lt;br /&gt;- Bueno, Rodri, bombón, pero pensá que tu papi vivió su vida después de todo, formó una familia, ¡qué sé yo!... La hora de mierda esa nos llega a todos tarde o temprano.&lt;br /&gt;- No me refería a eso, exactamente, Mariana, pero te agradezco las palabras. – dije con sequedad.&lt;br /&gt;- ¿Ah, no? ¿Y qué te pasa entonces?&lt;br /&gt;- ¿Qué, Dardo no te contó?&lt;br /&gt;Se hizo un silencio que tomé como una negativa de su parte.&lt;br /&gt;- Conoció a alguien, un tipo, un tal Claudio... lo sabés... – sugerí.&lt;br /&gt;Un resoplido metálico golpeó mis tímpanos. Mariana carraspeó titubeante, o eso me pareció.&lt;br /&gt;- Ah, Claudio, cierto... yo, no... no me... qué boluda, es que tengo tantas cosas en la cabeza, el viaje ¿viste?, no me acordaba...&lt;br /&gt;- No te acordabas... ¿No era que Dardo me quería mucho y me esperaba, según me dijiste? – inquirí con disgusto.&lt;br /&gt;- Sí, bueno, pero...&lt;br /&gt;- ¿Para qué me ilusionaste, Marian? ¿Por qué me dijiste todas esas cosas lindas, para qué me diste las fotos si era todo mentira? Vos no te das una idea de lo que yo siento, de todo lo que estoy pasando... nadie lo sabe. – luché por que la voz no se me quebrara. - ... Y él parece que menos que nadie.&lt;br /&gt;- Rodri, pará, yo... él... vos no entendés...&lt;br /&gt;- Si, tenés razón, yo no entiendo un carajo de nada, por eso me va como me va. Chau, Mariana. – espeté, y corté la comunicación.&lt;br /&gt;El teléfono sonó con insistencia segundos después, pero no lo atendí. Al cabo de unos pocos minutos sonó mi celular. Tampoco contesté la llamada. Apuré el contenido de mi vaso de whisky y me fui a dormir.&lt;br /&gt;No contesté ninguna comunicación, no leí los correos electrónicos ni los mensajes de texto con los que Mariana me bombardeó los días siguientes. Debía sepultar lo que estaba velando, así que lo mejor era cortar de cuajo con todo aquello que me hiciera pensar en Dardo, y volver a lo mío, a la vida que me pertenecía y sobre la que podía tener algún control.&lt;br /&gt;Pocos días más tarde me encontraba conduciendo en dirección sureste, hacia Valeria del Mar, en la provincia de Buenos Aires. El viaje, en un día de sol inmenso y cielo azul, a través de sembradíos y campos salpicados de vacas pastando me relajó y me distrajo mucho más de lo que imaginaba. Hasta canturreé algunos de los temas que el estéreo del auto reproducía melodiosamente. Pude encontrar casi de inmediato la casa que Cecilia había alquilado por la temporada a un precio irrisorio, cuando llegué a media tarde. Era una construcción pequeña, modesta comparada con las dimensiones de las casas vecinas, pintada de un celeste pálido, de techo acanalado gris oscuro, chimenea y veleta. No había rastros de ella ni de los chicos. Estarían en la playa como me había prevenido. Cambié mis zapatillas por cómodas ojotas, mi sudada remera por una musculosa y me encaminé hacia el mar. La sombrilla verde fluorescente se recortaba claramente entre el enjambre de gente, carpas, toldos y otras sombrillas. “Es perfecta para que los chicos no la pierdan de vista en la playa”, había dicho Cecilia antes de comprarla. Y, como es habitual, su mente extremadamente metódica y especulativa, había tenido razón, aunque el color me provocase náuseas. Ella leía a la sombra, boca abajo en su bikini negra. Caí pesadamente a su lado.&lt;br /&gt;- ¿Qué tal? – la saludé.&lt;br /&gt;- Hola, llegaste rápido. – dijo, besando fugazmente mi mejilla.&lt;br /&gt;- Sí, estuvo tranquilísima la ruta... ¿los chicos? – No necesité respuesta, jugaban a los gritos con Martín y sus hijos en sus trajes de baño de marca a pocos metros de nosotros. - ¿Pía no vino?&lt;br /&gt;- N-no... bah, sí, vino, pero tuvo que volver a Buenos Aires hace unos días... con tío Enrique. Asuntos de su trabajo, y la madre no andaba bien... – contestó turbada.&lt;br /&gt;- Me imagino. – repuse ásperamente. Arrojé lejos mi musculosa y fui a buscar a mis hijos. Entre chillidos y abrazos de bienvenida, saludé a Martín con apatía, sin estrechar su mano. Propuse una carrera hasta el mar, que mis hijos y mis sobrinos políticos aceptaron de buena gana, corriendo más rápido que yo. Dejé a Martín atrás, perplejo, siguiéndome con la mirada. El contacto con la frescura del agua, el viento tibio acariciándome la piel, la alegría contagiosa de los chicos jugando con las olas, como una súbita bocanada del alivio que buscaba, me provocaron una inmensa felicidad. Con lágrimas en los ojos, mientras lanzaba a Fran por los aires, y los demás esperaban su turno arremolinados junto a mí, caí en la cuenta de que Dardo por fin pareció cobrar la dimensión que le correspondía. La de alguien tan irreal como inverosímil. Y nuestra relación, la de algo tan demencial como imposible de encajar en mi vida heterosexual. Cecilia y Martín ya tomaban mate bajo la sombrilla verde fluorescente cuando los divisé furtivamente.&lt;br /&gt;Los Pérez Cantón eran dueños del enorme chalet casa de por medio de la que Cecilia había alquilado, que también les pertenecía. Pese a que me negué con insistencia, finalmente mi mujer me convenció, por lo que algunos almuerzos y casi todas las cenas transcurrieron allí. Podía haberme negado con mayor vehemencia, o cuanto menos, haber discutido si eso era lo correcto, pero no lo hice. Nuestros respectivos hijos lo pasaban estupendo juntos, y Martín disponía de unas empleadas altamente eficientes, que en cuestión de minutos resolvían la eterna e insalvable cuestión del menú para niños y el que nos correspondía a los grandes. Sustituí, entonces, mi disconformidad por espíritu de vacaciones y me dejé llevar por el placer de no tener que ocuparme de casi nada. No quería que se enturbiara el momento tan lindo que estaban viviendo mis hijos, así que mantuve mi silencio a raya, en ese aspecto y en los muchos otros que fue generando nuestra pacífica convivencia. Los tres adultos respirábamos un clima enrarecido, artificial, que por momentos me preocupaba. Una pieza obvia, dañina de tan evidente, no encajaba en la forzada situación que compartíamos, pero nadie se atrevió a decir nada. Sin embargo, yo sabía que nuestras miradas expresaban todo lo que no nos atrevíamos a poner en palabras.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5211403293903830466" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SFKfr0JwPcI/AAAAAAAAAbA/HJ1yjuhMx0U/s320/994577_the_perfect_storm.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Una tarde nublada, fresca y gris me ofrecí para comprar medialunas para la merienda. Los chicos miraban hipnotizados una película de Disney en la televisión de la gigantesca sala vidriada, así que fui sólo. Cecilia se ocupó de poner leche en el fuego, Martín leía el diario sentado en un sillón junto al ventanal que daba al jardín de atrás. La puerta se abrió cuando había dado unos pocos pasos.&lt;br /&gt;- Che, Ro, ¿dónde vas a comprar las &lt;em&gt;croissants&lt;/em&gt;? – inquirió Martín a viva voz, los anteojos de leer resbalando por su nariz.&lt;br /&gt;- A la panadería del centro, acá nomás. – dije.&lt;br /&gt;- Las de ahí son una cagada, ¿por qué no te vas a la que está sobre la ruta a Pinamar, la que te indiqué el otro día, te acordás?&lt;br /&gt;- Bueno, pero tengo que sacar el auto... – insinué sin ganas.&lt;br /&gt;- Llevate el mío, tomá. – dijo, lanzándome las llaves de su BMW, estacionado frente a la entrada de la casona.&lt;br /&gt;A pesar de que apenas estábamos pisando el final de enero, las calles que atravesé se veían desiertas. El mal tiempo sin duda alejaba a la gente de los espacios abiertos, más cuando habíamos tenido una seguidilla de días hermosos. El andar del lujoso sedán alemán un arrullo, pronto encontré la dichosa panadería de las croissants favoritas de Martincito. Afortunadamente estaba vacía, así que en cuestión de segundos salí de allí con una gran bolsa llena de medialunas calientes que olían exquisito. No deben haberse percatado de mi apresurado regreso, porque las siluetas de Cecilia y Martín recortadas a través de los grandes ventanales, siguieron gesticulando y desplazándose nerviosamente por la cocina cuando me apeé del auto. Disimuladamente rodeé la casa esquivando los montículos de hortensias y pensamientos hasta llegar a la puerta de servicio. Gritaban, pero no alcancé a escuchar exactamente qué decían. Apenas si pude captar un par de sílabas inteligibles, y algo que sonó a “decíselo”. Abrí la puerta y me encontré con sus ojos cargados de estupor.&lt;br /&gt;- Listo, calentitas y todo. – anuncié sonriente. – ¿Merendamos?&lt;br /&gt;Eso hicimos. Los gestos complacientes y esquivos de mi esposa y su primo taparon toda huella del altercado de momentos antes.&lt;br /&gt;Llovió copiosamente al atardecer, con fuertes ráfagas de viento que arrastraron ramas y hojas de los árboles. Pero la verdadera tempestad no comenzaría sino hasta la mañana siguiente. Desperté temprano, sintiendo algo de frío. Atrapé un buzo, mi jogging y salté de la cama cuidando de no despertar a Cecilia. En el living me puse mis calcetines y mis zapatillas deportivas. Una brisa sorprendentemente tibia me envolvió cuando abrí la puerta de calle. Hacia el mar, el cielo seguía encapotado, de un tono azul violáceo. Sobre la pampa en el extremo opuesto, las nubes habían comenzado a separarse tímidamente. La playa estaba desierta, como me gusta a mí. Sonreí, complacido. Estiré brazos y piernas y luego caminé ágilmente en dirección norte. A los diez minutos comencé a trotar suavemente. Luego corrí a paso firme por otra media hora. El azul violáceo del firmamento viró a un gris lavanda, la temperatura subió agradablemente unos cuantos grados. El mar se veía invitador, con olas suaves y murmurantes. Observé en derredor mío. A lo lejos divisé una pareja paseando a dos perros, y unas gaviotas con cara de pocos amigos algo más cerca. Sin dudarlo, me quité el buzo, la camiseta, el jogging, las medias y las zapatillas y eché una carrerita que terminó con una soberbia zambullida. Me sentí un chiquillo libre y pícaro nadando en mi gastado slip blanco en el agua increíblemente cálida y suave. Cerré mis ojos mientras flotaba entre la espuma, sonriendo de placer. En un fogonazo, la imaginación me retrotrajo a la pileta de la casa del arroyo marrón, al lago verde esmeralda. Suspiré con abatimiento, di un par de brazadas y salí. Me calcé el pantalón y las zapatillas y corrí sobre la arena dura todo el camino de regreso.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5211403443618683778" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SFKf0h4jm4I/AAAAAAAAAbI/cyByq-dws6g/s320/963143_gazing_at_the_sea.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Ráfagas de viento me escoltaron al caminar las cuadras que separan a la casa de la playa. Comprobé mi aspecto en el vidrio de un auto estacionado antes de entrar. Mi pelo lucía como si acabara de bajarme de una moto de alta cilindrada.&lt;br /&gt;Cecilia bebía café en la cocina, recostada contra la ventana, la mirada perdida en la calle de tierra.&lt;br /&gt;- Buen día. – dije alegremente, y pelé una banana.&lt;br /&gt;- Buen día. – esperó unos minutos, viendo que me estaba proveyendo de lo necesario para tomar mi desayuno. Disponía todo sobre la mesa cuando añadió con solemnidad. - Rodrigo, tenemos que hablar.&lt;br /&gt;La observé con alarma, tragando saliva.&lt;br /&gt;- Dale, sí, hablemos. Sobre todo, siendo que ya lo hiciste con tu primito. – ironicé de golpe, engullendo un gran trozo de banana.&lt;br /&gt;- No sé de qué hablás... – pasó sus dedos por el flequillo. – Por favor, no intentes desviar la atención. Las cosas entre vos y yo no están bien... los chicos ya lo notan, te habrás dado cuenta.&lt;br /&gt;- En realidad no, pero si vos lo decís...&lt;br /&gt;- ¿Podés parar con la ironía, por favor? Quiero que hablemos en serio.&lt;br /&gt;- Con conseguir que hablemos ya te podés dar por satisfecha. – señalé, sonriendo con sarcasmo.&lt;br /&gt;Apoyó la taza con violencia, gotas de café salpicaron la mesada.&lt;br /&gt;- Si acá hay alguien que jamás habló ese sos vos, así que no te la des de superado conmigo, ¿estamos? Porque ese es justamente tu problema, creés que al no hablar, las cosas simplemente no pasan, no existen de verdad, porque no las nombrás y nadie más lo hace y así, vivís tu vida como si tal cosa, mientras a tus espaldas todo se desmorona. Rodrigo, yo puedo ser cualquier cosa menos tarada, ciega o sorda. Me he dado cuenta de que sí puedo ser muda, pero hasta un justo y soportable límite, el que me permite mi humanidad de mujer y mi condición de esposa y, por sobre todo, de madre. Ha ocurrido demasiado, de un tiempo a esta parte, y vos seguís haciéndote el distraído... – hizo una breve pausa para repensar. - ...el reverendo pelotudo, tapando, mintiendo, sin acusar recibo de nada, de nada en absoluto. Tu familia admirando el fantástico espectáculo de tus intrigas, de tus huidas, de tus viajes secretos, de tu temperamento que nadie entiende, de gente que aparece de la nada y se vuelve el centro de tu vida, y vos, como si nada, pretendiendo que todos creamos que seguís siendo el tipo de siempre, el papá perfecto, el que se desvive por sus hijos, el informático exitoso, cuando lo real es que te lo pasás escondiendo un mundo que te das el lujo de vivir a nuestras espaldas. Date cuenta, Rodrigo, hace rato que como marido no existís, NO EXISTIS. ¿En algún momento te pusiste a pensarlo?&lt;br /&gt;- Tuve problemas, no tiene nada de malo eso. – dudé.&lt;br /&gt;- ¿Problemas? Así que tuviste problemas... ¿Y a quién le contaste de tus problemas? – elevó la voz. – Porque a mí jamás me dijiste una palabra de nada, y yo sigo siendo tu mujer, TU ESPOSA, ¿sabés?&lt;br /&gt;- Esto no tiene nada que ver con vos, Cecilia, en absoluto nada que ver.&lt;br /&gt;- Ah, no tiene que ver conmigo... qué alivio... Decime con quién carajo tiene que ver entonces... ¿y qué carajo se supone que tengo que hacer yo? No, dejá, no me digas nada, ya sé, tengo que hacer como vos, mirar hacia otro lado, sacar mis dotes de actriz consumada y actuar que todo está perfecto, genial, que la vida me sonríe, a pesar de que hace meses, MESES, que no me prestás atención, meses que no me tratás como deberías, meses que no me tocás, Rodrigo. – la crispación había transformado su cara en un rictus intimidante.&lt;br /&gt;- En eso se ve que aprendiste bien de tus primitos, que para representar papeles son bárbaros. – lancé, sin mirarla.&lt;br /&gt;- No lo metas a Martín en todo esto, él no tiene nada que ver. – aulló. – Y no me lleves a lugares que no quiero ir.&lt;br /&gt;- Ah, claro, Tincho, pobrecito, a él no, no lo tocamos... pero a Pía sí, ¿no? Pía sí tiene que ver en todo esto, porque ella se interpone en tus planes...&lt;br /&gt;Sus ojos llameaban de ira cuando se inclinó sobre la mesa para espetarme:&lt;br /&gt;- Sí, de la misma manera en que yo me interpongo en los tuyos con el maricón de tu compañerito del colegio.&lt;br /&gt;Palidecí intensamente.&lt;br /&gt;- ¿Qué decís? Callate, vos no sabés nada... – murmuré, la voz agarrotada.&lt;br /&gt;- ¿Que no sé? Eso es lo que vos creés. Tu viejo antes de morir me contó todo, TODO, ¿me oís bien? y me parece que no necesito decirte qué fue lo que me contó, ¿o sí? – me escrutó con gesto triunfal. - ¿Querés que te diga qué fue lo que aceleró el cáncer que se lo comió vivo?&lt;br /&gt;- Cecilia, callate... – rogué. – No sigas.&lt;br /&gt;- No me callo nada, no pienso ser ni hacer como vos. – vociferó, con una voz que desconocía. – ¡A tu viejo lo mató ir a verte a tu cama del hospital de Neuquén para encontrarte a vos y tu amiguito tomados de la mano! Como dos... – no terminó la frase. - El te había prohibido verlo, te había advertido que no te le acercaras nunca más, pero vos te cagaste en eso de la misma manera que te cagaste en todo lo demás... Casi te matás, tus hijos casi se quedan sin padre por un tipo, un marica al que fuiste a ver al culo del mundo, ¿y qué conseguiste? Que tu viejo se muriera del disgusto, que tus hijos se desesperaran de llanto porque no tenían una sola noticia de su padre... ¡Y todo por un puto de mierda que no contento con su vida te cagó la adolescencia! – le tembló el mentón. Yo no terminaba de creer lo que estaba escuchando.&lt;br /&gt;- Callate, Cecilia, te lo pido por favor...&lt;br /&gt;- ¡Te digo que no me pienso callar una mierda! Cuando pienso en lo que fuiste a hacer allá con él, en la farsa ridícula que armaste para que tu hombría no se viera tocada... Me das asco, Rodrigo, mucho asco... Ruego a Dios que nuestros hijos nunca sepan nada de esto... y que tu pobre padre sepa perdonarte...&lt;br /&gt;Se hizo un alto en el que ambos necesitamos recuperar el aliento.&lt;br /&gt;- Mi pobre padre... – solté una risa cargada de ironía. – El obtuso de mi viejo siempre habló así, de la misma manera que lo hacés vos, ignorando de qué hablaba, sin saber una mierda de lo que me pasaba... Por eso congeniaron tanto ustedes, creyéndose siempre la autoridad indiscutible de todo lo que hacen o dicen... Y vos te atrevés a hablar de mí cuando no fuiste precisamente el ejemplo tampoco... ¿hace cuánto salís con Martín?&lt;br /&gt;- ¡Te dije que no lo metas en esto! – exclamó con violencia. – Además, si fuese así como decís, si yo saliese con Martín como fantaseás, por lo menos, lo mío sería dentro de lo normal, algo que le sucede a personas NORMALES, ¿me oís bien? Varón y mujer, mujer y varón, como Dios quiso que sea.&lt;br /&gt;- Qué ilusa que sos, qué ilusa... – repetí, meneando la cabeza.&lt;br /&gt;- ¡Prefiero ser ilusa a ser un maricón patético, hijo de puta! – estalló.&lt;br /&gt;La escruté incapaz de añadir nada más. Por mi mente desfilaron infinidad de escenas, personas, situaciones, pasadas y futuras. Lo que acabábamos de vivir no era más que el prólogo de un fin ya anunciado. Cecilia sin derramar una sola lágrima, su taza temblando entre sus manos en tanto la llevaba a su boca, la vista perdida en los charcos de barro de la calle, me escuchó decir:&lt;br /&gt;- Sí, puede que tengas razón en eso.– dije con suavidad. – Y, en todo caso, quizás hasta te solucioné un problema.&lt;br /&gt;Me puse de pie y me quedé así, tieso, inmóvil. Ella no se volvió para mirarme cuando añadí: &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Ojalá puedas perdonarme, algún día.&lt;br /&gt;Empaqué mis cosas rogando por que no se despertaran los chicos. Lo hicieron cuando estaba cerrando mi bolso. “¿Vas a trabajar, papi?”, me preguntaron cuando les dije que regresaba a Buenos Aires. Titubeé unos segundos. “Sí, papá tiene mucho que hacer. Nos vemos pronto. Pasen unas lindas vacaciones. Los amo mucho.” Y nos confundimos en un abrazo del que me costó separarme.&lt;br /&gt;El horizonte resplandecía con continuos refucilos de la tormenta que a esa altura no sabía si se alejaba o se replegaba para volver con más fuerza. La famosa conspiración cósmica, la ridícula maquinación universal de la que me sentía exclusivo protagonista había llegado a su fin. ¿Qué grado de ingenuidad me había llevado a pensar semejante estupidez, a pensar que yo me había convertido en el blanco de una confabulación de ribetes sobrenaturales, originada en una historia inconclusa, una historia que, de tan importante, de tan crucial para el cosmos, éste me había elegido para ponerle el final feliz, el que no había podido tener oportunamente? Meneé la cabeza, incrédulo ante mi inocencia. “Las conspiraciones son siempre en contra, gil, no a favor de uno”, pensé. “Hacete a la idea, boludito... Colorín colorado, esta historia – y algunas más – se han acabado.” A través de los limpiaparabrisas pude ver el cartel que indicaba las direcciones que tomaba la próxima bifurcación de la ruta. Crucé la rotonda pisando fuerte el acelerador, la vista fija en el pavimento húmedo. Los hemisferios de mi cerebro iniciaron un bombardeo tenaz. Apreté los dientes hasta que me dolió, mis dedos se crisparon alrededor del volante. Desvié violentamente mi auto hacia la banquina y frené en seco. El persistente bocinazo de un auto que pasó sacudiendo el mío me sobresaltó, recordándome la imperdonable falta que acababa de cometer. Una más en mi largo y perseverante derrotero de desaciertos. Sin detener el motor, deslicé mis dedos por entre los tirantes metálicos bajo mi asiento. Con algo de esfuerzo extraje el sobre de polietileno que hacía tiempo no tanteaba. Lo abrí con mano trémula. El papel brilloso de las fotos reflejó la escasa luz que atravesaba el denso manto de nubes. La procesión de instantáneas, nuevamente, trajo hasta mí una oleada de colores, de aromas, de sentimientos que parecieron sacudir su entumecimiento, liberados ahora de su encierro, y también, consabidas lágrimas a mis párpados. Desde los albores de mi conciencia, como oleaje irrefrenable y bullicioso, aires de sensatez cargados de disuasión trataron de fulminar el ánimo que los recuerdos lograron infundirme.&lt;br /&gt;Los neumáticos chirriaron lanzando lodo en todas direcciones cuando, a corazón galopante, aceleré hacia el suroeste.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;Continúa.&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Fotos: Stockxchange.com&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-2007749406461368852?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/2007749406461368852/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=2007749406461368852' title='8 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/2007749406461368852'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/2007749406461368852'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2008/06/nadie-te-amar-como-yo-26a-parte.html' title='Nadie te Amará como Yo - 26a. parte'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SFKfG6o8lKI/AAAAAAAAAao/LI1Oc3mEmmQ/s72-c/953236_sheet_of_water.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>8</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-3225561560235838995</id><published>2008-05-30T11:59:00.000-07:00</published><updated>2008-05-30T12:30:18.577-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Historias de la montaña Brokeback'/><title type='text'>Nadie te Amará como Yo - 25a. parte</title><content type='html'>&lt;div&gt;&lt;a href="http://bp2.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SEBPVKHQBqI/AAAAAAAAAaQ/4pkK3Lc5hr0/s1600-h/cementerio.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5206248394150905506" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SEBPVKHQBqI/AAAAAAAAAaQ/4pkK3Lc5hr0/s320/cementerio.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;De jovencito, un pensamiento fatídico me perseguía con frecuencia. Caprichosamente convencido estaba de que el día que alguno de mis padres se fuese para siempre llovería a cántaros, y el funeral sería como los montan en las películas, con los asistentes de riguroso oscuro, bajo negros y goteantes paraguas abiertos. Nunca comprendí por qué solía adelantarme a esos acontecimientos; extrañamente fascinado, sin una pizca de tristeza o dolor. Armaba una imaginaria puesta en escena que me permitía examinar los detalles en frío, estudiar los comportamientos posibles de todos los involucrados, regodearme confeccionando una lista pormenorizada de quiénes llorarían, con cuánta intensidad, con qué grado de autenticidad.&lt;br /&gt;Papá murió la soleada mañana de un nueve de enero, después de una espantosa agonía que lo había postrado para siempre cinco días antes. Como respondiendo a los efectos de una bomba de succión instalada dentro de su organismo; sus ojos se hundieron, adhiriéndose a sus cuencas, la mucosa labial desapareció y la piel se convirtió en una fina capa que apenas cubría sus huesos desgastados. Cadavérico, pero sin las marcas del rigor mortis todavía, así lo ví por última vez, la noche previa a su fallecimiento. Curioso fue para mí apreciar que ese cruel panorama no me horrorizó tanto como su mirada rapaz, irreductible bastión que el cáncer no había logrado aniquilar, último vestigio de su inquebrantable autoridad, permanecer inalterada, incólume, clavada en mí, cuando ingresé a su sombría habitación del sanatorio. Mamá, casi tan pálida como él, penaba a su lado, un rosario blanco enredado entre sus dedos. Jamás antes hubiese imaginado una situación semejante. Ojalá, alguna vez, en medio de aquellas fantasías y escenificaciones de niño lo hubiese hecho. Hubiese sabido de qué manera comportarme; qué decir, frente a mi padre agonizante y moribundo. El fragor de los desorbitados ojos de papá me vació por completo y no pude hacer o decir nada. Tal como había sido durante toda mi vida delante de su intimidante presencia.&lt;br /&gt;El velatorio tuvo lugar en una sala atestada de luces amarillentas y paredes revestidas en madera artificial, a media tarde del día de su muerte. Mamá, sin derramar una lágrima, se comportó como la atildada anfitriona de una conmemorativa reunión social. Una y mil veces la escuchaba repetir, impostada, dramáticamente, la acongojada versión de los últimos instantes de papá con vida. Con cada nueva condolencia la riqueza de su relato iba en aumento, y la contención del pariente de turno, en igual proporción. Cada renovado pésame le brindaba la oportunidad de aportar algún detalle de cariz cuasi sobrenatural a sus veladas intenciones de hacer de la muerte de papá una experiencia de orden místico. El desfile de familiares fue incesante. Un enjambre de tías, tíos, primos cercanos o lejanos rodeaba a mi madre toda vez que depositaba mi nómade atención en ella. Se me antojó pensar que era, quizá, la primera vez, a lo largo de su existencia junto a papá, por demás leal e incondicional, que el interés estaba puesto exclusivamente en ella. La vida parecía darle una tardía pero significativa oportunidad de revancha, y ella, sin el más mínimo atisbo de turbación, lo disfrutaba.&lt;br /&gt;Cecilia, en tanto, interpretaba el descollante papel que se había probado en la cena de Navidad en casa de su primo adorado. A un ritmo de gente mucho menor al de mamá, se encargaba, con aplomo, de recibir amigos y conocidos de mi familia, en un tono solemne, y apenas lúgubre. Pálida, suavemente maquillada, el cabello peinado en una tirante cola de caballo, la observé recibir a Martín, que, extrañamente, llegó sin Pía. Un tenso segundo de duda precedió un efusivo abrazo entre los dos.&lt;br /&gt;Mis hermanos parecían tomar planeados turnos para llorar, reunidos en derredor del ataúd cerrado. Evité acercármeles, el destello de las falsas velas, la fuerte fragancia de las flores que forraban enormes coronas a los costados, me provocaban náuseas, como así toda la larga y tediosa ceremonia.&lt;br /&gt;Era medianoche cuando, asintiendo de vez en cuando, fingía escuchar los lamentos de tía Nené, una de las hermanas de papá. El calor, sofocante, no había menguado más que en uno o dos grados. Un rumor de pasos tímidos hizo que levantara la vista. Mariana y Dardo, tomados del brazo, aparecieron sobre el rellano de la escalera, intentando algo parecido a una semisonrisa. Mi corazón se detuvo, el aire no llegó a mis pulmones. Una ráfaga de congoja repentina invadió mis fosas nasales. Dardo, sudoroso, el cabello echado hacia atrás, mechones lloviendo sobre su frente, se paró en seco al verme. Oscuras ojeras se adivinaban a través de sus anteojos de intelectual, remarcando su acentuada delgadez. En contraste, su piel, curtida por el sol andino, lucía un saludable tono cobrizo. Marianita, desencajada, se veía impecable como la última vez que nos vimos, enfundada en una blusa negra y un pantalón sastre gris claro. Fue ella quien primero me abrazó con fuerza, sin decir una palabra, por un largo rato. Antes de liberarme de su afecto contenedor se detuvo unos segundos para sonreírme, comprensiva. El ámbar acuoso en las pupilas de Dardo me quebró como lo hubiese hecho la afilada mecha de un taladro y entonces, sin pretender evitarlo siquiera, rompí a llorar antes de desplomarme entre sus brazos. Desconsolado, incapaz de frenarme, sollocé ahogadamente, sus amorosos dedos acariciando mi nuca, la calidez de su cercanía disparando mis deseos de revolverme en ella. Adheridos por el dolor, nuestros cuellos entrelazados, mi barbilla hundida en su hombro, Dardo susurraba dulcemente en mi oído cuando Cecilia se me apareció nítida, contemplándome incrédula, recortada contra el borroso fondo donde figuras desconocidas se apiñaban en cámara lenta. Martín asomaba por detrás suyo, con el ceño fruncido. Provocadores, mis labios recorrieron, lentamente, las mejillas de Dardo, dejando un rastro de saliva húmeda, antes de apartarme de él. Ignoro de dónde pude sacar las fuerzas necesarias para no besarlo en ese momento. Mi respiración, de a poco, consiguió serenarse, mi mirada se sostuvo sobre sus labios entreabiertos y palpitantes. Mariana, rauda, atajó la comprometida situación perforando nuestros codos con sus uñas afiladas, empujándonos fuera de allí con sutileza enérgica. Cecilia, escrutándome con ojos llameantes, se plantó en nuestro camino. Timoneando como pude la embarazosa situación, me ví ante la ineludible obligación de presentarlos, en medio de formales y forzadas frases de rigor. Cuando un silencio incómodo ganó el ambiente, salimos a la calle, donde una brisa ligera había comenzado a soplar. Propuse tomar algo en un café cercano. Mariana se excusó, la esperaba un viaje al alba junto a su familia. He de decir que papá no eligió el mejor momento para morir. Muchos de aquellos a quienes avisamos de la noticia debieron de darnos su pésame a la distancia, telefónicamente, desde allí a donde se habían trasladado a pasar sus vacaciones de verano.&lt;br /&gt;La despedí callada, sentidamente. El mutismo omnipresente, cuanto menos para mí, tenía menos que ver con la solemnidad de la circunstancia que con el confuso arrobamiento que Dardo me provocaba.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5206248596014368434" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SEBPg6HQBrI/AAAAAAAAAaY/x8Yr70TIcvA/s320/cementerio2.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Tomamos asiento en un pequeño bar a media luz, que milagrosamente aún se encontraba abierto. El suave frío del aire acondicionado pronto me relajó, aún cuando experimentaba un sobrecogimiento extraño, casi un temblequeo. No tenía ganas de beber nada, pero pedí un té con limón y Dardo un café doble. Ambos levantamos las cejas, nuestra mirada se movió vacilante, al encontrarnos frente a frente. Ninguno de los dos habló enseguida, y cuando decidimos hacerlo, nuestras voces se encimaron. Sonreímos.&lt;br /&gt;- Dardo, no sé cómo agradecerte este gesto, yo... – musité, la voz frágil.&lt;br /&gt;- No tenés nada que agradecer, Rodri, entre amigos no es necesario. – dijo con mansedumbre.&lt;br /&gt;Exhalé profundamente, mis dedos fueron a revolver mi cabello endurecido por el fijador. Las palabras salieron disparadas de mi boca.&lt;br /&gt;- Amigos... – meneé la cabeza. – Yo no puedo verte como amigo, Dardo... no puedo. – susurré, abatido.&lt;br /&gt;El tragó saliva, ajustó sus lentes, que habían resbalado por su nariz.&lt;br /&gt;- Lo intenté, sigo haciéndolo, no te imaginás todo lo que he luchado por no extrañarte, por no sentirte, por no desesperarme por no tenerte cerca... – me lamenté, asombrado por mi impensada verborragia.&lt;br /&gt;Dardo parecía haber adquirido la consistencia del mármol. Tuvo que carraspear repetidas veces antes de poder hablar.&lt;br /&gt;- Rodri... – balbuceó.- Rodri, vos me tenés, lo sabés bien.&lt;br /&gt;- A mil putos kilómetros no es tenerte. – espeté, la voz contenida por un llanto amenazante. – Hice de todo, de todo, te lo aseguro, por olvidarte, por convencerme de que tengo una familia, una vida... una vida heterosexual. Y fue al pedo, al reverendísimo pedo, porque hay una parte mía que no es así, que no logra conformarse, que te necesita, que no puede sacarte de adentro...&lt;br /&gt;- Rodri, escuchame... – me interrumpió.&lt;br /&gt;- No, escuchame vos, ahora que puedo decirte lo que siento, ahora que de una encarajinada vez por todas, puedo decirte qué me pasa. – casi sollozaba, desconocido de mí mismo. – Dardo, no hay un maldito segundo que no piense en vos, esa es la verdad. Me lo he negado, evito pensarlo todo lo que puedo, y lo único que logro es que te hundas, te enquistes más profundo en mí, con cada día que pasa. Dardo, a ver si me entendés... Es la primera vez en mi vida que puedo poner lo que me pasa en palabras, y lo estoy haciendo frente a vos. – Mi voz se quebró pero pude terminar la frase.&lt;br /&gt;La escasa luz ambiente acentuó el tono sombrío en su expresión, la hinchazón de sus ojos. Sus labios se movieron, trémulos, indecisos.&lt;br /&gt;- Rodri, viejito, no sé por qué tenés que decirme todas estas cosas justo ahora, en un día como el que estás pasando... ya lo hemos hablado, lo recordás... Lo que nos ocurrió a los dos en el sur fue producto del pasado que no pudimos, o no supimos vivir, y cuando tuvimos la oportunidad de revivirlo, no nos dimos cuenta de que lo hicimos en circunstancias idílicas, lejos de tu realidad, lejos de la vida que ya armaste. Vos no podés echar por la borda a tu familia por eso. – sentenció gravemente.&lt;br /&gt;- ¿Y por qué no? – inquirí, enjugando mis lágrimas.&lt;br /&gt;- Porque yo te digo que no. – resopló, mirando el cielorraso. – Porque no está bien, porque vas a herir a mucha gente, a tu mujer, a tus hijos, Rodri, no quiero hablar de esto, no es el lugar ni el momento, ¡acabás de perder a tu viejo, che!&lt;br /&gt;- Ah, no querés hablar... – ironicé, tragando con fuerza. - ¿Cómo carajo podés menospreciar así, algo que puso en peligro mi vida? ¿O acaso ya te olvidaste de mi accidente?&lt;br /&gt;- Pero Rodri, ¿cómo pensás que me puedo olvidar de algo así? Además, ¿qué tiene que ver con lo que estamos discutiendo? Ir a verme al lago fue decisión tuya, y, como cualquier decisión de la vida, tiene sus lógicos riesgos... – declaró con firmeza.&lt;br /&gt;La mano de la mesera portando nuestro pedido, quebró el espacio entre los dos. No quise mirarla, y encontrar reflejado en sus ojos risueños el patetismo de nuestra riña de pareja gay en crisis. Dardo alcanzó a atisbarla fugazmente, en un tácito gesto de agradecimiento.&lt;br /&gt;- No podés decirme eso, Dardo. – insistí, vehemente, una vez que las tazas se ubicaron frente a nosotros y la moza hubo desaparecido. - ¿Vos te das cuenta, te das puta cuenta de lo que estoy tratando de hacerte entender?&lt;br /&gt;Tragó un par de sorbos de su café negro, apartó los mechones sueltos de su cabello y volvió a carraspear con fuerza.&lt;br /&gt;- Lo nuestro no es posible, Rodri... – dictaminó. - ... no es posible porque yo conocí a alguien. Estoy con otro hombre. – machacó, su vista clavada fuertemente en la mía.&lt;br /&gt;Mis maxilares se tensaron, uno de mis incisivos mordió el labio inferior, lastimándolo. El bar empezó a dar vueltas en espiral.&lt;br /&gt;- Tenés que dejar de pensar en mí, Rodri, como lo venís haciendo, y vivir para tus hijos, para tu esposa, para tu vida real. Esa es la vida que te corresponde.&lt;br /&gt;Lo escruté sin pestañear, mientras las lágrimas me inundaban, sin derramarse. Su imagen se volvió viscosa, deformada. Mi piel se erizó, mi garganta anudada no me permitió hilvanar el atolladero de palabras que pugnaban por transformarse en furibundas ondas sonoras. Jugué con la cucharita, clavándola con fuerza en la rodaja de limón que flotaba en mi taza de té intacto.&lt;br /&gt;- Entonces, vos y yo... – logré tartamudear.&lt;br /&gt;- Vos y yo, seremos siempre excelentes amigos, Rodri, siempre. – Apoyó las yemas de sus dedos fríos sobre mis antebrazos. – Siempre. – repitió, con una sonrisa forzada.&lt;br /&gt;Agaché la cabeza, soné mi nariz con una áspera servilleta de papel. Sequé mis lágrimas con el dorso de mi muñeca.&lt;br /&gt;- ¿Cómo se llama? – disparé. Sus pupilas dieron un salto, un músculo aletargado reaccionó súbitamente, tirando de las comisuras de su boca. Titubeó, o eso me pareció, y, entrecortadamente, contestó:&lt;br /&gt;- Claudio. Se llama Claudio.&lt;br /&gt;- Claudio... – susurré, absorto. No había nombre de puto que odiara más. No dudaba que sería algún afeminado que escondía su homosexualidad bajo el pretensioso uniforme de guardaparques. O peor aún, quizá se trataba de un gendarme aburrido al que, en medio de esos lagos y montañas inmensas, no le quedaba otra que cogerse a un hombre de vez en cuando. Dardo asintió en silencio, golpeando la mesa con sus nudillos, evitando mis ojos inyectados en sangre. Miré mi reloj pulsera.&lt;br /&gt;- Tengo que volver. – anuncié secamente. Me puse de pie a la velocidad del rayo, mi mano extendida hacia él. – Amigos, entonces. – remarqué con frialdad. Dardo estrechó mi mano con fuerza, con una mueca que intentaba ser simpática. – Cuidate. – dije, y, sin esperar su respuesta ni probar mi té, salí del bar. “Y andate a la reputa madre que te parió, puto del orto”, añadí para mí, reprimiendo el deseo de lanzarme bajo las ruedas de un colectivo que cruzó la avenida cual bólido de fórmula uno. A paso ágil, la furia circulando por mis venas, me encaminé hacia la sala velatoria, como regresando de una dimensión paralela, de una suerte de limbo fatídico. Me sentí un estúpido, un ridículo sin remedio, una vergüenza de hombre que había malgastado su precioso tiempo en elucubraciones perversas e inútiles, el imbécil dueño de una ciega e imperdonable ingenuidad. Trabajo, familia, relaciones, menoscabadas, mancilladas gracias a mis prácticas degeneradas, a mi retorcida inclinación, a un pecado al que debí haber renunciado apenas comenzó a sugerirse. Malditos vaqueros de la puta montaña, maldito Pablo y su carne con papas a la crema, malditos Dardo y su casa del arroyo mugriento, maldita mi puta lujuria, malditas montañas, lagos, malditos sean el romance, la poesía de maricones y sus palabras de mierda que creen que la vida que pretenden honrar es posible. Y malditos sean todos los putos recogidos del universo porque lo único que han conseguido es cagarme la poca puta vida que tenía.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5206248759223125698" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SEBPqaHQBsI/AAAAAAAAAag/UBGRAbXk2j0/s320/cementerio3.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Un flujo ácido, súbito, que desde mis tripas ascendió a mi boca, me llenó de asco y repulsión. Tuve que afirmarme contra el tronco de un árbol para calmar las náuseas que amenazaron con tumbarme al suelo. Vomité en el instante en que un dolor semejante a un certero puñetazo en el estómago me dobló en dos. La vereda, afortunadamente, estaba desierta. No había para mí llorosos amantes arrepentidos a último momento, tampoco rescates épicos, ni heroicos abrazos ni fogosos besos de reconciliación en medio de la hollywoodense ovación de una sociedad fatalmente arrepentida de su condena de siglos, de su dedo acusador. No había para mí nada de todo eso, sino tan sólo un arremolinado horizonte de estoica resignación.&lt;br /&gt;Nuevamente, la acostumbrada sensación de no encajar en ningún sitio se apoderó de mí. Apestando, con paso errante, ingresé a la ahora sigilosa casa velatoria como un autómata. Los pocos familiares que aún se encontraban allí bebían café de los pocillos que Eugenia, mi hermana, repartía con gesto adusto. Me hundí en un sillón en una sala apartada del resto, y en algún momento de la noche debo haberme dormido. Desperté con un repugnante sabor en la boca, cuando ya había amanecido. Una oleada de parientes rezagados intercambiaban murmullos formales y circunspectos en el recargado vestíbulo. Me deslicé dentro del baño a lavar profusamente mi cara. El espejo, cruel, reflejaba sin compasión mi aspecto decrépito. El cabello se había aplastado de un costado y enmarañado del otro. Cuando emergí, el cuello de mi camisa empapado, cuatro empleados de rostro severo y traje negro indicaron el esperado final de la pantomima rodeando el féretro de mi padre. Cecilia, agitada como si estuviese en medio de los preparativos de un desfile de modas que llevaba su nombre, me abordó con premura, extendiéndome su teléfono celular.&lt;br /&gt;- Es Emilia, te quiere saludar. – anunció, y giró sobre sus talones. La voz de su hermana, desde Tandil, sonó sincera y cálida, al darme su sentido pésame. Atiné a pronunciar sólo un par de distraídas interjecciones, un indiferente “gracias”, y corté la comunicación. Iba a devolver el aparato a mi mujer cuando un recuerdo estremeció mi mente. Velozmente, con frialdad, busqué en la agenda de números almacenados. No dudé una fracción de segundo cuando presioné la tecla de llamar al llegar a las iniciales TC. Acordes armoniosos, de empalagoso violín, hicieron saltar a Martín, fielmente apostado junto a Cecilia a las cerradas puertas de la sala mortuoria. Perplejo, la contempló sin entender, mientras extraía su estridente celular del estuche enganchado a su cinturón. La rígida cola de caballo de Cecilia se meneó nerviosamente cuando volteó, el rostro descompuesto, para ver que me acercaba con mi brazo extendido, mi mano empuñando su moderno telefonito, mi boca toda ensanchada en una mueca de obvia satisfacción.&lt;br /&gt;- No sé qué toqué al cortar... Ah, Emilia te manda saludos. – comenté como al pasar, malicioso. Martín ya había enrojecido profusamente. Perplejo, me alejé de ellos, asombrado por la lentitud con la que habían actuado mis acostumbradas deducciones de informático frente a un engaño tramado de manera tan poco inteligente. ¿Cómo había sido posible que Cecilia, tan perfeccionista ella, tan eficiente y obsesiva por los más mínimos detalles, hubiese cometido la absurda torpeza de disfrazar a Martín bajo las iniciales de Tincho Cantón? No me lo explicaba, pero tampoco me explicaba ya nada de lo que acontecía en mi vida.&lt;br /&gt;El calor siguió castigando durante el entierro de papá en un cementerio privado, en las afueras de Buenos Aires. Una compacta comitiva integrada por Juanjo, Tolo, Lalo y Virginia Cárdenas, Marcela Auregui, Paulita Segredo y Alfredo Llorens donde Dardo, desaliñado y ojeroso, se camuflaba, se nos unió en el momento en que un pomposo y delgado sacerdote mascullaba una oración. Me saludaron afectuosamente, portando las condolencias de todos los que no habían podido acudir por estar fuera de la ciudad. Potentes paladas de tierra comenzaron a cubrir el cajón no bien nos alejamos unos pasos de la tumba abierta en el césped mullido y muy verde. Giré furtivamente, mi columna vertebral se heló en un espasmo que me sacudió con rudeza al caer en la cuenta de que esas paladas enterraban mucho más que el inerme cuerpo de mi padre para siempre.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-3225561560235838995?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/3225561560235838995/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=3225561560235838995' title='11 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/3225561560235838995'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/3225561560235838995'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2008/05/nadie-te-amar-como-yo-26a-parte.html' title='Nadie te Amará como Yo - 25a. parte'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://bp2.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SEBPVKHQBqI/AAAAAAAAAaQ/4pkK3Lc5hr0/s72-c/cementerio.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>11</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-5737105939833211236</id><published>2008-04-28T10:12:00.000-07:00</published><updated>2008-05-02T11:04:50.586-07:00</updated><title type='text'>Vida Nueva en matices de Abril</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;a href="http://bp2.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SBtKejEPVaI/AAAAAAAAAaA/1aw2p0bb_4s/s1600-h/DSCN2375+copia.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5195828483771553186" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SBtKejEPVaI/AAAAAAAAAaA/1aw2p0bb_4s/s320/DSCN2375+copia.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;El vaquero soñador bien sabe del poder del deseo. &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5195829188146189746" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SBtLHjEPVbI/AAAAAAAAAaI/8R6muNZzbKk/s320/DSCN2374+copia.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;De sus alcances, de sus logros, cuando se manifiesta. &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;Ese poder, ahora que los lejanos efectos de su sorpresiva irrupción se han desvanecido, lo tiene ensayando esbozos de una vida distinta a mil quinientos kilómetros de su hogar. O, cuanto menos, del que habita con mayor frecuencia, porque este distante lugar también es su casa. &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;Siempre lo ha sido. &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;Durante el largo y solitario viaje conduciendo, contrariamente a lo imaginado, no hubo especulaciones, planes ni fantasías que bosquejaran lo que acontecería a su llegada. &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;Nada de lo que merodeaba su mente los agitados días previos a su partida distrajo su atención del camino por delante. &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;La energía, sin que lo decidiera concientemente, pareció estar puesta en su resistencia física. &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;En llegar, sin escalas.&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;br /&gt;Lo consiguió, no sin pocos titubeos, producidos por un cansancio prematuro.&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5195828183123842450" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SBtKNDEPVZI/AAAAAAAAAZ4/O3ORCXUcZDc/s320/DSCN2370+copia.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;Unos iniciales días de zozobra, merced al cambio de circunstancias y lugar, lo confundieron, y desplegaron una prematura sinfonía de ideales algo heridos.&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt; De tiempos que, confirmó, nuevamente,  jamás serían los propios. &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;De expectativas que parecían esfumarse. &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;Una helada, oscura y húmeda soledad nocturna en una casa de playa sin resabios de verano ayudó a completar la sensación. &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;El frío y las sombras, omnipresentes, penetraron cimientos, entrañas y huesos.&lt;br /&gt;Llegó a preguntarse qué hacía, realmente, allí. &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;Se cuestionó, profundamente, si era eso lo largamente anhelado, al fin y al cabo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5194360279266186626" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SBYTJzEPVYI/AAAAAAAAAZw/J4YZfS7z9I0/s320/DSCN2359+copiar.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;En la mañana, el mar gris azulado y rugiente frente al ventanal le dio la bienvenida a un nuevo día. Nubes arañadas pintaban un cielo ilimitado y azul, que surcaban de tanto en tanto gaviotas tempraneras. &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;Un sol perezoso, de luz perlada e incandescente, intentaba templar el frío aire matinal. &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;El vaquero, ante semejante espectáculo frente a sus ojos somnolientos, sonrió débilmente. &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;Algo le indicó que estrenaba, así, la nueva vida, la que durante meses había añorado. &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;Y aunque la escena no fuese más que un poético prólogo de la misma, se sintió casi afortunado.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;Lo que siguió, después, no fueron las líneas exactas de lo imaginado, aún a sabiendas de lo que venía a encontrar. El guión bocetado en mente, al adaptarse a la realidad, sufre importantes cambios, cuando no se modifica por completo. &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;La desilusión merodeaba, dispuesta a pulverizar ideales.&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;Estaba, de todos modos, listo para la flamante misión que lo había llevado hasta allí. Misión que es un compuesto de propiedades familiares algo abandonadas, en primer lugar, y de entrañables relaciones afectivas profundizadas sólo a lo largo de memorables veranos, y esporádicas llamadas telefónicas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5194359613546255730" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SBYSjDEPVXI/AAAAAAAAAZo/Y2zzX7qYVmg/s320/DSCN2357+copiar.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;El vaquero no recuerda un abril en estas tierras. &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;Han sido siempre eneros, febreros, algún julio o septiembre. &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;Es en esta época cuando las costas se agrisan con reflejos de plata, los valles a espaldas del mar se tiñen de amarillos y ocres que estallan al sol. &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;El viento amaina, aunque jamás del todo, el frío cala prematuramente. &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;Un mundo puertas adentro comienza a reinar. &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;La soledad es un fantasma constante, poco amistoso la mayoría de las veces, pero que pronto se vuelve familiar.&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;br /&gt; &lt;/div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5194359308603577698" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SBYSRTEPVWI/AAAAAAAAAZg/_pssK07O97c/s320/DSCN2354+copiar.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;El tiempo allí se le ha hecho de esperas, de trámites, de idas y vueltas, de largas charlas mate en mano, de sonrisas, de cálido abrigo, de acercamientos sigilosos, de esperanzas propias y ajenas sin retorno visible. &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;De fe y sueños protegidos, de comida de hogar, de alguna que otra feliz regresión, de empecinadas tristezas de otros, de sorpresas insospechadas.&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt; De inmimentes estrenos, de obligados ordenamientos, de logros a futuro, de juegos de niño, de cálidos abrazos.&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;Para un vaquero soñador al que no le resulta simple conformarse. . . &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5194357835429795122" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SBYQ7jEPVTI/AAAAAAAAAZI/ICw27Rr9oO8/s320/DSCN2351+copiar.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;Pero hoy que llega la hora de partir, se siente satisfecho.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt; Porque la soledad fue, quizá, una sensación. &lt;div align="center"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;Y, en todo caso, una buscada sensación. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Y esa sensación le enseñó mucho. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5194357629271364898" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SBYQvjEPVSI/AAAAAAAAAZA/jI908GHYITY/s320/DSCN2348+copiar.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;Porque la distancia, al final, fue tan sólo física.&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;La emocional, a esa, no le quedó otra alternativa que aceptarla, &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;apuntalando, cuanto menos, puentes ya construídos.&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;Porque lo nuevo, confirmó, sólo lo inquietó porque era terreno desconocido.&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;Entre otras tantas cosas...&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;Parte satisfecho, porque redescubrió que la lejanía de un lado no es más que intensa cercanía del otro.&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;Porque corroboró que nunca nada es tan claro a los sentimientos. Más cuando estos, de tan ideales, asustan.&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;Porque lo verdaderamente tremendo, por el momento, y afortunadamente, existe tan sólo en su mente infatigable.&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;Parte satisfecho porque agradece que en poco tiempo más, volverá.&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;Y no duda de que será otro capítulo intenso en su vida.&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt; &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-5737105939833211236?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/5737105939833211236/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=5737105939833211236' title='8 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/5737105939833211236'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/5737105939833211236'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2008/04/vida-nueva-en-matices-de-abril.html' title='Vida Nueva en matices de Abril'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://bp2.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/SBtKejEPVaI/AAAAAAAAAaA/1aw2p0bb_4s/s72-c/DSCN2375+copia.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>8</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-1880606577783248973</id><published>2008-04-21T08:31:00.000-07:00</published><updated>2008-04-22T10:18:49.339-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Historias de la montaña Brokeback'/><title type='text'>Nadie te Amará como Yo - 24a. parte</title><content type='html'>&lt;div&gt;&lt;div&gt;&lt;a href="http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R_PNgV01elI/AAAAAAAAAYo/7M5KnujmJJQ/s1600-h/945866_christmas_tree_close_up.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5184713551531833938" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R_PNgV01elI/AAAAAAAAAYo/7M5KnujmJJQ/s400/945866_christmas_tree_close_up.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;La gravilla crujió bajo mis pasos ágiles que me condujeron por entre el gentío que, departiendo animadamente, fue completamente indiferente a mi ruidosa entrada. Vacilé al atravesar el ajetreado e iluminado vestíbulo. Mamá, con un plato atiborrado de canapés en sus manos, me abordó no bien me detuve.&lt;br /&gt;- ¿Qué te pasaba que tardaste, Rodrigo? – inquirió, apoyando su mejilla en la mía, la boca moteada de miguitas.&lt;br /&gt;- No encontraba algo... ¿Qué le pasa a papá?&lt;br /&gt;- ¿A Papá? Nada, ¿por qué preguntás? – volvió a la carga, pestañeando nerviosamente. – Qué lindo que estás, hijo. – agregó, con una dulzura rara en ella.&lt;br /&gt;- Mamá, no soy ciego. Decime por favor qué carajo tiene el viejo. – espeté.&lt;br /&gt;Torció la cabeza de lado a lado en tanto sus párpados no dejaban de moverse. Sus labios ondularon, emitiendo chasquidos que intentaron ser algo parecido a una disculpa, o una negación. Clavó la vista en el cielorraso, como si allí se encontrara escrita la respuesta.&lt;br /&gt;- Está bien, Nora, vaya, llévele el plato a Santiago. – interrumpió Cecilia, surgiendo de la nada. Mamá titubeó un segundo. – Yo me encargo, vaya tranquila. – Insistió. Mamá obedeció y nos dejó, sonriendo en tono de disculpa, cabizbaja. Cecilia volteó la cabeza con gesto teatral y susurró: - No irás a hacer otra escena acá, me imagino.&lt;br /&gt;Reprimí la oleada de ira que ya subía por mi garganta.&lt;br /&gt;- No, si me explicás lo que parece vos conocés muy bien. – dije, mis palabras teñidas de un odio creciente.&lt;br /&gt;Tragó saliva, escudriñó algo o alguien más allá de mi espalda y balbuceó:&lt;br /&gt;- Decidimos no decirte nada porque nos enteramos justo cuando tuviste el accidente... se dio así, de la nada, terrible, y recién ahora se... se nota.&lt;br /&gt;- Se nota qué mierda, me podés explicar bien, por favor. – me impacienté.&lt;br /&gt;- ¿Necesitás que te lo diga yo? Está enfermo. – su boca se frunció en un sollozo sobreactuado, sus pupilas brillaron. – Muy enfermo. Lo sabe todo, imaginate, lo conocés a tu viejo... – sus ojos se entrecerraron con fiereza. - ¿Ahora te cierra por qué fue &lt;em&gt;él&lt;/em&gt; a verte a Neuquén y &lt;em&gt;no yo&lt;/em&gt;?&lt;br /&gt;La sangre se me heló en ese preciso instante, en que el mundo pareció detenerse por completo. Un sabor agrio y amargo proveniente de alguna parte de mi estómago inundó mi boca. Como afilado estilete, una sensación punzante tajeó mi corazón. No, en realidad, no me cerraba un carajo por qué él había ido a verme al hospital de Neuquén. Tampoco me cerraba nada de lo que estaba ocurriendo. Odié a Cecilia. Con toda mi alma, y no sólo a ella, sino a todos. Quería rugírselos, como león enfurecido, y saltar sobre guirnaldas, lucecitas titilantes, santa claus y todos esos adornitos de mierda que colgaban por doquier, y despedazarlos, y huir lejos, y no poner nunca más un pie en esa maldita casa. Pero no hice nada de eso. En su lugar, tragué sonoramente, me pasé ambas manos por el pelo y llegué a murmurar algo ininteligible. El enojo no me permitía pensar con prudencia ni tino, así que, estúpidamente, disparé: - ¿Y se puede saber quién carajo los invitó?&lt;br /&gt;El rostro de Cecilia se transfiguró en una mueca que irradiaba estupor, rabia e incredulidad. Su párpado inferior se infló extrañamente, repetidas veces. No llegó a responderme. Martín y Pía, cual consecuentes presentadores de televisión, rodearon cada uno de mis flancos. Encandilaban con sus pieles bronceadas en exceso. Pía descollaba con su escotado vestido fucsia, su rubio recién teñido, sus pestañas como púas.&lt;br /&gt;- ¡Feliz Navidad, Rodrigo, qué bien se te ve! – tarareó alegremente, agitando su cabello, cruzando su brazo con el mío. – ¡Estás recuperadísimo! ¡Ceci, es increíble, qué buenoo! – estiró el sonido de la o más de lo soportable por mí.&lt;br /&gt;- Bienvenido, che, Feliz Navidad. – proclamó con una sobreactuada solemnidad Martín, palmeándome el hombro con brutalidad.&lt;br /&gt;- Gracias, igualmente. – El tono seco de mi voz fue cualquier cosa excepto convincente.&lt;br /&gt;Cecilia, veloz, salvó la situación haciendo referencia a la exquisita decoración que, ahora apreciaba, no había dejado rincón de la casa sin pintarrajear de rojo, verde o dorado. Dondequiera que posase mi mirada el espíritu navideño se había corporizado en merchandising variopinto. Carteles donde letras bailoteando gritaban MERRY XMAS, HO HO HO o SEASONS GREETINGS, moños, coronas y ramitas de muérdago, nieve simulada, renos y papás noel en todos los tamaños y posiciones posibles, pululaban por el enorme salón. Junto a dos grandes mesas cubiertas con manteles rojos y verdes se arremolinaba un enjambre de desconocidos que, conversando y riendo, hundían cucharas y tenedores dentro de fuentes y platos atiborrados de comida. Certera como la lengua de un batracio atrapando un insecto, mi mano hizo lo propio con una copa que pasó, rasante, sobre una oscilante bandeja. El vertiginoso ademán me obligó a dar una vuelta en círculo que dejó libre el espectáculo que menos hubiese querido presenciar. El de ver a mamá luchando por alimentar a mi padre, quien, aunque tembloroso y endeble, la escrutaba con mirada severa y desaprobadora.&lt;br /&gt;- ¿Ay, viste qué divinos los candelabros? Los ví justo, te juro, y no sabés, re-ga-la-dos. Me matás si te digo el precio. – vociferaba Pía, con sus clásicos e irritantes mohines.&lt;br /&gt;- Discúlpenme. Ya vengo. – anuncié, apuntando hacia el sofá donde mamá trataba de complacer a papá, servilmente. Rostros vagamente conocidos me saludaron con tímida simpatía, les sonreí escuetamente. Papá ya había atajado mi llegada con ojos hostiles. Vacié el contenido de la copa de un trago y la apoyé por ahí. Mi celular vibró dentro del bolsillo de mi pantalón.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5184713684675820130" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R_PNoF01emI/AAAAAAAAAYw/4EqZ7BWfvfM/s320/952915_colored_ligths.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Tu madre no entiende que me cuesta tragar el hojaldre, Rodrigo, y que la mayonesa se me pega en los dientes. – me recibió con tono de reprimenda.&lt;br /&gt;- Hola, papá. – mi beso fue un chasquido en el aire que no tocó su mejilla. Mamá buscó mi mirada, compungida, sin dejar de masticar nerviosamente. - ¿Cómo te sentís?&lt;br /&gt;- Como cualquiera con un cáncer galopante adentro. – escupió, despiadado. – Cecilia no mintió con respecto a vos, eh. – añadió, estudiándome de la cabeza a los pies. – Seguís el tratamiento, ¿no?&lt;br /&gt;- En eso estoy... – dije, ruborizado, sintiéndome más fuera de lugar aún, como disfrazado de payaso en un funeral. - ¿Vieron a los chicos? – tartamudeé, sin saber qué decir realmente.&lt;br /&gt;- Sí, de lejos, divirtiéndose. – murmuró papá entre dientes. - ¿Quién se quiere acercar a un viejo enfermo como yo?&lt;br /&gt;Mi teléfono volvió a vibrar. Iba a utilizarlo como excusa para apartarme de ellos, pero deseché la idea. Aquí y allá se oían campanadas y melodías con los hits de moda provenientes de los aparatos de los presentes, a ellas seguían exclamaciones y gritos de alegría. Más allá de los ventanales, sonaban, tímidos aún, los estruendos de fuegos artificiales y pirotecnia de todo tipo. La Navidad estaba en todo su esplendor, y el mundo la celebraba. Y yo, allí, incapaz de actuar con un mínimo de tacto o coherencia, observaba, abstraído, perplejo, a papá, masticar como un roedor, su boca ocupada en movimientos lentos, espasmódicos y circulares, a mamá, ausente, ajena a casi todo, despedazando una presa de pollo en trocitos microscópicos, mientras la certeza de que la desdicha había decidido ensañarse, un poco más, conmigo, se instalaba dentro de mí. Cecilia asomó con sus amigables tíos Berta y Luis, quienes nos saludaron efusivamente y procedieron a desgranar todo tipo de comentarios destinados a apiadarse de mi deteriorado padre. Resuelto, sin excusarme, cuando hube escuchado suficientes lamentos y conmiseraciones, aproveché para ir por otra copa. La organización era tal que las había por todos lados, fuese de champagne o vino del mejor, ya vertidas o paseándose en bandejas que el personal contratado blandía constantemente. Vacié dos de golpe, casi sin pausa entre una y otra. El suave ardor del champagne en mi garganta aquietó, en parte, mi ánimo. Dos parejas conversaban de pie cerca de la mesa cerca de la cual yo me encontraba. Una de las mujeres, la mayor, se escabullía, veloz, a pinchar trozos de queso y aceitunas sobre una fuente de metal, que luego parecía tragar sin masticar. El hombre de menor edad, de contextura atlética, bien parecido, tenía el cabello surcado por sospechosas franjas claras y peinado con un cuidado tan minucioso que me fastidió. Interrumpido en varias oportunidades por el timbre de su teléfono, jamás dudó en atender, riendo, o súbitamente hablando en voz bajísima, impasible ante la mirada entrecerrada y furibunda que su acompañante, una joven aburrida, con apariencia de modelo de revistas, le lanzaba. Ese hecho sin importancia inquietó algo dentro de mí que me dejó cavilando un buen rato.&lt;br /&gt;Con mi tercera copa consecutiva en la mano, esquivando a medio mundo, me encaminé hacia los jardines. Necesitaba respirar aire limpio. El cielo, atravesado por escasas nubes compactas y oscuras, emenaba una luz enrarecida, verdosa, que parecía reflejar el arco iris lumínico desplegado en esa zona de la ciudad. Una estrella pinchuda, aislada, en el medio del firmamento, atrajo mi atención. Recordé mi afición, de niño, a permanecer mirándolas, embobado, cada noche desde la terraza de casa. Saboreé la fascinación con la que me empecinaba por ubicar la Cruz del Sur y las Tres Marías, allí donde me encontrase. Sonreí, al evocar mi ingenua fantasía de construir una nave que, velocidad de la luz mediante, cubriera la gigantesca distancia que me separaba de ellas. Gloriosos tiempos aquellos, en que todo, hasta los sueños más fantásticos parecían posibles. Poco, estaba seguro, me podía diferenciar de cualquier súper héroe de capa flameante si me lo proponía de verdad. Las agallas necesarias estaba seguro las poseía, a fuerza de leche chocolatada, vainillas, y contextura más grande que la de la mayoría de los niños. Los tembladerales de mi mortificante adolescencia bien se encargarían, luego, de hacerlas añicos. Sacudí la cabeza exhalando profundamente, entonces fue que reparé en las llamadas que no me había tomado el trabajo de revisar siquiera. La pantallita registraba una llamada perdida y un mensaje de texto, pertenecientes ambos, a un número no identificado, de cifra interminable. Presioné la tecla de leer el mensaje. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;“Feliz Navidad, Rodri. Que Dios te bendiga. Te pienso, Siempre. Dardo.”&lt;/em&gt; Mis ojos salidos de sus órbitas, volví a leer, boquiabierto, lo que constituía la primera señal de vida de Dardo, ahora caía en la cuenta, en demasiado tiempo para mí. Frenético, tembloroso, mi pulgar se hundió sobre la tecla de responder sin dudarlo un sólo segundo. Un hilo de sudor descendió por mi frente, mis pies comenzaron a moverse en círculos, mis ojos vigilaron a la gente reunida frente a la entrada de la casa. El auricular me transmitió un silencio sordo, luego un distante zumbido metálico y, por último, la irritante señal de línea ocupada. Marqué una vez más, y otra, y otra más, hasta que una voz grabada me advirtió que el teléfono al que llamaba se hallaba fuera del área de cobertura. La premura con la que mis dedos castigaron las teclas del teléfono descuidó la copa, que se balanceó, indecisa, hasta que resbaló para terminar estrellándose contra unas piedras lajas que servían de base a un gran macetón. Los fragmentos del cristal, desparramados en trozos filosos, reflejaron los destellos de bengalas que crepitaban en el cielo. Los contemplé, absorto, como quien estudia una especie insectívora poco común, a la vez que desolado por una lóbrega sensación de quebranto. Claudiqué en mis intentos, descorazonado. “Te pienso, siempre. Dardo”, los píxeles que daban forma a esas benditas palabras palpitaban aún dentro mío, regocijándome y angustiándome a la vez. &lt;em&gt;Me pensás, me pensás siempre, y yo, que hago lo imposible, que me desvivo por no pensarte, Dardo querido, por no revivir lo que pasamos, por olvidar que existís. Y todo, sin resultado alguno, porque es, al fin y al cabo, lo mismo que luchar contra mí mismo, contra quién soy, contra mi más pura esencia. Y, de encontrar la manera de quitarte de los latidos de mi corazón, de las fantasías de mi mente, de cada exhalación de mi existencia, ¿lo haría en realidad?&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Miré hacia la estrella nuevamente. Distancias, malditas distancias de años luz entre uno y otro. Bajé la vista hacia la casa que se alzaba jovial, encendida, resplandeciente. Y lejana. Malditas distancias entre todos. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Las voces y chillidos provenientes del movido salón, el estampido de fuegos de artificio desde todas partes, ininterrumpidos, me volvieron al motivo real que nos tenía a todos allí reunidos. Mis hijos y los otros niños ya no corrían por el césped. Música bailable sonaba en una casona vecina, y muchos se movían a ritmo en alegres grupos. Cuando retorné a la casa, Pía, las venas de su cuello tensas, supervisaba un nuevo servicio de comidas humeantes. Sus labios, en una mueca rígida que tensaba sus fulgurantes mejillas, emitían órdenes breves, su índice señalaba sitios en las mesas. Como si, de pronto, hubiese adivinado mi entrada, la vi girar, y, resuelta, abruptamente, dirigirse hacia donde yo me había detenido. Su mirada enfocaba algo por detrás de mis atentas pupilas, algo inesperado que ella no terminaba de descifrar, pero que, sin manifestarlo de hecho, intentaba decir de alguna manera. Sutil, frenó su vigorosa marcha un par de apenas perceptibles segundos. El rictus cordial que era su marca registrada la abandonó y una Pía desarmada, vulnerable, casi genuina asomó, necesitada, anhelante. Pero sólo duró esa ínfima fracción de tiempo, alguien a mis espaldas exclamó su nombre y algo más que no pude oir. Ella pestañeó, como limpiando lo que nublaba su vista, y me escudriñó fría, secamente, sin un mínimo atisbo de su actuada jovialidad habitual. No se molestó en excusarse cuando se abrió paso, casi violentamente, para atender el llamado tras de mí.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Mamá no había abandonado su puesto en el sillón junto a papá. Escarbaba una porción de cerdo color escarlata, en tanto papá monologaba esforzadamente, tomando cortos respiros cada tanto. Su auditorio, con cara de tedio, no se había movido de su lugar y fingía escucharlo con atención. El viejo, sus ojos clavados en una araña que pendía del techo, no disertaba más que para sí mismo, como lo había hecho toda la vida.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Francisco, en la otra punta del salón, picoteaba queso cortado en dados con unos palillos de forma alegórica. Un grupo de niños que lo secundaba, festejaba, entre risas, su travesura, incitándolo a continuar. Cecilia, rodeada de gente elegante y muy sonriente, parecía estar en su ámbito natural. Tocaba o mecía su melena perfectamente lacia, reía y gesticulaba como si un enjambre de fotógrafos la registrara todo el tiempo. Cruzaba sus brazos con otros ajenos, en una ceremonia tan confianzuda como exasperantemente cómplice. De vez en cuando, casi imperceptiblemente, quebraba su estado de encantamiento y dirigía un vistazo de águila, furtivo, pero calculadamente escrutador, en derredor suyo. Una Cecilia expectante y decidida se leía en la severidad de las líneas de su mentón, en la marcada inclinación de su ceño fruncido. Me estremecí cuando su mirada, al barrer con todo el ancho del salón, me interceptó sin verme. También ella, como Pía, semejaba buscar algo o alguien con una indisimulada ansiedad. Como aguijoneado por la hoja de un sable imaginario, me zambullí sobre las pinzas que sobresalían de una fuente atiborrada de pollo frito frente a mí. Clarita, sus ojos encendidos, pícaros, interrumpió mi acometida tironeando de la manga de mi camisa. Me sobresalté y la reluciente pechuga que había conseguido pinchar aterrizó sobre mi zapato lustroso. El séquito de niñitas de moños en el cabello y primorosos vestidos floreados que acompañaba a mi hija rió nerviosamente.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Papá, páaa, ¿falta mucho todavía para que llegue Santa? - inquirió Clara, ansiosa.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- ¿Papá Noel? - corregí, sutilmente. Todas emitieron un gritito agudo y sonoro como respuesta. Boquiabiertas, aguardaban una confirmación tan precisa como significativa de mi parte. Agachado como estaba, limpiando la grasa adherida a mi zapato, con un ademán propio de quien está a punto de confiar un importante secreto, susurré:&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Síganme. - Tomé de la mano a Clarita, y ella hizo lo mismo con las otras niñas. Las conduje al parque por entre el gentío que se arremolinaba, aún, en el agitado vestíbulo. Una vez afuera, con mi dedo apunté a la estrella que se había hecho más cercana, más brillante, y hasta había adquirido un ligero tono anaranjado ahora.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5184713766280198770" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R_PNs101enI/AAAAAAAAAY4/mb_GQuKnVZs/s320/697931_starfeild.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- ¿Ven esa estrella, la que se diferencia de las otras porque es más grande? - pregunté, mi voz discretamente impostada.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- ¡Síiii! - aullaron a coro.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- ¿A que no saben quién es? - Las desafié.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- ¡Papá Noel!&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- ¿Y pueden ver cómo va creciendo poco a poco? - mentí. - Quiere decir que ya está muy cerca y viene directo hacia acá... - anuncié, con tono de intriga. Gritando desaforadas, huyeron de regreso a la casa, vociferando la gran noticia. Reí, meneando la cabeza, en tanto las seguía con la mirada. Luego, volví a clavarla en la fulgurante estrella. De brazos caídos, inmóviles, a cada lado de mi cuerpo, los hombros relajados, la mente en blanco, así permanecí, como estaqueado al suelo. Un fugaz chispazo agitó mi interior un instante después. Mi cerebro, atascado en su última transmisión neuronal todavía, repetía, obcecado, las últimas palabras que habían salido de mi boca. &lt;em&gt;"Está muy cerca, y viene directo hacia acá..."&lt;/em&gt; Repentinamente, un sexto sentido o el hemisferio inactivo dentro de mí quiso captar una señal premonitoria encerrada en esas inocentes e intrascendentes palabras. Saliva pegajosa, en forma de gran caudal, descendió ruidosamente hacia mis entrañas, que se revolvían inquietas, intentando procesar la vívida imagen de Dardo, bajo el mismo cielo, en las mismas circunstancias, pero a más de mil kilómetros de mí. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;Continúa.&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;Fotos: stockxchng.com&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-1880606577783248973?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/1880606577783248973/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=1880606577783248973' title='6 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/1880606577783248973'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/1880606577783248973'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2008/04/nadie-te-amar-como-yo-24a-parte.html' title='Nadie te Amará como Yo - 24a. parte'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R_PNgV01elI/AAAAAAAAAYo/7M5KnujmJJQ/s72-c/945866_christmas_tree_close_up.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-6181334309291045871</id><published>2008-03-24T12:37:00.000-07:00</published><updated>2008-03-26T17:01:05.297-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Historias de la montaña Brokeback'/><title type='text'>Nadie te Amará como Yo - 23a. parte</title><content type='html'>&lt;a href="http://bp1.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R-gU5l01eiI/AAAAAAAAAYQ/a598JJyrsZw/s1600-h/660181_lights_2.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5181414350928575010" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R-gU5l01eiI/AAAAAAAAAYQ/a598JJyrsZw/s400/660181_lights_2.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Palabras y gestos, encadenados entre sí y vistos desde el prisma de mis coloridas circunstancias me hicieron reaccionar de la manera menos sospechada. Memoriosa y profética Mariana. El embrujo de su discurso sentido y pensado me acompañaba y retumbaba, aún, entre las paredes de mis sienes, cuando llegué a casa luego de despedirla. Se había acomodado, grácil, sobre el asiento del vetusto taxi, un ruidoso Peugeot 504, la palma de su mano tibia, levemente húmeda, posado sobre mis dedos apoyados sobre el marco de la ventanilla.&lt;br /&gt;- Una fija. Auto viejo, pendejo al volante. – susurró, sonriente, arqueando las cejas. – Y no está nada mal... – me guiñó un ojo. - Espero no haberla embarrado con tanta mierda de clichés y frases hechas... Prometeme algo, Ro.&lt;br /&gt;Me limité a contemplarla, expectante.&lt;br /&gt;- Que no sea el miedo lo que te eche atrás. Por favor. – Sus palabras sonaron como un latigazo que pareció cortar el aire en dos. Asentí con lentitud. Encimé mi mano enyesada sobre la suya.&lt;br /&gt;- Ojalá. – repuse. - Te llamo, hermosa.&lt;br /&gt;El rostro de Mariana, esperanzado, vaporoso, como encerado por el reflejo del alumbrado sobre el cristal trasero del auto, permaneció grabado por unos segundos quietos en mi conciencia mientras se alejaba raudo. Me recordó la escena de algún viejo largometraje en blanco y negro, del cual mi frágil memoria sólo atesoraba ese instante.&lt;br /&gt;El garage era todo silencio y sombras cuando me deslicé subrepticiamente dentro de mi auto, con la estúpida impresión de sentirme un delincuente que portaba un valioso y secreto botín. Una vez más, mi pecho se agitó y un sudor tenue descendió por mi espalda cuando, refugiado en ese espacio privado y reducido, repasé las fotografías, una por una, una y otra vez, bajo el incandescente haz de la luz interior. Mi dedo índice contorneó el dibujo que los labios de Dardo formaban al sonreír, rozó sus ojos como lunas de miel, acomodó el lacio de su pelo. Casi pude oler el aroma de su aliento, la fragancia de su presencia junto a mí. Escuché la música de su risa contagiosa, el siseo de sus pies descalzos acercándose, el roce de su pecho frotándose contra mi espalda, el murmullo de sus brazos rodeándome fuerte. Un chirrido metálico me obligó a girar en derredor mío, alzando los ojos, estremecido. El reflejo de un tubo incandescente que comenzó a titilar anunciando su final dibujaba intermitentes formas de neón sobre la pulida carrocería de los automóviles estacionados. Mi mirada se perdió sobre los caprichosos ángulos que formaban sobre un guardabarros, donde mi imaginación creyó presentir la silueta de una montaña escarpada, y allí permaneció, inmóvil, adherida al metal gris como el hielo. Algo se desprendió desde dentro mío, emergió, viajó lejos, voló rasante por entre las piezas flotantes de un pasado furibundo y reciente. Regresó al cabo de un largo rato, con una estela de resplandecientes evocaciones cual lastre de embarcación. La fotografía en la que Dardo y yo intentábamos burlarnos del mundo temblaba entre mis dedos. La luz que tiznaba nuestras caras encandiladas parecía ahora venir desde nuestro interior, poderosa, salvadora. Reprimí algo como un sollozo que no era de tristeza, ni tampoco de alegría, las volví al sobre que las contenía y las oculté en el espacio que dejaba una barra metálica bajo mi asiento.&lt;br /&gt;Desplegué un ingreso a casa digno de un agente secreto, tan cauteloso como inútil, porque Cecilia y los chicos no habían llegado aún. Me vestí con mi ropa de dormir, engullí, de pie, un gran bocado de un sandwich de jamón y tomate preparado en segundos, tragué la mitad de una botellita de cerveza y, acariciado por la suma de todas esas sensaciones placenteras, me senté frente a mi computadora portátil y me dispuse a comenzar a escribir. Inhalé profundamente con la pantalla en blanco frente a mí. Las ideas borboteaban en mi cabeza, las unas sobre las otras, como burbujas de agua hirviente, pugnando, frenéticas, por moldearse en palabras y oraciones, embrollándome, impidiéndome hilar los orígenes de esta historia sin fin aún. Terminé la cerveza de un gran trago, eructé con violencia. Los esbozos del rompecabezas en el que me movía o en el que me encontraba estancado, no sé bien, fueron surgiendo tímidamente. Una suerte de proceso reflexivo tan catártico como purificador, así lo sentía, guió el ansioso traqueteo de mis dedos sobre el teclado. El yeso acompañó golpeando duramente, de tanto en tanto, cuando olvidaba mi limitación, el borde de la mesa. Detuve la acompasada y febril sinfonía de mis dedos sólo cuando oí las puertas del ascensor cerrarse en el pasillo, y luego, sigilosa, la llave girando dentro de la cerradura. La puerta se abrió para dar paso a Cecilia portando a Clarita en brazos y a Martín llevando a Francisco en los suyos. Ambos se sobresaltaron al ver mi silueta iluminada por el resplandor de la pantalla de mi notebook. Cecilia dejó caer su cartera sobre el sillón llevando el dedo índice a su boca fruncida, exigiendo silencio. Martín me dedicó un breve ladeo de su cabeza y corrió tras ella, que se había encaminado, presurosa, hacia la habitación de los chicos. Abajo, en la calle, tronó el rugido de un colectivo o un camión alejándose. Mis pensamientos fluyeron una vez más, como girando en trompo.&lt;br /&gt;- ¿Trabajando, todavía, che? Qué fanático. – murmuró sorpresivamente Martín, palmeando mi hombro con rudeza. Veloz, minimicé la ventana del procesador de texto, giré y lo observé con fingida atención, asintiendo. Me devolvió la mirada con una débil pero evidente turbación. – Y con una mano sola... ¿Todo bien?&lt;br /&gt;- Es tarde. Te acompaño. – intervino Cecilia desde la penumbra, rozándolo con suavidad. Martín me saludó sin decir nada más, levantando su dedo pulgar y desapareció, escoltado de cerca por mi mujer. Perplejo, abstraído, los seguí con la vista hasta que la puerta se cerró detrás de ellos con un endeble chasquido. Cecilia regresó como a la media hora, los zapatos colgando de los dedos de sus manos. Sin hacer el menor ruido, se encerró en el baño. Mis manos dejaron de aporrear las teclas en ese momento, al advertir que mi dolorida espalda necesitaba urgente descanso. Cuando, alrededor de un cuarto de hora después, Cecilia entró en nuestra habitación en puntas de pie, yo no dormía todavía. En voz apenas audible, mientras se escurría con delicadeza entre las sábanas, me preguntó si estaba despierto. No le contesté. Tardé mucho más de lo usual en dormirme esa noche.&lt;br /&gt;El escribir, como lo hace, lentamente, cualquier pasatiempo o adicción, fue adueñándose de mis tiempos libres y de los que, fugaz y clandestinamente, robaba a mis responsabilidades. Mi avidez por reconstruir y enmendar episodios que, se me antojaba, eran el compendio de las claves de mi vida, fue tornándose un rito catalizador que me permitió, aunque muy de a poco, repensar y aprehender ciertos aspectos velados de mí y de lo que había ocurrido, e, ilusoriamente, salvaguardar el vínculo con Dardo, aunque de eso era conciente yo y nadie más. El escribir nuestra historia era la forma, la única por el momento, que se me ocurría para mantenerla viva. La imposibilidad, el miedo de comunicar o participar a alguien cuanto me había sucedido realmente multiplicaba mi imperiosa e insaciable necesidad de relatarlo, de manifestarlo, escribiéndolo concienzudamente, como si con ello pudiese exorcizar o santificar su sentido, su razón de ser. Oportunamente también, me daba cuenta, la narración de mi derrotero tomaba la posta que la inacción, la falta de decisión y de convicción dejaban vacante. Esa cobarde y pasiva parte de mí que no se atrevía, aún, y muy a pesar mío, a asir las alocadas riendas de mi destino, que, cual cabellos al viento, se bamboleaban sueltas, por un recorrido con rumbo desconocido. La mera recopilación de instantes y hechos, si bien analizados y desmenuzados, se convirtió, así, en la coartada que yo necesitaba para que la historia, en otro tiempo, en otro lugar, aquel que ella conviniese, fuera escribiéndose sola, sin que tuviera que mediar mi frágil voluntad, mi carácter débil. Como un niño exageradamente atemorizado, enfrascado en la redacción de los sucesos de mi tumultuoso pasado, evitaba mirar hacia adelante, confiando en que la vida, como lo había hecho hasta el momento, decidiría lo mejor, o lo que debía ser. Y yo, una vez más, obedecería el desenlace, sin titubeos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5181414681641056834" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R-gVM101ekI/AAAAAAAAAYg/NsK2zvspbu0/s320/920603_holiday_lights_5.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Mi brazo, flaco y pálido al salir del encierro, se liberó de la prisión del yeso unas dos semanas más tarde de mi iniciación en la escritura. Algo después, a exactos mes y diez días desde el accidente, los médicos retiraron también la faja alrededor de mis reconstruidas costillas. Consternado, descubrí que no suspiré aliviado, ni acepté de muy buena gana la satisfacción del doctor que siguió mi recuperación. En breve advertí que la coraza en la que había amparado mis limitaciones, fortalecido mis caprichosas justificaciones, distraído preguntas y reclamos ajenos, se había, de una vez por todas, escabullido, y, en consecuencia, de ese momento en adelante, no habría lugar para evasivas, ni excusas o pretextos para hacerme cargo. De inmediato debí iniciar una rehabilitación, traducida en una terapia kinesiológica leve, y una rutina progresiva de ejercicios de fortalecimiento, elasticidad muscular y entrenamiento aeróbico. No volví a mi gimnasio de años, allí donde había conocido a Pablo. La idea de reencontrarlo me revolvía las tripas, tanto como el poder que aún ejercía sobre mí el evocar el encuentro que habíamos tenido, aún cuando me pareciese que había tenido lugar en otra vida, así que me inscribí en otro, menos pretencioso y más cerca de la oficina, adonde comencé a acudir dos o tres veces por semana, con algún que otro reparo y sin demasiado entusiasmo. Pero allí hacía sólo lo que debía hacer, y me retiraba. Apenas si prestaba atención a cuanto me rodeaba.&lt;br /&gt;La vida normal, por otro lado, estaba en todo su cauce. Mis colegas en la oficina celebraron mi total recuperación con palpables muestras de afecto, aunque yo no dejaba de percibir un molesto tufillo a conspiración chismosa que, intuía, se desarrollaba a mis espaldas. Mi teléfono celular volvía a sonar intermitentemente, aún fuera de mi horario laboral, y, en cada ocasión, mi corazón daba un vuelco. Echaba un vistazo apresurado y furtivo a la pantalla pero, para mi secreta desazón, siempre se trató de consultas o inconvenientes a subsanar, que abundaban, y, aunque sospechaba que no sin algún recelo, eso significó que todos volvían a depositar su confianza en mí, como había sido siempre. Mis renovadas devoción y predisposición laboral se los garantizaban con creces. El regreso a una normalidad fingida, brillantemente interpretada gracias a mi voluntaria mansedumbre, deambulaba por rectos y paralelos carriles sin bifurcaciones ni desvíos. Mi ser escindido, por un lado, se enfrascaba cada vez con mayor intensidad, en sus clandestinas inclinaciones literarias que, con meticuloso registro, iniciaban, sin que yo lo supiera, la reconstrucción de identidad y deseo propios, y, por otro, se refugiaba en el diario y anhelado rito de contemplar las fotografías ocultas bajo el asiento de mi auto, un vistazo breve y sediento al catálogo perfecto de la vida imposible, a cada regreso diario. Una melancólica disciplina dominó cada uno de los segundos de aquellos extraños días.&lt;br /&gt;Mi matrimonio, en tanto, fluía, navegando las serenas aguas de una sosegada indiferencia que inquietantes omisiones, cual oleaje avieso, pretendían zozobrar. La perfecta calma antes de la consabida tempestad fatal. Aun cuando mi plenitud física fue afianzándose gracias a la terapia y los ejercicios, unidos a mi pasado de fervoroso deportista, que hizo el resto, para mi espanto, Cecilia no despertaba en mí, ahora, más que una tibia nostalgia, una sólida compasión. Ya no tenía acabada idea del tiempo que llevábamos sin hacer el amor, los besos se habían convertido en apurados roces de nuestros labios, las conversaciones sólo en comentarios acerca de nuestros hijos o temas sin relevancia, siempre acerca de nuestros trabajos, alguna noticia o alguien que conocíamos. Tácitamente, evadíamos lo personal y, aunque conscientes de ello, ninguno de los dos se atrevía a hacer algo al respecto. Sus salidas nocturnas se volvieron repentina y desusadamente frecuentes, ella raramente decía dónde iba y yo soslayaba cualquier clase de interrogatorios. “Mamá está trabajando mucho y necesita reunirse con gente”, les explicaba a los chicos. “¿Y por qué se tienen que reunir siempre de noche?”, disparaba Clarita, perspicaz. Me encogía de hombros como toda respuesta y acto seguido proponía juegos, mirar dibujos animados o bailar desenfrenadamente en el living. Aceptaban de buena gana y lo pasábamos fenomenal. Cecilia, en todo momento, se mostraba correcta, afectuosa y muy jovial conmigo frente a los chicos, pero ya no me trataba de “amor”. Jamás lo había hecho desde mi regreso, en realidad. Su manera de pronunciar mi nombre completo, ya tampoco había “Ros” ni “Rodris” para dirigirse a mí, muchas veces me estremecía ligeramente. En las contadas ocasiones en que estábamos solos, los chicos ya en la cama, se conducía con un trato claramente forzado, cuando no con apatía, y casi glacial, la mayoría de las veces. Pero a mí no me preocupaba, o eso creí, porque, repentinamente, volví a beber cuando un irredimible estado de insomnio comenzó a asaltarme a mitad de la noche. Las pesadillas empezaron también por esos días. Corría tras algo o algo me perseguía a mí, y en un determinado momento, nunca pude recordar qué me obligaba a detenerme y así permanecía, sumido en una horrorosa parálisis hasta que despertaba, empapado en sudor. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5181414548497070642" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R-gVFF01ejI/AAAAAAAAAYY/hYJwsXVlUaY/s320/676311_christmas_reindeer.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Diciembre llegó antes de que me diese cuenta y, con él, ligeras brisas que ventilaron la pesada atmósfera que respirábamos en privado. El último mes del año era uno, sino el más, de los que Cecilia disfrutaba especialmente. Acostumbrada como lo estaba desde niña a los grandes festejos con toda la familia reunida, se dedicaba con un entusiasmo desbordante a todo lo concerniente a los preparativos para la celebración de la Navidad. No pocas discusiones y peleas, de las escasas que atravesamos durante toda nuestra relación, tenían lugar en esta fecha. Pretendía contagiarme, a mí y al mundo entero, de su recargado afán decorativo, excesivamente consumista, y sutilmente espiritual, cuando a mí las fiestas de fin de año me tenían sin cuidado, aunque ignorase ciertamente el motivo. El crecimiento de Clarita y Francisco, con los años, resquebrajó mis férreas reticencias, y la conmovedora ilusión, la tierna fantasía que los arrebataba en esas fechas entusiastas fue cambiando, aunque parcialmente, mi idea de lo que debía ser, en verdad, la Navidad. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;La multitudinaria reunión de Nochebuena tendría lugar, para mi desolación y sorpresa, en la casona de Martín y Pía esta vez. Turbado por la noticia, ya que no tendría posibilidad alguna de negarme a asistir, no fui capaz de imaginar por qué no iríamos a lo de mis padres, como lo hacíamos cada año. Tampoco fui capaz de averiguarlo. O, mejor sea dicho, no tuve ganas de hacerlo, las comunicaciones con ellos corrían por cuenta de Cecilia desde que, sabiendo de mi rápido restablecimiento, habían interrumpido sus formales visitas. Sonriendo burlonamente, me pareció, apenas dos días antes de la fecha ella se había limitado, cantarina y escueta, a comunicármelo como al pasar. Y yo, detestándome a rabiar, había asentido quedamente, cual temeroso soldado obedeciendo órdenes de su superior.&lt;br /&gt;Alegres guirnaldas y estrellas de luces multicolores envolvían las aristas, columnas y barandas de la elegante fachada, encendiéndola, y destacándola notoriamente de las viviendas linderas, mucho menos adornadas. A un lado de la casa de los Pérez Cantón, un majestuoso pino centelleaba con breves intervalos. Clara y Francisco soltaron una ruidosa exclamación, impactados por el grandioso espectáculo lumínico, en tanto yo torcía mi boca en una mueca de disgusto que Cecilia no percibió. Frente a las puertas, abiertas de par en par, una pequeña muchedumbre se arremolinaba, con vasos y comida en sus manos. Una decena de niños corrían sobre el prolijo césped, tras dos rubias de moñitos rosa que, portando sendas bengalas ardientes, chillaban jubilosamente. Figuras en semipenumbra se movían nerviosas en derredor del auto detenido frente al camino de grava gris que conduce a la entrada de la casona. En medio de un enjambre de brazos que la sujetaban y sostenían, una silueta ligeramente encorvada, delgada, se recortó claramente contra el fulgor de luces festivas. Mi madre terminó de perfilarse  en el instante en que frené. Reconocer a papá en la figura débil y tambaleante que se abría paso escoltada por Martín y otros hombres llevó algo más de tiempo, cuando entornando los ojos para apaciguar el reflejo de la intensa iluminación lo distinguí. Verlo de esa manera, cruel y repentina me golpeó tan certeramente como lo hubiese hecho un gancho dirigido a mi mentón. Giré en dirección a Cecilia con alarma y furia. Encogiéndose de hombros, sus labios en un rictus de dominada ironía, una de sus manos sobre la correa de la cartera, la otra a punto de accionar el picaporte, dijo:&lt;br /&gt;- ¿Viste? No sos al &lt;em&gt;único&lt;/em&gt; al que le pasan cosas. – y, cual trueno lejano, bramó, contenida: - &lt;em&gt;Enterate de una vez&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;Como disparados por una catapulta, los chicos emergieron del auto hacia el grupo que seguía persiguiendo a las niñas antorcha. Cecilia cerró con un portazo que de suerte no quebró los cristales y enfiló, altiva, contoneando su cabello, hacia el pequeño grupo que, entre besos y sonrisas, ahora rodeaba a mis viejos y Martín. Inmóvil, aturdido, privado de la capacidad de asociar nada, permanecí así hasta que Francisco apareció junto a mí, divertido, con un gorro de papá noel en su cabeza y una chispeante bengala entre sus dedos trémulos.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;Continúa.&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;Fotos: stock.xchng&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-6181334309291045871?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/6181334309291045871/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=6181334309291045871' title='7 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/6181334309291045871'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/6181334309291045871'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2008/03/nadie-te-amar-como-yo-23a-parte.html' title='Nadie te Amará como Yo - 23a. parte'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://bp1.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R-gU5l01eiI/AAAAAAAAAYQ/a598JJyrsZw/s72-c/660181_lights_2.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>7</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-1059845845021478999</id><published>2008-02-28T06:21:00.000-08:00</published><updated>2008-02-28T07:40:09.020-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Historias de la montaña Brokeback'/><title type='text'>Nadie te Amará como Yo - 22a. parte</title><content type='html'>&lt;div&gt;&lt;a href="http://bp1.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R8bUoL8t6kI/AAAAAAAAAX8/i_TKt9WFPu4/s1600-h/953219_my_cuppa_tea.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5172055008948906562" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R8bUoL8t6kI/AAAAAAAAAX8/i_TKt9WFPu4/s400/953219_my_cuppa_tea.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;No recuerdo con precisión cuántos días transcurrieron, absolutamente todos y cada uno de ellos se convirtieron en un monótono calco del anterior. Mis excesos fueron menguando, en parte, debido a que las reservas de alcohol pronto llegaron a su fin, pero sobre todo porque las sesiones de pornografía virtual y autosatisfacción cedieron, no sin alguna resistencia, su lugar a la culpa, la autocompasión y a un atisbo, mínimo, de orgullo. El reposo y el trabajo, entonces, consiguieron, finalmente, derribar las oscuras vallas que había levantado, para sumergirme en ellos, devolviéndome, lenta y casi dócilmente, allí de donde nunca debería haberme apartado. La vida normal, con aires victoriosos y aleccionadores, gobernaba nuevamente el timón de mi vida y alejaba las réplicas de los furibundos vientos de rebeldía que tanto la habían sacudido.&lt;br /&gt;Estimo que fue en la semana en que, sintiéndome un novato, un pendejo descarriado, me reincorporé a la empresa, cuando, repentinamente, se apoderó de mí un súbito sentimiento de pérdida que asaltó todo mi ser. Como un aguacero que se derrama sin aviso, me encontré encapotado por los nubarrones de una sensación pesada como una losa inamovible, donde nada me entusiasmaba, nada me animaba ni justificaba mi respiración. Un mundo adverso me señalaba que no había lugar para mí, allí donde buscara. La falta de rumbo constituyó mi rumbo.&lt;br /&gt;Era un jueves por la tarde, poco antes de que cayera el sol. Llegué a la puerta del edificio de casa en el momento en que Cecilia y los chicos, divertidos y vestidos como para una gala, partían hacia la fiesta de cumpleaños de la hija de Martín y Pía Pérez Cantón. No insistieron en que fuera esta vez, y me saludaron festivos, agitando sus manos. Entré en el departamento en penumbras, me serví un buen vaso del whisky que llevaba oculto en mi bolso de correcto especialista en sistemas, me quité el saco y, ausente y exhausto, me eché sobre la poltrona del balcón. Arrojé lejos los zapatos y las medias, y extendí mis piernas sobre la baranda. Una brisa tibia alborotaba las ramas de los helechos y refrescaba mis pies hinchados, mi semblante pálido y demacrado. Tan fulminante y certera como esperada, una punzada en el medio del pecho me tuvo allí, llorando un océano en tanto el cielo parecía cepillado por nubes teñidas de azules y rojos. Imágenes, palabras, hechos y juicios, como un pelotón marcial, dispararon sobre mis sienes. Di varios puñetazos sobre el apoyabrazos con mi brazo sano, me restregué los ojos, me tomé del cabello. No grité, creo que no podía, el llanto ahogó todo lo que hubiese intentado decir, si es que había realmente algo que decir. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Mis dedos, temblorosos, atraparon el teléfono celular luego de mucho dudar. Incapaz de pronunciar palabra, mi dedo pulgar martilló las embutidas teclas. Tardé más de lo ordinario en completar la escritura del mensaje de texto. Pero con eso bastó. La respuesta fue inmediata, casi diría que hubiese parecido que me esperaba. Eso es lo que siempre admiré en Mariana, su incondicionalidad, sin solemnidades, sin rodeos.&lt;br /&gt;Cuando llegué al bar ubicado en una esquina de Palermo Viejo ella ya se encontraba sentada en una apartada mesa junto a un gran ventanal, sorbiendo de una taza muy blanca y redondeada. Su cara se iluminó al verme, su sonrisa de labios morados se ensanchó alegremente. A la velocidad del relámpago se puso de pie, radiante, y extendió sus brazos, invitándome. El entorno se desvaneció y avancé hacia su cálida bienvenida, hipnotizado. Atolondrado como de costumbre, uno de mis pies se atascó contra la pata de una silla, choqué contra la punta de la mesa y casi aterricé en sus brazos, los cuales, atentos, me atajaron con una fuerza desusada.&lt;br /&gt;- ¡Pero, Ro, &lt;em&gt;bolas&lt;/em&gt;! ¡Dale, matate de nuevo, salame! – Reímos con ganas mientras nos abrazábamos y yo le estampaba un beso ruidoso. – No te das una idea del alegrón que me diste con tu mensaje, guachito... – exclamó, con las mejillas encendidas. Se había vestido con elegancia. Una discreta blusa color marfil y una falda de flores negras la hacían lucir encantadora de verdad, o quizá todo era fruto de mi desesperación. Su pelo, perfectamente peinado, caía lacio sobre sus hombros. – Sé todo lo que te pasó por Juanjo... y por Tolo, que no sé qué le pasa que me llama a cada rato... O sí que sé qué le pasa, en fin... - me guiñó un ojo. Enrojecí tontamente. - ... Bueno, cómo te explico, a ver... no te llamé... – carraspeó, titubeante. – ...no por colgada ni nada parecido, sino por no joder, ¿sabés? – Su voz tembló imperceptiblemente. Le creí. – En realidad, qué boluda soy, para qué mentir... sí te llamé, pero corté al oír la voz de tu mujer, qué ridícula, ¿no? Por no enquilombar más todo, supongo, nunca contesté. – Ella no lo notó, pero lo que dijo apagó un poco el entusiasmo que sentí al verla. Ahora sabía quién había hecho las llamadas misteriosas. - ¿Qué vas a tomar? Desde que entré el pesado del mozo no me saca los ojos de encima, y eso que hoy estoy discreta.&lt;br /&gt;- Por ahora nada, después pido algo. – respondí. Tenía la garganta bloqueada por mi corazón expectante. Hizo señas de que pediríamos algo más tarde, pero el mozo se acercó de todos modos.&lt;br /&gt;- Por ahora no va a tomar nada, gracias. – Dicho esto, el hombre, de gesto aburrido y portador de una gran nariz de donde emergía vello muy crecido giró sobre sus talones y gruñó algo ininteligible. – Mirá si será, éste, ¿para qué corno le hice señas? En fin... No te voy a decir que te veo fantástico, pero pensé que estarías peor... Ay, Ro, recé por vos, mucho, todas las noches, increíble en mí, dejame decirte. Ando medio... ¿mística, se dice?, últimamente... o algo así, qué sé yo... Cuando me enteré de tu accidente, casi me muero, y me dije, ¡ay, pero qué bolas, éste Ro, pobre! No me entiendas mal, no quería decir exactamente eso, bueno, en parte sí, pero es que me sentí tan cul... – La contemplé con extrañeza. – Metafóricamente, eh... olvidá lo de mística, mejor. – Agregó, divertida, levemente ruborizada. Yo seguía sin entender del todo. – Bueno, che, pero contame &lt;em&gt;Vos&lt;/em&gt;, porque si me dejás, no paro más... &lt;em&gt;¿Cómo estás?&lt;/em&gt; – inquirió con dulzura.&lt;br /&gt;Mis ojos, vidriosos, esquivaron los suyos y, raudos, se posaron sobre las ramas de los frondosos árboles de la acera de enfrente. Fue en ese momento exacto cuando me di cuenta real del pánico que me producía intentar abordar el motivo que me tenía ahí sentado. Lo había ensayado una y mil veces, había elegido las palabras justas, las oraciones ensambladas con lo que quería decir, manifestar de una maldita vez, vociferar a grito pelado, pero algo desde dentro mío, mucho más fuerte que mis intenciones y anhelos, sujetaba mi lengua férreamente. Mariana puso sus manos sobre la mía, agarrotada a los extremos desflecados de un yeso ya muy sucio y gris. Acarició mis dedos entumecidos, se mordió el labio inferior y, decidida, tomó su cartera. El mozo merodeaba impacientemente, Mariana lo ignoró con antipatía.&lt;br /&gt;- Tengo algo para vos. – anunció, mientras extraía un sobre de papel marrón. Hurgó en su interior y me entregó unas fotos enfundadas en otro sobre de plástico transparente. Mientras me estudiaba con una mezcla de ansiedad y picardía, meneé la cabeza, intrigado, escudriñando la primera de una pequeñísima pila. Con los ojos fuera de las órbitas, rojos por el fogonazo del flash, la boca fruncida en una mueca desencajada que a las claras reflejaba lo inesperado del disparo, el pelo inmundamente enmarañado y la cara como maquillada para hacer de ciruja, cubierta de café y tierra secos, así aparecía yo en aquella foto por la que tanto había protestado a mi porfiada, tozuda y torpe llegada a la cabaña de Dardo a orillas del lago Curruhué. Asombrado ante mi olvido, caí en la cuenta de que había pasado completamente por alto el constante afán de él por eternizar algunos de nuestros momentos durante esos días gloriosos, y mis permanentes protestas cada vez que empuñaba su fastidiosa cámara fotográfica. Cuando, en medio de la agitación que se adueñó de mí, logré imaginar las que seguirían, agradecí al Señor que Dardo jamás hubiese tenido en consideración mis estúpidas y caprichosas quejas. Nuestras mejillas pegadas la una a la otra, las sonrisas confiadas, casi desafiantes, las pupilas llameantes de alegría mutua, así aparecíamos los dos en la siguiente, recortados contra retazos de un cielo azul tormentoso. Una luz espectral, nívea, como de efecto especial, bañaba nuestros rostros ingenuamente felices, destacaba nuestros semblantes esperanzados. Exhalé un profundo suspiro mientras tragaba con cierta dificultad. A esa instantánea sucedió una toma mía, de espaldas, desnudo, contemplando, presumiblemente, el lago frente a mí. Un hilo líquido y brilloso asomaba por entre mis piernas. Dardo había gatillado cuando yo orinaba despreocupado y mis nalgas blancas y velludas reflejaban el vehemente sol de ese día. Me sonrojé y escondí la foto entre las demás.&lt;br /&gt;- Hijo de puta... – apenas pude murmurar entre dientes. Mariana levantó las cejas y paseó lujuriosamente la lengua por sus labios sin quitarme los ojos de encima. Lo estaba disfrutando, y eso me estremeció profundamente. Me sentí mucho más expuesto que mi desnudez en la fotografía, y un siniestro refucilo de desconfianza me hizo pensar, de pronto, en una trampa armada como un intrincado mecanismo de relojería. La sutileza en el golpe bajo eran muy propias de Dardo. Como la araña que espera, pacientemente, el temblor de la presa en el hilo de su tela mortífera. El golpeteo dentro de mi pecho, a la manera de redobles de tambor, acompañó mi respiración cada vez más entrecortada. No podía mirar a Mariana, ni mascullar algo que fuese lógico o adecuado. Continuaba dudando entre permanecer adherido a la silla o lanzarme en enardecida fuga. Comencé a sudar. Mis dedos, bruscos, torpes, sin quererlo, acariciaron la foto que venía. Me sorprendió verme con la boca abierta, muy sonriente, mate en mano, con un destello contento y sereno en la mirada. Algo había dicho en aquel momento, pero no recordaba qué. Un Rodrigo Leiva rejuvenecido, feliz, como un extraño a quien envidié con nostalgia, plácidamente recostado contra unas rocas mohosas y descascaradas fue la descarnada postal de aquello ajeno e inalcanzable, el aviso publicitario de la utopía que la parte secreta de mí se empecinaba en atesorar, y la otra parte, la oficial, la moralmente correcta, en infamar, en denostar como algo aborrecible y contrario a mi naturaleza. Siguieron un par de tomas con el lago color esmeralda presidiéndolo todo, rodeado de bosques de verdes centelleantes, de montañas de fantasía. Irónicamente, su belleza me impactó mucho más reproducida en papel. La última fotografía la había tomado Dardo también, pero esa vez, recordé, a instancias mías. Me había escrutado fijamente, y sonreído satisfecho ante mi inesperado pedido, durante aquel atardecer púrpura, después de mecernos, entrelazados, al compás de la exquisita música, sobre los gastados tablones de la galería de la cabaña. Sus pupilas se habían agrandado más que nunca, asombradas, y había dicho, con suavidad: “Seguro, es la luz perfecta...” “Y ésta es la última, basta de fotos”, había añadido yo, fingiendo autoridad y hartazgo, cuando lo real era que anhelaba con desesperación eternizar, de la manera que fuese, aquel tiempo majestuoso, único, que ya se escapaba de mis manos. “Prometido”, había musitado él, sellando su compromiso con un beso pegajoso. Prodigiosamente, el disparador automático de la máquina había engarzado el instante exacto en que nuestros rostros, desaliñados, fatigados, ensombrecidos por la tenue y calma luz del crepúsculo, y sin que las pieles se rozaran siquiera, reflejaban el lazo que ya fundía nuestros corazones y nuestras almas. Ni en mis fantasías más desbocadas hubiese podido imaginar lo bien que lucíamos juntos. Curiosamente, no sentí vergüenza al verme a su lado, sí otras cosas, pero no vergüenza. Allí estábamos, Dardo y yo. Los dos, después de lo vivido, y lo no vivido. Juntos, después de tantos años. &lt;em&gt;El y yo, Dardo y Rodrigo, finalmente, juntos&lt;/em&gt;. El sentimiento a la luz, expuesto en carne viva. Pero lo que tenía entre mis manos no era más que una fotografía. Una hermosa fotografía de algo que no tenía sentido ni lugar en mi mundo. Un reflujo de mucosidad y saliva acometió mis vías respiratorias. Tosí, estornudé, resoplé, todo a la vez. La mano de mi brazo sano cubrió, nerviosamente, mis ojos. No hubo turbación en ese gesto, tampoco pudor. Las lágrimas, frías, quejumbrosas, fueron colándose a través de mis dedos trémulos. Lo que había era dolor, un dolor mucho más inmenso de lo que hubiese sido capaz de suponer.&lt;br /&gt;- Ro, &lt;em&gt;amor&lt;/em&gt;... – susurró Mariana, tiernamente. El mozo se acercó a nuestra mesa y ella lo espantó con sequedad. – Todavía no queremos nada, gracias. ¡Qué rompepelotas este tipo! – exclamó por lo bajo. - Ro, escuchame... mirame, cielo, dale.&lt;br /&gt;Enjugué la profusa humedad de mi mirada turbia y asentí, pero no pude sostenerla en la de ella más que por un segundo fugaz. Mariana, entonces, pestañéo nerviosamente, llenó sus pulmones de aire, exhaló con delicadeza y, acto seguido, habló.&lt;br /&gt;- Yo no la tengo clara en nada, pero en nada de la vida. Aunque parezca que me llevo el mundo por delante, te lo aseguro. Sin embargo, hay un par de cosas que sé bien. – rozó mi mejilla con su mano delicada, de uñas largas y esmaltadas. – La primera es que uno debe ser quien es realmente, Ro. &lt;em&gt;Siempre&lt;/em&gt;. Nunca, jamás, otro, porque no está bien. Es como luchar contra la naturaleza, contra el cosmos, ¿vos creés que podés? Además, ¿para qué, para que te acepten? ¿Qué querés, ser como los demás, para pasar desapercibido? Demasiado sacrificio, para algo que, aunque te mates, aunque te propongas no dejar ni un aspecto de tu vida suelto, no resulta, bebé. A la larga, y muy larga, a veces, ese que tuviste encerrado en algún lugar dentro tuyo, sale a la luz, porque así es con la verdad... no estoy inventando nada con esto... Decime una cosa, ¿cuánto tiempo llevabas escondiendo al Rodrigo que ves en estas fotos? &lt;em&gt;¿Cuánto, Ro?&lt;/em&gt; Vos te pensás que podés vivir así, robándole esos momentos maravillosos a la vida cada veinte, o más años? ¿De verdad lo pensás, Ro? Oíme bien, y mirame... Mirame, che. – obedecí, estremecido por el tono imperante de su voz. – Esto que viste en estas fotos no es publicidad armada, Ro, esto puede ser la vida para vos... &lt;em&gt;Tu&lt;/em&gt; vida, ¿te das cuenta? ¿Acaso creés, con esa cabezota que tenés, que todos somos lo que mostramos, que vivimos como realmente queremos? – Hasta no mucho tiempo atrás, cavilé, sí lo pensaba, a rajatabla. Mis desventuras, Cecilia y sus llamados telefónicos irrumpieron en mi mente. - Pues pelotudo de vos, porque hacés mal en creer eso. Es todo una comedia, un teatro lo de la vida... Todos nos complicamos, nos embrollamos, nos torturamos, Ro, no sé por qué carajo, vemos espinas y piedras por todos lados, hasta donde no las hay, supongo que eso nos hace humanos, ¡yo qué sé! Si te asomaras dentro mío, te cagarías todo, Ro, te lo aseguro... ¿Vos querés seguir mirando hacia otro lado todavía? ¿Vos te pensás que cuando éramos pendejos yo no me daba cuenta de nada? ¿Pensás todavía que no veía cómo te miraba Dardo, con los ojos en blanco, hechizado de deseo cada vez que aparecías? Y vos, esquivándolo, temblando, aguantándote las ganas de estar con él, haciendo como que no pasaba nada... Ro, enterate: me hacía la recontraboluda, a conciencia, eh, sin reproches ni nada... lo único que faltaría, después de tanto tiempo. Y yo, yo te quería igual, a los dos, yo los amaba, en serio, como ahora, tal cual como ahora... En aquellos años, pendeja histérica y malhumorada como era, no podía hacer mucho por ustedes, mi propia vida estaba primero, ¿no?... Ahora, no sé si puedo hacer aunque sea algo, pero, al menos, lo intento, a mi manera... Qué loco, todo, fijate... ¿te paraste a pensarlo? La vida te pone, una vez más, en una situación similar... Cambió todo, pero todo, y a la vez, nada. Como el boomerang, o algo así... Ves que estoy mística... – sombría, bebió de su taza. – ¡Ajjj, esto está helado, la puta madre! Che, ¿pero con qué calentaron este té? ¿Con un fósforo debajo de la taza?&lt;br /&gt;La sola imagen de su ironía hizo que no pudiera contener la risa que salió por mi nariz, en medio de mi lloriqueo silencioso.&lt;br /&gt;- ¿Ves, bolas, que podés reirte, a pesar de todo? Hay que cagarse de risa, Ro, de todo, y vas a ver cómo las cosas no digo que cambien de la noche a la mañana, no, el que cambia es uno, que las ve diferentes, sin tanto drama, sin tanta culpa.&lt;br /&gt;Sacudí la cabeza con tristeza. Quería convencerme, empaparme de sus palabras, que cada una de mis células se convenciera también y reprodujera esa información y transformara mi ser, y, al mismo tiempo, subirme al auto, escapar a toda velocidad y no escuchar nada más, y volver a la vida normal, al marido, padre y empleado que siempre fui.&lt;br /&gt;- Todo bien, Mariana, de tu boca suena todo perfecto... – vacilé, con voz aguda. – Pero todo eso funcionó ahí, sólo ahí, a kilómetros de distancia de todo, si continuara acá, ¿con qué cara podría yo mirar a mis hijos? ¿Qué van a pensar de su padre? Que es un farsante, como mínimo... Y Cecilia, mi viejo, mi familia, la gente con la que trabajo... no da, Marian, sentirían asco de mí...&lt;br /&gt;- Problema de ellos si les das asco. Que hagan ver ese asco, en todo caso. En serio, Ro, no te cabe a vos resolver eso. Vos debés resolver lo que vos querés, lo que decidas. Además, y espero no lastimarte con esto, pero algunos de los que nombraste ya lo deben saber. – El corazón me dio un vuelco. Era verdad. - Y tus hijos, ellos lo van a entender, sos su papá y te van a amar igual, lo sabés. Hagas lo que hagas, siempre los traumás, por lo que hiciste o por lo que no hiciste, decímelo a mí, que tengo un coro angelical que me recuerda las cagadas que me mando, todo el tiempo. Insoportables, uffff. – Su voz adquirió un dejo cristalino, claro. - ¿Te acordás... te acordás cómo me encantaban las cosas que me escribías, lo bueno que eras para las redacciones del colegio? Siempre sacabas las mejores notas... siempre te elegían para escribir algo en los actos patrióticos... y yo me decía, toda la facilidad y el talento que éste tiene para escribir es lo que le falta cuando habla, porque no era que hablaras mucho, vos... aturdirme no me aturdiste nunca, para eso estaba... estoy yo, claro... – rió suavemente. – Apelá a ese talento tuyo para hablarles, entonces, a su debido tiempo. Hablales bien, del amor entre las personas, de sentimientos que no se pueden controlar, de cosas de la vida que no se manejan bien por miedo, por leyes sociales pelotudas, hablales de un mundo al revés, que es indiferente a las muertes, reales y actuadas, pero que se horroriza de ver a dos tipos besándose, explicales que querer a quién sea siempre es bueno, que los maricones de verdad son los que se aprovechan de los demás usando el poder o la violencia, hablales de sentimientos que perduran en el tiempo, de lazos que ni los años pueden romper, deciles lo que te pasó, de lo valiente que fuiste en ir hasta él para ver qué te pasaba, cuando otros no se molestan ni dos pasos... ¡por Dios, Ro, hablales, deciles! Y nada de cuentitos ni fabulitas, los chicos ven todo. Dejame que me tome el atrevimiento de preguntarte, ¿está todo bien ahí, ahora, en tu casa? ¿Cuánto se están comiendo de todo esto? ¿Cuánto ya se comieron, Ro? – Tragué ruidosamente. Los tumbos del auto girando sin control volvieron a mi mente. La faja alrededor de mi cuerpo pareció envolverme con más fuerza. - ¿Y cuánto más se pueden llegar a comer, si no hacés algo, algo de verdad? ¿Qué mundo querés para vos, Ro? Hablo del mundo real, ¿cuál debería ser para vos?&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Permanecimos unos minutos en silencio. La sirena una ambulancia sonó a lo lejos. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Ro, para muchas personas, el mundo real es el que ocultan a todo el mundo. Nadie habla de eso, pero es así, creéme, guachito lindo. ¿Vos te ves viviendo así toda tu vida?&lt;br /&gt;No tenía una visión de mi vida futura, ni inmediata, ni la tendría hasta que desapareciera la fantasía que borroneaba mi inquietante destino. Pero lo más real era que no quería mirar hacia adelante.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5172055511460080210" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R8bVFb8t6lI/AAAAAAAAAYE/eP-sogrIo7E/s400/751539_cup_of_coffee.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Todo pasa, absolutamente todo, Ro, y pocas cosas son las importantes de verdad, las que debemos conservar así vengan degollando... ¿Sabés? - prosiguió. - Cuando te miro veo a un tipo sufrido, temeroso, sometido a una condena por una ley que no existe, que vive en la piel de otro, parecido a vos, pero que no sos vos, ciento por ciento... Pero cuando te miro bien a los ojos veo un muchachito que sueña y cree, todavía. Por ese Rodrigo es que viniste hoy hasta acá, ¿o no? – susurró, emocionada. - Lo hecho, hecho está, Ro, tenés un pasado que no podés cambiar, pero sí podés modificar lo que está por venir.&lt;br /&gt;- No sé... no sé si pueda, Marian, de verdad...&lt;br /&gt;- Podés. – dio un puñetazo tan vigoroso sobre la mesa que me sobresaltó. El mozo atisbó con expresión entre intrigada y hostil. Le hice torpes señas de que me trajera un café. – Si querés, claro está. El puto miedo te hace pensar que no. ¿Qué entendés por vida, Ro? Vida con todas las letras, no vida a medias... &lt;em&gt;Dardo te espera&lt;/em&gt;, aunque jamás me lo haya dicho, y jamás vaya a hacerlo. – hizo una pausa. Constantemente desviaba sus ojos hacia mi costado izquierdo, con fastidio. – Y nunca fue su idea lo de las fotos, te aclaro. - La taladré, boquiabierto.- Nada de eso. Fue la turrita que tenés enfrente. – anunció, desafiante. – Después de la reunión de egresados, quedamos muy en contacto, estaré mística, pero tampoco tanto, ¿viste? Soy mina, nene, brava, pero de buenísima leche, otra, en mi lugar... ¿Pensabas que fue casualidad cuando te llamé a Mendoza, salamín? Nadie me dijo que hiciera nada, simplemente aproveché las oportunidades que ustedes dos, bolas tristes, no veían. – añadió, pícara. – Y no te das una idea de todo lo que tuve que insistirle a Dardito para que me mandara esas benditas fotos... por Dios, conseguiría laburo en las Naciones Unidas, con todos los artilugios que tuve que usar, o en la mafia, a esta altura... si lo pienso un poco, convencerte a vos de que lo vayas a ver a la madriguera en la que se esconde no fue nada, en comparación... Tanto que me hablaba de cómo lo habían pasado, Dardito digo, de qué maravilla esto, qué fantástico lo otro, cero detalles, eh, no te asustes, que Rodri de aquí, que Rodri de allá, se me ocurrió pararle el embale y preguntarle qué era lo que, de verdad, había sentido con vos. – Se detuvo para escudriñarme intensamente. – ¿Sabés qué me contestó? &lt;em&gt;“Nos amamos, Mariana, nos amamos como jamás lo hice con nadie”&lt;/em&gt; Me acuerdo que, del nudo que se me hizo en la garganta al escucharlo decir eso, le disparé, “Bueno, pelotudo, entonces enviame ya mismo esas fotos, que a Ro le van a encantar.”&lt;br /&gt;Mis dedos jugueteaban con los sobrecitos de azúcar que Mariana no había usado para endulzar su té. Había, una vez más, enrojecido furiosamente, mientras luchaba por controlar el temblor en mi labio superior, mordiéndolo con fuerza. Suspiré unas cuantas veces, hasta que tuve el valor suficiente para balbucear algo coherente. El mozo cortó mi coraje depositando, ruidosamente, el pocillo de café frente a mí. Mariana lo fulminó ordenándole, tajante, otra taza de té.&lt;br /&gt;- Te juro que este desubicado, hoy, se liga un puteadón.&lt;br /&gt;Asentí, luego sollocé, - Pero... ¿cómo hacer... cómo mierda hacer? – Tragaba tanto que no conseguía terminar las frases.&lt;br /&gt;- ¡Ro, pero vos querés la chancha y los veinte chanchitos! ¡Yo qué mierda sé cómo hacer! – aulló. – Sí sé, en cambio, que si están juntos, JUNTOS, Ro, fuertes, sólidos, si se aman de verdad, si es eso lo que realmente sienten el uno por el otro, lo van a saber. &lt;em&gt;Te juro, Dardo y vos, los dos, sin ayuda de nada ni de nadie, lo van a saber.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;Me bebí el café negro de un trago. Mis labios se deshicieron en una mueca de disgusto. Sabía espantoso.&lt;br /&gt;- ¡ ¿Se puede saber qué mirás, todo el tiempo?! ¿Lo tenés todo resuelto vos? – bramó Mariana, fuera de sí, dirigiéndose al mozo, que se encontraba a mis espaldas, fingiendo poner en orden la mesa contigua. Giré y lo vi enrojecer como llamarada. – No quiero el puto té, y el café ese tenía gusto a tinta china. Vamos, Ro, no quiero estar un segundo más acá. – Dejó un par de billetes sobre la mesa y nos marchamos tomados del brazo. – Caminemos un rato, ¿dale? – propuso cuando pisamos la vereda.&lt;br /&gt;Había una plaza a una cuadra. La noche era tibia, y, afortunada y extrañamente, solitaria.&lt;br /&gt;- ¿Sabés? – tartamudeé. – Desde hace un tiempo estuve pensando en todo esta historia como una especie de confabulación... como un complot de cosas irresueltas que habían quedado flotando por ahí, inconclusas. - miré hacia el cielo sin estrellas. - Es que todo se fue dando de una manera tan... tan delirante, tan azarosa, que no puedo pensar en otra cosa.&lt;br /&gt;- Una confabulación, sí, jamás se me hubiera ocurrido... – caviló Mariana. - Supongo que debe tener que ver con las fuerzas de la verdad y todo eso, ¿por qué no? Dardo y vos nacieron para estar juntos, convencete de una vez, bombón.&lt;br /&gt;En labios ajenos, las palabras que yo no lograba pronunciar sonaban categóricas, simples, lindas. Mariana había allanado estigmas, caminos cruciales, ambigüedades, con su discurso cargado de ternura y emoción. No lo supe en ese momento, pero algo en mí había cincelado sus frases que se propusieron llegar, en todo momento, hasta el tuétano de la cuestión. Se había referido a nosotros con una naturalidad franca, sincera, evitando lo estudiado, lo forzado, lo incómodo. Jamás había dicho, ni tan siquiera sugerido, las palabras que más temía, que más odiaba, las que habían acechado mi adolescencia y parte de mi juventud. Mariana no había dicho nunca homosexual, jamás sus labios pronunciaron puto. Precipitadamente la rodeé con mi brazo y la atraje hacia mí.&lt;br /&gt;- Sos un ángel. Te quiero. – susurré, y besé sus labios brillosos.&lt;br /&gt;Ella cerró los ojos un breve instante, suspiró, y sonriendo, exclamó: - Dios mío, todo lo que tiene que hacer una para escuchar eso... Yo también te quiero, bobito. – Y me estrechó en un abrazo cálido.&lt;br /&gt;No estaba seguro de mucho, ni siquiera me sentía convencido del todo. Sin embargo, sentí que al final del lúgubre callejón en el que me encontraba perdido, una débil lucecita, como la de una luciérnaga en solitario y esperanzado cortejo, había comenzado, tímidamente, a emitir, una vez más, su hipnótico y perseverante resplandor. Faltaba aún saber si yo, finalmente, le haría caso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Continúa&lt;/em&gt;. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Fotos: stock.xchng&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-1059845845021478999?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/1059845845021478999/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=1059845845021478999' title='13 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/1059845845021478999'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/1059845845021478999'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2008/02/nadie-te-amar-como-yo-22a-parte.html' title='Nadie te Amará como Yo - 22a. parte'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://bp1.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R8bUoL8t6kI/AAAAAAAAAX8/i_TKt9WFPu4/s72-c/953219_my_cuppa_tea.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>13</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-7684633853508333715</id><published>2008-02-11T08:58:00.000-08:00</published><updated>2008-02-11T11:04:22.452-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Historias de la montaña Brokeback'/><title type='text'>Nadie te Amará como Yo - 21a. Parte</title><content type='html'>&lt;a href="http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R7CSPL8t6jI/AAAAAAAAAX0/B0YWkE8Iti4/s1600-h/918013_banngkok.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5165789562197109298" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R7CSPL8t6jI/AAAAAAAAAX0/B0YWkE8Iti4/s400/918013_banngkok.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Los días pasaron, pareciéndose demasiado, unos a otros. El médico que la empresa había designado para supervisar mi evolución día por medio, determinó que debía prolongar mi reposo. Mis costillas no habían soldado con el apremio acostumbrado para un caso como el mío. "Se debe mover usted mucho", me había retado. Y no había dicho más. Cecilia me había observado con una mirada hostil, y tampoco había hecho comentarios. Y yo, enmudecido por la evidencia, me había limitado a sonrojarme cual pira humana. A regañadientes me comprometí a permanecer más tiempo en la cama, y ella se aseguró de que todo lo que pudiese necesitar no quedara a más distancia de la extensión de mi brazo sano, dispuesto con orden rayano en lo obsesivo, sobre una mesita que había instalado a mi derecha.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Santiago Fuentes, un desarrollador de sistemas a mi cargo, apareció una mañana cálida, escoltado por una Cecilia sonriente y a toda hora servicial. Recuerdo que la odié por haberlo hecho entrar sin anunciármelo, cuando mis ojos parpadeantes pugnaban por acostumbrarse a la luz del nuevo día que entraba a raudales por el ventanal. Hablaron afablemente, entre ellos, ante el espectáculo que yo les ofrecía, despeinado, maloliente, yaciendo en medio de un mar de sábanas arrugadas y apenas vestido con una camiseta harapienta y un sudado calzoncillo con la tenue estampa de un sinfín de Bugs bunnies comprado no menos de cinco años atrás. Después de las conversaciones de rigor, de las formalidades acerca de los avatares del destino, Fuentes anunció, grandilocuente, que su presencia en casa sería breve, y la dedicaría a cargar datos y bases en mi computadora portátil que yo debería controlar e inspeccionar exhaustivamente. "Son las últimas fases del programa, y quieren que las veas", explicó, solícito. En la mirada escrutadora de Cecilia adiviné su entusiasmo, su satisfacción hacia quien, sin proponérselo adrede, se encargaba de engrosar el plantel de responsables de encauzarme, de devolverme de una vez por todas a la recta senda de la vida ordenada y previsible. Pero aquello que debía encarnar mi lazo con el deber, con el universo de obligaciones y responsabilidades por las que me pagaban, irónicamente, también sirvió como vínculo poderosísimo de tan tentador, con las zonas oscuras que ya me había ocupado de frecuentar.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Aún así, esa misma mañana, no bien todos hubieron partido, me puse a darle un riguroso vistazo a los archivos traídos por Fuentes. Corregí un par de procesos y diagramas, agregué otros tantos. El desarrollo seguía bien encaminado. Al poco rato me aburrí y mi vista fue a perderse en el cordón interminable de edificios blancos y grises coronados por un cielo que parecía arder. Lo dudé apenas unos segundos. Abrí un explorador y tipié la dirección de un sitio web. Abrí otro más y en el buscador encontré pronto lo que necesitaba. Con el corazón tontamente al galope, como un chiquillo extasiado, pasé el resto del tiempo sumido en el océano de sitios de la red. Bastaba con que pinchara en uno para que un sinnúmero de ventanas con enlaces tan nuevos como tentadores se desplegaran ante mi vista. Me sorprendió la cantidad de gente que se atreve a desnudarse inescrupulosamente ante una cámara. Todo tipo de hombres con pectorales y abdómenes de escultura grecorromana, glúteos de redondeces que superaban la geometría más perfecta, y erecciones monumentales se desplegaron ante mis ojos hambrientos. Señores de profuso vello en pecho copulaban acrobáticamente con jóvenes lampiños de labios exageradamente rojos, orgías de tres, cinco, diez muchachos asumían las poses menos imaginadas por mí alguna vez. Me pajeé con desesperación, mis fluidos empaparon mi ropa, las sábanas, el teclado y el mouse. Me pajeé nuevamente unos minutos después. Me deshice de la camiseta y el calzoncillo, casi arrancándomelos, en tanto me incorporaba, con cierta dificultad, para ir por cerveza fría. Con menos práctica que convicción, las operaciones que debía realizar para ponerme de pie se habían reducido a unos pocas pero seguras maniobras que conseguía desplegar con mayor rapidez cada vez. Ya casi no necesitaba punto de apoyo para mi brazo sano, mis piernas, históricamente robustas, hacían todo el trabajo. El pinchazo al rotar mi torso encorsetado se fue volviendo más leve, o parte excluyente de toda la veloz ceremonia. Gradualmente, y sin que lo advirtiera especialmente, todo un proceso de selección tan íntimo como sigiloso, se encargaba de horadarme, y pronto, los medios, fueran cuales fueran, perdieron todo dramatismo, todo sentido de moralidad frente a los pasatiempos que gestaron esas horas de prometedora soledad.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Cuando acabé con la botella y mi tercera sesión masturbatoria consecutiva, abandoné la cama una vez más. Recordé que conservaba un Chivas regalo de algún cliente obsecuente de Cecilia. Vagaba, solamente cubierto por la faja alrededor de mis costillas partidas, botella en mano, cuando los acordes de una obertura de Debussy o un compositor por el estilo, sonaron desde la cocina. Aún en mi estado, me sobresalté y fui lo suficientemente conciente para dirigirme allí. El teléfono celular de Cecilia vibraba impaciente, retumbando contra el techo del horno a microondas sobre el que yacía olvidado. Apoyé la botella con violencia sobre la mesada y pulsé el botón de responder sin molestarme en consultar la pantalla. La comunicación se había cortado. Una fracción de segundo después volvió a sonar y antes de que pudiera decir hola, mi confusión y somnolencia sólo permitían una acción juiciosa por vez, una voz masculina dijo: &lt;em&gt;"Ceci, me perdonás?" &lt;/em&gt;Siguió un silencio en el que una respiración quejumbrosa hizo eco en el auricular. &lt;em&gt;"Ceci, amor, por favor..."&lt;/em&gt; Corté, contemplando el aparato con la mirada queda. Sonó nuevamente. Volví a cortar. Así, cuatro o cinco veces más. Reclinado sobre la mesada, mi brazo enyesado apoyado, mi mano aferrando el teléfono, así permanecí unos cuantos minutos. Cuando estuve seguro de que quien llamaba había desistido en sus intentos, fui directo a revisar la lista de llamadas recibidas. El dueño de las iniciales TC había realizado un sinnúmero de llamados que Cecilia no había tenido la precaución de borrar. Arrojé el aparato sobre la mesa del comedor con indiferencia y retomé el gozoso ritual que me había fabricado, bebiendo un gran sorbo de whisky. Algo que tenía tanto de fantasía como de desasosiego comenzó a germinar, inquietantemente, dentro de mí. Pero no le di cabida. La red presentaba alternativas tanto más apetecibles y anónimas como para dedicarme a barajar especulaciones que no sabía a dónde me conducirían. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El contenido de la botella de whisky había disminuido notablemente cuando la miré como quien mira a alguien de quien recuerda su fisonomía pero no su nombre. Me reí, fascinado con mi travesura. Volví la vista a la computadora. Lo último que recuerdo es la imagen, a pantalla completa, de un corpulento muchacho de espaldas, las manos separando sus brillosas nalgas, exhibiéndome, lujurioso, su tentador recto.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El sonido chirriante de la persiana elevándose fue lo que me arrancó del pesado sopor. Una ráfaga de aire tibio inundó el cuarto, y fuertes rayos solares dieron de lleno sobre mis ojos extraviados. Cecilia emergió de entre las tinieblas, lejana, como esas malvadas de película para chicos que me fascinaban, parada con los brazos cruzados, justo donde terminaban mis pies.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Volví por mi celular. - espetó fríamente. - Busco los chicos, paso por el supermercado y después vengo para casa. Sus tacos se clavaron sonoramente en el piso cuando se frenó en seco bajo el marco de la puerta. Giró, y con mirada gélida, agregó: - Que no te vean así, por favor.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Luego de aquel fatídico día, el reencuentro con mis hijos a su regreso del colegio se vio teñido por un cono de sombra que Clarita percibió y no se molestó en disimular. Me observaba, estudiándome con una leve hostilidad. Cuando buscaba su mirada inquisidora, me sonreía con sorna y se encogía de hombros sin más. El murmullo de Cecilia al teléfono me llegaba atenuado por los estruendosos sonidos de los dibujos animados que compartíamos cada tarde, como un rumor acompasado y monocorde. Casi a la misma hora, a veces unos minutos antes, otras algo más tarde, tomaba el inalámbrico y la oía pasear, descalza, por la cocina, la sala, y cuando ya no oía nada, podía, sin embargo, sentir su presencia en el balcón. Jamás pregunté, jamás comenté nada acerca de sus regulares llamadas. Tampoco ella hizo mención alguna acerca de este hábito diario. Todo, aparentemente, estaba bien en ese clima de armonía cómplice y artificial. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-7684633853508333715?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/7684633853508333715/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=7684633853508333715' title='8 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/7684633853508333715'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/7684633853508333715'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2008/02/nadie-te-amar-como-yo-21a-parte.html' title='Nadie te Amará como Yo - 21a. Parte'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R7CSPL8t6jI/AAAAAAAAAX0/B0YWkE8Iti4/s72-c/918013_banngkok.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>8</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-8430977249606557871</id><published>2008-01-30T10:32:00.000-08:00</published><updated>2008-02-11T08:48:32.372-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Historias de la montaña Brokeback'/><title type='text'>Nadie te Amará como Yo - 20a. parte</title><content type='html'>&lt;a href="http://bp0.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R4pa5ib-uNI/AAAAAAAAAXk/R0mEZdaCo3M/s1600-h/navidad2007blog20.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5155032668022159570" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R4pa5ib-uNI/AAAAAAAAAXk/R0mEZdaCo3M/s400/navidad2007blog20.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Como estrellas dispuestas en formaciones caprichosas, lucecitas diminutas quebraban la negrura de la noche. Ensimismado en mis reflexiones como estaba desde hacía varios días, se me ocurrió asociar su centelleo con los focos ígneos que mi derrotero de rumbo incierto iba dejando atrás. No pude sino tragar con amargura, cándidamente sorprendido ante la simpleza con la que se veía todo desde esa distancia, a miles de metros de altura. El mundo lucía pequeño, insignificante, banal, ante una inmensidad cósmica que guardaba para sí misma el dramatismo, el misterio, el sentido inexpugnable de la existencia. ¿Qué dimensiones les damos a las cosas? ¿Cuál es la ideal, si es que la hay? Levanté la vista y la cubrí con mi mano sana del reflejo de la iluminación del interior del avión contra el cristal de la ventanilla. Las estrellas estaban allí, altivas, luminosas, distantes e inalcanzables como el mundo que yo pretendía para mí. Pero, ¿lo pretendía realmente, todavía? Mi caos interno impedía toda visión clara, toda conexión con mis aspiraciones. Supuse que probablemente la distancia, escollo insalvable entre Dardo y yo, colaboraría en algo de ahí en adelante, y pacificaría las aguas, colocaría todo en su lugar. Apoyé mi cabeza contra el frío marco de la ventanilla, con expresión vencida. La vibración, el zumbido sordo y constante, de efecto casi narcótico, de los motores, no tardaron en conducirme a los sucesos de los últimos días, que giraban aún, convulsionados, muy dentro mío.&lt;br /&gt;- Che, ¿no sirven nada en estos vuelos de mierda? – La sutil pregunta de papá, sentado junto a mí, hizo añicos el inicio de mis evocaciones.&lt;br /&gt;- Sí, supongo que sí... – repuse, ausente, echando un vistazo al pasillo del avión. No había señales de la tripulación. La mayoría de los pasajeros dormían, otros leían, ensimismados. Por una décima de segundo me pregunté cuál sería la razón que los tenía allí a cada uno de ellos. Me sentí estúpidamente original. Giré la cabeza perdiéndome nuevamente en el vacío más allá de la ventanilla.&lt;br /&gt;La imagen del hospital con sus peculiares aromas y ruidos me acometió, como recapitulando una parte no concluida, algún cabo suelto. Surgiendo de entre las tinieblas, una enfermera regordeta me miraba fijo cuando había despertado, desconcertado, supongo que mucho después de la partida de Dardo.&lt;br /&gt;- ¿Está bien, &lt;em&gt;mi amor&lt;/em&gt;? – había preguntado. Yo sólo había meneado la cabeza, resoplando. El cuerpo me dolía. Supuse que sería plena madrugada.&lt;br /&gt;- Gritaba mucho, mi vida, a ver, levánteme la cabecita que le acomodo la almohada... – sugirió, poniendo manos a la obra. – Lo soñaría, dulce, pero su amigo ya se fue, ¿sabe?&lt;br /&gt;- ¿Mi... amigo? – inquirí tímidamente, sin saber a qué se refería exactamente.&lt;br /&gt;- Ahá, pedía por él, a grito pelado, &lt;em&gt;mi amor&lt;/em&gt;. – me sonrió con picardía, mostrando una hilera de dientes pequeños y desparejos. – Lo entiendo, eh... ojalá tuviese yo alguien así... Desde el primer momento en que usted llegó, todo descalabrado... la carita que tenía al verlo así, pobre, yo estaba ahí, era mi turno, sí... no se movió de al lado suyo, vigilando, mirándolo de vez en cuando, como un soldado, quietito, leyendo,... salía apenitas para sus... cosas... - soltó una risita pícara, que sonó como el gorjeo de un pájaro. - ...ahí era cuando conversábamos un poquito... De linda su vida... – suspiró. - ...cómo me gustaría ya a mí pasármela al lado de un lago y montañas... Y con un amigo así... En fin... Se puso un poco nervioso cuando llegó ese hombre, Nevares, así se llama, no? Hacía preguntas, tdo el tiempo, que está bien, tenía que saber cómo había pasado todo, pero con su amigo, no sé, parecía como ensañado... - Ese detalle me sobresaltó, pero sabía que no podía esperar otra cosa del chismoso de Nevares. - Me hizo acordar a cuando Raúl, mi marido, sale con su banda de amigotes. - prosiguió, efusiva. - Así los llamo, porque eso son, amigotes, y yo le pregunto qué hicieron, dónde fueron... "Lo de siempre", me contesta, el muy zorro, y me tengo que conformar, porque si hay algo con lo que no me meto es con sus amistades, y mire que mucho no me gustan, eh! - Mientras hablaba alegremente, me sacudía, acomodaba las mantas, ajustaba los caños plásticos del suero. - Y qué increíble, porque justo, pero justo, cuando usted se despertó, él no estaba al lado suyo, su amigo, digo, ...me había dicho, cuando se despierte y me vea, se va a alegrar mucho y se va a olvidar de todo... pero se moría por un café, qué se le va a hacer... Me pidió especialmente, mirándome con esos ojazos que tiene, que lo cuidara mucho antes de despedirse, pero ya está usted mejor, se lo repetí un millón de veces... Si ya le queda poco acá... mañana puede comer, ¿sabe?.&lt;br /&gt;No había tenido ningún deseo de probar bocado. Tuve que hacerlo a la fuerza, obligado por ella, Mari, ese era el nombre de la afectuosa enfermera. No dejó el hospital hasta que yo hube terminado con todo el almuerzo. Ese día, también, pude dejar la cama para ir al baño. Como un engranaje que hacen funcionar después de mucho tiempo, mi cuerpo chasqueó al incorporarme, con un sonido seco. La habitación se meció como un navío en el agua y puntitos de colores bailaron ante mis ojos. Fui consciente del grado de debilidad que aún me embargaba. Mis pies descalzos rozaron el piso de baldosas frías en el preciso momento en que papá entró, cuando iba a hacerlo solo, por primera vez. Lo miré de reojo y comprobé que dudó un instante fugaz. El contacto con su piel, al tomarme de las manos para sostenerme, sin decir nada, me sobresaltó. No habíamos sido jamás de acercarnos físicamente, a decir verdad. Los besos casi no existían entre nosotros. Para mi vergüenza, permaneció dentro del pequeño baño, brindándome el parte médico del día, en tanto yo me ocupaba de mi fisiología. Con un día más de reposo tendría suficiente, así que al día siguiente tomaríamos un vuelo hacia Buenos Aires, me contó. El golpe en la cabeza había sido superficial, afortunadamente, las costillas soldarían pronto, evitando movimientos bruscos gracias a la incómoda faja que me cubría el torso. El brazo permanecería escayolado cerca de un mes más, y los raspones más severos seguirían sanando con curaciones comunes. No volvería a mi trabajo hasta la semana siguiente, aunque debía ponerme en contacto a poco de llegar, le había dicho Nevares. La fatiga y el desaliento me impidieron siquiera comentar algo. Sumiso, había asentido lentamente en señal de obediencia.&lt;br /&gt;Cecilia aguardaba en el hall de Aeroparque. Su rostro, grave, lúgubre, desaprobador, me escrutaba entre la multitud que circulaba febril. Aún separados por varios metros como lo estábamos, noté que llevaba las marcas de horas de llanto. Mi corazón latía frenético. ¿Cómo se regresaba de algo como lo que me había tocado vivir? ¿Qué me había hecho llegar tan lejos? ¿Cómo podía haberme olvidado de mi verdadera vida? Los cuestionamientos obraban como puntazos sobre mis castigadas sienes mientras caminaba con dificultad. Francisco y Clara corrieron a mi encuentro, esquivando gente, gritando “papi”, cuando surgí de la sala de desembarques. Pude ver la alarma en sus miradas al ver la venda rodeando mi cabeza, el brazo enyesado, mi andar vacilante, antes de prenderse de mi cuello. Cecilia los apartó al ver la dificultad con la que me mantenía con la espalda encorvada, luego me besó con levedad, y abrazó a mi padre efusivamente. Todo me supo más a despedida que a recepción. Una sencilla muestra de los tiempos que vendrían.&lt;br /&gt;Pero debo confesar que quien más desentonó fui yo mismo durante el proceso que siguió a mi regreso. Mis hijos estuvieron junto a mí con un amor que me conmovía, ocupándose por todo cuanto acelerara o, al menos, no entorpeciera mi restablecimiento. Fueron ellos quienes me leían cuentos a mí, quienes buscaban pasatiempos que me tuvieran entretenido, me ofrecían algo de beber o comer en todo momento, aunque yo no tuviese tal imposibilidad. Con los ojos nublados de lágrimas, los contemplaba y me detestaba. Cecilia se comportó como una eficiente enfermera de tiempo casi completo, esmerándose en atenderme y complacerme con un tesón conmovedor. Aún cuando tratara de molestarla lo menos posible, siempre sentía que la fastidiaba con mis pedidos o cualquier cosa que necesitara. Jamás evidenció siquiera una mueca de fastidio o disgusto, por el contrario, su obediencia silenciosa, su abnegación imperturbable sólo conseguían incrementar la enorme culpa que, como un callo endurecido, sentía dentro de mí. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;En pocos días mi mejoría fue notoria, pero Cecilia insistía con que descansara cuanto pudiera. Si tenía ganas de un té con tostadas, en los escasos momentos en que mi constante inapetencia daba tregua, al cabo de unos minutos aparecía en la habitación con una bandeja enorme, rebosante de pan, manteca y mermelada, bizcochos, sandwiches y dos tazas humeantes. Respondía mis preguntas y me observaba comer, pero raramente hablaba. Y si lo hacía, sus conversaciones sólo hacían alusión a mi recuperación, a alguna noticia o comentario que le hubiese llamado la atención. No había preguntas, reclamos, nada. Parecía poder leerlo todo en mis ojos, y, en esto la conocía bien, poseer la paciencia suficiente para esperar el tiempo que fuese a que yo dijese la verdad.&lt;br /&gt;La armonía familiar, entonces, permanecía inalterada. En ese panorama de fingida tranquilidad yo fui hundiéndome en un período de oscuridad creciente. Los primeros días no salí de la cama más que para ir al baño o higienizarme. La luz me irritaba, así que le pedía a Cecilia que no subiera las persianas. No me afeité la barba muy crecida ya. Tampoco me peinaba. Cuando me retiraron la venda que cubría la cicatriz en mi frente, obligué a un mechón a que la ocultara porque a los chicos les impresionaba. Estaba todo el día en pijama y descalzo. Me sentía indigno, deshonesto, vil. Miraba televisión y atendía llamados telefónicos, que Cecilia, hábilmente, filtraba todo cuanto le fuera posible. El primero de los días en que me sentí lo suficientemente seguro como para moverme con libertad por el departamento deambulé probando mi creciente capacidad física. Mis pasos, lentamente, se hicieron más firmes, pero el dolor que atravesaba mi caja torácica continuaba. La faja que la comprimía sin piedad me molestaba sobremanera, así que una vez que gané la seguridad que buscaba para mis desplazamientos se me hizo relativamente fácil abandonar la cama. Cecilia había sido tan eficiente en interceptar los llamados teleónicos que, descubrí, había escrito una meticulosa lista con nombres y cantidad de llamados realizados. Me acerqué a ella, no sin una brusca sensación de zozobra en tanto vagaba por la cocina. Mis ojos consultaron la elegante letra redondeada, anhelantes. Juanjo Iriarte encabezaba la sucinta serie de nombres, con tres llamados, Tolo Benítez, extrañamente, le seguía, con dos. Varios colegas de la empresa, mis padres, mis suegros desde Tandil, y otros familiares cerraban el listado, con un par de comunicaciones cada uno. Al dar la vuelta la página del bloc de anotaciones, Cecilia había escrito, subrayándolo con una línea más gruesa, "ocho llamados sin que nadie contestara". Tragué saliva, e inmediatamente pensé en mi teléfono celular, perdido en el accidente, seguramente aplastado por el coche. Me pregunté si la audacia de Dardo se atrevería a tanto y me estremecí. Fue a partir de esa tarde que mi corazón comenzó a sobresaltarse exageradamente cada vez que la campanilla del teléfono sonaba. Aún así, jamás, en esos largos períodos de soledad, me preocupé por atender. No era tiempo ni lugar, me justificaba de manera ciega e infantil.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Las señales de alarma comenzaron cuando Cecilia debió empezar a dejarme solo, a poco de reintegrarme a la empresa. Sin pensarlo demasiado, o ser conciente de ello, me lancé de lleno a un camino en pendiente. Inicié así una rutina de pequeñas adicciones. A sesiones maratónicas de prácticas masturbatorias le siguió el insólito refugio que busqué en la bebida. El alcohol logró sofocar, de a ratos, y para mi sorpresa, mi persistente angustia, mi inquebrantable pena. Al principio bebía pequeños sorbos, y me obligaba a no pasar de una marca que, arbitrariamente, fijaba en la botella. Calculaba milimétricamente el tiempo que tendría hasta que volviera Cecilia con los chicos, y aún en mi estado vergonzoso, me preocupaba, después, por no dejar huella alguna. Internet me sirvió para distraerme también, y continuar explorando mis zonas densas y oscuras. Navegué por toda clase de sitios pornográficos, sediento de algo que no alcanzaba a entender del todo. Asombrado por la profusión del material que encontraba, bebía y me masturbaba. Me registré en un par de sitios de encuentros, ignorando qué me llevaba a hacerlo. Un émulo de Dardo, quizá, pero no estaba seguro. En tanto martillaba el teclado con furia, bebía más, sin que me importaran las ridículas marcas en las botellas. Entablé conversación con Babyhot, dotado78, porteñoardiente, y no sé cuántos más. Todos me dieron los números de sus teléfonos celulares. A todos les escribí que ya los había anotado en lugar seguro. Lo único que les había interesado de mí era la medida de mi miembro y qué rol tenía en la cama.&lt;br /&gt;Una noche Cecilia asistió a una comida en lo de Martín y Pía, sus primos.&lt;br /&gt;- No vas a venir, ¿no? – me había preguntado, y yo me había limitado a echarle una mirada furtiva. No había enfado o resignación en la expresión que registré en esas décimas de segundo. Esa noche no se despidió de mí al partir con Clara, que me estudiaba con ojos serios y resignados, tomada de su mano. Fran decidió permanecer conmigo, sin que nadie se lo pidiera. Le propuse preparar, los dos juntos, una rica pasta con crema y jamón, plato que le encantaba. Ese plan, de por sí, había salvado el día, y también, logrado hacerme olvidar el lúgubre manto que envolvía hasta el último rincón de mi vida. Muy entusiasmado, él solo, sacaba de la heladera lo que yo le iba indicando.&lt;br /&gt;- Pá... – Me descuidé un momento y, al voltear, Fran lidiaba con todo lo que, a duras penas, apresaban sus manitos. Con mi único brazo libre, atajé la parte de la carga que estaba por caer al piso. Sonrió como si mi gesto lo hubiese salvado de las fauces de un monstruo. Debe haber sido mi arrojo, o mi gesto heroico, porque Fran me contemplaba como nunca antes lo había hecho. Sus pupìlas redondas como monedas que relucen bajo agua cristalina se posaron sobre las mías un par de segundos eternos. Permanecí agachado, quieto, contemplándolo con toda la dulzura de la que era capaz. Iba a decirle algo, pero la intensidad de su mirada logró turbarme. El acercó su mano y la apoyó sobre mi mejilla. Luego apartó el mechón enredado que me caía sobre la frente, con la misma suavidad y esmero con que hubiese tratado una pieza muy valiosa, algo muy frágil. Cuidando de que el manojo de pelo rebelde no volviese a caer, lo mezcló con los demás y luego siguió los contornos de mi cara, rozando con ternura los surcos de mis profundas ojeras, la barba de días, los labios secos, agrietados. Y sin dejar de acariciarme, susurró, orgulloso. – Papá. Vos sos &lt;em&gt;mi&lt;/em&gt; papá. – Pronunciando cuidadosamente cada sílaba, y deteniéndose una fracción de segundo en el mi, remarcándolo, la boca ensanchada en una amplia sonrisa, repitió: - &lt;em&gt;Mi &lt;/em&gt;papá. Su vocecita de niño dijo esas cuatro palabras con tanta firmeza como amor. Y cuando la demostración tan espontánea como natural de mi pequeño hijo estuvo a punto de aliviarme y purificarme, indicándome el lugar reciso, la vida a la que pertenecía realmente, el recuerdo de Dardo limpiando delicadamente las costras de barro seco adheridas a mi rostro cuando arribamos a su caseta frente al lago arremetió audaz, decidido, buscando también su lugar en el disputado podio de mis emociones. Como en aquella noche negra en el bosque frente al lago, también en esta tragué sonoramente. Lo contemplé, incapaz de decir algo que se acercase siquiera a la belleza de su elocuencia.&lt;br /&gt;- Y vos, mi hijo, mi vida, &lt;em&gt;mi Fran&lt;/em&gt;. – Y nos confundimos en un abrazo. Tuve que toser para que no reparara en mis sollozos ahogados, refrenando con ello el raro e inusitado impulso de echar a correr a escribirlo, con pintura en aerosol, en todos los muros de la ciudad. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Y una voz, que no era la de Dardo, ni la de nadie que pudiera identificar, desde alguna parte de mis entrañas, proclamaba ahogadamente, &lt;em&gt;"el amor verdadero, Rodrigo, el amor verdadero".&lt;/em&gt; Entonces comprendí que vasos sanguíneos, kilométricos conductos nerviosos, arterias embravecidas, pugnaban, tesoneros, por encauzar aquello que seguía agitándose dentro de mi alma en duda. Y sentí náuseas.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-8430977249606557871?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/8430977249606557871/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=8430977249606557871' title='6 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/8430977249606557871'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/8430977249606557871'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2008/01/nadie-te-amar-como-yo-20a-parte.html' title='Nadie te Amará como Yo - 20a. parte'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://bp0.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R4pa5ib-uNI/AAAAAAAAAXk/R0mEZdaCo3M/s72-c/navidad2007blog20.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-3381323266531188910</id><published>2008-01-24T08:55:00.000-08:00</published><updated>2008-01-24T09:26:48.387-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Historias de la montaña Brokeback'/><title type='text'>Querido Heath</title><content type='html'>&lt;a href="http://bp2.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R5jIuyhRiII/AAAAAAAAAXs/HJeYmfmyS8A/s1600-h/1181494919_f.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5159094079313774722" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R5jIuyhRiII/AAAAAAAAAXs/HJeYmfmyS8A/s400/1181494919_f.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Había sido tan tarde.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Y ahora, tan pronto.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Tan lejano, inalcanzable, todo.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Y después, apenas ahí, al alcance de la mano.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;El efecto, el encantamiento...&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Brokeback, te acordás?&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Esa montaña que te hizo bien.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Tanto bien.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Y sin embargo, te fuiste.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;em&gt;Como Jack...&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Solo. Lejos?&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Quizá.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Tu Ennis nos reflejó.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Tanto, que encandilaba, que dolía.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Se coló en nuestras vidas.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Tanto, que las cambió.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;A este soñador, lo convirtió en vaquero.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Necesito decir más?&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Tal vez. Pero no puedo.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Los finales siempre me dejan sin más palabras que las justas.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Los ojos nublados. El corazón sombrío.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;La estepa interminable, los valles a mis espaldas me hacen recordarte.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Inevitablemente.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Por eso, mejor te digo,&lt;/div&gt;&lt;div&gt; &lt;/div&gt;&lt;div&gt;Gracias, &lt;em&gt;Heath del Mar, Ennis Ledger.&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Ese serás siempre para este Vaquero Soñador.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Por la marca a fuego, te acordás?&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;El nudo en las tripas. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Las camisas, una sobre la otra.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Anudadas, como la historia en la montaña, y mi corazón. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Qué pena. Tan pronto.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;em&gt;In our hearts.&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;em&gt;That's where you will always be.&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;em&gt;Not a lesser thing...&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;em&gt;May you find peace and love up there in Heaven, where bluebirds sing.&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;em&gt;So long, good fellow,&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;em&gt;So long.&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;em&gt;JfT&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-3381323266531188910?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/3381323266531188910/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=3381323266531188910' title='14 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/3381323266531188910'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/3381323266531188910'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2008/01/querido-heath.html' title='Querido Heath'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://bp2.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R5jIuyhRiII/AAAAAAAAAXs/HJeYmfmyS8A/s72-c/1181494919_f.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>14</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-7726418013230212244</id><published>2007-12-29T10:35:00.000-08:00</published><updated>2007-12-29T11:00:37.450-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Historias de la montaña Brokeback'/><title type='text'>Nadie te Amará como Yo - 19a. parte</title><content type='html'>&lt;div&gt;&lt;a href="http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R3aUFSb-uLI/AAAAAAAAAXU/cjHkgC9ydPM/s1600-h/hospital.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5149466042514192562" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R3aUFSb-uLI/AAAAAAAAAXU/cjHkgC9ydPM/s320/hospital.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Un resplandor hiriente, cegador, proveniente de un tubo de luz incandescente castigó mis retinas cuando mis párpados, pesados como compuertas de concreto, se entreabrieron perezosamente. De inmediato, antes de que mi mente pudiera siquiera esbozar una remota idea del lugar donde me hallaba, un malestar incómodo y doloroso apuró su aparición, lanzando, con ello, fogonazos de lo acaecido. Mi frente y el costado derecho de mi cara ardieron, provocándome un aturdimiento tal que me obligó a cerrar los ojos con fuerza. Volví a abrirlos, estimo, mucho después. Los sueños habían sido tan reales, tan arrebatadores, que los confundí con una realidad, por lejos, absurda pero muy acorde a mi desbarajuste mental. Dardo, barbudo, harapiento, gris, se alejaba cuanto podía de mí, por entre calles laberínticas que luego se transformaban en montañas verdes y pobladas de pinos, con gente gritando o riendo. Yo, gustosamente perdido en ese mundo colorido y agitado, acudía a todos quienes se cruzaban en mi tortuoso camino. Les hablaba y, prestos, ellos me enseñaban mapas sobre los que aparecían dibujadas toda clase de líneas y letras, que me indicaban algo que no lograba comprender. Creía ver a Dardo en cada rincón, en cada cara. Eran él, y a la vez, no lo eran. Seguía en mi búsqueda frenética y calma a la vez, cuando lo descubría a mi lado, sonriéndome despreocupado. Nos besábamos y entonces desaparecía, y una Cecilia inmensa, muy rubia y con mechones de cabellos como si una amenazante medusa se hubiese instalado en su cuero cabelludo me atraía inevitablemente. Corría desaforado cuando desperté del todo. Clavé mis ojos en el cielorraso, hasta sentir que todo había dejado de dar vueltas, y, entonces, luego de un rato en el que me mantuve inmóvil y en blanco, comencé a pasearlos lenta, desconfiada, temerosamente. Ante mí fueron desfilando, alternativamente, como diapositivas intercaladas y fuera de foco, el brillo plateado de las partes metálicas que rodeaban la cama sobre la que yacía, las paredes pálidas, las grietas en la pintura del techo, las hilachas de gasa que asomaban por encima de mis cejas. La inspección de reconocimiento continuó, con dubitativa pereza, sobre mi flanco derecho, deteniéndose sobre el conducto que partía de un envase plástico transparente y parecía llegar a alguna de mis extremidades conduciendo suero o alguna sustancia vital. Esa simple visión, la irrupción del eco de la carrocería girando y mi sofocación desesperada me alejaron un poco más del umbral de oscuridad que acababa de abandonar, devolviéndome la consciencia de lo que realmente había sucedido conmigo. Reaccioné desesperado, con el corazón comenzando a galopar. Mi respiración se agitó, en tanto un abanico de consecuencias posibles bullía dentro de mí. Una vez más, los espantosos crujidos del metal y el vidrio, la polvareda invadiendo la cabina, el mundo dado vuelta, me sobrecogieron, y, al asociar, toda mi atención se dirigió, cual bólido, hacia mi cuerpo, hacia mis extremidades. Moví apenas mis brazos, aterrorizado ante lo que pudiese encontrar. El izquierdo opuso una punzante resistencia, embutido dentro de un yeso duro y áspero. Mi mano derecha, libre y aparentemente ilesa tanteó, sigilosa, conmigo al borde del desmayo, buscando comprobar que mis piernas estuviesen en su lugar. Respiré entrecortadamente, aliviado, cuando las yemas de mis dedos tocaron mis muslos, y, aunque lejano, sentí un débil cosquilleo en los pies. Esbocé una mueca amarga al recordarme, apenas horas atrás, fantaseando con falsas excusas que explicaran mi inaudita ausencia de tantos días. Qué iluso. Qué estúpidamente ingenuo. Ahora sí que no me harían falta, en absoluto, todo lo explicaría la situación que me había procurado sin molestarme demasiado. Intenté incorporarme apoyándome sobre mi codo sano, pero el esfuerzo fue tan grande que mis músculos flaquearon tras sostenerme unos pocos segundos. En el asiento de una desvencijada silla contigua un viejo libro abierto reposaba sobre su lomo, pero no le presté atención. El sopor monumental, el turbador cansancio que me abatían deben haberme sumido nuevamente en sueños.&lt;br /&gt;- Ah, ya despertó usted... - Una voz seca y rasposa, sonó desde algún punto a mi alrededor. Pestañeé, luchando por despabilarme. Esperé unos instantes para recuperar fuerzas, luego giré apenas la cabeza, para ver quién me hablaba. Un hombrecillo de unos sesenta años, con su cabello algo alborotado y gris, me escudriñaba con gesto embarazoso. Traté de incorporarme, pero no conseguí sostenerme por más que un segundo, así que, vencido, me dejé caer pesadamente sobre la almohada, despidiendo un retumbante y penoso suspiro.&lt;br /&gt;- Nada de esfuerzos, por el momento... – dictaminó, negando con su dedo índice.&lt;br /&gt;Observó el monitor que vigilaba mi ritmo cardíaco, revisó mis brazos, levantó la cobija que me cubría e hizo otro tanto con mis piernas. Quise decir algo, pero tenía la lengua anudada y tiesa.&lt;br /&gt;- ¿Cómo se siente? – preguntó, sin mirarme.&lt;br /&gt;Me limité a mover débilmente mi mano como toda respuesta. Su rostro imperturbable no me daba pista alguna de mi estado real, y no tuve el coraje de preguntar nada. Supuse que había tenido suerte, porque, cuanto menos, respiraba y podía ver. El médico escribió algo en una especie de ficha, me palmeó suavemente, y, antes de salir de la habitación, dijo:&lt;br /&gt;- Descanse. Lo veo más tarde.&lt;br /&gt;Casi caigo presa de la desesperación. Con la fuerza de una avalancha, las situaciones que tendría que afrontar de ahora en más me fueron aplastando. Cecilia se empecinaría en abrumarme con sus fastidiosas preguntas hasta obtener de mí una explicación lógica, la dilucidación a sus indiscutibles interrogantes acerca de mis ausencias, de mis evasivas, de mi comportamiento peculiar. O, quizá también, mantendría un silencio tan opresor como inquebrantable, hasta que yo me decidiese a confesar algo. En la empresa habrían hecho averiguaciones de todo tipo. Cuando comprobaran que lo de mi tío de Neuquén era un invento no sólo pondrían en duda mi palabra y mi honor, sino que decidirían que el endiablado proyecto continuaría, prescindiendo de mí, de mi aprobación final, después de tanta dedicación, de tanto empeño. Y a todo ello, se interpondrían los engorrosos trámites policiales y judiciales de las pólizas de seguro, si es que las tenía, del auto de alquiler. Sentí que algo en el centro del colchón me succionaba y yo comenzaba a hundirme sin remedio. Una náusea súbita me invadió y tuve que reprimir una arcada violenta, tragando saliva y ácidos estomacales. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt; &lt;/div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5149471462762920130" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R3aZAyb-uMI/AAAAAAAAAXc/bCkyjvjKB8U/s200/hospital2.jpg" border="0" /&gt; &lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Esteban Nevares, el encargado de plataformas en Mendoza, se asomó silenciosamente, interrumpiendo mis angustiadas cavilaciones.&lt;br /&gt;- Leiva, por fin, che... – exclamó, con sus brazos abiertos. – El doctor te encontró bastante bien, ¿te lo dijo? Te vas a recuperar en seguida, y eso que casi no contás el cuento, no sabés cómo quedó el auto, chatarra y gracias. Estas rutas, si no las conocés bien, son traicioneras, y más, si manejás a los pedos... – Cabeceó y se rascó el cuero cabelludo. – Los de Buenos Aires me ordenaron que nos hagamos cargo de todo, por eso estoy acá... Lindo chiste nos encajaste, eh... Corrimos como liebres por vos. – hizo una pausa. Se inclinó y pude oler su aliento pestilente. – Guacho, el cuentito del tío, entre nosotros, yo nunca me lo tragué, ¿okay? – rió entre dientes. - Pero bueno, vos sabrás...&lt;br /&gt;Sus palabras me invadieron de odio. Debo haber enrojecido rotundamente Si hubiese podido, lo habría echado a puntapiés. Como en otras ocasiones, sentí que él podía leer a través mío.&lt;br /&gt;- Se trata de disfrutarla, ¿no? – añadió. – Pero, con una salvedad, sin cagar a nadie, así, sí... En fin, tengo que hacer un par de trámites acá, antes de volverme a Mendoza. Porque te aclaro que estoy en este bendito hospital desde el miércoles... tengo una familia, ¿sabés? – Sus ojos se instalaron un instante en el libro sobre la silla. Brillaban, cínicos, cuando volvieron a posarse en mí. – Vos vas a estar bien, no te preocupes.&lt;br /&gt;Al atravesar la puerta, se oyó un sonido seco, luego disculpas y una breve conversación. Nevares habló con una voz que identifiqué de inmediato. Me sacudí nerviosamente.&lt;br /&gt;A continuación, liberando una fresca corriente de aire, la puerta se abrió nuevamente, mis pupilas se dilataron, mi pecho se comprimió, y mi padre hizo su intempestiva entrada a la habitación, lanzándome una mirada desaprobadora. Las venas hinchadas, como a punto de atravesar la piel de sus sienes, me intimidaron, llevándose lejos mi ilusión, y trayendo, en su lugar, viejos temores y amarguras. Su paso marcial se detuvo junto a la cama, donde inspiró, frunció los labios, los mordió con gesto impaciente, y, en tono grave, por fin habló.&lt;br /&gt;- Ah, bueno, te despertaste, al final. Nos tenías a todos... Acabo de bajar del avión. Hablé con ese tal Esteban Fernández, o algo así, el de tu empresa, bueno, acabás de verlo, gran tipo, se ocupó de todo... Cecilita no pudo venir, como te imaginarás, con los chicos, la casa... un lío. Está destrozada, pobrecita. No les dijo nada todavía. A Fran y Clari, me refiero. – Su empecinamiento en llamar con diminutivos a cada miembro de mi familia me exasperaba toda vez que lo hacía. – Tomé el primer vuelo disponible, después que los de tu empresa pudieron avisarnos. Estuvieron en t-o-d-o, el traslado, la internación... Lindo dolor de cabeza les diste, decí que son demasiado buena gente. – Hizo una pausa durante la cual se dedicó a inspeccionar la estancia y alisar imaginariamente su cabello cortado al ras. Sin mirarme a los ojos, añadió, como al pasar. - Y vos, che, ¿cómo es que te sentís?&lt;br /&gt;Lo miré con fijeza, como para decir algo, pero sólo meneé la cabeza. Me escudriñó con severidad irritante.&lt;br /&gt;- ¿A quién, a ver, decime solamente, a quién, se le ocurre dejar a su familia en vilo tantos días? – bramó, con gesto teatral. Me sobresalté como cuando me retaba de niño. - Sólo a vos, como no podía ser de otra manera... Pero, ¿se puede saber qué mierda tenés en la cabeza para hacer algo así? ¿Pensaste en tus hijos? – Tragó saliva, aferrado a las barandas de la cama, que se sacudieron con un chirrido, los nudillos blancos de crispación. - ¿En qué carajo andás, Rodrigo? –Espetó, escupiéndome. Pegué un salto que rogué no notara. Un silencio viscoso, espeso, eterno, sobre el que cualquiera hubiera podido cincelar o esculpir formas antojadizas se hizo sentir con todo su peso, extinguiéndome. Mi padre no desistía de escrutarme con su mirada desorbitada, de halcón acechante, cuando ví la puerta volver a abrirse tímidamente y a Dardo, botella de agua en mano, hacer su salvadora y luminosa aparición. Su rostro, impávido, se encendió en una sonrisa blanca y ancha cuando nuestras miradas se encontraron, y fue después, mucho después, que reparó en la figura de mi padre a mi lado. Le dedicó una breve inclinación de cabeza y, raudo, se abalanzó sobre mí. Tomó mi mano con fuerza y, sin dejar de sonreír, suavemente, me dijo:&lt;br /&gt;- Te dije que no intentaras acrobacias con ese auto tuyo.&lt;br /&gt;Enrojecí furiosamente. Tragué saliva, asentí, intentando mostrarle una mueca simpática. Insegura, mi voz sonó cavernosa y gutural al hablar por primera vez.&lt;br /&gt;- Ya me conocés... – logré decir. El terror que me invadía ahogó la sílaba final.&lt;br /&gt;- ¿Cómo está usted? – Dardo ofreció su mano libre a mi viejo, que observaba la escena inmóvil, pétreo. Como toda respuesta, mi padre emitió un gruñido.&lt;br /&gt;- ¿Pero,... &lt;em&gt;vos no sos...?&lt;/em&gt; – atinó a decir, glacial. Su mano no se movió.&lt;br /&gt;- Dardo Davese, sí, señor. Me recuerda usted. – El tono de Dardo no perdió la alegría ni la frescura al dirigirse a mi viejo, cuya mirada se hizo brumosa y oscura en tanto sus órbitas nos estudiaban alternativa, repulsivamente.&lt;br /&gt;- ¿Cómo olvidarlo, no? – Separó sus labios como para decir algo más pero se paró en seco. – Voy a... – añadió, señalando hacia afuera, sin terminar la frase, luego retrocedió en dirección a la puerta mirándonos con estupefacción. Sus dedos, creyendo el picaporte a más distancia, lo embistieron con un ruido ahogado. Avergonzado, giró enérgicamente sobre sus talones, y se marchó sin más. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Para Dardo la situación no revestía la más mínima consideración, porque habló con una naturalidad admirable.&lt;br /&gt;- Rodri... unos días nada más, y ya vas a estar bien. – Acarició mi pelo tras el vendaje que me cubría la cabeza al hablarme. Su suavidad me enterneció, pero algo muy dentro mío rechazó el gesto. Mis ojos se humedecieron.&lt;br /&gt;- No me mientas... – murmuré, apenas separando los labios.&lt;br /&gt;- No te miento, boludo. – Dijo con firmeza. La palma de su mano se posó sobre mi mejilla. Por un segundo me restregué en la calidez de su piel.&lt;br /&gt;- No me sale una, la puta madre... – balbuceé, conteniendo el llanto.&lt;br /&gt;- Pará un poco, ¿estás tan seguro, de verdad? – inquirió Dardo, inclinando la cabeza con fastidio. – No pienses eso, bolas. Todo va a estar bien, date tiempo...&lt;br /&gt;- ... Sí, puede hablar, te lo paso. Sí, sí, quedate tranquila... te digo que no... Sí, correcto. Mañana, ¿para qué más? Bueno, te paso. Besalos a Fran y Clari de mi parte. – mi viejo entró haciendo girar la puerta violentamente. – Atendé a tu mujer. – ordenó, extendiéndome su teléfono celular.&lt;br /&gt;Mi respiración agitada resonó contra el micrófono del aparato.&lt;br /&gt;- &lt;em&gt;Ceci&lt;/em&gt;... hola.&lt;br /&gt;- Me dice tu papá que en un par de días te dan el alta. – declaró, cortante.&lt;br /&gt;- Sí, algo así... ¿los chicos?&lt;br /&gt;- Bien, como te podrás imaginar. Yo... – carraspeó. - ...iba a viajar, después tu padre me convenció de que lo mejor era que me quedara con ellos...&lt;br /&gt;- Hiciste bien, no te preocupes, yo estoy cuidado... – miré a Dardo fijamente, luego a mi viejo. Me arrepentí de haberlo dicho.&lt;br /&gt;- Sí, ya lo sé. – señaló, sombría. – Rodrigo... - Debió haber alejado el auricular porque a mi oído llegó algo como un sollozo sofocado. No pude agregar nada. Esperé a que volviera a hablar. Lo hizo luego de un paréntesis en que lo único audible era mi propia respiración perturbada. -... Nada, cuidate.&lt;br /&gt;- Sí, prometido... – Pero Cecilia ya había cortado la comunicación.&lt;br /&gt;- Yo me voy al hotel. Acá tienen mi teléfono, por cualquier cosa. – Anunció mi padre, sin sacar su mirada de mármol de encima de Dardo. – Supongo que nos estaremos viendo.&lt;br /&gt;Nos dejó solos, y después de que hube superado la estupefacción, volví a hablar.&lt;br /&gt;- ¿Estoy muy hecho mierda? Decime la verdad, Dardo, por favor. – supliqué.&lt;br /&gt;- Un par de costillas rotas, fractura del radio y cúbito, por eso estás enyesado. Lo más serio fue el golpe en la cabeza, pero te estabilizaron enseguida. Y raspones varios, tampoco tantos, considerando las vueltas que pegó el coche...&lt;br /&gt;- &lt;em&gt;Dardo, ¿qué hicimos?&lt;/em&gt; Mirá en qué terminó todo... – No quería llorar, pero las lágrimas ya surcaban mi rostro desconsolado.&lt;br /&gt;Habló con firmeza.&lt;br /&gt;- Primero, no terminó nada. Segundo, lo que hicimos no tiene un carajo que ver con esto. Rodri, por Dios, fue un accidente, nada más.&lt;br /&gt;- ¿Nada más? - levanté la voz. - Casi me mato, tengo a mi familia desesperada a mil y pico de kilómetros de acá, a los de mi laburo dudando de cada cosa que hago, y vos me decís que fue nada más que un simple accidente... Qué fácil es todo para vos, eh... cómo se ve que no tenés a nadie más que a un perro rompepelotas al lado tuyo... ¿Me querés decir cómo carajo arreglo todo este quilombo ahora? – continué, esquivando su mirada. - ¿Cómo pude ser tan inconciente, tan ciego? ¿Qué me hiciste para que yo arruinara todo de esta manera, Dardo? – Aullé, babeándome. - ¿Cómo no me paraste, cómo no me advertiste de toda esta locura? ¿Por qué fuiste tan egoísta, tan hijo de puta? – y rompí a llorar ahogadamente.&lt;br /&gt;Dardo se limitó a contemplarme sin pronunciar palabra. Esperó a hacerlo hasta cuando, al cabo de unos cuantos minutos, pude calmar mi angustia.&lt;br /&gt;- Rodri, la concreción del deseo no debe hacerte sentir culpable. Una cosa nada tiene que ver con la otra. Lo nuestro no desencadenó nada malo, lo sabés bien.&lt;br /&gt;- No me vengas más con esa filosofía de mierda tuya... – lancé, sin contener mi súbita e inexplicable ira. – De gurú de cuarta... Por vos es que no he parado de hundirme cada vez más en toda esta mariconada.&lt;br /&gt;- ¿Por mí?&lt;br /&gt;- Sí, por vos. Yo antes no era así... yo antes... – dudé.&lt;br /&gt;- Dale, seguí, vos antes... – me incitó. – ¿O preferís que lo haga yo? – inquirió, desafiante.&lt;br /&gt;- No te molestes, sé bien de lo que hablo. Yo antes no era un puto, un... un degenerado. Todo era normal, todo... Ahora siento asco de mí, me desconozco, me convertí en un extraño, un negado de su propia vida...&lt;br /&gt;Dardo seguía contemplándome con fijeza, sin pestañear.&lt;br /&gt;- La libertad suele asustar, a muchos les pasa.&lt;br /&gt;- Cortala con esa mierda de autoayuda, por favor, no me des más sermones... Dejame solo, ¿puede ser? – ordené en un alarido agudo, detestando mi ilógico comportamiento.&lt;br /&gt;- No hay problema. Yo... ya debo volver a mi puesto, hoy mismo, así que... – Sentí mi corazón partirse en dos, en tanto él titubeaba, desencajado. – Me... me voy, feliz de verte repuesto. – Sonrió, con esa sonrisa suya que amaba a morir, y permaneció callado el rato en que ninguno de los dos parecía dispuesto a manifestar nada más. – Rodri, &lt;em&gt;te amo&lt;/em&gt;, y eso me hace aún más feliz. – Su voz se quebró y, antes de que pudiera eludirlo, posó sus labios, húmedos, tersos, sobre los míos. Su efecto, por un mágico, breve instante, me hizo levitar, transportándome, con la fuerza de un relámpago, a esa tierra acogedora, secreto amparo de nuestro sentimiento, feliz encarnación de mis rugientes deseos. Como si con ello pudiese aferrar la parte mía que algo o alguien quería matar, mordí su boca, enlacé su lengua, tragué su saliva. Se incorporó, tomó su libro y una mochila pequeña que se encontraba tras la silla. Agitó su mano bajo el marco de la puerta.&lt;br /&gt;- Chau, &lt;em&gt;mi amor&lt;/em&gt;. – se despidió.&lt;br /&gt;Cuando se cerró debo haber llorado, en silencio, hasta que, rendido, me sumí en sueños una vez más.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;Continúa.&lt;/em&gt; &lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-7726418013230212244?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/7726418013230212244/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=7726418013230212244' title='8 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/7726418013230212244'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/7726418013230212244'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2007/12/nadie-te-amar-como-yo-19a-parte.html' title='Nadie te Amará como Yo - 19a. parte'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R3aUFSb-uLI/AAAAAAAAAXU/cjHkgC9ydPM/s72-c/hospital.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>8</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-6638203219462345810</id><published>2007-12-24T10:52:00.000-08:00</published><updated>2007-12-24T11:14:35.445-08:00</updated><title type='text'>Vientos de cambio en Navidad</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;a href="http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R3ACcyb-uII/AAAAAAAAAW8/ntb6kYjTusk/s1600-h/navidad2007blog+copia.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5147617067683199106" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R3ACcyb-uII/AAAAAAAAAW8/ntb6kYjTusk/s400/navidad2007blog+copia.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;a href="http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R3ABQyb-uHI/AAAAAAAAAW0/HoAKVPHWNF4/s1600-h/navidad2007blog2.jpg"&gt;&lt;/a&gt; &lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#cc0000;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#cc0000;"&gt;Es Navidad, una vez más.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;Y el tiempo transcurrido desde la última, veloz, silencioso, pareciera haber especulado con mi descontada distracción, una vez más también. Y aún cuando los recuerdos, ruidos, fotografías, capturados en aquella noche me resulten cercanos, y apenas si note diferencias físicas propias, algunas ajenas y pueda recordar cada detalle, cada instancia, cada sensación, un año ha pasado. Al mirar hacia atrás, puedo verme, a lo lejos, sumergido, por un lado, en mi mundo que siempre constituyó mi cálido refugio y el motor de mi incesante búsqueda, y por otro, quebrando la bruma de mi segura e inalterada rutina, compartiendo una Nochebuena inusual, entre sonrisas corteses y conversaciones formales, deseando poco más que salud y bienestar para quienes amo, y tranquilidad y bonanza para un viaje en ciernes.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt; &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;/div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5147618764195281058" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R3AD_ib-uKI/AAAAAAAAAXM/KDbkpBXj5EU/s320/navidad2007blog6.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;Trescientos sesenta y cinco días, de veinticuatro horas cada uno, con todo lo que eso significa, han pasado desde entonces. Y la vida, súbitamente, sin preaviso o advertencia alguna, se me ha transformado en más de un sentido. Circunstancias involuntarias, muchas lágrimas, deseos, hechos, dichos y decisiones ajenos, fortuitos o no, han tenido que ver. &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;Tal y como le sucede a todo el mundo, porque así debe ser la vida.&lt;br /&gt;Hoy, vientos de cambio que me han tenido demasiado tiempo alejado de aquí y de casas amigas, acarician mi piel y alborotan mi interior, desplegando ante mí un camino incierto y enigmático, y no por ello menos seductor y, sin duda, prometedor. Porque así como a cada recodo habrá riesgos también estará colmado de oportunidades, y, sobre todo porque, quizás ahora que los acontecimientos recientes me han vuelto un poquitín más sabio, sepa verlas mejor. &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;O, cuanto menos, más claramente.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;Es Navidad nuevamente, y con ese año cumplido, va también el tiempo transcurrido desde que la pluma e imágenes de este Vaquero Soñador hicieron su tímida aparición por primera vez. Cuánto debo agradecer a este maravilloso espacio, cuánto, nadie lo imagina.&lt;br /&gt;Hoy, en virtud de este especial momento, de esta celebración única, entonces, quiero, exclusivamente, dedicar mi fugaz regreso a desearles a miembros de la hoguera, brokies y bloggers amigos, visitantes, cibernautas, todos quienes hayan o no, dejado su afectuosa, elogiosa y fiel huella aquí, una hermosa Nochebuena, acompañada de un tendal de bendiciones y suaves vientos de renovación para cada uno de los días de, lo que espero sea, un venturoso 2008. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5147617918086723730" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R3ADOSb-uJI/AAAAAAAAAXE/eyZ9merlRVg/s400/navidad2007blog7.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:180%;color:#cc0000;"&gt;Feliz Navidad, buena vida y mucho Amor para todos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:180%;color:#cc0000;"&gt;JfT&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-6638203219462345810?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/6638203219462345810/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=6638203219462345810' title='4 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/6638203219462345810'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/6638203219462345810'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2007/12/vientos-de-cambio-en-navidad.html' title='Vientos de cambio en Navidad'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R3ACcyb-uII/AAAAAAAAAW8/ntb6kYjTusk/s72-c/navidad2007blog+copia.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-4285894950342257171</id><published>2007-11-16T11:31:00.000-08:00</published><updated>2007-11-18T16:34:00.783-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Historias de la montaña Brokeback'/><title type='text'>Nadie te Amará como Yo - 18a. Parte</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/Rz3xcdljkdI/AAAAAAAAAWc/fJFXEll_070/s1600-h/901911_road.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5133524621553013202" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/Rz3xcdljkdI/AAAAAAAAAWc/fJFXEll_070/s400/901911_road.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Eviscerado. Arrebatado. Dividido. La inercia me conducía por aquella ruta gris, ajena y hostil, encargándose, ella sola, de engullir los dolorosos kilómetros que me alejaban de &lt;em&gt;mi&lt;/em&gt; edén. Mi ser se desmembraba y lo mismo me daba ya. Sentía desintegrarme de a poco, y, con ello, emular a Hansel y Gretel, dejando un claro rastro de órganos, extremidades y secreciones sobre el asfalto caliente que se extendía a mis espaldas. Un rastro que a mí no me serviría para hallar el camino de vuelta porque yo no regresaría con Dardo. No, al menos, ahora que arterias y vasos irrigaban mi cerebro con el eco de la quejumbrosa y bramante voz de Cecilia. Cecilia, &lt;em&gt;mi&lt;/em&gt; mujer, &lt;em&gt;mi&lt;/em&gt; esposa. ¿Había pensado en ella en todo este tiempo? Tragué saliva. No lo había hecho. De inmediato supe la razón que me justificaba forzadamente. Ella pertenecía a otro universo, a uno que nada tenía que ver con Dardo, ni con nada de lo que había ocurrido durante todos estos días. El universo donde ella sí encajaba, a la perfección, era aquel de mi vida anterior a él. &lt;em&gt;Mi vida anterior a él,&lt;/em&gt; la vida a la que regresaba, inevitablemente. Un escalofrío barrió con cada una de las vértebras de mi espina dorsal. Temblé. Me pregunté cómo diablos haría para soportar su ausencia, ahora que tenía el corazón y el alma marcadas a fuego abrasador. Miré hacia el cielo y nombré a Dios, y le reclamé, le imploré, que me diese una señal de cómo hacer para vivir en paz, de cómo seguir, después de este sentimiento que comenzaba a carcomer cada átomo de mí. Dardo había dejado su huella en mis años adolescentes, que había renacido para convertirse en un hito nuevo y sin comparación con nada de lo que me había sucedido anteriormente.&lt;br /&gt;Mis pensamientos continuaron fluyendo como el aire que entraba a raudales. Repentinamente, ajenos a mi ausente voluntad, fueron esbozando un balance prematuro, presumido, que fue aventurándose a clasificar las etapas de mi vida adulta de acuerdo a situaciones únicas que establecieran un nítido antes y después. El nacimiento de mis hijos apareció instantáneamente, sin lugar a dudas, como la primera. El descubrimiento del amor, atacó inmediatamente después. Ni mi casamiento, ni mi graduación universitaria pugnaron por un puesto en el selecto podio. Volví a tragar, como si mi garganta hubiese estado obstruída por un muñón de género reseco, en tanto las palabras que habían construído mi breve contabilidad vivencial hacían latir mis sienes. Entonces, caí en la cuenta de lo que significaban, y, como escritas en una marquesina de bombillas titilantes, impactaron sobre mi débil corazón. &lt;em&gt;El descubrimiento del amor, del verdadero amor, lo había conseguido con un hombre.&lt;/em&gt; Un hombre que siempre había tenido un sitio en mi corazón y del que, ahora, una vez más, me estaba alejando velozmente. Un hombre con el que no tendría, si es que cabían, más que esporádicos encuentros de vez en cuando. Un hombre con el que no podría planear ni proyectar. Un hombre al que, lo sabía, desearía cada hora de cada día. Mis ojos se inyectaron en sangre. Mis puños se crisparon alrededor del volante. Comenzó a faltarme el oxígeno a pesar de las potentes ráfagas que se colaban por los resquicios de las ventanillas, envolviendo el interior del coche. Casi sucumbo cuando un bombardeo de ideas infantiles, de deseos de niño con ansias de pulverizar distancias y decisiones, convenciones y leyes, etiquetas y formalismos me atravesó como un estilete de cirujano. Quise, en ese momento, tener el poder de borrar y escribir de nuevo. Quise ser otro, alguien desprovisto de toda impronta humana. Alguien que no necesitase mucho. En un mundo que fuese otro. Entonces, un ápice de alegría me estremeció, y un millón de fantasías y quimeras centelleantes, liberadas de estigmas irrealizables consiguieron entusiasmarme, porque nada sonaba tan descabellado, al fin y al cabo. Porque, si luchaba por ello, hasta era posible. Pero, a la vez, otra parte de mí, abatida, escéptica, vencida, me traicionaba, quitándome las fuerzas necesarias, convenciéndome de lo que implicaría realmente toda esa epopeya romántica, lejana, imposible. Y la realidad volvía a tornarse agresiva, extraña, una esfera en la que yo estaba de más, y volvía a sentirme limitado, preso dentro de mí, sin escapatoria alguna.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5134338930172465634" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R0DWDdljkeI/AAAAAAAAAWk/TCSVLbv0P64/s320/865641_desertic_road.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Eché un vistazo piadoso al espejo retrovisor. La infinita cinta asfáltica que iba dejando detrás pareció burlarse, agigantándose implacablemente. Mi corazón dolió. Mi pecho todo se contrajo, y, por unos segundos, creí no poseer más respiración ni consciencia. Sentí convertirme en un despojo, un olvido de mí mismo, encerrado en una cosa metálica y rodante con vida propia, que me había arrancado del lugar donde debía estar. Donde debía estar en ese preciso instante. Sin embargo, no debía parar. No podía detenerme ahora, aunque no hubiese dicho lo que sentía. &lt;em&gt;Aunque no hubiera dicho jamás lo que sentía por él&lt;/em&gt;. Nuestros labios se habían unido un millón de veces, nuestros cuerpos, también. Nos habíamos explorado, saboreado, penetrado. Pero ni una sola palabra, ni una sola vez, había reflejado mi sentir y ahora me detestaba por ello. Sí se lo había demostrado, pero nada, ni una sola sílaba que describiera lo que me embargaba había salido de mis labios. ¿Ni una sola? No, ni tan siquiera una. Una vez más, me había portado como un imbécil. Como un maldito imbécil. ¿Es que jamás aprendería? ¿Podía seguir comportándome como un completo idiota aún, a mis treinta y siete años? ¿Podía, después de todo lo que había pasado? Bueno, él tampoco había dicho lo que yo esperaba, lo que ansiaba oir de sus labios. De hecho, su rendición temprana me había pasmado, barrido con mis ilusiones. &lt;em&gt;"¿Y qué esperabas, pelotudo, que te propusiera casamiento? ¿O, tal vez, que te encadenara a un poste de la cabaña? Forro del orto, te anuncio, y escuchá bien, muy bien, que vos tenés tu vida, ¿te acordás? Tu puta vida heterosexual, derechita, limpita, bien ordenada, como te gusta a vos, así que jodete, ¡maricón! Esto lo tendrás de vez en cuando, si es que lo tenés, claro, ¡si no te volvés a cagar en las patas de nuevo, putito!. Porque ahora el señorito quiere pija, ¿no? Te encantó, ¿no es así? Bueno, viejo, a recorrerse miles de kilómetros, a romperse el alma, si eso es lo que querés."&lt;/em&gt; Me odié más. Mis pensamientos me castigaban y herían sin cesar, sin piedad. Y no era así. Yo no quiero pija. Yo quiero a Dardo. A &lt;em&gt;mi&lt;/em&gt; Dardo. Tan sólo a él.&lt;br /&gt;El viento de un enorme camión de carga rugiendo en sentido contrario sacudió violentamente el auto. Tuve que sujetar vigorosamente el volante para evitar morder el fin de la calzada. Quizás haya sido eso lo que, de alguna manera, me hizo reaccionar de todo el daño que me estaba infringiendo. Lo cierto es que, para aliviar en algo ese viaje de pesadilla, ese recorrido eterno y torturante, hice el denodado esfuerzo por evocar algo que no fuese Dardo, y que me reasegurara en mi vuelta a la vida normal, que me ratificara que estaba haciendo lo correcto. Mi rostro se iluminó en el acto. Ilusionado, comencé a buscar entre mis cosas, la foto de Clarita y Francisco. Hurgueteé con desesperación entre el lío de objetos en mi mochila sin sacar mis ojos del parabrisas, hasta que las yemas de mis dedos chocaron con el borde de la instantánea que siempre llevaba conmigo. La extraje para contemplarla y mi vista se nubló. Evité llorar. La encajé, ajustándola dentro de una ranura del tablero, bien de cara hacia mí. Desde allí sonreían felices, mirándose de reojo con complicidad, sus miradas chispeantes, sus mejillas brillosas, ajenos a todo, llenos de rebosante inocencia. Nuevamente enjugué mis párpados chorreantes. El paso de un enorme autobús de larga distancia esta vez, zarandeó el auto de lado, introduciendo una violenta corriente de aire que arrebató la foto de su sitio y la echó a volar en remolinos enloquecidos. Veloz, levanté el cristal de la ventanilla de mi puerta. El hecho de que las del lado contrario también se encontrasen abiertas produjo un efecto mucho peor, pues la fotografía siguió girando sin control, como en torbellino, chocando contra el techo y las paredes del auto, mientras yo, expectante, seguía su rumbo frenético y trataba de atraparla como si fuese una mosca zumbona. Cuando, peligrosamente, sin dejar de aletear hacia todos lados, se acercó a las amenazantes rendijas abiertas del lado derecho, me desesperé, y, sin pensarlo, como si en ello arriesgara mucho más que una simple fotografía, me arrojé sobre ella dispuesto a recuperarla. El Palio debe haber mordisqueado el escalón entre el pavimento y la banquina en el momento en que solté el volante, pues lo único que recuerdo, hasta el día de hoy, es el coche inclinándose súbitamente, los espantosos e interminables giros del vuelco, el sonido de la carrocería crujiendo y estrellándose contra el duro suelo patagónico, los cristales haciéndose pedazos, la polvareda inundándolo todo y metiéndose en mis pulmones, los golpes contra todo lo que me rodeaba y la dócil apatía que me dominó por completo. La calma sobrevino, finalmente, cuando algo de lo que orbitaba sin control se aplastó contundentemente contra mi cabeza. El automóvil detuvo su violenta carrera, balanceándose sobre su techo destrozado, contra un colchón de matas duras y espinosas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5134339230820176370" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/R0DWU9ljkfI/AAAAAAAAAWs/Gf5OXp9BF5E/s320/614243_glass_5.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;No sé bien cuánto tiempo habría pasado cuando recobré fugazmente el conocimiento. Entreabrí los ojos, completamente aturdido, ignorando dónde me encontraba, mientras oía, atenuadas, las voces de desconocidos que discutían cómo sacarme del coche. Tosí, invadido por un horroroso malestar en el centro del pecho. El sacudón de mi cuerpo contra los restos del tablero removió el dolor de las acechantes contusiones, multiplicándolo. No pude gritar siquiera, el olor del combustible derramado me asfixió y aterrorizó, tanto como la pestilente convicción en ciernes, de que había desafiado a la controladora fracción del mundo que no perdona al rebelde, al insolente que osa alzarse en contra del sistema . &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;Y de que debía pagar un altísimo precio por ello&lt;/em&gt;.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;Continúa&lt;/em&gt;.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-4285894950342257171?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/4285894950342257171/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=4285894950342257171' title='11 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/4285894950342257171'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/4285894950342257171'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2007/11/nadie-te-amar-como-yo-18a-parte.html' title='Nadie te Amará como Yo - 18a. Parte'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/Rz3xcdljkdI/AAAAAAAAAWc/fJFXEll_070/s72-c/901911_road.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>11</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-2162149648207082957</id><published>2007-11-02T06:22:00.000-07:00</published><updated>2007-11-02T08:49:04.486-07:00</updated><title type='text'>Noche estrellada</title><content type='html'>&lt;object width="425" height="355"&gt;&lt;param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/opKBF5q7mks&amp;rel=1"&gt;&lt;/param&gt;&lt;param name="wmode" value="transparent"&gt;&lt;/param&gt;&lt;embed src="http://www.youtube.com/v/opKBF5q7mks&amp;rel=1" type="application/x-shockwave-flash" wmode="transparent" width="425" height="355"&gt;&lt;/embed&gt;&lt;/object&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta es la melodía que bailaron Dardo y Rodrigo aquella noche que la tormenta se fue...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-2162149648207082957?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/2162149648207082957/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=2162149648207082957' title='9 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/2162149648207082957'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/2162149648207082957'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2007/11/noche-estrellada.html' title='Noche estrellada'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>9</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-6628155818442809520</id><published>2007-10-31T09:15:00.000-07:00</published><updated>2007-11-01T07:32:28.038-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Historias de la montaña Brokeback'/><title type='text'>Nadie te Amará como Yo - 17a. Parte</title><content type='html'>&lt;div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://bp0.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/RynIhDrhuqI/AAAAAAAAAV0/pOYfvXEXyeY/s1600-h/868656_woods.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5127850120987130530" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/RynIhDrhuqI/AAAAAAAAAV0/pOYfvXEXyeY/s400/868656_woods.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;El tiempo robado a la vida convencional, a la vida previsible, a la que suelo llamar normal, estaba llegando a su fin. Los retazos de vida deseada habían comenzado a esfumarse de a poco, igual que el arco iris había marcado el ineludible fin de la tormenta al fundirse dócilmente con el rebaño de obedientes nubes en incesante marcha. Ese fenómeno simple, natural e irrelevante, obró de manera semejante a las ilusiones y deseos cumplidos durante nuestro breve período de felicidad compartida. Secreta e ilusoriamente, me obcecaba en retenerlos, como si, cual hechicero o genio, tuviese la facultad de mantenerlos atrapados férreamente entre mis puños, sólo porque así era mi voluntad. Y ellos, obedeciendo un ciclo tan natural como insensible a mis aspiraciones, al no poder encarnarse y verse cristalizados, pugnaban por filtrarse a través de los minúsculos resquicios de los pliegues de mis manos, titubeantes entre fundirse con el aire puro del lugar y quedarse allí, a salvo, o disolverse con el viento y desaparecer, sumisos, conscientes de su fatídico designio.&lt;br /&gt;Era de noche. Las copas de los cipreses se balanceaban elegantes, una tímida pero brillante estrella ya había hecho su aparición y un tenue resplandor azul claro recortaba la silueta de las montañas. Habíamos comido sopa de sobre y pasta sazonada con queso y ajo desecado. Dardo dio cuenta de todo con excelente apetito, yo di varios rodeos para finalmente apartar el plato a medio terminar. Bebíamos vino ahora, apoltronados sobre dos desvencijadas reposeras, en la galería. La temperatura había descendido varios grados. Mi vista, indecisa, se clavó en Rodríguez, que husmeaba los alrededores ansiosamente. Un inusitado sentimiento de envidia me invadió al contemplarlo. Mi rostro se crispó. Y odié al pobre animal. Por su descarada inconsciencia, su natural irresponsabilidad, su irritante indiferencia ante lo que constituía su mundo. &lt;em&gt;El mismo mundo que podría pertenecerme a mí pero que debía abandonar inexorablemente&lt;/em&gt;. Qué cruel ironía. El perro podría estar en cualquier otro lugar, con cualquier otro amo, y estaría tan bien como allí. Y yo...&lt;br /&gt;Mi corazón comenzó a acelerarse y me revolví, entre inquieto e incómodo. Un inesperado dolor en el pecho hizo que me estremeciera. La madera de la poltrona crujió como si fuera a partirse. Mi corazón se aceleró y mis órganos digestivos desaparecieron dejando un doloroso vacío. Era el momento. Tuve que tragar varias veces antes de poder hablar.&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5127851134599412418" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/RynJcDrhusI/AAAAAAAAAWE/MgVxqEimao4/s200/862301___light__.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;- ¿Qué vamos a hacer ahora, Dardo? - lancé, sin rodeos, escrutando el horizonte, alarmado no tanto por mi franqueza como por la voz aflautada que surgió de mi garganta.&lt;br /&gt;Permaneció en silencio, sin moverse. Me preparaba a repetir la pregunta cuando habló finalmente.&lt;br /&gt;- ¿Hacer? ¿A qué te referís? - dudó, en un hilo de su voz grave.&lt;br /&gt;- A partir de ahora, digo... que yo... - carraspeé con fastidio. - ... que yo me voy, que me vuelvo y... y vos te quedás acá... - tragué sonoramente. - ¿Cómo siguen nuestras vidas?&lt;br /&gt;No contestó enseguida. Bebió un gran trago de vino. Cuando lo hizo, su tono había cambiado ligeramente, expresando un dejo de seriedad.&lt;br /&gt;- Tal como estaban antes de que vos vengas acá, Rodri, nada tiene por qué cambiar.&lt;br /&gt;Fué como si me hubiese rociado con gas paralizante. Una puntada en el medio del pecho humedeció mis ojos. Inspiré profundo.&lt;br /&gt;- ¿Nada?¿Cómo, que &lt;em&gt;nada&lt;/em&gt;...? - logré balbucear.&lt;br /&gt;Se incorporó ágilmente, entró a la cabaña y regresó con la botella del vino que estábamos bebiendo. Llenó su copa y la acabó de un solo trago. Continuó hablando mientras servía la mía.&lt;br /&gt;- Rodri, vos ya tenés una vida hecha, con una mujer, hijos... ellos no tienen nada que ver en todo esto. Sería injusto cambiar algo de sus vidas por nosotros, ¿no te parece? - determinó.&lt;br /&gt;Sonó tan claro, acertado y decidido que me estremecí. Rodríguez se había acercado a mí. Lo espanté con irritación cuando lamió una de mis manos.&lt;br /&gt;- Además, mi viejo, nada de todo esto es real. - anunció, sombrío.&lt;br /&gt;Me limité a contemplarlo sin disimular mi estupefacción ni mi respiración cada vez más agitada.&lt;br /&gt;- ¿Sabés? Tuvimos suerte... mucha, creo... - murmuró. - ... de estar acá, de encontrarnos... Habitualmente, ésta es la época de concesión de las licencias de pesca, y tengo que patrullar y controlar constantemente el movimiento de gente, que suele ser numerosa y que siempre se manda alguna... Increíblemente, no hubo un sólo pescador este fin de semana. - lanzó una risotada. - Ni uno sólo, qué loco... tal vez se hayan enterado de la tormenta... - volvió a beber el contenido de su copa de un trago y la llenó una vez más. - ... o de la cogida que nos íbamos a pegar! - me miró con picardía y palmeó mi pierna con fuerza.&lt;br /&gt;Esbocé una débil y temblorosa semisonrisa. Mis ojos seguían escudriñándolo, expectantes. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5127851323577973458" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/RynJnDrhutI/AAAAAAAAAWM/jKKaQ5XASIc/s200/307230_wine_in_a_glass.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Este mundo no está hecho para nosotros, viejito... - continuó, meneando la cabeza. - ...qué va... ni para nosotros ni para ningún puto &lt;em&gt;que ame a otro&lt;/em&gt;. - sentenció. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;Esas últimas palabras vibraron dentro de mí, dejándome una amarga sensación. Abrí la boca pero mi lengua estaba enroscada en un nudo imposible. Un chasquido de ramas hizo que giráramos nuestras cabezas en dirección a la negrura del bosque. Las grandes orejas de Rodríguez se enarbolaron como antenas en estado de alerta. Distinguí una sombra, o algo parecido, deslizándose entre los arbustos. Asustado, busqué la mirada de Dardo, pero él la tenía fija en algo situado más allá de la espesura. Sin descuidar la atención de aquello que parecía vigilar, siguió hablando.&lt;br /&gt;- Esto que nos tocó vivir a los dos, pasó acá... en la única clase de mundo posible para nosotros, Rodri, y sólo porque no hubo ojos ni dedos que rompieran las pelotas... De no haber sido así, jamás se hubiese dado. - afirmó. - Fuera de acá, no tenemos huevos suficientes... nadie los tiene, bah! Somos circunstancias, Rodri. Eso somos, cir-cuns-tan-cias... - pronunció cuidadosamente cada sílaba. - Sin darnos cuenta, nos comportamos de acuerdo a ellas, como si fuésemos soldados... o, mejor dicho, robots. Cuando te encuentres de regreso a tu vida de todos los días vas a comprobarlo. Tu casa, tu trabajo, tu ciudad, se van a encargar de hacer de todo esto un recuerdo, muy pronto. - No había un solo dejo de amargura en su voz, hablaba como si leyera un discurso preparado de antemano. - Y de marcarte qué lejano está de tu realidad.&lt;br /&gt;Mi mente bullía como si fuese a entrar en erupción. Lo escuchaba y quería decir algo que le diese una pista del universo que latía dentro mío, pero no tuve el coraje. Aunque detesté sus dichos, era verdad. Las perspectivas que teníamos por delante no daban lugar a ninguna opción lógica. Aún así las cosas, me resultó extraña, dado el espíritu de Dardo, siempre libre e irreverente, su capitulación temprana, sin condiciones. En el estado en el que me encontraba solo pude pronunciar las palabras más banales, las más políticamente correctas, las menos comprometidas, las que, de alguna manera, absolvían al homosexual desaforado en que me había convertido.&lt;br /&gt;- Dardo, &lt;em&gt;vos&lt;/em&gt;... - mi voz temblaba, con tono vencido. - ... vos sos mi... &lt;em&gt;sos mi amigo&lt;/em&gt;, y quiero... - tragué varias veces antes de poder seguir. - ...no me gustaría perderte... - mascullé apenas.&lt;br /&gt;Su mirada se había vuelto vidriosa, los músculos de su rostro, tensos. La nuez de su garganta subía y bajaba. Mordió sus labios y se pasó una mano por el cabello desordenado. Giró y me estudió con gesto cansado.&lt;br /&gt;- ¿Y quién dijo que me vas a perder, boludito? - Su rostro todo se deshizo en una sonrisa que me inundó con su luz, su voz exhaló una súbita serenidad. - Dije que no estaría bien que cambies tu vida, pero no dije nada acerca de que le sumes algo... &lt;em&gt;alguien&lt;/em&gt;. - se sentó, ágil, sobre mi regazo. Su respiración inundó mis vías nasales con el aroma ácido del vino. Sus labios se movieron lentos, rozando los míos, al confiarme; - Ya vamos a encontrar la manera de que esto no termine aquí, no te preocupes. Y me abrazó.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt; &lt;/div&gt;&lt;div&gt; &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5127851723009932002" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/RynJ-TrhuuI/AAAAAAAAAWU/7cLo_TMCze0/s200/744468_fire_3.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt; &lt;/div&gt;&lt;div&gt;Esa noche tuve una pesadilla. Andaba por una calle sombría, oía voces a mi alrededor pero no comprendía qué decían. Cosas informes, como meteoritos opacos, de aspecto amenazador, surcaban el aire, y yo caminaba casi agachado porque les temía. La calle se convirtió después en una sala amplia, blanca, pero atestada de cosas y gente que reía entre haces de luces de colores. Aunque las caras que me observaban con desdén no me resultaban familiares, ellas representaban a algunos compañeros de oficina. Un espejo como los de parque de diversiones, en algún rincón del lugar, deformaba mi figura pálida, ensanchándola como un barril, revelando mi completa desnudez. Espantado, quise huir pero algo pegajoso sujetaba mis piernas al piso. Bajé la vista y no me sorprendió encontrarme con mi pene enrojecido y muy erecto, y mis pies enterrados en un pantano oscuro. De entre la muchedumbre surgió un hombre con una copa en la mano que, con gesto lascivo, tomó mi miembro. No tenía brazos sino largos y venosos tentáculos que se enroscaron en mí mientras no dejaban de contorsionarse como serpientes. La sensación de asfixia hizo que despertara, jadeando. Dardo roncaba suavemente a mi lado. La tersura de su piel pegada a la mía me calmó de inmediato, y después de un rato volví a quedarme dormido.&lt;br /&gt;Consulté mi reloj pulsera cuando abrí los ojos. Eran casi las siete de la mañana. Volteé la cabeza para encontrarme con Dardo que, bañado por la luz muy blanca y espectral que se filtraba a través de la ventana, me contemplaba con dulzura. Sus dedos siguieron la línea de mis mejillas, luego la comisura de mi boca, y se detuvieron para acariciar mi barbilla y mi labio inferior.&lt;br /&gt;- Lo logramos, Rodri. - susurró. - Nos olvidamos de todo lo que nos dijeron, mandamos al carajo lo correcto. ¡Nos recagamos en todo el puto mundo heterosexual!&lt;br /&gt;Le sonreí compasivamente.&lt;br /&gt;- Te voy a extrañar... - murmuré.&lt;br /&gt;- Lo sé, viejito.&lt;br /&gt;No olíamos bien. Nuestros ojos lucían lagañosos, nuestros cabellos, sucios y enmarañados, nuestros cuerpos, sudorosos bajo la gruesa capa de cobijas. Mi boca estaba seca y pastosa. La de él, aún apestaba a alcohol. Sin embargo, hicimos el amor de la forma más deliciosa que recuerdo. Un preludio oral y manual exquisito preparó serenamente los acordes para la sinfonía de movimientos que sobrevinieron. Luego todo él fue hundiéndose en mí, suave, mesurado, el dolor, de a poco fue cediendo, el regocijo fue creciendo, al sentirlo llegar cada vez más adentro mío. Así, hasta que, adivinándolo en sus iris centelleantes, poco antes de llegar al éxtasis mutuo, nos separamos el tiempo necesario para invertir nuestra posición. Entonces penetré en él, lento, jubiloso, mi boca sellando cada incursión con un beso intenso, vivo, tan sentido como esculpido en nuestras pieles, en nuestras carnes. Eyaculé un instante después de ver su carga blanca y abundante caer sobre el abdomen chato y fibroso. Y ese instante de exuberante pasión me reveló la noción real, me brindó la dimensión más acabada, del sentido más pleno de libertad, aquel del cual nadie nunca me había hablado, y que, sabía, tampoco yo sería capaz de transmitir. El más relativo, el incompleto, ahora que conocía el verdadero significado, me esperaba junto con mi vida convencional, muy lejos de allí en todos los aspectos posibles. Supe, a partir de ese momento, que los términos que denominan cantidades y magnitudes de tiempo se relativizarían y caerían sobre mí con un peso distinto al literal, al que conocía. Una dimensión nueva, la que atesora el poder verdadero de la pérdida y sus catastróficas derivaciones internas, sabía, me aguardaba agazapada esperando que me alejara de allí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5127587848809200242" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/RyjZ-zrhunI/AAAAAAAAAVc/tPtsfhBDk28/s320/123498_leafy_lane_ii.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El rumor de un motor y de grava crepitando nos devolvió violentamente a la consciencia. Dardo me dio un último beso antes de salir catapultado del aplastamiento al que lo había sometido. Se vistió rápidamente y, antes de atravesar la puerta, se detuvo para guiñarme un ojo al tiempo que, sin emitir sonido alguno, gesticulaba un claro "Te quiero", que quedó repicando en mi interior como las reverberaciones de una estruendosa campana de iglesia.&lt;br /&gt;Salí de la cabaña después de tomarme el tiempo para poner un poco de orden y ocultar cualquier señal comprometedora. Dardo conversaba animadamente, recostado contra una camioneta de mayor porte que la de él, con otro guardaparque y un gendarme. La imagen fue el contraste exacto, la representación que necesitaba para darme cuenta de lo fuera de la ley que habíamos vivido durante estos gloriosos días, y de que todo, finalmente, había terminado. Por un segundo fugaz fantaseé con que, al abordarlos, me anunciaran que quedábamos detenidos por recontraputazos. No lo hicieron. Por el contrario, me saludaron efusivamente.&lt;br /&gt;- El es Rodrigo Leiva. - me presentó Dardo, vivaz. - Ellos son el oficial Firpo y el cabo Corvalán. Se ofrecieron a escoltarte hasta el cruce con la ruta.¿Qué tal?&lt;br /&gt;"Para la reverendísima mierda", dije para mí, "Yo no quiero ir a ninguna parte, quiero quedarme acá, con &lt;em&gt;Vos&lt;/em&gt;", pero estreché sus manos sin decir una palabra, con la decepción impresa en mi gesto circunspecto ante el plan de abducción de mi paraíso conquistado.&lt;br /&gt;- El camino es un barrial con tramos casi intransitables, así que van a remolcarte hasta allá... buenísimo, ¿no? - me informó Dardo, animado.&lt;br /&gt;- Msí, genial... gracias. - dije, a regañadientes. - ¿Cuándo?&lt;br /&gt;- En cuanto esté listo, saldríamos, si le parece. - contestó el tal Firpo.&lt;br /&gt;Sostuve la mirada en los taciturnos ojos de Dardo unos segundos. La inclinación de sus párpados me indicó que sería mejor que me diera prisa.&lt;br /&gt;- Seguro, voy a recoger mis cosas. - repuse secamente.&lt;br /&gt;Metí las pertenencias que pude encontrar en la mochila, mis dedos chocando todo lo que intentaba asir. Me higienicé a duras penas y, cuando salí disparado del cuartito que hacía las veces de baño, embestí a Dardo impetuosamente. Se aferró a mí, desesperado. Todo él temblaba.&lt;br /&gt;- Rodri... - su mandíbula tiritaba. Las palmas de sus manos se apoyaron en mis mejillas, untándolas vigorosamente con su transpiración. Se mordió los labios, levantó su dedo índice, lo agitó en un gesto que presentí admonitorio, y lo apoyó sobre mi boca. La abrí, introduje su dedo, resuelto, y lo succioné bañándolo de saliva. Lo retiró mientras yo asentía lentamente, comprensivo, sin sacar mis ojos de los de él. Tomándolo de la cintura, lo atraje hacia mí, y le di el beso con el que nos despediríamos de esos días por última vez. Nuestros labios se apartaron con un chasquido cuando Rodríguez hizo su aparición ladrando desesperado. Lo fulminé con mirada asesina.&lt;br /&gt;- Vamos. - imploró Dardo, y salió presuroso, en tanto el perro, jadeante, se erguía y con mirada brillosa apoyaba sus patas delanteras sobre mí. Lo aparté con exasperación.&lt;br /&gt;Revisé el motor antes de partir, no tanto por mi conciencia de conductor responsable, sino por distraer mi mente con algo. Los oficiales engancharon una sólida cuarta de remolque al paragolpes delantero del Palio para, de esa forma, sortear los lodazales y remontar la empinada cuesta que lleva al camino provincial, según explicaron. Subí al auto hecho un incontrolable manojo de nervios. No había terminado de cerrar la puerta cuando un tirón violento y súbito lanzó el coche hacia adelante, iniciando así mi temida partida. Dardo se apareció junto a la ventanilla, corriendo a la par.&lt;br /&gt;- No te olvides, Rodri, lo logramos... - vociferó entusiasmado. - ¡Eso es lo que cuenta! - riendo, agregó. - ¡Y la próxima, elegí otro color de auto, el turquesa da muy gay!&lt;br /&gt;Las lágrimas ya rodaban por mi cara cuando extendí mi mano hacia afuera y él pudo aferrarla antes de que la camioneta acelerara y yo tuviera que atenazarme al volante, que se mecía con espasmos secos y pendulares. En cuanto pude controlar la dirección asomé la cabeza para ver su silueta, que ya se había detenido y me despedía, uno de sus brazos en alto, agitándose, el otro apoyado sobre su corazón. Permanecí observándolo un momento más, cerciorándome de que esa imagen, la de él despidiéndome, se hubiera cincelado en mi memoria. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt; &lt;/div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5127588265421027970" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/RyjaXDrhuoI/AAAAAAAAAVk/G44Vj5MHApc/s320/798180_off_road.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;El camino, sumamente accidentado, sirvió, no para menguar la espantosa sensación de descuartizamiento, más sí para distraerla, al menos durante todo el trayecto hasta la ruta, larguísimo y tedioso. Concentré toda mi atención en seguir las constantes indicaciones de los guardaparques en cada acumulación de agua y fango, en cada estrechamiento del camino, en los innumerables bordes traicioneros y así conseguí, durante ese lapso, levantar precarias barreras a la tristeza y el dolor que, como tropilla de caballos en gatera, amenazaban con aplastarme desde todos los flancos.&lt;br /&gt;Cuando, habiendo ya dejado a mis gentiles guías atrás, el coche se zambulló sobre el pavimento lanzando esquirlas de barro en un traqueteo tan ensordecedor que me hizo conjeturar que se desarmaría de un momento a otro, mi teléfono celular comenzó a sonar, enloquecido. Decenas de mensajes de aviso de llamada se agolpaban en la bandeja de entrada. Los borré sin consultarlos y luego, con furia, arrojé el aparato al asiento contiguo. No bien golpeó contra el tapizado, la campanilla de comunicación entrante taladró mis castigados oídos y mi corazón dio un vuelco. Hablaron antes de que llegara a contestar.&lt;br /&gt;- &lt;em&gt;¿Dónde estás?&lt;/em&gt; - la aguda voz de Cecilia, metálica, subrayó cada consonante, reprimiendo una furia creciente. - ¿Ya enterraron a tu&lt;em&gt; tiíto&lt;/em&gt; de Neuquén?&lt;br /&gt;Tragué saliva.&lt;br /&gt;- ¿Me permitís que te explique? - supliqué tímidamente.&lt;br /&gt;- ¿Estás bien? - me interrumpió con aspereza.&lt;br /&gt;- Supongo que sí. - repuse, dudoso.&lt;br /&gt;- Entonces, dejá, ni te molestes. Mejor dejame a mí informarte que tu hija está enferma desde que perdimos el contacto con vos, y tu hijo hace dos días que no deja de marcar el número de tu celular desesperado por saber algo de su padre perdido. - espetó con fastidio.&lt;br /&gt;Arroyos de lágrimas caudalosas surcaron mis mejillas. Gruñí.&lt;br /&gt;- &lt;em&gt;¿Dónde carajo estás, Rodrigo?&lt;/em&gt; - gritó exageradamente, fuera de sí. - ¿Cómo pudiste cagarte así, en tus hijos?¿&lt;em&gt;Cómo&lt;/em&gt;, me explicás? - Lloraba ahora, con sollozos que desintegraron las esquirlas de mi alma.&lt;br /&gt;Una vez más, tuve que tragar repetidamente para poder balbucear algo que sonara a mí.&lt;br /&gt;- Deciles... deciles que a su papá no le ocurrió nada malo... que... que en un par de días vuelvo. - Mi voz se quebró, pero pude pronunciar: - Y que los amo más que a nada en el mundo.&lt;br /&gt;- ¡Andate a la mierda, Rodrigo Leiva! - sentenció Cecilia, con un aullido que me heló la sangre. Y cortó sin decir más.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5127588394270046866" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/RyjaejrhupI/AAAAAAAAAVs/WDEz1jzQEoc/s320/375143_my_citron_saxo_2.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Clavé los frenos y desvié el auto hacia la banquina. El vehículo que marchaba detrás del mío hizo sonar la bocina, maldiciendo mi brusca maniobra. Pero a mi ya poco me importaba. Lloré desconsolado, con la cabeza hundida entre los rayos del volante, y la idea de mandar todo al diablo y regresar con Dardo dando enardecidas vueltas a mi alrededor.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;Continúa.&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;Fotos:&lt;/em&gt; &lt;a href="http://www.stockxchange.com/"&gt;http://www.stockxchange.com/&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-6628155818442809520?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/6628155818442809520/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=6628155818442809520' title='7 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/6628155818442809520'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/6628155818442809520'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2007/10/nadie-te-amar-como-yo-17a-parte.html' title='Nadie te Amará como Yo - 17a. Parte'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://bp0.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/RynIhDrhuqI/AAAAAAAAAV0/pOYfvXEXyeY/s72-c/868656_woods.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>7</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-6986165982872855747</id><published>2007-10-22T20:11:00.000-07:00</published><updated>2007-10-23T04:28:20.263-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Historias de la montaña Brokeback'/><title type='text'>Nadie te Amará como Yo - 16a. parte</title><content type='html'>&lt;div&gt;&lt;div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://bp0.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/Rx1nygxHr2I/AAAAAAAAAUc/96rNtCH8sAA/s1600-h/b16.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5124366068504571746" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/Rx1nygxHr2I/AAAAAAAAAUc/96rNtCH8sAA/s400/b16.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Un diluvio que no permitía ver mucho más allá de los límites de la galería barrió de cuajo con mi descabellada idea de partir antes del atardecer y conducir toda la noche. La delegación de Huechulaufquen, vía radio, informaba a Dardo de que se trataba de un inusitado frente de tormenta proveniente de Chile, que se instalaría por no menos de dos días en la región. Dos días. Dos &lt;em&gt;gloriosos&lt;/em&gt; días más. El manto de nubes que tapizaba el cielo, de una tonalidad negroviolácea, como de película de terror, era tan espeso que apenas si dejaba traslucir los destellos de los intermitentes refucilos. Un escalofrío me estremeció con el estallido de un trueno y casi vuelco la taza de humeante mate cocido con leche que sostenía, sentado frente a la ventana, con un tembloroso Rodríguez a mis pies &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Mi vista se extravió en el escenario inquietante de la tempestad. ¿Cómo explicaría mi imprevista ausencia? El cuento del tío enfermo no serviría, necesitaba otra excusa. Podría haber enfermado yo, y el malestar fué tal que hizo imposible que actuara con el más mínimo sentido de lógica, y, mucho menos, recordar personas o números telefónicos. &lt;em&gt;"Mis parientes estaban tan afligidos, después de la muerte del tío, que no quisieron alarmar a nadie más de la familia informándoles de mi estado."&lt;/em&gt; Sí, era creíble. Luego pensé en Cecilia, ¿qué le diría? El paseo por las bodegas podía haberse extendido más de la cuenta, incluyendo una travesía de aventura hasta los pies mismos del Aconcagua. &lt;em&gt;"¿Celular? ¿En el Aconcagua? ¡Ni hablar! Imaginate, fué desesperante estar en ese páramo, a leguas del mundo civilizado."&lt;/em&gt; Eso le diría, evitando su taladrante mirada aguileña. Con mi auto de alquiler daría la misma explicación que a la gente de la oficina en Mendoza, quizá con eso hasta me salvara de pagar una fortuna. Qué hijo de puta mentiroso. Extrañamente, por primera vez en la vida, no me sentía mal siendo así. Después de todo, no era tan grave, con tanta gente mala en el mundo.&lt;br /&gt;- ¿Cómo te ves conviviendo con un guardaparques solitario, nostálgico y maniático sexual? - Dardo había cortado la comunicación por radio y tomaba asiento a mi lado.&lt;br /&gt;- Mmm, se me complica con lo primero... - repuse. - Las manías, en cambio, te las resuelvo enseguida. - Le sonreí mostrando todos mis dientes. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5124366412101955442" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/Rx1oGgxHr3I/AAAAAAAAAUk/jEGoW9YZVlM/s320/b16g.jpg" border="0" /&gt;Nuestras tazas se chocaron en un brindis tan tácito como cómplice, y nuestras manos se entrecruzaron. Contemplamos la lluvia pegados, calentándonos con el suave calor del otro, acariciados por la hermosa sensación de la ropa seca y abrigada, la dulce fragancia de la yerba. Si había una definición de lo que era una vida casi perfecta, aquel momento no era una muestra, sino todo un símbolo de lo que podía llegar a ser. Mientras lo pensaba me revolví dentro de la camiseta gruesa y la leñadora de franela que Dardo, luego de la mojadura, había debido prestarme, en un intento por fusionarme con cada parte suya, cada cosa que representara algo de él. El mundo podía, tranquilamente, desplomarse delante de mis ojos, que no iba a moverme de mi puesto a su lado. &lt;div align="justify"&gt;Si bien evitaba cualquier construcción categórica, cualquier propósito terminante, mi inconsciencia no cesaba de bombardearme con fantásticas proyecciones de lo que estaba viviendo, con giros contundentes, irresistibles y prometedores, que amenazaban con hacer añicos mi vida acostumbrada. Y, acto seguido, cuando ya me había dejado llevar por la ilusión, y me había instalado cómodamente en ella, hacían su entrada, con paso monótono y sentencioso, como de una procesión religiosa, las consabidas consecuencias de tamaña locura, el escarmiento y la condena posterior que, no cabía duda, significarían. Porque, aunque desbordado por un romance de alcances tan impensados que debía pincharme para convencerme que era real, sabía perfectamente que una cosa sería manejar las mentiras piadosas en el trabajo y con Cecilia, y otra, atreverme a mantenerlas frente a la mirada esperanzada, plena de confianza, de Clarita y Francisco. De hecho, su recuerdo fué lo único que, fugaz, breve, casi intangiblemente, logró, por momentos, empañar las estupendas circunstancias que estábamos viviendo. Y no podía culparme por ello.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5124366712749666178" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/Rx1oYAxHr4I/AAAAAAAAAUs/23UQYrmD98k/s320/b16e.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;La pequeña despensa de la cocina de la cabaña, aunque bien provista, no tenía la variedad suficiente que mis exigencias de chef pretendían. De todos modos, me las arreglé para preparar un suculento guiso de hortalizas y carne ahumada esa húmeda y fría noche. Bebiendo vino tinto, con exquisita música del altiplano sonando, conversamos en un tono íntimo, el de Dardo siempre más confidencial, abundante en reflexiones y referencias a sus abundantes pasiones e intensas experiencias. Yo, a mi turno, me forcé a enriquecer y exagerar mis escasas aficiones y vivencias fuera de mi vida en familia y mi trabajo.&lt;br /&gt;Degustamos la comida a la tibia y rojiza luz de un velón de llama parpadeante, mientras afuera las gotas repiqueteaban sin descanso y Rodríguez engullía su generosa ración de guiso a nuestro lado. Mis bostezos de león nos obligaron a meternos en la cama a poco de comer. Caí rendido cuando la lluvia, fortalecida nuevamente luego de un breve armisticio, golpeaba furiosa el techo, y Dardo comenzaba a relatarme un extraño suceso que había protagonizado en el bosque algunos años atrás.&lt;br /&gt;En medio de la noche, hecho un ovillo como lo estaba bajo la sólida capa de cobijas del camastro, algo en mí percibió el brusco vacío a mi lado. El crujido de los tablones del suelo terminó por despabilarme justo para ver la sombra de Dardo deslizarse fuera de la habitación y oír la doble puerta que daba al exterior abrirse con un sigiloso rechinar. Cuidando de no hacer el más mínimo ruido, me agazapé hasta la ventana. La hoja de vidrio, completamente empañada, apenas si permitía divisar la sombra de Dardo. La limpié con un torpe manotazo y allí estaba él, de espaldas a mi puesto en la penumbra, meciéndose nerviosamente, sus piernas a puro trote sin moverse de su sitio, uno de sus brazos envolviendo con fuerza su torso, el otro apoyado contra el pecho, la mano tapando su boca, como si ahogara gemidos sordos. Mi corazón se agitó ligeramente al verlo sumido en esa suerte de trance, pero, salvo observarlo de esa manera clandestina, no me atreví a hacer nada. Así continuó durante unos instantes, hasta que se tomó de la cabeza y, violentamente, se dobló en dos. Dando saltitos de rana, agachado, permaneció algunos minutos más, hasta que, resuelto, se incorporó, se sacudió como quitándose algo de encima y entró, y yo me zambullí veloz dentro de la cama. Sus pies descalzos, helados, tocaron los míos cuando hizo lo propio.&lt;br /&gt;- ¿Dardo, estás bien? - pregunté con voz ronca.&lt;br /&gt;- Sí, todo en orden, fui a tomar un poco de agua. - susurró. - El guiso me dio una sed bárbara. Dicho esto, besó mi mejilla y me rodeó con un brazo acurrucándose fuerte, dispuesto a retomar el sueño sin más. Permanecí con la vista perdida en la penumbra mientras, lejana, oía la lluvia, empujada por violentas ráfagas de viento, golpear la cabaña desde todas direcciones. No conseguí dormirme sino hasta mucho después.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5124367116476592018" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/Rx1ovgxHr5I/AAAAAAAAAU0/tSJqlOWHi50/s320/b16c.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;La tempestad no amainó en la mañana. Cuando desperté su furia se había incrementado, el viento bramaba, como queriendo barrer con la caseta, y una cortina de agua sólida y pesada como el concreto, confirmaba lo que ya nos habían anunciado. Meneé la cabeza, tratando de alejar el aturdimiento matinal. El fuerte y tibio aliento de Dardo me dio los buenos días, al inclinarse y morder mis labios resecos.&lt;br /&gt;- Uh, pero ¿qué comiste, hijo de puta? - aullé.&lt;br /&gt;- ¡Lo mismo que vos, pedos de trueno! - ironizó, y se escabulló, travieso, dentro de las cobijas. Rodríguez saltó encima de la cama y su lengua se dirigió a mi cara. Los dedos de Dardo, fuertes y vivaces, clavados dolorosamente en mí, juguetearon con mis zonas sensibles, provocándome cosquillas, deshaciéndome en eléctricas contorsiones y estridentes carcajadas. Las sacudidas y los ensordecedores ladridos de Rodríguez festejando nuestro juego acabaron con mi pereza matinal, y me despabilaron por completo. Dócilmente dejé que Dardo me desnudara. Retiró cada prenda con una lentitud ceremoniosa, como en un rito solemne, tomando pequeñas pausas para reverenciar con sus labios la piel que iba quedando al descubierto. El frote de la tela desgastada, la tibieza de sus maneras pronto consiguieron mi mansa erección, y entonces allí estábamos, enfrascados en un nuevo round amoroso. Nuestra seguidilla de encuentros íntimos fué dejando atrás su inicial y desesperado ardor para convertirse, ahora, en un goce difícil de describir con palabras, pero más fácil de dilatar y retrasar en la práctica. Ya no hacía falta demasiado para saber lo que le agradaba al otro, cada uno parecía conocer bien el camino a nuestros puntos cumbres, al modo de explorarse, a los sitios donde detenerse. Nuestros hambrientos cuerpos se habían vuelto terrenos que ya casi no guardaban secretos para ninguno de los dos, y, al celebrarlo, dábamos rienda suelta, sin tapujos, a nuestros deseos. Mis propios prejuicios, volatilizados, habían otorgado su enorme espacio vacante a la vertiente de pasiones que con cada entrega crecía en intensidad y audacia. Y, definitivamente, ya no me engañaba. Si antes el miembro de un hombre era lo que ni en sueños me hubiese atrevido a considerar siquiera, al menos allí, en ese sitio remoto, la pija de Dardo había perdido toda su carga de cosa prohibida, de tabú, y no sólo me atraía tanto o más que cualquier otra región de su ser, sino que había logrado fascinarme hasta un nivel desconocido cuando penetraba en mí. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt; &lt;/div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5124372111523557282" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/Rx1tSQxHr6I/AAAAAAAAAU8/h4vFjJmUfK0/s320/b16f.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Un duelo sexual intenso, ininterrumpido, tan amoroso, salvaje e indiferente a todo como el diluvio universal que se registraba afuera, fué lo que mantuvimos la mayor parte de aquel día, aislados como lo estábamos, en aquella pequeña y cálida habitación. Dardo no tuvo reparos en ir cada vez un poco más lejos al verme acceder, gustoso, a todas sus proposiciones.&lt;br /&gt;Tomamos oportunos descansos y pausas para reponernos, asearnos, comer y charlar animadamente. Entre risas, durante esos momentos de cálida tregua miramos fotos y jugamos partidas de dados como en los días grises de verano en la quinta, y los matizamos con dulces mates y bizcochos de grasa. Cada tanto, sin que Dardo lo percibiera, aprovechaba para contemplarlo y sonreía complacido, mientras, ingenuamente, me apretaba el brazo con fuerza para asegurarme de que realmente me encontraba allí, y que era yo quien lo estaba viviendo.&lt;br /&gt;Nos encontrábamos en medio de una ferviente generala cuando el cielo comenzó a abrirse. Exultante por haber arrojado una escalera servida, mis ademanes festivos se cruzaron con los ojos de Dardo, que se hallaba de cara a la ventana, embelesado. Giré, curioso. Mi vista quedó enceguecida, toda mi piel se erizó. Un extraordinario y cegador juego de luces se desarrollaba delante de mí. Por entre las montañas y el plata de las nubes de consistencia azucarada y vaporosa se erguía un perfecto y esplendoroso arco iris. Melodiosos acordes, como de violín, llegaron a mis oídos y se unieron a la fantástica escena, enfatizando su carácter de ensueño, su magia implícita. Tragué saliva y volví a mirar a Dardo, que sonreía con su ternura acostumbrada. Me tendió su mano con complicidad, invitándome a acompañarlo. Se detuvo una fracción de segundo para subir el volumen de la música y luego, sólo ataviados con nuestras raídas camisetas y gastados calzoncillos, salimos a la galería. Se inclinó en una ceremoniosa reverencia en tanto yo lo contemplaba, entre divertido y extrañado. Me rodeó por la cintura, tomó con suavidad mi mano y, con toda naturalidad, me instó a bailar. Reí, nervioso, y me ruboricé. Estúpidamente, opuse una leve resistencia que desintegró succionando mis labios y asiéndome más fuerte aún. Me observó con gesto burlón, besó la punta de mi nariz y enterró su barbilla en el nacimiento de mi cuello.&lt;br /&gt;- Ridículo. – musitó.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5124489896706682802" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/Rx3YaQxHr7I/AAAAAAAAAVE/rGnyaiD9_Lc/s320/819790_colours_all_around_us.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Nos mecimos, mansos, girando lento, nuestras miradas, sólidamente enlazadas, nuestros pies, desnudos, tocándose, encimándose, apenas desplazándose sobre los tablones húmedos y fríos. La voz, grave, cautivante y sugestiva, en un inglés que apenas comprendía, deliciosamente entonaba: &lt;em&gt;Starry, starry night, paint your palette blue and grey, look out on a summer's day, with eyes that know the darkness in my soul...&lt;/em&gt; Y fué arrullándome, envolviéndome como una manta tibia, y más aún cuando los labios de Dardo rozaron, tenues, mi oreja, y su voz pronunció, aterciopelada, las palabras que en él sonaron más dulces, más justas. &lt;em&gt;Now I understand, What you tried to say to me, And how you suffered for your sanity, And how you tried to set them free...&lt;/em&gt; Inmóvil, hipnotizado, incapaz de pestañear para no desperdiciar ni un sólo instante de ese momento que quería apresar y eternizar fué que distinguí mi reflejo. El panel de vidrio de la puerta me devolvía la imagen translúcida, casi fantasmal, de un Rodrigo joven, resuelto, pleno de ilusión y felicidad, apoyado sobre las espaldas de quien, aunque no lo admitiera todavía, había capturado su ingenuo corazón.&lt;br /&gt;&lt;em&gt;For they could not love you But still your love was true And when no hope was left inside On that starry, starry night You took your life as lovers often do...&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Y mientras girábamos y la música nos elevaba unos cuantos centímetros del suelo helado, y ráfagas de gotas tenaces caían aquí y allá, la vida, me daba cuenta, ese día, se había afanado por revelarme un catálogo completo de dicha sabia, de júbilo sosegado, de pasión ardiente, en compañía. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5124490175879557058" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/Rx3YqgxHr8I/AAAAAAAAAVM/t5tw-UkpFBA/s320/640455_a_bright_rainbow_at_dusk.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Y había conseguido convencerme de que era posible.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;They would not listen They're not listening still &lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;Perhaps they never will...&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;Continúa.&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Fotos: Stock Xchange&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;y seancody.com&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-6986165982872855747?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/6986165982872855747/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=6986165982872855747' title='6 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/6986165982872855747'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/6986165982872855747'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2007/10/nadie-te-amar-como-yo-16a-parte.html' title='Nadie te Amará como Yo - 16a. parte'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://bp0.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/Rx1nygxHr2I/AAAAAAAAAUc/96rNtCH8sAA/s72-c/b16.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-2751735730959800683</id><published>2007-10-07T16:27:00.001-07:00</published><updated>2007-10-07T17:10:25.696-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Historias de la montaña Brokeback'/><title type='text'>Nadie te Amará como Yo - 15a. parte</title><content type='html'>&lt;div&gt;&lt;a href="http://bp0.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/RwlswgxHr0I/AAAAAAAAAUM/Cb9SwAYPJY8/s1600-h/blog15b.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5118742032168759106" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/RwlswgxHr0I/AAAAAAAAAUM/Cb9SwAYPJY8/s400/blog15b.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Con cada vía explorada, cada palmo del cuerpo adorado, cada orificio colmado, el sexo con otro hombre había dejado de ser un tabú infranqueable para convertirse en la encarnación del encuentro más profundo que, estaba seguro, podría lograr alguna vez con otro ser humano. El enorme, temible castillo que durante tantísimo tiempo yo había ido construyendo con ladrillos hechos de una amalgama de frustraciones, miedos y represiones de todo tipo para allí encerrar mis pasiones más ardientes, se había desmoronado de manera natural, erosionado por el caudal de emociones intactas, contenidas, pacientemente guardadas, que se habían desatado en la celebración más gloriosa que alguna vez hubiese podido imaginar, barriendo con hasta el último de sus cimientos. Nuestros pechos se henchían y relajaban cadenciosamente, mientras yacíamos rendidos, empanados de granitos de arena, bañados en sudor y fluidos corporales, arrebatados por un sopor embriagador que nos mantenía inmóviles y sólidamente unidos aún. Dardo, su mejilla apoyada sobre la unión de mis tetillas, su rostro cubierto por el pelo húmedo y enredado que yo no dejaba de acariciar, emitía al dormitar un ronquido lánguido, muy suave. Absorto, ensimismado, sin perturbar su ensueño, paseé la mirada por la situación idílica pergeñada en derredor mío. El horizonte se hallaba al nivel de mis ojos, y sin embargo, extraña y gratamente a la vez, mis sentidos me tenían elevado muy por encima del cielo. Ahí estaban, el lago, armonioso, resplandeciente, su superficie lisa, como la de un espejo perfecto, su arrullo hipnótico, errático, al romper y retirarse con una tímida, minúscula ola, de la orilla. El siseo de los alerces, cipreses y pinos, al mecerse sus ramas con la brisa tibia. Las paredes verdes, luego amarronadas e inalcanzables, del muro de montañas que nos rodeaban y parecían querer protegernos, mantenernos a salvo de cualquier presencia humana. El cielo, de un azul abrumador, regado por translúcidas nubes en miniatura, como de ilustración de cuento infantil. Sonreí. El mundo real había desaparecido, dejando, en su lugar, un escenario de fantasía, un paraíso de fábula, un regalo de la Creación. La confabulación que había, desde algún remoto lugar del universo, pactado nuestro anhelado encuentro, elegía el sitio ideal, trazando un fantástico paralelo con aquella carpa a orillas del arroyo marrón y sinuoso. Y todo por una simple decisión. Nada más, y nada menos que porque lo había &lt;em&gt;elegido&lt;/em&gt;. ¿Podían nuestros deseos haber llegado a tanto? No quería respondérmelo. No, al menos, todavía. Todo, de pronto, se había vuelto tan bello, tan acogedor, tan sublime, que, de demorarme pensándolo un segundo más, temí desaparecería desvaneciéndose en el aire, como un hechizo que llega a su destino fatal.&lt;br /&gt;Lejos de lo que constituye mi vida acostumbrada, el mundo, allí, se aparecía tan distinto, sólo atento a mis deseos y dispuesto a saciarlos, y cuánto más simple, más natural, más claro, más acorde a la vida deseada, la casi perfecta.&lt;br /&gt;- Parecemos los únicos en el mundo, ¿no? - balbuceó un somnoliento Dardo, con sus ojos pegados.&lt;br /&gt;Lo miré un instante antes de hablar.&lt;br /&gt;- Pensaba exactamente en eso... - comenté, lanzando un profundo suspiro.&lt;br /&gt;- ¿Qué te hizo venir, Rodri? - disparó, directo.&lt;br /&gt;Me sorprendió y tardé en reaccionar.&lt;br /&gt;- ¿Cómo, qué me hizo...? &lt;em&gt;Vos&lt;/em&gt;, boludo.&lt;br /&gt;Gruñó. - Eso es quién. Yo te estoy preguntando &lt;em&gt;qué&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;Suspiré otra vez. Eran tantos y, a la vez, tan pocos los motivos que no sabía de qué manera contestarle.&lt;br /&gt;- ¡Yo qué sé, hincha pelotas! Vine, ¿no te basta eso? - con mis dedos sacudí su pelo.&lt;br /&gt;- Sí y no. - entreabrió los ojos. - ¿Por qué te casaste?&lt;br /&gt;Tragué saliva estrepitosamente. - Porque me enamoré, ¿por qué va a ser?&lt;br /&gt;- ¿Y con cuántas saliste antes de concretar?&lt;br /&gt;- ¿Cuántas?... Qué sé yo, un montón... - mentí.&lt;br /&gt;- ¿Y sos feliz?&lt;br /&gt;- Claro que sí, bolas, tengo una familia...&lt;br /&gt;- Seguro... - Sus dedos juguetearon con mis pezones erectos.- Y decime, en todos estos años, nunca...?&lt;br /&gt;- Ni en todos esos años ni después. - lo interrumpí secamente, adivinando a dónde se dirigía. No comprendí mi tono ridículamente defensivo.&lt;br /&gt;Me escudriñó con una mueca de duda.&lt;br /&gt;- Qué suerte tuviste. - dijo luego, melancólico. Hizo una pausa para girar apenas y acomodar su cabeza sobre mi hombro. -Yo, en cambio... aguanté unos años, como cuatro o cinco, hasta que no dí más, entonces, al carajo los estudios de ingeniería y proa a América central.&lt;br /&gt;-¿Y, qué onda? - inquirí, no muy seguro de querer saber.&lt;br /&gt;- ¡Jah! La peor, de parte de mis viejos... nunca aceptaron que echara por la borda todos esos años de estudio y me fuese a Costa Rica, nunca... y después, allá, de todo un poco...  vendí ropa,  trabajé como chofer, y, de tanto andar, conocí un tipo, en un bar... lindo, pero que resultó ser mucho más cagón que yo. - rió débilmente. - Salimos, sí, hasta que su miedo eterno, irremediable, insoportable, arruinaba todo lo que emprendíamos, cualquier cosa que intentáramos compartir, ¿qué podía pretender con alguien como él? Así que, para olvidarlo, o para seguir huyendo, no sé bien, me fuí a Perú por otro laburo que pude conseguir, como acompañante turístico, y en Lima conocí a César. Vivimos juntos, no estuvo mal, hasta que descubrí que me engañaba con el mejor amigo que me había hecho yo allá, ¿podés creer? Entonces, listo, se acabó, a la mierda con todo, agarré mis valijas y volví a Buenos Aires.&lt;br /&gt;- Uh, qué de trotes... también, vos, si hubieras elegido una vida más ordenada, más tranquila... - murmuré, disfrazando mis celos con un comentario cargado de estúpida moralina. Inmediatamente me odié con toda el alma. Dardo se plantó con ojos de fuego frente a mí.&lt;br /&gt;- Si hubiera elegido una vida más ordenada... , &lt;em&gt;si hubiera elegido una puta vida más ordenada&lt;/em&gt;, ¿qué? - espetó, tan colérico que me asustó. - ¿Qué?, a ver, explicame... Ah, no lo sabés... pues yo sí... de haber llevado esa vida que vos sí elegiste, ¡ni a palos estaríamos acá, en este lugar de ensueño, amándonos, cogiendo como animales, como deberíamos haber hecho todos estos putos veinte años! - Las gotas de su saliva me obligaron a pestañear nerviosamente. - ¿O me vas a decir que viniste hasta el orto del mundo solamente para disculparte por lo que pasó en tu auto, frente al río, y de pronto, no sabés cómo, acá surgió todo? Rodri, ¿Te das cuenta de que tuviste que manejar miles de horas y tragar kilos de tierra para comprobar de que es imposible, im-po-si-ble, desviar una inclinación sexual sólo porque alguien lo dice? Apuesto que hasta anoche estabas tranquilo, orgulloso, de tener un cerebro y una pija tan obedientes a tu estirpe de macho... Pero, fijate vos, eh, cambian las circunstancias, cambia la cabeza. ¿Cuánto llevabas vos haciéndote el distraído, Rodri? ¿cuánto maldito tiempo? - Me escrutó, el ceño fruncido, la boca torcida en un rictus de amargura. No atiné a contestar nada lógico. - Mucho, más de lo que me imagino, ¿cierto? - se incorporó, dándome la espalda. - Yo me la dí de canchero en aquella época... cuando en realidad era un pendejo recagón, que no tuvo los huevos para agarrarte y decirte, caguémonos en el mundo y estemos juntos, aún viéndolo, a gritos, impreso en tus ojos llenos de duda y miedo en la librería del barrio esa puta tarde, aunque &lt;em&gt;Yo lo tuviese marcado a fuego en el corazón&lt;/em&gt;... tenía la cabeza demasiado hecha pedazos por toda la basura de mis queridos viejos, de toda la mierda del sistema... ¿Qué me quedaba? Mis viejos me daban la espalda, a vos ya no te tenía... Irme lejos, la única, con toda mi represión a cuestas, al reverendo carajo a ver el mundo, que hasta sonaba bien cuando lo contaba... cuando la verdad es que huí, huí despavorido, del puto en que me iba a convertir, así ni mis viejos, ni mis amigos ni el resto de mi familia me verían... - rió forzadamente. - Toda ese quilombo para descubrir que cuanto más intentaba esconderme, más desenfrenado me volvía, para confirmar que así me fuera al Congo o al Polo, jamás podría escapar de mi homosexualidad, porque eso era lo que yo era. - Lagrimeaba apenas ahora, pero eso no le impedía descargarse con voz firme, cargada de amargura. - Te digo algo, Rodri, por mí este mundo de hijos de puta se puede ir a la reverendísima concha de su madre. Ya tuve bastante de toda su basura, de toda su crueldad, indiferencia e histeria del orto. ¿Por qué te pensás que me vine acá? Sí, me encantan los lagos y las montañas y no están mal algo de aislamiento y soledad... pero más, muchísimo más, me encantaría compartir todo esto con alguien, y que ese alguien... – giró, y con ojos que eran un caleidoscopio de matices, continuó. - ...que ese alguien sea un hombre que me ame como yo soy capaz de amar... o cerca, al menos. Pero, bueno, no lo logré, entonces, como ya tenía el lugar, me conseguí un perro... y armé mi vida, con un laburo decente, naturaleza a montones, paz, muuucha paz, mate, algún vinito de vez en cuando, y también... - Sonrió pícaramente. - ...mucha, pero muuuucha paja. A dos manos.&lt;br /&gt;Yo continuaba en mi mutismo, incapaz de pronunciar algo que sonara adecuado.&lt;br /&gt;- Puede que sea un hincha bolas, porque no está tan mal después de todo... - Dicho esto, la voz se le quebró como si sus cuerdas vocales se hubiesen cortado de repente. - Lo que no te imaginás es el estruendo que se escucha cuando caigo a veces... de verdad, no te lo imaginás, Rodri...&lt;br /&gt;Me conmovió de tal manera, que por un instante perdí la capacidad de reacción. Luego lo rodeé con mi brazo y lo traje más cerca de mí.&lt;br /&gt;- ¿Cómo no lo voy a imaginar, boludo? - lo consolé. Por fin pude hablar.&lt;br /&gt;- ¿Qué hora es? - inquirió, zanjando abruptamente su congoja. Su gesto apenado desapareció tan rápido como se había hecho presente.&lt;br /&gt;- ¿Hora? No sé, supongo que debemos estar cerca del mediodía...&lt;br /&gt;- Vení, saquémonos todo este enchastre, que los tábanos no deben tardar en aparecer.&lt;br /&gt;Corrió hasta la canoa, hurgó entre sus cosas y enseguida extrajo un pan de jabón blanco. El agua en la orilla estaba muy tibia ahora. Me aproximé a él, tomé el jabón de su mano y lo conduje hasta donde el agua cubría nuestras rodillas. Lo ayudé a sentarse sobre el lecho gris y sorprendentemente mullido, y, con la misma delicadeza y amor que cuando Clara y Francisco eran bebés, lo enjaboné entero, quitando, cada tanto, los sobrantes de espuma con suaves chorros de agua limpia, en tanto él, dócil, manso como la superficie del lago, se dejaba llevar por el delicioso recorrido del agua jabonosa, el lento frote de mis manos sobre su piel que reflejaba los rayos de sol. La melodía de la canción Daniel irrumpió en mi mente de forma tan repentina que, cuando reparé en ello, ya estaba tarareándola en un tímido falsete. Dardo se apoyó sobre sus codos, la cabeza volteada hacia atrás, extendiendo largamente sus piernas, sus labios ensanchados en una sonrisa de relajada satisfacción.&lt;br /&gt;- Tu canción... - dijo dulcemente.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5118742465960456018" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/RwltJwxHr1I/AAAAAAAAAUU/DZguaY61mKs/s400/blog15c.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Asentí. Continué un poco más, mientras restregaba su cabello.&lt;br /&gt;- Sabés... - susurré. - ...lo que te dije, de que una cadena de acontecimientos me trajo hasta acá, es totalmente cierto... de alguna manera, ahora que lo pienso, fué todo tan increíble que hasta me hizo creer, te vas a cagar de risa, en una especie de conspiración, un complot cósmico, no sé, como si algo sobrenatural estuviera digitando todo...&lt;br /&gt;Dardo abrió los ojos y por una décima de segundo me miró desencajado, como si hubiese redordado algo. Tragué saliva, arrepentido, no sabía bien, de qué.&lt;br /&gt;Emitió un silbido y acto seguido señaló, irónico: - ¡Ah, bueno! Mirá cómo le llaman ahora a "eran tantas las ganas de coger con vos que me banqué cualquiera".&lt;br /&gt;- Qué pelotudo sos ... - reí muy a pesar mío. - ... te lo digo en serio! Días antes de recibir el mail de Juanjo invitándome a la reunión de egresados, había pensado en vos, y esa misma tarde subo al auto y adiviná qué tema sonaba en la radio?... - No esperé su respuesta. - ¡Daniel! ¡¿No es de locos?! - El rostro de Dardo se iluminó.&lt;br /&gt;- Sí que es increíble... - comentó, abstraído durante unos segundos. Luego propuso, entusiasta: &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¿Qué tal si comemos? Estoy muerto de hambre. Dardo había preparado unos enormes sandwichs de carne ahumada y queso y unas manzanas que devoramos mientras hablábamos de nuestras vidas, yendo y volviendo en el tiempo, salteándonos años, sucesos, gente, de manera cómplice cuando riendo a carcajadas evocamos momentos juntos. El se refirió a sus aventuras centroamericanas y peruanas, a particularidades y rarezas de la vida en el bosque y la montaña con honda fascinación, y yo me aboqué a detallar apasionadamente los progresos, travesuras y payasadas de mis hijos, y a esbozar generalidades de mis ocupaciones en Buenos Aires. El contraste de su vida plagada de riesgos con la mía me hizo sentir cuánto había pasado por alto, y con eso, el pesado saldo de lo que había quedado en el camino amagó enturbiar el momento.&lt;br /&gt;Desnudos como estábamos todavía, sentados sobre una enorme roca plana, a la sombra de un frondoso ciprés, sólo nuestros ojos cubiertos con anteojos oscuros, me avergoncé cuando una nueva erección comenzó a asomar al estudiar tras los cristales, una y otra vez, el tentador cuerpo de Dardo. Flexioné una pierna, tomé el termo con agua por su asa, bebí un poco y, distraídamente, cubrí con él mis genitales. La parte metálica, helada, tocó mi miembro, obligándome a saltar y aullar amaneradamente. Dardo estalló en una risotada, lanzando lejos parte del bocado que masticaba.&lt;br /&gt;- Rodri viejo y peludo, no cambies jamás, por favor... - se acercó a mí y me dió un beso tierno. Lo festejé, fascinado con mi asombrosa capacidad de aceptación, con ese nuevo ser que le daba calurosa bienvenida a cada situación nueva. Ibamos a comenzar un nuevo round sexual, pero los anunciados tábanos y otros insectos de aspecto amenzante comenzaron a revolotear, fastidiosos. Dardo sugirió vestirnos y comenzar a andar.&lt;br /&gt;Bordeando la accidentada orilla del lago por una media hora llegamos a un arroyito caudaloso, cuyo curso seguimos, para adentrarnos en el tupido bosque. Anduvimos otro tanto hasta que, poco antes del final del arroyo, nos sorprendió un rumor de agua cayendo, en tanto que bocanadas de aire frio y húmedo refrescaron agradablemente nuestras caras. Sorteamos una curva formada por un gran montículo de piedras donde, tras ellas, se erigía, majestuoso, imperturbable, un manantial, un chorrillo que nacía muchos metros más arriba. Dardo me atisbó con sus ojos de niño azorado, buscando lo mismo en los míos.&lt;br /&gt;- ¿Te animás a subir? - inquirió, pleno de entusiasmo.&lt;br /&gt;- ¡Con vos, a donde sea! - manifesté, la respiración agitada, con una alegría que exudaba sinceridad.&lt;br /&gt;Trepamos, yo con dificultad, por una senda formada por los estrechos espacios que dejaban las rocas apiladas una sobre otra que, más allá, se transformó en un caminito propiamente dicho en zigzag, demarcado por la pared de piedra casi vertical a un costado, y una cerca de alerces y todo tipo de arbustos al otro. El origen del chorrillo se hallaba luego de una abrupta y escarpada cuesta al final del recorrido, cuando yo ya me encontraba al límite de mis fuerzas. Demoré más de la cuenta en treparla y Dardo, como ya era habitual, se me había adelantado hacía rato, y, preparando mate, canturreaba con sus pies inmersos dentro de la fuerte corriente de agua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5118741628441833266" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/RwlsZAxHrzI/AAAAAAAAAUE/lpWppMAUa5g/s400/blog15.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;- ¡Ya era hora, plomazo! - exclamó.&lt;br /&gt;- Vas a conseguir que me transforme en gato montés después de ésta... - comenté, resoplando.&lt;br /&gt;- ¿Gato montés? ¡Carnero enclenque, dirás! - bromeó, muy risueño.&lt;br /&gt;Una vez más, reímos a coro. Mi vista enfocó el paisaje que se extendía más allá de Dardo. No había reparado en la altura a la que habíamos llegado, que nos permitía contemplar el cordón blanquiazul y brumoso de la cordillera, un valle allende las estribaciones más cercanas y la panorámica del lago más espectacular.&lt;br /&gt;-¡Dios! - chillé. - ¡Qué belleza!&lt;br /&gt;Dardo asintió con la cabeza y palmeó el sitio junto a él, invitándome a sentarme. Mateamos en silencio, fundidos con la majestuosidad de lo que nos rodeaba, mientras mis pies latían bajo el agua helada.&lt;br /&gt;- Uno se siente más cerca de El, aquí arriba... - señalé, luego de un rato. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Frunció el ceño, y, sugestivamente, anunció.&lt;br /&gt;- Puede ser... aunque a mí me basta con sentirme cerca de &lt;em&gt;Vos&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;Lo miré con gesto pícaro, ruborizado.&lt;br /&gt;- Lo estás, de eso no tenés que preocuparte... - murmuré. Nuestra maratón sexual tuvo un nuevo episodio, menos enardecido, quizá, en el que nuestras bocas apenas se separaron. Cuando eyaculamos, Dardo estaba sentado sobre mi entrepierna, su mentón enterrado en mi cuello, mis brazos como un candado alrededor de sus hombros. Supongo que nos habremos quedado dormidos, porque lo que recuerdo a continuación fué el estruendo de un trueno que nos heló la sangre, seguido de una ráfaga de viento tan fuerte que casi nos levanta por el aire. Desconcertados, temblorosos, miramos encima de nuestras cabezas para advertir un manto de nubes gris purpúreo que, enroscándose sobre sí mismas, en un inquietante movimiento de espiral, avanzaban temerariamente.&lt;br /&gt;- Mas vale que volemos de acá, Rodri. - Se paró como un rayo, metió todo dentro de su mochila y regresamos, en medio de relámpagos que partían el cielo y truenos cuyo eco multiplicaban las montañas. El aguacero, de una fuerza que pocas veces había visto, nos pilló cuando nos acercábamos a la orilla del lago. Remamos sin cesar, esta vez sin apartarnos demasiado de la costa, para poder guiarnos. Dardo amarró la canoa en el momento que la tormenta arreció con todo su ímpetu, y, aunque estábamos empapados hasta los huesos, corrimos hacia la cabaña todo lo que daban nuestras piernas. Yo, completamente a ciegas, en medio de la cortina de agua, no registré el cambio en el ángulo del suelo, ni el resbaladizo lodazal en que se había convertido el sendero. En la ligera pendiente en bajada antes de la caseta patiné y caí rodando, derribando a Dardo en mi derrotero. Giramos como pelota humana hasta que piedras y un gran charco acabaron con la fuerza de nuestra inercia. Una vez que nuestra carrera en picada se detuvo, nos miramos, ansiosos por comprobar el estado del otro. Estallamos en fuertes e inacabables carcajadas mientras la lluvia cumplía su ciclo, apaciguando, fecundando, aumentando cauces, formando infinitas vertientes y alterando por completo mis planes de retorno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Continúa.&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-2751735730959800683?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/2751735730959800683/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=2751735730959800683' title='13 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/2751735730959800683'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/2751735730959800683'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2007/10/nadie-te-amar-como-yo-15a-parte.html' title='Nadie te Amará como Yo - 15a. parte'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://bp0.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/RwlswgxHr0I/AAAAAAAAAUM/Cb9SwAYPJY8/s72-c/blog15b.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>13</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-5965385130785046660</id><published>2007-09-28T09:04:00.000-07:00</published><updated>2007-09-28T12:49:37.097-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Historias de la montaña Brokeback'/><title type='text'>Nadie te Amará como Yo. 14a. Parte</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://bp1.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/Rv0om9nHIZI/AAAAAAAAAT0/xsSlDQfJcQ0/s1600-h/blog14c.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5115289401601499538" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/Rv0om9nHIZI/AAAAAAAAAT0/xsSlDQfJcQ0/s400/blog14c.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Abrí un ojo y la claridad me encegueció. Con la cabeza embotada, como entre algodones, sentí despertar de un largo y acogedor período de hibernación. Estiré con algún esfuerzo mis brazos y piernas entumecidos, que chocaron contra los límites del lugar donde yacía recostado. Encandilado, paseé la vista por lo que me rodeaba. La habitación, inundada por la penetrante luz del sol, cobró vida real mostrándome toda su sencillez y austeridad. El desvencijado catre, tapizado de un revoltijo de mantas, se encontraba junto a la cama cucheta donde yo había dormido, perpendicular al gran ventanal. No pude recordar cómo había llegado yo a parar allí, sí, en cambio, todas y cada una de las instancias previas, que, como en ráfaga vaporosa, desfilaron por mi mente aún aletargada y la sacudieron levemente, rememorando la pasión encarnizada de la noche anterior. Me percaté, así, de mi desnudez bajo la capa de frazadas que me cubría, y ese hecho sólo, causó un hormigueo profundo que no pudo sino revolverme en una convulsión fugaz que hizo que mi cabeza golpeara una de las columnas de la cama. Giré, maldiciendo, y me detuve a mirar largamente una pequeña biblioteca de madera barata, sin barnizar ni tratar, poblada de libros de todos los tamaños, ubicada justo frente a mí. Algunas, pocas, fotografías reposaban sobre los estantes, tapando los lomos de algunos ejemplares y fue precisamente una, la más grande y descolorida, la que ocupaba el centro, la que hizo que me incorporara, sorteando el catre y su revoltijo, y la tomara entre mis manos entumecidas y temblorosas. Entre las paredes de acrílico opaco y muy rayado de un portarretratos pasado de moda se veía a dos muchachitos sonrientes, algo borroneados, bañados por un sol muy amarillo y tomados de los hombros, que mis pulgares acariciaron en un movimiento lento y circular. Dardo, con su flequillo sobre la frente, sostenía un sapo enorme y gris con su mano libre, y yo, con aquella remera azul y roja que por esos días casi nunca me quitaba, empuñaba un palo largo, a modo de bastón de explorador. Nuestros ojos, entrecerrados, brillaban como los reflejos sobre el arroyo marrón a nuestras espaldas, y nuestros mentones, firmes, ingenuamente rebeldes, apuntaban al cielo.&lt;br /&gt;- ¿Te acordás de esa foto? - La voz de Dardo, parado junto a la puerta de la habitación, masticando, con un cúmulo de migas sobre su barba de pocos días, hizo que diera un respingo. Rodríguez se deslizó por entre sus piernas y vino a mi encuentro, derecho hacia mi entrepierna. Lo aparté, acariciándolo, mientras me husmeaba y lamía mis rodillas. Mi mirada turbia estudió a Dardo por primera vez. Vestía una camiseta blanca y el pantalón de su uniforme de guardaparque, y los dedos de sus pies descalzos tamborileaban sobre el piso. La luz, impiadosa, me revelaba los mismos rasgos, bellos, alargados, de la foto, pero subrayados por tenues surcos sobre la piel curtida, un tajo diagonal en una mejilla y una hendidura al final de su ceja derecha. Su sonrisa de dientes blancos y parejos, como de publicidad de pasta dental, esa que siempre me había obnubilado y abrumado, no se había alterado en absoluto, podía decirse que constituía el sello, la marca indeleble de aquel jovencito que no quería abandonarlo todavía, tanto como el pelo lacio, de mechones claroscuros, atado en una cola desordenada. Una puntada en el pecho, certera como una flecha, me estremeció junto a una idea que deseché de inmediato.&lt;br /&gt;- ¿La tomó tu viejo, no? - inquirí, menos curioso que ávido por desalentar cualquier boicot de mi consciencia.&lt;br /&gt;Asintió y dijo, - La segunda vez que viniste a la quinta. ¡Rodríguez, fuera! - ordenó. El perro salió disparado de la estancia.&lt;br /&gt;Meneando la cabeza y contemplando la imagen observé: - Se nos ve felices.&lt;br /&gt;- Lo éramos. - sostuvo con firmeza, aunque la voz le tembló ligeramente. Acomodó el mechón rebelde que proyectaba una sombra su rostro y continuó, cambiando el tono, tratando de sonar divertido. - Te hablaste todo anoche... pero salvo un "tal vez" y un "fuera", no entendí ni medio.&lt;br /&gt;- Menos mal... - repuse. Odiaba esas manifestaciones involuntarias tan mías.&lt;br /&gt;- Y tu culo dió un festival de cañonazos. ¡Casi te levanto un acta por alterar la paz del bosque! - señaló, burlón, mostrándome las dos hileras de dientes perfectamente alineados.&lt;br /&gt;La cara me ardió de vergüenza, me puse de pie y manoteé una cobija para cubrirme.&lt;br /&gt;- No te enojes, boludito, es lo más normal del mundo... además, viniendo de tu retaguardia... mmmmm! - Me tranquilizó, sugestivo, arqueando una ceja, y torciendo sus labios en una mueca de lujuriosa aprobación.&lt;br /&gt;Lo fulminé con seriedad, mordiéndome nerviosamente. Avanzó hacia mí de un salto, hundió sus manos entre mis nalgas y me besó con fruición.&lt;br /&gt;- Qué trolo que sos. - murmuré, esquivando sus labios.&lt;br /&gt;- Sí, claro, yo sólo... - Dijo. Lo escudriñé, fingiendo enfado, en los escasos diez centímetros que nos separaban. Exploté, liberando una llovizna de saliva que lo empapó. Reímos, cómplices, y nos estrechamos aún más. Mi miembro, erguido por una súbita erección, chocó contra los pliegues de su pantalón.&lt;br /&gt;- Aápa, cómo estamos, ¿eh, Leiva? - continuó besándome, su aliento sabía a pan. - Vestite con ropa liviana, dale, que nos vamos de excursión.&lt;br /&gt;- ¡Upa! ¿De excursión? - exclamé, entusiasmado. - ¡Qué bien! ¿Y se puede saber a dónde?&lt;br /&gt;- Seguro. - me contestó, desafiante. - &lt;em&gt;Al paraíso&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;Enigmático, desapareció hacia el cuarto contiguo, y mientras sonaba un febril estrépito de trastos y cubiertos que se apoyaban y llenaban, puertas de armarios que se abrían y cerraban, y un tentador aroma a pan tostado invadía mis fosas nasales, tomé mi ropa y me vestí velozmente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5115287971377389954" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/Rv0nTtnHIYI/AAAAAAAAATs/LcmPq9gdFbM/s400/blog14.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;El fresco aire matinal se había extinguido cuando emprendimos la marcha por el sendero descendente. Una brisa tibia, limpia y prometedora reinaba ahora, y un sol esplendoroso lo iluminaba todo, en una sinfonía de destellos que partía de cada hoja, cada pétalo, cada charco, cada gota, que Rodríguez, trotando a la par nuestra, se encargaba de olfatear sin descanso. El caminito, a poco, se internó en un bosque muy cerrado, de árboles altísimos, convirtiéndose en una pendiente revestida de pastos altos que fue pronunciándose y torciéndose por entre grandes arbustos espinosos. Insólitamente, ante la visión de un par de mariposas revoloteando aquí y allá, me invadieron unas inexplicables ganas de cantar, pero, consciente de mi incapacidad canora, no lo hice, y tarareé, en su lugar, para mis adentros, la melodía de una canción que mucho después identifiqué, pero de la cual, en ese momento sólo podía recordar la fonética del estribillo que decía, &lt;em&gt;I wanna know what love is, I want you to show me&lt;/em&gt;...&lt;br /&gt;Dardo, ágil, con paso marcial, se me había adelantado unos cuantos metros, para cuando salí, jadeando, de la empinada subida que atravesaba el bosquecillo. Me detuve a recobrar el aliento para divisarlo aguardándome sobre un promontorio rocoso, en un recodo del sendero, con los brazos abiertos en cruz, exultante de alegría.&lt;br /&gt;- ¡Bienvenido al paraíso! - exclamó, invitándome a acercarme. Apuré el trecho que me separaba esquivando las traicioneras piedras sueltas que parecían formar una escalera hasta el lugar. Atiné a mirar cuando, rodeándome con un brazo, agregó: - Aquí es donde la Creación se demoró un poco más a esmerarse... &lt;em&gt;para vos&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;Su palma, blanca y lisa, indicaba el escenario que se desplegaba ante nosotros, más allá del acantilado. Un lago de un azul intenso en el centro, y verde esmeralda en sus orillas, se extendía, altivo, por entre elevaciones redondeadas, tapizadas por una profusión de pinos y alerces, las cuales, antes de tocar el cielo turquesa rabioso, devenían en un cordón de achatadas cimas forradas de nieve, tan majestuosas como incólumes. Tragué saliva. La espectacular visión me cortó la respiración, tanto como el viento que, soplando violento, se alzaba desde abajo embolsando nuestras camisetas y pantalones, zarandeándonos como si fuéramos banderines.&lt;br /&gt;- Increíble, ¿no? - me consultó, anhelante.&lt;br /&gt;Fruncí mis labios en un gesto que fue menos de maravillada aprobación, que de conquistado alivio, como si el espectáculo que tenía ante mis ojos por fin me hubiese permitido desembarazarme de aquella presencia espectral, amenazante, que había percibido durante el viaje hasta allí, y, en su lugar, otra, plena de luz y satisfacción, desde algún puesto oculto en ese vergel nos contemplaba complacida, bendiciendo nuestra unión. Permanecimos así, inmóviles, mudos, hasta que, casi logrando que pierda el equilibrio, Dardo me empujó y chilló, antes de salir a la carrera:&lt;br /&gt;- ¡Puto el último que llega!&lt;br /&gt;Eché a correr tras suyo todo lo que daban mis piernas, evitando caer con cada raíz, planta, arbusto o rama que se cruzó en mi persecución, y aunque fui ayudado por el ángulo que fue tomando la dirección que Dardo, cual liebre, recorría a una velocidad envidiable, me fue imposible alcanzarlo. Con la respiración entrecortada y el pecho retumbándome, empapado en sudor, llegué a un claro salpicado de flores amarillas donde abruptamente reduje el ritmo de mis pasos. Los únicos sonidos eran el de mi agitación y el zumbido de algún abejorro. Un alarido que surgió desde arriba me heló la sangre, y, enseguida, Dardo cayó con todo su peso sobre mi espalda. Un corcoveo, un par de oscilaciones, una corrida en zig zag, hasta que pude recuperar la postura sin que el golpe y su peso me tumbaran al suelo. Rodríguez también surgió de la nada ladrando con desesperación.&lt;br /&gt;- ¡Dardo y la puta que te parió!&lt;br /&gt;- ¡Arre, arre, &lt;em&gt;Silver&lt;/em&gt;! Sooo, sooo... - gritó, entre risas, sacudiéndose como vaquero de rodeo.&lt;br /&gt;Y entonces, recordé, y comencé a girar enloquecidamente, dando vueltas sin parar, y reí, reí con ganas, y Dardo aulló, prendido de mi cuello, sus piernas atenazadas contra mi cintura, y, antes de que decidiera que ya había tenido suficiente, perdí pie, y juntos rodamos sobre la hierba mullida. Sin poder parar de reír, percibí los lastimosos resoplidos de Dardo, su nuca apoyada sobre uno de mis muslos, sus dedos que tantearon los míos y se entelazaron con fuerza.&lt;br /&gt;- Eso es traición, maricón... - murmuró débilmente. - ...del orto.&lt;br /&gt;- Te lo merecés por conchudo. - espeté, atisbando el cielo destellante, contento de haber recordado uno de sus talones de Aquiles, las náuseas que le producían los giros en trompo.&lt;br /&gt;- Bala pedorrero... - disparó.&lt;br /&gt;- Guardabosques cagón. - contraataqué.&lt;br /&gt;- Forro...&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Tragasables...&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Callamos. El único ruido, como canción de cuna, era ahora el suave oleaje del lago rompiendo contra la orilla que se vislumbraba por detrás de una hilera de alerces.&lt;br /&gt;- Mi monstruo del lago azul... - se incorporó, con los ojos llameantes tras los vidrios sucios de sus anteojos. Su mirada, enajenada, tan misteriosa y translúcida como cercana y lejana, por enésima vez, me hipnotizó, encendiéndome de deseo carnal, hambriento de llenarme de él, de hundirme en el cobijo de su cuerpo.&lt;br /&gt;- ... &lt;em&gt;mi&lt;/em&gt; Rodri putito. - continuó.&lt;br /&gt;- Pará, ¿cómo putito? - actué un enfado. - ... &lt;em&gt;muy&lt;/em&gt; putito, querrás decir... - agregué, incrédulo ante mi fescura.&lt;br /&gt;Sus dientes chocaron los míos, sus dedos se enterraron en mis mejillas. Se paró de un salto como de judoka, me tendió una mano que con energía inaudita tiró de mí hasta ponerme de pie, haciéndome trastabillar del impulso.&lt;br /&gt;- ¡Dale, apurate! - sugirió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5115290178990580130" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/Rv0pUNnHIaI/AAAAAAAAAT8/Ap8taZAoYSc/s400/blog14b.jpg" border="0" /&gt;Me sacudí la tierra del cuerpo y lo seguí hasta la costa donde, entre tallos y juncos, una canoa roja con un emblema indígena nos esperaba. Con el calor del sol apretando con dureza nos alejamos de la orilla dejando a Rodríguez contemplándonos mansamente, y remamos sin descanso hacia el centro del lago, y desde allí, trazando una diagonal, hasta una playa de grandes rocas y arena, oculta por una gran saliente de montaña. La proa se frenó al tocar los guijarros que poblaban su orilla. Dardo se desnudó, veloz, arrojando desenfrenadamente su ropa sobre el piso de la embarcación, escudriñándome con complicidad.&lt;br /&gt;- ¿Qué esperás? - inquirió con prisa.&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Me deshice de mi mochila, y en cuestión de segundos estaba con los genitales al aire. La brisa caliente me hizo cosquillas aumentando la reconfortante sensación que me provoca la total desnudez. Dardo brincó fuera de la canoa, trepó la enorme piedra a nuestra izquierda y, con movimientos de experto nadador, se zambulló de cabeza al verde agua del lago. Presa de un ansia tan infantil como risueña, lo seguí torpemente, mis pies no estaban acostumbrados a la aspereza del terreno. En el momento en que me preparaba para un chapuzón de clavadista, patiné y caí totalmente despatarrado, golpeando dolorosamente el agua con mi panza. El frío del agua me cortó la respiración. Manoteando, nadé desesperado hasta la superficie para encontrar a Dardo haciendo la plancha, completamente muerto de risa.&lt;br /&gt;- ¡Está &lt;em&gt;helada&lt;/em&gt;, la puta madre! - aullé.&lt;br /&gt;- Qué porteño más marica resultaste vos, al final, che... - comentó, soberbio.&lt;br /&gt;Lo hundí antes de que terminara de hablar. Emergió embravecido, escupiendo un gran chorro de agua que dió de lleno en mis ojos, luego se elevó tomándose de mis hombros y me sumergió con fuerza. Allí aproveché para tantear sus pies escurridizos y, cuando pude atraparlos, tiré de ellos, obligándolo a dar una vuelta de carnero submarina. Así, forcejeando, jugando como chiquilines, seguimos durante un buen rato, hasta que, atemperando el combate, mientras quitábamos el exceso de agua de nuestros ojos, descubrimos en el otro una mirada en la que bramaba un mensaje tácito, una orden como un chispazo que, no necesitando de nada más de tan elocuente, fué la mutua señal que nos condujo, chapoteando ruidosamente, hasta la pequeña playa en forma de U. Allí, rendidos y jadeantes, nos dejamos caer uno encima del otro, bajo un sol centelleante y abrasador, hirviendo de deseo, obedeciendo nuestra avidez del uno por el otro, como dos animales asaltados por un repentino celo salvaje, instintivo, que jamás antes yo había experimentado. Un cortejo breve preludió un apareamiento tan interminable como apasionado, en el que, siguiendo la avezada guía de Dardo, probamos, una a una, todas las maneras y modos imaginables de unirnos, y, así, yo dentro suyo, él dentro mío, alternamos un salvaje enroque de nuestras cavidades y protuberancias tan húmedas como sedientas. Febril, bestial, feroz y amorosamente  envueltos en esa cópula repetida y exquisita, sólo la abandonamos cuando la embriaguez llegó al punto en que, exhaustos y sudorosos, nos dejó jadeando profusamente sobre la arenisca.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Si hacer el amor había cobrado, para mí, un nuevo significado la noche anterior, esa mañana cálida y luminosa me brindó la acepción más literal, más cabal, la más fascinante, por lejos, de lo que era, realmente, el sexo propiamente dicho, lo que era &lt;em&gt;coger de verdad&lt;/em&gt;.  &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;Continúa&lt;/em&gt;.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-5965385130785046660?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/5965385130785046660/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=5965385130785046660' title='8 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/5965385130785046660'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/5965385130785046660'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2007/09/nadie-te-amar-como-yo-14a-parte.html' title='Nadie te Amará como Yo. 14a. Parte'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://bp1.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/Rv0om9nHIZI/AAAAAAAAAT0/xsSlDQfJcQ0/s72-c/blog14c.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>8</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-6452740901820877875</id><published>2007-09-12T16:35:00.000-07:00</published><updated>2007-09-12T17:18:21.637-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Historias de la montaña Brokeback'/><title type='text'>Nadie te Amará como Yo - 13a. parte</title><content type='html'>&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://bp2.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/Ruh4bi-ecnI/AAAAAAAAATM/U0MAwZs1VKk/s1600-h/172339_see_the_stars.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5109466191892476530" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/Ruh4bi-ecnI/AAAAAAAAATM/U0MAwZs1VKk/s400/172339_see_the_stars.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Los dedos de Dardo se cerraron sobre mi mano desatando, para mi estupor, un abanico de fantasías apasionadas que se tradujeron de inmediato en un desfile de representaciones tan explícitas como cautivantes, uniendo alguna región de mi alborotado cerebro con mi entrepierna a la velocidad de un relámpago. Reprimí un temblor, mi pulso se aceleró, el corazón comenzó a palpitarme como un tambor redoblante y me puse rígido como una momia. Iba a decir algo para distraer su atención de la profusión de ondas electromagnéticas que, como &lt;em&gt;géiser&lt;/em&gt; yo sentía que emanaba, pero cuando abrí la boca me di cuenta de que mi voz se había atascado en un océano de saliva que luchaba por tragar. Así fue que, durante el trayecto que siguió viajamos con nuestras manos entrelazadas, yo al borde de la parálisis de tan tieso, incapaz de proferir una sola palabra, pero radiante de una alegría tan extraña que pensaba que en algún momento estallaría en convulsiones. De alguna manera, durante ese breve lapso de tiempo, el silencio recíproco que reinó fue el símbolo de un entendimiento tácito, de algo como una amnistía elegida, desprovista de cualquier pretensión indulgente o de algún reclamo esclarecedor. Estábamos el uno junto al otro, y, sin que hubiese necesidad de explicitarlo ni mencionarlo, para ambos esa elección parecía ser suficiente.&lt;br /&gt;Mientras la camioneta se desplazaba dando esporádicos tumbos comprobé que me hubiese resultado imposible orientarme en la negrura de ese territorio desconocido y hostil de no darse nuestro accidental encuentro. Una vez más recordé las sabias recomendaciones de Juanjo al observar de reojo a Dardo sortear sin dificultad el laberíntico trecho plagado de hondonadas y pozos gracias a la doble tracción de las ruedas. El último desvío que su conocimiento del rumbo le permitió adivinar sin aminorar la marcha nos condujo a una cabaña que repentinamente surgió de en medio del espeso follaje. Los potentes faros del vehículo dieron cuenta de una construcción de troncos pequeña, apoyada sobre postes que la separaban unos pocos centímetros del suelo, con una galería en su frente y un pronunciado techo a dos aguas. Dardo se apresuró a apearse y correr a la caseta, yo me demoré un poco en mi andar oscilante y taciturno, y, para cuando apoyé un pie en los escalones de la entrada, él ya había encendido un potente sol de noche que iluminó una habitación provista de un escritorio, un par de sillas, un equipo de radio, varios armarios, una pequeña salamandra y una pared cubierta de  folletos, fotos, y hojas con información.&lt;br /&gt;- Bueno... - exclamó, mientras acomodaba y hacía lugar. - ¡Bienvenido a mi guarida!&lt;br /&gt;- ¡Gracias! Linda... - repuse, sin saber bien qué decir - Ahora, yo...&lt;br /&gt;- Sí, ya sé. No te muevas. - y corrió hacia una puerta al final de un corto pasillo, de la que regresó al cabo de unos cuantos minutos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5109466625684173474" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/Ruh40y-ecqI/AAAAAAAAATk/x1ItVcPDQRA/s400/855413_candle_light_6.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Perdoname, ya está. - dijo, y avanzó decidido hacia mí. Se paró en seco, acomodando las gafas que amenazaban con deslizarse por la pendiente de su nariz. Observó por unos segundos el ahora alumbrado espectáculo de mi aspecto antes de seguir. - Pero, ¿Dónde carajo anduviste vos, me querés decir?&lt;br /&gt;Solté una risita antes de explicarle. - Lo que ves es el resultado de una cadena de incidentes casuales...&lt;br /&gt;- Sí, me imagino... ¡qué pibe éste, por Dios! Levantá los brazos. - me ordenó, su boca torcida en un gesto de picardía.&lt;br /&gt; Tiró del sweater y lo arrojó al piso y luego hizo lo mismo con los zapatos y los calcetines impregnados de barro negro. El corazón comenzó, una vez más, a batir con fuerza, y tuve que tragar repetidamente para aflojar la rigidez que también amenazaba con apoderarse de mí. Me quitó la camiseta, y no pude detectar en su proceder rastros de lascivia o gesto de seducción alguno.   &lt;br /&gt;- ¡Guacho, te mantenés en forma, eh! - exclamó, sincero, al ver mi torso desnudo. Sonreí y me ruboricé ligeramente. Por su proximidad no podía no oir los rugientes y delatores sacudones de mi pulso cardíaco, no registrar mi piel de gallina o el ligero temblor que me estremecía. En el momento en que sus dedos tomaron del cierre relámpago de mi bragueta, retrocedí como si me hubiesen aplastado un dedo del pie, golpeando mi cabeza con la pared con un ruido sordo.&lt;br /&gt;- Listo, seguí vos, cuando te llame vení para atrás. - me indicó, girando con enfado, para desaparecer tras la puerta del fondo.&lt;br /&gt;Me saqué los pantalones sintiéndome un imbécil, odiando mi reacción de chiquilín. Un rosario de maldiciones desfiló por mi cabeza, dándole un sentido más concreto y acabado. Repelotudo, forro, idiota, cagón del orto, entre todas ellas, las que se me ocurre más pintaban mi ridícula estupidez. Había quedado en mis calzoncillos blancos de primera marca cuando Dardo pronunció mi nombre. Caminé con lentitud, taciturno, mis maltrechos pies descalzos aliviados por el frío del piso de madera, elucubrando mis próximas fechorías, hasta la reducida y fría habitación donde Dardo me esperaba, echando baldes de agua humeante dentro de una especie de tina metálica de formas redondeadas. La llama de un farol otorgaba una tonalidad rojiza, como de sauna, y había un débil aroma dulce, como de vainilla, flotando en el aire.&lt;br /&gt;- Es algo chica para tus dimensiones, sabrás disculpar el deficiente servicio... - ironizó. - Pero te va a hacer muy bien, dale, metete antes de que se enfríe. - dictaminó enseguida.&lt;br /&gt;En cuanto vio mis manos tirar del elástico de mi pantaloncito, volteó la cabeza con rapidez. De un salto introduje mis pies y luego, todo mi cuerpo  al tiempo que lanzaba un alarido pavoroso. El agua casi hervía.&lt;br /&gt;- ¡Dardo, la puta que te parió, está que pela!&lt;br /&gt;- ¡Uh, pero qué tipo exagerado! - repuso, bajando el tono. - No es para tanto, vas a ver lo bien que te va a hacer un buen baño...&lt;br /&gt;- ¿El instituto del Quemado, queda cerca? - inquirí, burlón.&lt;br /&gt;- Sí, cerquísima. Agachá la cabeza. - me ordenó con una mueca.&lt;br /&gt;Un reconfortante torrente de agua, que surgió de detrás de mis espaldas, como una lluvia sedativa, empapó mi maraña de cabellos duros y alborotados. Le siguió un chorro de algo cremoso y frío, y los dedos de Dardo que comenzaron a masajear suavemente mis sienes. Su relajante efecto me estremeció ligeramente.&lt;br /&gt;- No abras los ojos... - murmuró, en un hilo de voz.&lt;br /&gt;La delicada cadencia del movimiento circular, la presión apenas perceptible del frote de sus yemas, como si yo fuese una especie de lámpara mágica, y su roce pausado, el liberador de una parte cautiva de mí, me ingresaron, sumisa, dócilmente, en esa franja donde la consciencia comienza a fundirse con los albores del alma, y entonces me sentí flotar, liviano, y mecerme, embriagado por la luz tenue, los vapores del néctar de la esencia, los cálidos vahos del agua, todo como si fuese parte de una ceremonia de orden sagrado, donde nada parecía querer perturbar el espíritu del momento. Otro torrente me inundó y gemí, me sacudí acompasadamente, respirando profundo, restregando la cabeza contra mis rodillas. Tiritaba, también, pero no de frío. Los dedos de Dardo, deshaciéndose de los excedentes de jabón, barrieron ahora, desde la nuca, la trayectoria de mi pelo, enjugándolo con amable firmeza una y otra vez. Mis manos, entonces, allí, sin titubear, desesperadas, buscaron las suyas con ardor, las asieron, arrastrándolas consigo, y las obligaron a recorrer  los contornos de mi cara y mis labios, y éstos besaron cada dedo, y mi boca húmeda y anhelante los cubrió luego, uno a uno, adorándolos, y ellos, sus dedos, en un reflejo impensado, automático, se deslizaron por mi cuello, como reconociendo cada pulgada de mi ser, hasta que, posándose sobre mis pectorales, giraron sobre los pezones con ternura y me atrajeron, despacio, hacia él, irguiéndome y haciéndome descansar sobre su pecho. Al oír el tañido sordo, violento, como a punto de salirse, de su corazón, giré. Choqué con su mirada increíblemente tierna que, sin gafas, húmeda de lágrimas a punto de escaparse de sus párpados, me contemplaba con adoración.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5109466501130121874" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/Ruh4ti-ecpI/AAAAAAAAATc/ob1zDTSSH78/s400/768845_candle_light.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Dardo... - musité, la voz quebrada.&lt;br /&gt;- Rodri, Rodri, &lt;em&gt;Rodri&lt;/em&gt;... - repitió sin cesar. Sus párpados se cerraron, y él se acercó, y nuestros labios se unieron como imanes, y se quedaron allí, por unos segundos eternos, saboreándose, mordisqueándose con delicadeza infinita, pronunciando palabras inconexas, confusas, hasta que nuestras lenguas asomaron y se entrelazaron, acariciando cada palmo de la boca, voraces, afanosas por tragar cada bocanada de aliento tibio, cada signo de vitalidad del otro. Entonces sus labios se cerraron, y algo se detuvo, y yo tardé en descubrir sus débiles y ahogados sollozos. Me aparté de él con suavidad y pude ver su cara hecha un río de lágrimas, su respiración entrecortada por espasmos contenidos.&lt;br /&gt;- Dardo, &lt;em&gt;Dardito&lt;/em&gt;... no, no... - me interrumpí, sin poder terminar la frase. Rompí en un llanto agudo, infantil, y lo abracé, lo abracé con fuerza, como si fuese a huir, y él a mi, y se desplomó sobre mi, y volvimos a besarnos, y, fregando nuestras mejillas, narices, y bocas, nos empapamos de saliva y lágrimas y sudor, y él continuó llorando, y yo con él, y nos desgañitamos con una pena inagotable, hasta que, moqueando profusamente fuimos serenándonos y, con ello, en ese acto tan íntimo como sentido y esperado, ambos exorcizamos las culpas, desaprobaciones, condenas, represiones de aquellos dos chiquilines sentenciados prematuramente en la carpa a orillas del arroyo marrón y sinuoso.&lt;br /&gt;Afuera el viento comenzó a soplar tan repentinamente como las yemas de Dardo se clavaron en mi espalda y me sujetaron con vigor. Hundió su cabeza en mi hombro y me suplicó, en un murmullo ronco:&lt;br /&gt;- Nunca más vayas a irte, &lt;em&gt;Rodri&lt;/em&gt;, por favor.&lt;br /&gt;Lo arrullé, jugando dócilmente con sus cabellos.&lt;br /&gt;- Nunca, te lo aseguro, &lt;em&gt;Dardito&lt;/em&gt;, nunca más. - Prometí, apaciguando, para ambos, el efecto de sus palabras. &lt;br /&gt;Su mirada enrojecida, preocupada, trepanó mis globos oculares para instalarse en lo más recóndito de mí, cerciorándose de mi dicho. Enseguida su boca esbozó una leve sonrisa, y sus ojos, translúcidos, nobles, reflejaron una gran calma. Su palma rozó mi mejilla, y, sin dejar de contemplarme, se incorporó y se desvistió con lentitud, pleno de la osadía que le concedía cada prenda que iba cayendo, decidida, al suelo. La sangre por dentro mío comenzó a circular enloquecida cuando tuve ante mí, desnudo, el cuerpo que tanto había evitado desear y que los años transcurridos casi no habían alterado. El momento había llegado en que no se me ofrecería clandestinamente, sino emancipado, incondicional, anhelante. Tomándome amorosamente se reclinó, recostándose sobre mí, acurrucándose, como queriendo fundirse, en tanto yo me atreví a recorrer cada palmo de su espalda, estrechándolo, dibujando caminos, transitándolos una y otra vez, hasta que alcancé la elevación de sus velludas nalgas y las empujé hacia mi, incitándolas, y nuestras bocas engarzadas se soldaron, y la tina crujió, y el agua se desbordó, y una de sus manos abandonó su puesto en mi rostro incrédulo para desaparecer en algún lugar, y cuando volvió se aferró más aún a mí, y entonces, todo él se incorporó, echándose apenas hacia atrás y, tomando mi miembro, lo ayudó a internarse dentro suyo, sutil, exquisitamente, y, gimiendo, respirando profundo, como queriendo tragar todo el aire que nos rodeaba, llevó a sus nalgas a atornillarse a mi pelvis. Y yo, de a poco, tímidamente, cuidando de no hacerle daño, penetré dentro de él, viajando por entre sus paredes tibias, lisas, como de terciopelo, y comencé a mecerme despacio, en un vaivén pausado, y su semblante extasiado se zambulló sobre mis labios, atenazándolos, y comencé a bombear rítmicamente, permitiéndole sentirme, y los dos jadeamos, sonora, ruidosamente, y él se sacudió, y no dejó de hacerlo, hasta que nuestros cauces, como diluvio que riega la paciente estepa, fluyeron libres, el de él, sobre mi abdomen, el mío, dentro suyo, testimonio gozoso de mi espíritu colmado, de mi alma feliz. Y sellando ese instante con el beso más profundo, más entregado y más sublime que pueda recordar, yacimos exhaustos, inmóviles, respirando lento, yo, la vista clavada en el entramado del techo, pero mirando a través, agradeciendo al cielo estrellado, a la ruta eterna, al café como lava de volcán, al perro mugriento, a mis paralizantes ganas de orinar, al fango apestoso, a mi torpeza y a mi testarudez inquebrantable. Las lágrimas brotaron, abundantes, espesas, pero, esta vez, como signo de la alegría que aún no podía manifestar de otra manera. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El frío del agua nos debe haber hecho reaccionar, porque justo cuando pensaba que nuestro lenguaje de emociones, agotado, necesitaría de una tregua, él repentinamente se puso de pie, extendió su mano hacia mí y yo la tomé, obediente, y caminé junto a él, sin despegarme, los dos chorreando profusamente, sin que a los dos nos importara, dejando un reguero detrás nuestro, yo adorando, en silencio, como en una ensoñación, su espalda ancha, el trasero pequeño y redondo que se balanceaba, nuevamente tentador. Abrió, con sigilo, una puerta que daba a una habitación sorprendentemente cálida, cuya única fuente de luz provenía de un gran ventanal por donde el resplandor estelar se colaba a sus anchas, insinuando la silueta de un catre que se extendía a sus pies. Allí giró sobre sus talones, me rodeó con su brazo y me invitó a contemplar el espectáculo del cosmos arriba nuestro. Me maravillé, extasiado, una vez más, por ese regalo del universo. Ávida, su boca volvió a buscar la mía, nuestras pieles empapadas se pegaron de nuevo, contagiadas, y, como en cámara lenta, nos derrumbamos sobre el camastro, que emitió una queja tímida al sostener nuestro peso, sin que nuestros labios se separaran, hasta que los suyos se alejaron de los míos para andar el itinerario que le sugirieron mi cuello, pecho y vientre sedientos, y así, llegar a la bolsa de mis testículos, para envolverlos delicadamente, y luego continuar hacia mi miembro, y frotarlo, ascendente, descendentemente, sin cesar. Y éste, como mástil enarbolado, ya amenazaba expresar el desenfreno al que estaba siendo sometido, cuando yo, creído de que lo que continuaría sería una regeneración de lo compartido, una repetición del placer por fin conquistado, sin que lo adivinara siquiera, fui sorprendido por un hormigueo, un cosquilleo distinto, un hechizo que partió de la boca de mi recto, atravesó mi espina dorsal capturándome, hipnotizando todas y cada una de las regiones de mi cerebro, derribando irreparablemente las últimas y exánimes barreras de heterosexualidad que, presuntuosas, creyéndose incólumes, pretendían resistir aún, para irradiar sensaciones vírgenes, inexploradas, que dieron lugar a una elegida sumisión, el puente hacia la inesperada bienvenida a un mundo tan desconocido como fascinante. Me retorcí agitado por una reacción instintiva e incontenible, contorsionándome con violencia hasta que una oleada de pasión, como ráfaga implacable, me obligó a arquearme, tomar su miembro e introducirlo en mi boca ansiosa y succionarlo, repetidamente, con ardor. Luego, tomándolo del cabello, lo sumergí en la hendidura donde culmina mi espalda, ofrendándosela, y su lengua allí se hundió, barriéndola con primor, transportándome a una estrecha cornisa donde los límites del placer ya conocido se extinguieron para renacer en una forma nueva. Y entonces, aquello en lo que había creído a rajatabla, aquello que no me había atrevido jamás a desafiar fue reemplazado, de un plumazo certero, por un mundo de sensaciones nuevas que, triunfal, impiadoso, se abrió ante mí, sepultando lo preestablecido, volatilizando creencias, cuestiones de género, cultura, crianza y religión, sin resistencias, y, mi ser, al desembarazarse de ellas, pudo, finalmente, fluir, y Dardo entró en mí, una, dos, mil veces, y lo sujeté fuerte, para que se hundiera más aún, nuestras miradas cruzadas, contemplándose fijamente, yo perdiéndome en las órbitas de sus ojos acuosos en tanto no dejaba de penetrarme con la devoción más intensa que pueda recordar. Fue en ese precioso momento, aquel en que nuestros torrentes surgieron, impetuosos, soberanos, que sentí que ese acto donde absolutamente todo perdió importancia salvo él y yo, esa conexión impar donde el tiempo se detuvo por un segundo eterno, esa unión que se consolidaba, porque ese había sido siempre su misión, &lt;em&gt;esa &lt;/em&gt;y no otra cosa sería, &lt;em&gt;para mí&lt;/em&gt;, para siempre, &lt;em&gt;la verdadera acepción del significado del amor.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5109466367986135682" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/Ruh4ly-ecoI/AAAAAAAAATU/QVF-aGOC-Fw/s400/666748_hopeful.jpg" border="0" /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;Continúa.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-6452740901820877875?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/6452740901820877875/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=6452740901820877875' title='15 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/6452740901820877875'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/6452740901820877875'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2007/09/nadie-te-amar-como-yo-13a-parte.html' title='Nadie te Amará como Yo - 13a. parte'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://bp2.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/Ruh4bi-ecnI/AAAAAAAAATM/U0MAwZs1VKk/s72-c/172339_see_the_stars.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>15</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-3341223625827378845</id><published>2007-09-06T07:41:00.001-07:00</published><updated>2007-09-06T08:44:00.711-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Historias de la montaña Brokeback'/><title type='text'>Nadie te Amará como Yo - 12a. Parte</title><content type='html'>&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;a href="http://bp2.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/RuASiveWw6I/AAAAAAAAASs/ivbAhmkQbg0/s1600-h/DSCN0127.JPG"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5107102365506782114" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/RuASiveWw6I/AAAAAAAAASs/ivbAhmkQbg0/s400/DSCN0127.JPG" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;El cartel indicando los setenta y cinco kilómetros que distaban para llegar a Cochicó pasó a mi derecha como un bólido sombrío.&lt;br /&gt;Con la mente en blanco y la respiración agitada, devorando en varias cifras por encima de la velocidad permitida la enorme distancia que me separaba de mi destino final, guiaba el pequeño automóvil rentado, un Fiat Palio de la versión más económica disponible, pintado de un cyan tan artificial como inclasificable, por la sinuosa ruta que, desolada, se abría delante mío en esa fría mañana. Había pensado en partir con los primeros rayos de sol, pero, incapaz de conciliar el sueño por un estado de ansiedad que me había tenido dando vueltas gran parte de la noche, poco antes de que el reloj diese las cuatro abandoné la cama, me di una ducha caliente, me vestí con mi mejor sweater y pantalón, pedí al somnoliento y desganado empleado de guardia que me prepararan el desayuno para llevar y, munido de una muda de ropa dentro de mi mochila de explorador, dejé la ciudad con rumbo suroeste.&lt;br /&gt;Miedo, traducido en un hondo abismo en mi convulsionado interior. Sentía mucho miedo en tanto que, con todo el peso de mi pie, y sin vacilar, empujaba el pedal del acelerador obligando a las ruedas a separarse unos milímetros del suelo. El entusiasmo inicial me había precipitado a una decisión cuyo costo incierto comenzaba ahora a experimentar, como si un ser espectral hubiese partido conmigo y se encontrara allí, sonriendo maliciosamente y al acecho, listo para, ante el imprevisto más ínfimo, señalarme el riesgo que supone la insensatez, aquello hecho en competencia contra el reloj. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Marianita tenía razón, estaba más cerca de lo que imaginaba, pero aún así, el trayecto era más largo de lo que hubiese podido imaginar, y, sin dudas, desear. Un mínimo de once horas, descontando percances y descansos, insumiría la odisea demencial que, rebosante de ilusión, me había propuesto. Y otras once de regreso puntual, sin excusas. Suficientes ya había tenido que dar a la hora de explicar mi repentina ausencia de la ciudad el fin de semana en que, supuestamente, había sacrificado mi regreso a Buenos Aires para permanecer de guardia en caso de que surgiesen nuevas fallas en el bendito proyecto. Un tío de Neuquén al que no veía hacía años y que no se encontraba nada bien fue un desesperado, aunque en absoluto original, invento de último momento al que me aferré para despejar cualquier tipo de sospecha con un convencimiento que nadie se atrevió a poner en duda. Silvia, una de las programadoras, dio fé al relatar, con una solemnidad tan pasmosa como digna de la revelación de un secreto de Estado, y sin que nadie se lo pidiera, que me había visto llorar, devastado, cuando hablaba por teléfono. Jamás sabrá cuánto le agradecí por dentro lo que hasta ese oportuno momento no soportaba, su acostumbrada devoción al trabajo de espionaje que ejercía sobre mis actividades y movimientos. Comprobé además, con ello, que era ya hora de abandonar todos mis infructuosos intentos por disfrazar emociones que a los ojos de los demás no podían resultar más evidentes.&lt;br /&gt;¿Por qué me complicaba tanto? ¿Qué me hacía dar tantos rodeos a asuntos que inicialmente rechazaba de cuajo si al final terminaba llevándolos a cabo de la manera más entreverada? Pensé en aquella conversación al amanecer, frente al río, cuando apenas centímetros nos separaban, cuando tuve el destino al alcance de la mano para torcerlo y metérmelo en un bolsillo y, maldito sea, lo eché todo a perder. ¿Para qué diablos, si ahora estaba allí, echando fuego, enloquecido por tragarme entera la distancia, en el medio de una ruta perdida y desierta, con las entrañas ardiendo y el corazón a punto de salírseme por la boca? No había aprendido todavía lo suficiente, eso era claro. ¿Lo haría en esta oportunidad que se me presentaba por delante? ¿Lo haría, en realidad, alguna vez?&lt;br /&gt;Mis pensamientos fueron disipándose poco a poco, colándose por la ventanilla del auto, dejando lugar a un blanco enorme y hueco, a una placentera y serena enajenación en la que permanecí sumido por un par de largas horas. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Un fuerte crujido que provino de mi estómago me sacó del trance durante la larga recta que, luego de una pendiente pronunciada, me introdujo en un valle ancho y salpicado de viñedos. Con mi mano derecha me las arreglé para beber un gran sorbo del café con leche caliente que traía en un termo pequeño y atrapar y dar un mordisco brusco a una medialuna. A través del parabrisas, tímidos rayos de sol comenzaron a filtrarse por las estrechas rendijas que un manto de espesas nubes blancas fue creando al entreabrirse con pereza. Paseé entonces conscientemente, creo que por primera vez, la vista por el espectacular paisaje ante mi. Las ordenadas filas de viñedos recrudecieron en un verde salvaje e intenso, y, sobre mi lado derecho, la intimidante muralla de lejanos cerros andinos cuyas cimas terminaban en filosos picos nevados se encendieron como faros radiantes y gentiles. Mientras engullía el resto de la medialuna recorrí distraidamente la línea de sus escarpadas laderas verticales, sus salientes erosionadas como gárgolas guardianas, a la vez que, mansa, suavemente, formas, luces, colores, en una sucesión de retazos de instantáneas antiguas, incompletas, difusas y superpuestas, se insinuaban en los pliegues de mi aletargada consciencia, desatando un creciente cosquilleo hipnótico, que me transportó, de manera errática, a una suerte de dimensión paralela, distante y reveladora. Bebí, abstraído por el efecto, un poco más del humeante café. El coche, silencioso, pareció ahora, sin mi control, deslizarse a su voluntad a través de una escenografía en donde las montañas, dueñas de una metamorfosis repentina, se alzaron, convirtiéndose en los intimidantes colmillos de unas fauces gigantescas y hambrientas que se proponían apresarme y triturarme para, sin deglutirme, regurgitarme entero, impregnado de la pátina pesada y espesa que sería su marca, la profunda marca de los impulsos naturales que yo, una suerte de émulo del &lt;em&gt;Ennis del Mar&lt;/em&gt; más empecinado en su inútil ceguera, había negado obcecadamente, pero que ahora debería asimilar sin escapatoria. Uno de los neumáticos mordió imprevistamente el fin del pavimento, el volante se sacudió con violencia y todo el coche se bamboleó de lado con un estruendo de piedras estrellándose contra la carrocería. El termo y su candente contenido se escabulleron de mi mano, quemando mis labios y barbilla antes de impactar sobre mi sweater beige, mis pantalones y los mapas a mi lado, en tanto que las medialunas, un pequeño emparedado y un recipiente lleno de ensalada de frutas que aún no había tocado chocaron contra el piso desparramándose en todas direcciones. Ahogando un alarido poco varonil empuñé la dirección, dí un intempestivo giro hacia la izquierda, y el auto se contoneó con un fuerte zigzag que me introdujo de lleno en el carril contrario, hasta que, manoteando desesperado hacia el sentido correcto, pude gobernar la dirección y corregir, por fin, el rumbo. Dominar mi corazón latiendo a todo galope me llevó un poco más de tiempo.&lt;br /&gt;Me detuve en una estación de servicio un poco antes de Algarrobo del Aguila, ya en la provincia de La Pampa, para hacer un breve alto y arreglar el desastre que había armado. Un empleado de gorra grasienta me escudriñó, sin moverse de su puesto junto a un viejo surtidor, con la misma estupefacción con que se contempla el descenso de un ser extraterrestre de su nave interplanetaria. Le ordené, con desdén, que llenara el tanque y, entre ráfagas de viento polvoriento, me dirigí al único baño, sucio y maloliente. Un espejo manchado y resquebrajado, que a duras penas colgaba de un gancho oxidado, me dio la bienvenida mostrándome la imagen de un ser ojeroso, de cabello revuelto sólo del lado izquierdo, y una graciosa mancha marrón que recorría los contornos de su boca, continuaba por su cuello y formaba un oscuro círculo irregular en el centro de su sweater color arena, para terminar en una elipse alargada en sus extremos justo en el centro de sus pantalones. Abrí el grifo con furia liberando sólo un minúsculo hilo de agua helada con el que tuve que vérmelas para asearme la cara y aplastar los rebeldes mechones de un lado de mi cabellera. Deseché la idea de limpiar mi vestimenta, oriné y salí. Un perro que dormitaba al sol, indiferente a todo, a un costado de la isla de surtidores, se paró, como si me conociera, al verme, y corrió, irremediablemente, a mi encuentro. Sus patas delanteras, empapadas en barro y pegajoso aceite de automóvil, se posaron sobre mí, juguetonas, tatuando un artístico collage de huellas sobre el tejido polar del sweater y la franela del pantalón. Lo aparté cortésmente acariciándolo con simpatía justo cuando una corriente de viento arremolinado llenó mis ojos de partículas de tierra que mis dedos llegaron tarde a cubrir. Me los refregué con fastidio, y cuando pude por fin entreabrirlos divisé al empleado con los brazos a los costados esperando que le pagara, como si una cola de demandantes y apurados clientes reclamara sus servicios. Compré algo para beber y comer y retomé, raudo, el camino.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5107116491654218674" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/RuAfY_eWw7I/AAAAAAAAAS0/3kppF0xFrGk/s400/837987_sunsets_2.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;A media tarde bordeé la ciudad de Neuquén, donde volví a llenar el tanque de combustible y me reaprovisioné de bebidas y unos paquetes de galletitas saladas, los objetos de mis únicos y esporádicos pasatiempos durante el interminable viaje, además de escuchar la maltrecha radio, en los escasos momentos en que atravesaba zonas pobladas. La ruta, a partir de ese punto, volviéndose una marcada diagonal hacia el suroeste, fue adentrándose en las rojizas y desérticas estribaciones de la precordillera. El entumecimiento al que me tenía sometido mi pétrea posición al mando del coche no se hizo notar hasta llegar a Junín de los Andes con los últimos rayos de sol. Las luces naranja violáceo del ocaso escondiéndose por detrás del cordón montañoso tuvieron el efecto de un cronómetro de precisión que mediría, a partir de entonces, el escasísimo tiempo de luz natural que me quedaba. El desvío a la ruta provincial 52 me recordó el consejo de Juanjo de no meterme en caminos de ripio al anochecer. Me detuve, vacilante, antes de entrar de lleno en el terreno incierto que me esperaba. Unos kilómetros más y perdería la señal del teléfono celular, y con ello, toda posibilidad de contacto con el mundo, con mi mundo. Pensé en Clara y Francisco, escuchando de labios de su madre que papá visitaría unas bodegas el fin de semana, y por eso no estaría disponible para el usual saludo de buenas noches. Me maldije en voz alta. No sólo puto, sino mentiroso. Pero había llegado hasta allí, lo cual significaba a las claras que ya estaba hasta el cuello, así que antes de que mi ánimo comenzara a menguar, y comenzara con mis cuestionamientos crónicos, preludios del boicot más implacable, apreté el acelerador y me zambullí en la polvorienta ruta. Un letrero herrumbroso indicando las distancias desde ese paraje me hizo lanzar un hondo suspiro de alivio. El lago Currhué chico era el sitio más cercano de la lista. "Apenas" cuarenta y tantos kilómetros, que debí recorrer con la destreza y los reflejos de un piloto de rally, esquivando grandes charcos de lodo y piedras de todos los tamaños, y que, dadas las particularidades del camino, se hicieron sentir en la larga hora que me demandó cubrirlos. Un fino hilo de orina ya bañaba mis muslos cuando frené y me lancé del auto, que no se detuvo totalmente sino que siguió en movimiento hasta que la pérdida de inercia lo paró en el momento en que, desesperado, y chapoteando, bajaba el cierre de mi bragueta y lograba descargar el caudal de jugo y refresco acumulados en mi vejiga. El color regresó paulatinamente a mi rostro, la parte atribulada de mí se desvaneció en el aire oscuro y un líquido frío y espeso que inundó suavemente mis zapatos, no sólo fue la señal de que había recobrado la consciencia sino también el signo tardío de que mis pies se habían hundido en el fango hasta pasar los tobillos. Necesité asirme de una rama áspera y espinosa para poder liberar mis piernas, capturadas por el tenebroso y hambriento lodazal, pero, en cuanto conseguí levantar una de ellas, la otra, succionada por la brecha que mi peso había abierto, como en un efecto de ventosa, se hundió aún más, con lo cual, no sin antes aletear un par de afanosos y desesperados malabares que me salvaran de perder del equilibrio, caí de espaldas sin remedio, salpicado por una lluvia de densas y pesadas gotas. Increíblemente, no me incorporé en seguida, sino que permanecí, mitad del cuerpo en medio del fango pegajoso, la otra mitad sobre el durísimo suelo, incrédulo e inmóvil, con la vista perdida en un cielo tapizado de centelleantes estrellas, hasta que el rumor de un potente motor acompañado del crujido de pedregullo se anticipó a un fuerte haz de luz que me privó del espectáculo celestial pero que no consiguió sobresaltarme ni hacerme reaccionar, cautivado como me encontraba por el dulce sopor. A todo ello siguió un repentino jadeo y un siseo de pelos aproximándose que sí me obligaron a erguirme con dificultad, alarmado. El contraluz me mostró la silueta de un gran perro que, ladrando con agitación, se dirigía hacia mí como saeta.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5107116852431471554" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/RuAft_eWw8I/AAAAAAAAAS8/oANYIMyhcOY/s400/StarryNight3.jpg" border="0" /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- ¡Rodríguez! ¡Rodríguez, acá, junto! - Gritó una voz familiar, por sobre el sonido de pasos apurados, que se detuvieron en seco a centímetros de mí.&lt;br /&gt;- No puede ser... - balbuceó la voz, apagándose súbitamente. Siguió otro silencio breve, que aproveché para apartarme de los incesantes y ansiosos lamidos del perro e incorporarme hecho un verdadero asco.&lt;br /&gt;- Rodri... &lt;em&gt;Rodri, ¿sos vos?...&lt;/em&gt; - miré hacia la voz, entrecerrando los ojos. La luz de los faros del vehículo me enceguecía. Emití un gruñido que quiso ser una afirmación, mientras me sacudía, luchando, infructuosamente, por deshacerme de algo de toda la mugre que llevaba encima.&lt;br /&gt;- ¡Boludo, por un momento pensé que se trataba del monstruo de la laguna negra!... - alcanzó a decir, y estalló en carcajadas.&lt;br /&gt;Mis labios se torcieron en una mueca de fastidio que quiso ser grave, pero el esfuerzo hizo que me atorara, asfixiándome.&lt;br /&gt;- ¡Mejor dicho,... - agregó, con voz entrecortada por la risa..- ...del lago Currhué chico!&lt;br /&gt;No podía haber elegido una metáfora más adecuada para describir mi aspecto. Lo miré, y en un gesto que fue el pasaporte a mi tan buscada capitulación, reí con ganas, deshecho, como él, en estruendosas carcajadas.&lt;br /&gt;- Y a vos, más lejos no pudieron ubicarte los de Parques Nacionales, ¿no? - inquirí, cuando conseguí calmarme.&lt;br /&gt;- Sabiendo que venías a atacarme... encima así, con esa facha, quisieron esconderme todo lo que pudieron... - dijo, irónico, para agregar, sugestiva, dulcemente - ... Agradezco a Dios que no lo hayan logrado.&lt;br /&gt;Sus brazos me atenazaron antes de que me diese cuenta, su mejilla rozó la mía, y sus dedos acariciaron mi pelo con vigor. La tibieza de su cuerpo me partió de cuajo, desarmándome, pulverizando la contención a la que tenía sometidas mis emociones, liberándolas con la fuerza de una estampida de caballos salvajes huyendo del corral que los retenía, para sumirme en un llanto tan abrumador como inusual en mí. Ninguno de los dos dijo nada, arrullados como estábamos por el tenue vaivén de nuestro cálido abrazo.&lt;br /&gt;- Dardo, &lt;em&gt;Dardito&lt;/em&gt;... - musité luego entre sollozos, cuando hube tragado suficiente saliva, mi cabeza hundida entre su hombro y el cuello. - ...perdoname, perdoname, yo no...&lt;br /&gt;- Hey, hey... - susurró él, aferrándome con más fuerza y besándome repetidamente la sucia mejilla. - está todo bien, mi buen Rodri... mi &lt;em&gt;lindo&lt;/em&gt; Rodri.&lt;br /&gt;Por un par de minutos que parecieron detenerse en la quietud de esa deliciosa noche, que mis ahogados gemidos y el ronroneo del motor, se atrevieron, acompasados e indiferentes, a quebrar, seguimos así, unidos, engarzados el uno con el otro . El ladrido lastimoso del perro dando vueltas alrededor nuestro, inquieto, nos hizo apartarnos finalmente, pero él no dejó de rodearme con su brazo.&lt;br /&gt;- Rodríguez, quieto, ya vamos... - ordenó Dardo, palmeándole el hocico.&lt;br /&gt;- &lt;em&gt;¿Rodríguez?&lt;/em&gt; - pregunté, intrigado, tartamudeando por entre las secuelas de mi llanto. - ¿Por qué un apellido?&lt;br /&gt;Dardo se limitó a mirarme con suspicacia, levantando el ceño. Demoré un instante en darme cuenta, luego tragué, reprimiendo un embrionario nudo en la garganta. Sonreía cuando volví a mirarlo. Yo hice lo mismo al descubrirlo embadurnado del mismo barro que me cubría.&lt;br /&gt;- Rodri, no has crecido un sólo día, ni uno sólo. - dijo. - Vení, bajemos tus cosas y cerremos el auto, mañana venimos a buscarlo. - propuso de inmediato.&lt;br /&gt;Esperé a que instalara una precaria funda con un gran trozo de nylon en su camioneta antes de subir y sentarme a su lado. Un sendero angosto y serpenteante que pronto se transformó en una pendiente accidentada nos condujo velozmente hacia terreno boscoso. Una de sus manos abandonó el volante para posarse sobre la mía. Dirigí mis ojos hacia él. Su mirada centelleaba en tanto anunciaba, feliz:&lt;br /&gt;- Nunca te podrás imaginar cuánto tiempo deseé este momento, Rodri, &lt;em&gt;nunca&lt;/em&gt;, te lo aseguro.&lt;br /&gt;No hubiese tenido sentido explicarle que sí, que podía imaginarlo perfectamente, si yo mismo acababa, recién ahora, de medir el inconmensurablemente placentero efecto del mero roce de su piel sobre la mía, erizándola, colmándola de deseo apenas contenible, de embriagadora felicidad, de una sensación que, a la vez que humedecía mis ojos cada vez que lo pensaba, por fin aceptaba y celebraba.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6304150628285731661-3341223625827378845?l=unvaquerosoniador.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/feeds/3341223625827378845/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6304150628285731661&amp;postID=3341223625827378845' title='8 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/3341223625827378845'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6304150628285731661/posts/default/3341223625827378845'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unvaquerosoniador.blogspot.com/2007/09/nadie-te-amar-como-yo-12a-parte.html' title='Nadie te Amará como Yo - 12a. Parte'/><author><name>JfT</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04981032695106043440</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://bp2.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/RuASiveWw6I/AAAAAAAAASs/ivbAhmkQbg0/s72-c/DSCN0127.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>8</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6304150628285731661.post-4758579474096896876</id><published>2007-08-30T06:42:00.000-07:00</published><updated>2007-08-30T12:22:03.372-07:00</updated><title type='text'>Y los nominados son...</title><content type='html'>&lt;a href="http://bp0.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/RtcQsfeWw5I/AAAAAAAAASk/xxaxa4kFvWs/s1600-h/DSCN0592.JPG"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5104567059196855186" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_F0LQGV_UIT4/RtcQsfeWw5I/AAAAAAAAASk/xxaxa4kFvWs/s400/DSCN0592.JPG" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;¡Vaya honor!&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;p align="justify"&gt;Este espacio ha sido nominado al &lt;strong&gt;Thinking Blogger Award&lt;/strong&gt; por la querida Hada Vaquera de Palabras al Sur del Mundo. &lt;/p&gt;&lt;p align="justify"&gt;Un tempranero mensaje de texto en primer lugar, y la lectura del post detallando las instancias de semejante galardón inmediatamente después estamparon una suave pero muy amplia sonrisa en el rostro cansado de este vaquero soñador, haciendo sus ojos brillar de indisimulable satisfacción en una tibia mañana de invierno, y su corazón hincharse de orgullo al ver compartida su nominación con bloggers de la talla de la sra. &lt;strong&gt;Pon&lt;/strong&gt;, el sr. &lt;strong&gt;Hermes&lt;/strong&gt;, &lt;strong&gt;Rosa de Fuego&lt;/strong&gt; y el &lt;strong&gt;Hombre Virtuoso. &lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;p align="justify"&gt;Menuda tarea le ha dejado el Hada Vaquera ahora a este vaquero, quien, tomando coraje y, esperando no subestimar a nadie, ha confeccionado su lista, sintiendo que &lt;em&gt;absolutamente&lt;/em&gt; &lt;em&gt;todos&lt;/em&gt; los blogs lo han hecho pensar y sobre todo, &lt;em&gt;sentir&lt;/em&gt;, con los siguientes cinco:&lt;/p&gt;&lt;ul&gt;&lt;ul&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;li&gt;&lt;strong&gt;Ana en Brokeback Mountain, &lt;/strong&gt;de &lt;a href="http://volandoenc
